Se dice de mi….

Se dice de mí:

 

Por José Luis Muñoz Azpiri (h)

Para “Movimiento”

 

          “En su reciente discurso leído en la cena anual de camaradería de las Fueras Armadas, el presidente de la República enumeró los golpes de Estado que se produjeron en nuestro país, omitiendo dos: el de 1943, que derrocó al presidente Ramón Castillo, y el de 1962, que derrocó al presidente Arturo Frondizi.

            La visión parcial del presidente Kirchner está estrechamente relacionada con su pertenencia al movimiento justicialista, que desde sus orígenes se identificó como el heredero del golpe del 4 de junio de 1943. Y es que este pronunciamiento militar, del que activamente participó el entonces coronel Juan Domingo Perón, se produjo para evitar la proclamación de la fórmula presidencial de Robustiano Patrón Costas y Manuel de Iriondo, cuya eventual victoria en las urnas en los comicios de 1944 hubiera significado el ingreso de la República Argentina en el campo de los aliados que combatían al eje nazi-fascista en la Segunda Guerra Mundial.(…) El golpe de Estado de 1943 no fue una asonada para sustituir  gobernantes, sino para implantar por la fuerza un proyecto de dictadura nacionalista, inspirado en los ejemplos de la Italia fascista de Mussolini, la Francia del Mariscal Pétain y la España de Francisco Franco, los países “espirituales” que luchaban contra potencias materialistas encarnadas en Estados Unidos y la Unión Soviética. La adhesión de los Argentinos a los aliados, para la visión nacionalista, hubiera significado combatir por una causa materialista, representada por la democracia capitalista y el totalitarismo comunista por igual. Este “espiritualismo” era pues la llamada “tercera posición”.

            El peronismo se proclamó heredero de este golpe de Estado, tal como lo declararon siempre sus voceros desde 1946 en adelante, que incluso establecieron la fecha del 4 de junio como feriado nacional. En sus propios términos, la “revolución nacional” había comenzado esa jornada de 1943. El proyecto nacionalista buscó destruir definitivamente los principios del orden constitucional liberal, algo que José Félix Uriburu intentó en 1930 con su idea de implantar el corporativismo en la Argentina. Es llamativo, entonces que este episodio singular de nuestra historia política haya pasado inadvertido en el discurso escrito del primer magistrado de la República”.

 

Ricardo López Göttig, ¿Por qué no 1943? (“La Nación” 29/7/06)

 

 

La “tribuna de doctrina” de los Mitre no deja de desconcertarnos. Por un lado intenta copiar a “Pagina 12”, publicando a Tomás Eloy Martínez, Beatriz Sarlo, Silvina Walgner, etc., o sacando suplementos como “Enfoques” para no perder lectores, y por el otro desentierra del Parque Triásico (el más antiguo),  a los ancestros de los dinosaurios.

Las líneas que anteceden son la más perfecta antología de pelotudeces y lugares comunes en las que se nutre el discurso antiperonista. Si ya eran insostenibles en la década del 50, en la actualidad adquieren la categoría de códice medieval o la arenga de un predicador fanático y analfabeto instando a una cruzada contra los albigenses u otros endemoniados.

“La historia es la narración de los acontecimientos escrita con dignidad” decía Samuel Jonson en su primer diccionario de lengua inglesa en el siglo XVIII. Sin fuentes, sin datos, sin documentos, no hay historia. Hay ideología.

Un golpe es un golpe y una revolución es una revolución. No es una diferencia semántica, es conceptual.

Confundir el golpe de Uriburu, visceralmente antipopular, cerrilmente clasista y con olor a petróleo, con la Revolución de 1943, es un chiste. Pero decir que la fórmula Robustiano Patrón Costa – Manuel Iriondo representaba el orden constitucional liberal, ya entra en el terreno de lo grotesco. Al menos que entendamos por éste al “fraude patriótico” y el gobierno de una minoría que gobernaba el país como una Estancia y entregaba la administración de sus riquezas al gerenciamiento externo.

