El Revisionismo Histórico en el Bicentenario

El Revisionismo Histórico en la Argentina del Bicentenario”

                                          Por José Luis Muñoz Azpiri (h)

                                                  

        La voz “revisionismo”, en su acepción intelectual rioplatense, ha quedado incorporada al léxico de la historiografía mundial, a partir del estudio “Rosas and the revisión of Argentine history”, publicado en 1960 por el profesor californiano Clifton B. Kroeber y traducido por nuestro padre al español. También han contribuido a su divulgación internacional referencias transcriptas en trabajos de Gilbert Becker, Fritz Hoffman y James R. Scobie para referirnos tan solo a escritores norteamericanos.

        En nuestro país, la palabra continúa tiñéndose aún de matices despectivos, como podemos advertir en los departamentos de Historia de algunas universidades, escribiéndose el término, en general, entre comillas o suscitando la sospecha de que pretende caracterizar a una identidad inexistente o vacía de contenido. No son éstas, desde luego, apreciaciones técnicas sino políticas. El actual revisionismo ha adjurado de las síntesis y tesis liberales que nutrieron su primera sustancia dialéctica, entre 1880 y 1914. Es nacionalista y repudia los excesos del imperialismo anglosajón y de la oligarquía mercantil de Buenos Aires; en los casos extremos, ha recaído en la xenofobia. Antes que una escuela rigurosamente historiográfica ha constituido una religión del culto de La Grande Argentina, comprobación esta de algunos autores de Estados Unidos que no tenemos empacho alguno en ratificar y suscribir.

Decía Ernesto Palacio en “La historia falsificada” que no sabemos qué hacer porque no sabemos lo que somos; y no sabemos lo que somos porque se nos ha confundido deliberadamente sobre nuestros orígenes y no sabemos ahora de donde venimos”. La Argentina tiene dos historias: la oficial, por un lado, redactada a partir de mensajes de protagonistas y continuadores que muchas veces carecieron de la imparcialidad y perspectiva temporal suficiente para juzgar los hechos que los ocupaban y, del otro, la reacción del denominado revisionismo histórico, que, frente a muchas arbitrariedades, incógnitas y excesos diversos, buscó correr el telón para reivindicar la verdad, ofrecer certezas y despejar el incómodo camino poblado entre réprobos y elegidos, según gustos y afinidades.

El revisionismo existe porque muchos aspectos de la historia argentina se ocultaron o interpretaron maliciosamente, no con el ánimo predispuesto a divulgar el pasado según criterios de fidelidad respecto a los acontecimientos ocurridos y su recta interpretación, sino con fines subalternos como se deducirá en la lectura de esta obra que estamos presentando.

Todo país del mundo tiene su historia académica u “oficial” y su historiar “revisionista”. Lo tiene Inglaterra, Francia, Italia, la misma España y nuestra propia nación. Hilaire Belloc y G.K. Chesterton suponen que la historia de Inglaterra ha sido falsificada para servir a los intereses de la familia Cecil; en Italia se dice que lo mismo ha sucedido respecto de la Casa de Saboya; en Francia Charles Maurras y Jacques Bainville denuncian un “fraude” de este tipo en detrimento de las flores de lis y la herencia de las Cruzadas; en España, no pocas veces se ha redactado la historia local copiando juicios de historiadores protestantes y liberales de Alemania o Inglaterra cuyo objetivo manifiesto, camuflado en la reivindicación de las “autonomías”. Era negar las grandezas cívicas nacionales. De aquí que el hecho del revisionismo en si, obedezca a una constante general de la crítica histórica y carezca de las intenciones y proyección que quiere asignarle un sector de la opinión, apartado del contacto con los temas cosmopolitas o universales. Para nosotros, el “provincialismo” del revisionista reside tan solo en el juicio de quién administra dicha censura; en todas partes del mundo existe la crítica académica y la antiacadémica y resultaría una muestra de limitación o aldeanismo optar, con exclusividad, por una de ellas. El mundo es suficientemente ancho y complejo como para albergar a todas las ideas.

