¡Traigan el Megaterio vivo!

                        Fray Manuel de Torres

                             (1787 – 1818)

 

Por José Luis Muñoz Azpiri (h)

 

El desarrollo de la ciencia argentina, desde sus inicios, a estado jalonada por sucesos curiosos, tal como el que narraremos a continuación: el hallazgo del dominico Fray Manuel de Torres, tal vez el de mayor trascendencia histórica y científica del período de dominación hispánica. El año exacto del mismo del descubrimiento oscila  entre 1787 0 1785, según los autores. Fue a legua y media al sudeste de la villa de Luján, lugar de nacimiento del sacerdote, en un pequeño arroyo de desembocaba en el río homónimo. En los parajes donde un siglo después Ameghino comenzaría el ejercicio de la paleontología rigurosa y sistemática, el religioso Torres tuvo la fortuna de dar encuentro a la estructura casi completa de un animal gigantesco, que representaba el primer esqueleto fósil en ser descripto, dibujado y bautizado en toda América. Por ese entonces frisaba los cuarenta y siete años de edad, y merced a una oportuna comunicación del Alcalde de la Villa, don Francisco Aparicio tomó conocimiento que en los alrededores de su pueblo natal existían unos huesos descomunales de animal desconocido. No tardó en comunicarse inmediatamente con el Virrey, don Nicolás Cristóval del Campo, marqués de Loreto, a quién luego de enviarle algunas piezas de singular valía, le manifestaba:

            Con bastante felicidad he descarnado toda la tierra de encima y lado de los huesos ínterin Vuestra Excelencia no se digne ordenar      venga un dibujante, para que lo extraiga al papel; porque de otro modo          pienso que se malogrará todo el trabajo y Vuestra Excelencia se privará del gusto de ver una cosa muy particular; respecto a estar sumamente tiernos los huesos y el sol no calentar nada para que se sequen, porque están en un lugar que vierte agua. Haciendo un mapa o estado de ellos, en no dudaré que por él se podrán acomodar después, aunque se quiebren, o cuando menos, saber su figura y magnitud. Pienso llevarlos arrastrando en cueros, ya que porque no pueden entrar en carreta por su magnitud, y, ya porque me parece más sereno el movimiento del cuero. Todo esto he juzgado yo por conveniente, a fin de que se de al público esta maravilla y providencia del Señor”.

            La premura de Torres obedecía, no solo al entusiasmo, sino a la necesidad de preservar el registro fósil ya que se habían registrado – detestable costumbre que aún perdura – actos de vandalismo en el yacimiento del río Luján. El virrey tomó cartas en el asunto y envió una persona competente para preservar los restos y a un dibujante para tomar detalles de la osamenta de la bestia. A fines de 1787 los restos fósiles estaban ya acondicionados en siete cajones, cada uno de los cuales pesaba 7 o más arrobas. El que contenía el hueso sacro pesaba 14 arrobas, 3 libras y 12 arrobas el que contenía la cabeza, vértebras y huesos del espinazo. En mayo, partió con rumbo a Europa este cargamento que tanta curiosidad habría de despertar y que habría de engrosar las colecciones del flamante Real Gabinete de Historia Natural. Por entonces gobernaba el mundo hispánico Carlos III, el monarca ilustrado, quién, asombrado y entusiasmado por el presente, pidió a su secretario, don Antonio Porlier que agradeciera al marqués de Loreto tan inusual regalo, pero solicitándole un insólito favor:

            “Con este motivo me ha mandado Su Majestad encargue a Vuestra Excelencia, como lo ejecuto, procure, por cuantos medios posibles, averiguar si en algún partido de Luján o en otro de ese Virreinato, se puede conseguir un animal vivo, aunque sea pequeño, de la especie de dicho esqueleto, remitiéndolo vivo, si pudiese ser y, en su defecto, desecado y relleno de paja, organizándolo y reduciéndolo al natural, con todas las demás precauciones que sean oportunas, a fin de que llegue bien acondicionado, y tenga Su Majestad la complacencia de verle en los términos que desea. Y de su real orden lo participo a Vuestra Excelencia para su puntual y debido cumplimiento, en parte que le toca. Dios guarde a Vuestra Excelencia muchos años.”

            El perezoso gigante había dejado de existir hacía milenios y la solicitud del monarca no pudo cumplirse, pero su pedido expresa a un siglo – el setecientos – de gran actividad intelectual y curiosidad científica. Las inquietudes surgidas en la metrópoli se reflejaron muy pronto en América. Alcanzó en todos los órdenes al mundo hispanoamericano el espíritu de renovación que da a ese tiempo su verdadero perfil.

Julián Cáceres Freyre destaca la preocupación científica del Padre Torres por documentar con toda clase de recaudos turísticos y de condiciones de hallazgo, los restos por él descubiertos, como asimismo el interés que el Virrey demuestra en estimular al improvisado paleontólogo y colaborar ampliamente en la extracción de los restos, pues sin duda, aunque ignorantes fehacientemente de lo que se trataba, ya que en esa época la ciencia europea poco había esclarecido al respecto, resulta sorprendente que en el extremo meridional del mundo, hombres alejados de los centros de irradiación científica manifestaran tal tipo de inquietudes. Nótese que para cierto tipo de “historia oficial” el período colonial fue considerado una época de sombras respecto a la actividad intelectual.

La reconstrucción del Megaterio en Madrid fue un verdadero acontecimiento y un hecho que los sabios aplaudieron sin reservas. Cuvier celebró el acontecimiento y estudió detenidamente esos restos increíbles. Al referirse al Megaterio en sus  “Recherches  sur les ossemens  fossiles”, escribió que “Debemos decir, en alabanza a los españoles, que son ellos los que dieron el ejemplo útil, seguido después por M. Peale para el mastodonte y por M. Adams para el elefante”. Comenta el Padre Furlong que además del hallazgo del río Lujan, realizose otro, diez años más tarde, en la Isla Martín García. En noviembre de 1797 el gobernador de Montevideo solicitó a las autoridades de Buenos Aires que se permitiera a la lancha que transportaba piedra a través del río desde dicha isla, llevar “un esqueleto”, y transportarlo después a Montevideo. Un tal Pascual Ibañes con tres soldados hizo las excavaciones, aunque fue el cura del Partido de la Víboras quién había hecho el descubrimiento. Tratábase de “un esqueleto de extraordinaria magnitud” y fueron necesarios “seis cueros para acarrearlo”.

A partir de la segunda mitad del siglo XIX, con el arribo de naturalistas  europeos, comienzan a llegar a las capitales de Europa ejemplares de la fauna extinta sudamericana enviados por los  sabios viajeros que nos visitaban. Los convulsionados tiempos que sucedieron a las declaraciones de independencia de las naciones criollas no fueron los más adecuados para la formación de estudiosos o la instalación de gabinetes de estudio y los Museos de América debieron esperar. No obstante Fernando E. Novas observa que los porteños del siglo XVIII tal vez tuvieron la oportunidad de ver montada la estructura ósea del formidable animal, lo que podría haber sido la primera exposición paleontológica de toda América.

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