La noticia que el senador por Salta sería el “número puesto” del presidente Castillo, causó una pésima impresión en muchos círculos (incluso algunos vinculados al oficialismo). Al respecto Marcelo Sánchez Sorondo escribió: “La fórmula Patrón Costa- Iriondo es un museíto colonial de provincia costeado por los ingleses que siempre aciertan con los colores locales”. Se consideraba a Patrón Costa una suerte de barón feudal en su lejana provincia, pero además, tal como plantea el autor de la nota, se lo tenía por un aliadófilo encubierto y suponíase que al poco tiempo de ejercer el gobierno habría de ceder a las presiones de Estados Unidos. Y como nota final, se descontaba que la elección de Patrón Costas habría de hacerse sobre un gigantesco fraude electoral, al que el Ejército debía asistir impávido.

El historiador Potasch señala un hecho que agudizó el malestar en las filas del Ejército: ocurrió el 29 de mayo, día en que el presidente Castillo concurrió a una ceremonia militar que se efectuó en los cuarteles de Palermo. Con Castillo apareció en el palco Robustiano Patrón Costas, el candidato imposible, intragable no solo para los nacionalistas, sino para todos los militares que rechazaban las prácticas fraudulentas y la corrupción del régimen liberal. No olvidemos que en el GOU militaban jefes de filiación radical, como los hermanos Miguel Ángel y Juan Carlos Montes, alineados en una tendencia que, taxativamente, definiríamos como nacionalismo popular. Ambos tenían vinculaciones con la tendencia intransigente del radicalismo, a través de Amadeo Sabattini.

Además adscribir al neutralismo no significaba en absoluto veladas simpatías con el Eje, como plantea el “historiador norteamericano” Tulio Halperín Donghi y el autor de las líneas que comentamos, funcional a alguna fundación que le paga las expensas (manifiesta ser investigador (¿) de la Fundación Hayek). Estos intelectuales orgánicos a las políticas del Departamento de Estado (al menos sus expresiones políticas coinciden con las políticas del ente citado) desconocen o arteramente ocultan, la profusa literatura referente a los protagonistas del nacionalismo popular, compuesto por las mas variadas expresiones políticas.

Decía Scalabrini Ortiz: “En el orden interno argentino somos decididos adversarios del nazismo y del fascismo. Hemos demostrado y demostramos que son fórmulas gubernamentales perjudiciales para nuestro país” (noviembre de 1939). Pero de allí a mandar argentinos a morir en una lucha ajena, hay un abismo que escasamente pueda llenarse con invocaciones más llenas de palabras que de contenido.

Aún nadie me ha explicado cual hubiera sido el beneficio para la Argentina en caso de haber ingresado en la Segunda Guerra Mundial ¿Inversión industrial? Pero si uno de los motivos invocados por los golpistas del 55 era que Perón había cometido el disparate de aposta a una “industria flor de ceibo” cuando el destino del país era agroexportador (sic). ¿Inserción en el mundo? ¿En cuál? ¿Bajo qué condiciones? ¿O acaso estábamos en el planeta Marte cuando la soldadesca británica sobrevivía gracias a nuestro “corner-beef?”.

Cuando ingresamos en una contienda para recuperar lo nuestro en 1982 nos “caímos del mundo”, pero cuando nos negamos a participar en una guerra ajena o a enviar tropas “de paz” para tranquilizar los desaguisados que armaron otros, “nos caemos del universo”. Evidentemente somos una asamblea de tarados.

Es que los operadores nativos de la ideología mundialista, entendida esta como una adscripción acrítica a una mal entendida occidentalización, aplicaron el alineamiento automático con los Estados Unidos – que con el lenguaje propio de un pederasta denominaron “relaciones carnales” – en la ingenua presunción de que la genuflexión ante el amo era el pasaporte para acceder a su despensa. Y este es el verdadero “pensamiento mágico”, tal falto de racionalidad como el del supuesto populismo que tanto denostan.

No nos cabe la menor duda que el “analista” López Göttig habrá apoyado fervorosamente, en su momento, el envío de naves al Golfo. ¡Al fin abandonábamos el engendro criollo de la tercera posición!.