El hecho de que una suerte de discípulo del general Bartolomé Mitre, el doctor Adolfo Saldías, haya formulado hace más de un siglo el desafío más significativo que ha experimentado la interpretación sectaria del pasado, no constituye un testimonio menor del lamentable estado en que se encontraba la historia, por ejemplo, respecto de esa etapa fundacional del pasado. Dice Marcelo Ramón Lascano, en otra obra de imprescindible lectura, “Imposturas históricas e Identidad nacional”: “Es cierto, la revisión disgusta y fomenta desencuentros. Pero ¿Por qué todas las disciplinas aceptan pacífica y civilizadamente severos cuestionamientos a sus contenidos y entre nosotros ciertos intérpretes del pasado lo resisten? Esto es así porque, más allá de escuelas, doctrinas, criterios interpretativos, muchos acontecimientos pretéritos han estado, al menos en el caso argentino, expuestos a servir otros intereses que los que conciernen específicamente a la Historia”.

Los primeros y grandes maestros de la escuela fueron Adolfo Saldías, Ernesto Quesada y David Peña; sus precursores, Hernández y Alberdi. Al pie de estas columnas trabajó con eficacia una máquina computadora: Juan Álvarez, especie de Taine corregido por Alphonse Aulard. Al iniciarse el presente siglo, la corriente recibió el apoyo de afluentes poderosos como el “moreirismo” (de “Juan Moreira”) y los escritores provincialistas. Los antiguos pastores ecuestres fueron exaltados a la jerarquía de arquetipos de la nación reivindicándose inclusive la imagen romántica del matrero y el gaucho perseguido, a modo de transposición pampeana de los mesnaderos de Schiller (“la ley no ha formado todavía un solo gran hombre mientras la libertad engendra colosos”, declara Karl Moor). La campaña argentina, el interior del país, fue promovida a una especie de Arcadia o Sión de nuevo cuño, vivificado por las aguas lustrales de un Jordán que no arrastraba la menor partícula del río tutelar: el Plata. Tales incentivos, sumados a las decepciones del tratado de Versailles y su contragolpe emotivo en el espíritu del país, encaminaron el movimiento hacia la negación de su propia doctrina, que era la liberal y lo precipitaron en la exaltación nacionalista, de raíz y corte antiliberales.

Carlos Ibarguren, Manuel Gálvez y, en cierta medida, Raúl Scalabrini Ortiz, expresan las necesidades del alma argentina de la primera posguerra empeñada en rescatar símbolos patrióticos de la mar gruesa de la depresión económica y la quiebra de los valores tradicionales del país. La Gran Exposición del Centenario se había hundido estrepitosamente como la mansión de los Usher arrastrando en su caída los estandartes de los beneficios del progreso indefinido, el humanitarismo y la expansión agraria universal.

En tal forma, surgió una nueva escuela revisionista, nacida al calor de recientes signos políticos y sociales y de las transformaciones de las teorías acerca del Estado, la cual ha venido a postular la imagen de una Argentina orgánica e integral, creada sobre las pautas de la unidad económica del antiguo virreinato, que habría mudado las comunidades balcanizadas en que vivimos en un nuevo y próspero Estados Unidos (de la América ibérica). La Argentina actual es solo el muñón de la heredad de Mayo: perdió su provincia ganadera, la Banda Oriental, y su provincia minera, con salida propia al Pacífico, el Altoperú, así como su atalaya antártica. Las Malvinas, déficit éste originado en el gravamen de la lenidad liberal y la impudicia imperialista.

Son intérpretes de tales tesis, Julio Irazusta, José María Rosa, Diego Luis Molinari, Vicente Sierra y Ernesto Palacio. Algunos de ellos sostienen la actitud histórica de la antigua estancia; otros, erigen la bandera de la renovación histórica y social. Arturo Jauretche, un francotirador de talento pugnaz, debe ser citado cuando se alude a este grupo. Otros, intentaron integrarse a este movimiento desde una óptica nacional-marxista.

De este modo, el movimiento ha podido elaborar el sustratum filosófico y el arsenal documental del llamado nacionalismo “de derecha”, palabra ésta huérfana de contenido crítico, así como del peronismo en todas sus manifestaciones doctrinarias y temperamentales; de vastos sectores del radicalismo yrigoyenista o desarrollista; de la “izquierda nacional” y, en la medida de sus conveniencias o necesidades locales, de algunos sectores del comunismo, el trotskismo y el marxismo teórico, es decir, del pensamiento de la mayoría de la Nación. Ningún demócrata liberal podrá negar de buena fe que el revisionismo no haya ganado la batalla intelectual argentina; la intelligentsia se ha visto finalmente derrotada y desalojada por la verdadera inteligencia. El nuevo revisionismo se ha transformado en la única filosofía sostenida hasta hoy por el país, con su lógica, psicología, ética y estética particulares y atesora la casi totalidad de la riquezas ideológicas locales. Su más grande victoria, en nuestro concepto, fue enseñar a los hijos del gaucho a no avergonzarse de haber nacido en una cuna de bandoleros – “gaucho” significaba, en el siglo XIX, “asaltante en despoblado”, y de dicho estigma hubo de exculparse en Chile, Sarmiento – como también a la necesidad de anteponer excusas por rezar a Cristo y hablar en español. “¡Nosotros, los pobres américos – apostrofa la musa profética de Neruda – no mendiguemos la existencia!”. La actual izquierda revisionista se acoge  a este estandarte enarbolado por los padres del nuevo revisionismo. Lo demás vendrá por añadidura. Conquistada la base de la posición, suponemos que la toma de sus alturas exigirá tan solo operaciones de limpieza.

Transitar este camino no estuvo exento de sinsabores e, incluso, de ribetes dramáticos. No hace mucho, decía el recordado Jorge Bernardino  Rivera en su “Celestina y la pedagogía de la historia”, que ubicarse en la vereda de enfrente en materia de exégesis y apologética   involucró generalmente riesgos académicos y personales que no todos los autores desearon correr. Pero entre nosotros resultó peligroso no solo ubicarse en la vereda opuesta, y disentir  con lo esencial de la patrística consagrada, sino hasta el simple hecho de colocarse en posición “heterodoxa” en cuestiones accesorias o de mero detalle anecdótico.

Se corría, por ejemplo, el riesgo nada desdeñable de no ingresar en la Academia (esa especie de Jockey Club de los historiadores), como les ocurrió a Rómulo D. Carbia y Diego Luis Molinari, o de acceder apenas como miembro “correspondiente”, tal como le pasó a José Luis Busaniche, a pesar de su liberalismo, su erudición y su incuestionable seriedad historiográfica.

Se corría, lo que para un historiador o una corista de la calle Corrientes equivalía a un auténtico suicidio profesional, el riesgo del silencio, de la animosidad sorda, del rumor desprestigiante, de la hostilidad rencorosa y de la condenación a la última fila, como le ocurrió a Ernesto Quesada, por sus libros sobre el rosismo, a Ricardo Rojas (hasta que “reaccionó”) por La restauración nacionalista, a Juan Álvarez por Las guerras civiles argentinas, a Rodolfo y Julio Irazusta por La Argentina y el Imperio Británico, a Raúl Scalabrini Ortiz, por Política británica en el Río de la Plata e   inclusive a Enrique de Gandía y Roberto Levillier por sus trabajos “heterodoxos” sobre Álzaga.

Pero no se trata, continúa Rivera, “de predicar la guerra santa contra el Olimpo liberal para erigir en su lugar una nueva casta de inmortales revisionistas y de “estampitas” nacionales, sino de recuperar (sin recortes excluyentes ni enfoques prejuiciosos, como los que hemos padecido) el conjunto del campo histórico y cultural, en todos aquellos aspectos que hagan de manera profunda y efectiva, a nuestro proceso de descolonización, de reidentificación y de reivindicación de los propios patrimonios.”