Sin consultar a sus vecinos y aliados naturales – que prudentemente se abstuvieron de involucrarse en el conflicto – el gobierno menemista en una muestra de obsecuencia y servilismo que hubiera asqueado al mismísimo Gunga Din, decidió enviar buques de guerra al Golfo. Para ello se montó una intensa campaña mediática donde lenguaraces rentados de antaño y hogaño, mas una serie de “movileros” desconocidos y olvidables, pontificaban sobre la inserción argentina en el Primer Mundo. Ningún rédito favorable obtuvo nuestro país de su participación en esta aventura, excepto la pérdida de una balanza sumamente favorable con Irak, los peores atentados que sufrió la Argentina en toda su historia y una participación patética en el “Desfile de la Victoria” de Nueva York. De no ser trágica la situación de la Argentina en su momento, hoy llamaría a risa las declaraciones del entonces Canciller Guido Di Tella: “La argentina participará en la reconstrucción de Irak”. Los vencedores no nos dejaron instalar ni un puesto de choripan.

La Nación del Plata fue el alumno más aplicado de la cátedra del FMI, incluso accedió a la curiosa categoría de “aliado extra-OTAN”. Los beneficios están a la vista.

Pero volviendo a la Revolución de 1943 y la famosa cantinela del nazi-fascismo, a la cual ya nos hemos referido en otro lugar y dado que el comentarista presume ser investigador de la Fundación Hayek, le recomendamos repasar ¿o leer? A Peter Waldmann quien en su obra “El Peronismo” resalta:

La ideología de Perón, la doctrina peronista, fue una fuente de influencia nada desestimable para el régimen. Para comprender la importancia que le había concedido Perón es necesario tener en cuenta la gran hipoteca ideológica que pesó sobre su gobierno al comienzo. Todos los partidos y agrupaciones políticas, con excepción de una parte de los sindicatos, contemplaban dicha doctrina como un intento de imponer en la Argentina un orden estatal y social de corte fascista. Se consideraba un hecho indiscutible que Perón imitaría con todas sus fuerzas a Hitler y Mussolini, y que solo una resistencia cerrada de los partidos le impediría concretar sus propósitos. Otra amenaza  casi tan importante como ésta era la receptividad de los estratos más bajos a la prédica comunista. La doctrina peronista surgió del esfuerzo por liberarse de esa doble carga ideológica: el fascismo y el comunismo. Por eso creó una doctrina propia para su movimiento, una doctrina social argentina.”

En vista que el autor, en su panfletito de “La Nación” se presenta como Doctor en Historia, nos preguntamos si el título se lo otorgó la Pitman o lo gano en una rifa, pues los episodios históricos y los autores que comentamos son del conocimiento de cualquier estudiante que promedie alguna carrera de Ciencias Sociales o Filosofía y Letras. Caso contrario, el autor manifiesta una aviesa y primaria mala fe.

Antes de 1943 el país no fabricaba prácticamente nada, hasta importábamos las alfileres y los servicios estaban en manos de compañías extranjeras. Fue este supuesto ¿golpe? El que creó empresas como Gas del Estado, la Flota Aérea Mercante Argentina (en enero de 1946, posteriormente transformada en Aerolíneas Argentinas) y obras de infraestructura como el gasoducto Comodoro Rivadavia-Buenos Aires y el aeropuerto internacional de Ezeiza, puerta de salida y entrada de quienes asisten al Consenso de Washington o al Foro de Davos a memorizar el libreto de la globalización y la “integración al mundo”como factoría periférica. Fue este gobierno de facto el que realizó el primer dique de Nihuil de Mendoza (iniciado en 1943) y el dique Florentino Ameghino de Chubut (terminado en 1950). Se construyeron escuelas, policlínicos y centros de salud, sobre todo en el abandonado interior, y centros recreativos como el de Chapadmalal y Rio Tercero. Dice “Falucho” Luna: “En materia de obras públicas, la política peronista era coherente con el sentido social que inspiraba su filosofía general”.

El país se industrializó. En una década se montó toda una industria liviana y se echaron los cimientos de la gran siderurgia con los altos hornos de San Nicolás, el hierro de Sierra Grande y el carbón de Río Turbio. De 85.000 establecimiento industriales en 1946 se llegó a casi 145.000 en 1954. Realizaciones curiosamente escamoteadas, sea por la sevicia opositora o por la ignorancia de muchos compañeros. El peronismo, surgido de la denostada Revolución del 43 no vino a socializar los medios de producción, sino a crearlos, mancomunadamente con sus MILITARES y sus TRABAJADORES.

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