El neorrevisionismo moviliza hoy día la mayor parte de los engranajes mentales de la Argentina y cuenta con una aceptación y popularidad tan vasta como no había memoria desde la era de los esplendores de la literatura gauchesca. Ahora bien, también transita sus riesgos, definidos por Antonio Caponneto en un trabajo monumental, por la rigurosidad del enfoque y la abundancia de fuentes documentales: “Los críticos del revisionismo histórico”: “La ominosa posmodernidad también ha llegado a la historiografía; y con ella – principalmente con uno de sus temibles atributos: el de borrar toda diferencia entre el orden y el desorden, la realidad y la virtualidad, la naturaleza de la contranatura, la parodia de la autenticidad, lo valioso de lo disvalioso – el caos se ha instalado y extendido por doquier. Entonces, cualquier atentado burdo perpetrado contra el pasado patrio, cualquier saqueo de la memoria, cualquier profanación de los héroes y cuanta vulgaridad ideológica pueda decirse sobre nuestro suceder, se llama hoy revisionismo y revisionistas a quienes ejecuten tamaños desatinos y medren de él. Un publicista cuya mayor audacia ha sido llamar Don José al General San Martín, atribuyéndole miserias impropias de su estatura, ha sido exhibido como revisionista y adjudicándole tal condición rechazaron no pocos académicos y hombres de bien su injuriosa postura”.

A lo que podemos sumar la profusa bibliografía sobre Malvinas publicada tras los sucesos del año 1982, donde el intento justo de recuperación del archipiélago austral queda reducido a una querella de burdel entre dos aficionados al whisky; o el intento de exhumar los andrajos de la “leyenda negra”, tras un indigenismo de mercado.

El verdadero revisionismo, exclamaba el memorable “Pepe Rosa” ganó en poco tiempo a las capas populares, “porque les venía a traer una verdad de siempre intuida por ellas. Pero no le fue fácil convencer a los “intelectuales”, no obstante el severo método de su investigación histórica. Pero no se trataba de una polémica académica sobre esta o aquella verdad, sino el esclarecimiento de la noción de patria, un asalto contra el gran baluarte del coloniaje que son los intelectuales (los semi-intelectuales, los que comprenden a medias) desde aquellos escritores vinculados con el extranjero a aquellos estudiantes que desprecian al pueblo, o lo aceptan retóricamente siempre que piense como ellos”.

Dicho éxito arraiga en los actuales niveles de la temperatura cívica  argentina. Nuestro pueblo se halla ansioso de verdad, en estos albores del Bicentenario, cuando ha comprobado la frustración ciudadana a que lo condujeron senderos extraviados o equívocos. Su mente abandonó hace rato los moldes del siglo XIX, “il tempo degli Dei falsi e bugiardi”, cuyo pasto eran la leyenda negra y el doctrinarismo liberal. Exige una nueva historiografía fundada en nuevos mitos e ideales. Vuelve sus ojos al pasado real y elemental de la Argentina, sediento de una verdad que le resultará quizás poco consoladora. Repudia las filosofías históricas y políticas que intenta esgrimir el snobismo de mesas redondas y pendolistas del orden establecido y estable. Quiere ser él mismo, con sus virtudes y defectos, con su grandeza y miseria, el ignavo bíblico asistido por la gracia, y no el hombre prestado e inexistente del dogmatismo iluminista.

El lector del Bicentenario no puede pensar con la mente de 1914 o 1930. La primera Guerra Mundial colocó al país en un estado particular de emergencia que se acentuó con la crisis de 1929 y las conmociones de 1930, 1945 y 1955, que aún persisten. La incertidumbre a ha sucedido a la seguridad; la experimentación y la búsqueda, a la receta. Los dogmas liberales caducan, así como la actitud de quienes se sirven de dicha evidencia para el contrabando liberal so capa de nacionalismo. La concepción de un estado librecambista, asentado en el principio de la división del trabajo, servido por una economía primaria y colonial y consagrada al sostén del orden, es decir, de la propiedad y la libertad, se halla hoy día herida de muerte por las nuevas ordenaciones jurídicas del mundo. La orgullosa estructura del imperialismo colonial que logró sobrevivir a la primer Gran Guerra se ha derrumbado, como dijimos, y un último trastorno económico-político, se refleja en los sucesos posteriores a la caída del Muro: la quiebra de las grandes certezas, como el nuevo orden mundial y el fin de la historia. La teoría del progreso indefinido demostró ser falaz, y el rostro que muestra la realidad hoy día es tan aterrador como el de la Gorgona o tan espantable como el de los dragones de bronce de China. No habrá manera de crear una conciencia nacional sin el cultivo de la historia revisionista. Somos lo que hemos sido; no sustancia sino historia. La historia de una cosa es la esencia de la misma cosa, por lo cual comprobamos que quien adultera dicha historia falsea y corrompe a su propio país. “Los historiadores que de mentiras se valen – amonesta el Quijote- habrían de ser quemados como los que hacen moneda falsa”. La Inquisición entregaba al poder de la hoguera a los falsificadores de dinero.

Querríamos agregar alguna leve ilustración sociológica a esta sumaria revista y morfología, la cual quizá no resulte del todo amable y pintoresca aunque su objetivo fundamental sea el de ser veraz. La moral de todo escritor debe circunscribirse a la observancia del mandamiento que prescribe no mentir. El revisionismo dividió a la Nación. Debió, en ocasiones, responder a la sorna con menosprecio; a la hostilidad, con la violencia y el odio. No nos congratulamos de esta siembra de arrebato y veneno. El ciudadano común comprobó que se le había falseado su propia historia para servir a los intereses de una minoría monopolizadora de los factores de producción y comercio, y de los organismos de represión y expresión. Al descubrir dicha estafa, estimó que se le había escamoteado la patria. No es extraño que haya apelado al Dios de los Desquites de que habla el salmista.

Las impugnaciones al revisionismo que brotan desde las atalayas donde los enfoques tradicionales custodian celosamente sus líneas, tienen algunas debilidades. Desde el punto de vista metodológico, precisamente porque resisten casi por definición la autocrítica, que es esencial al espíritu científico. El silencio que ha rodeado a Adolfo Saldías, Vicente y – sobre todo – Ernesto Quesada, Vicente Sierra, Rodolfo y Julio Irazusta y más recientemente, Raúl Scalabrini Ortiz, José María Rosa, Fermín Chávez y otros, condenados al ostracismo desde los claustros universitarios, cuando no objeto de sorna por parte de los mismos, que califican de “folkloristas” a estos novedosos intérpretes del pasado, es todo un testimonio de las actitudes refractarias que han nublado el pasado argentino y salpicado nuestra identidad.

En tal manera, la memoria nacional fue sometida a un proceso de ruptura que culminó con el enfrentamiento histórico entre una Argentina abstracta, liberal, y otra, realista y concreta, o sea, entre dos naciones imposibles de imbricar o complementarse entre si. Una y otra prefieren derramar a sembrar juntas. El revisionismo se ha esforzado en refractar el prototipo de la Argentina de la realidad, la Argentina histórica, por cuanto el “ser” nacional, además de no existir, condimenta el lenguaje compacto e  incoloro de las declaraciones públicas, una forma de condenarlo a cierta vida “poeiana”. Ficticia y repulsiva como la del señor Valdemar. Toda la actual crisis nacional, inquietud que se arrastra desde la primera posguerra, reposa en esta evidencia. El problema de manido “cambio de estructuras” solo posee interpretación aceptable cuando se relaciona con las formae mentis de nuestro intelecto, conformaciones éstas casi imposibles de variar. Bien decía Paul Valéry que la historia es el más terrible producto que la química del cerebro haya podido elaborar.

El riesgo mayor incluye la posibilidad que enumerar las frustraciones del pasado y las incertidumbres del presente en la indagación de nuestro devenir, seamos conducidos a un estado anomia que devore al final el laboratorio entero. Las tesis revisionistas, hijas de un juego intelectual coherente y seductor, presentan el pasado en términos de frustración, y el presente, bajo el aspecto del pesimismo. “Las condiciones deplorables en que ha vivido, le han metido la derrota adentro”, dijo en cierta ocasión el biógrafo de un adalid revisionista. Pero en uno u otro modo casi todos hemos vivido prisioneros de un poder que aún no hemos alcanzado. La nota vindicativa y de desquite popular resuena en todas estas formulaciones. Las razas que componen nuestro conglomerado humano son vengativas: la española (piénsese en el “Romancero”); la italiana (recordemos a Dante: “che bell´onor sácquista in far vendetta”); la mestiza y la mulata (evoquemos las figuras de Siripo y Ventura). Cualquier contrabando de los secretos nucleares del revisionismo, son destino a alguna potestad malévola, esto es seudoargentina, podría originar un cataclismo social que aniquilará a los mismos portadores del arma.

No ha sido propósito de ningún maestro revisionista dar pábulo a ejercitaciones perversas. Lo triste es que tampoco integraron las previsiones de las Sociedades de Pensamiento de Francia en el siglo XVIII las hecatombes de Nantes y Lyon. “La revolución es una idea que ha encontrado bayonetas” explicaba Napoleón. Toda idea revolucionaria encuentra siempre bayonetas, lo cual no deja de ser un consuelo humano e histórico. Lo triste es que encuentren también bayonetas una idea desnaturalizada, es decir, una anti idea. Mammón las encontró a través de Calvino.

La escuela admite, por fortuna, autocrítica y rectificaciones que le proveen de una base de movilidad como no podrían invocar ni el absolutismo racionalista ni el dogmatismo liberal. Sus postulaciones lejanas se inspiran en el historicismo prerromántico que recordaba Alberini respecto del segundo y auténtico Alberdi.

En nuestro caso personal, coincidimos con nuestro padre cuando este confesaba “no batir excesivas palmas al caudillismo anárquico o separatista ni al antiporteñismo de receta, esgrimido por los encomenderos arribeños cada vez que el clamor social alcanza a sus puertas. Hoy día quizá no podamos salvarnos o perdernos si no es en nombre de la “inmortal Buenos Aires, “la patria de los libres”, que dijeran antiguos partes revolucionarios y poetas.

En la tierra porteña se libró la Defensa contra la invasión británica – desquite de Trafalgar para el mundo español -, germinó la idea de internacionalizar los principios de dicha Defensa de cara al Pacífico, alentó el signo y la profecía de heroica grandeza de Rosas y se alzaron las barricadas de las convulsiones sociales y sindicales del siglo pasado. Mientras exista, Buenos Aires se pondrá al frente de toda “ínclita unión”.

La campaña argentina no es mejor por su condición mediterránea ni Buenos Aires peor por gozar de un gran puerto y haber cobijado el ensueño de la república insular marinera, la gran talasocracia colonial americana. “Porteño”, no quiere decir “portuario” ni “portuense” como lo quieren ciertos bachilleres o cuentaporotos devenidos en historiadores. Tal lo entendieron las tropas nacionales que entonaron el Himno argentino, en julio de 1822, en la plaza mayor de Lima, junto a San Martín, a tan solo doce años de la revolución de Mayo. Todo lo que resta por decir queda dicho en la Canción Patriótica de Vicente López que resonó como la trompeta del juicio de la libertad de media América y resuena hoy más que nunca “lo que ve renovando a sus hijos de la patria el antiguo esplendor”.

Quienes hablamos la lengua de José Hernández y tenemos la fe y la moral que tuvieron los defensores de Buenos Aires en 1807, y los intérpretes del himno de Lima, en 1822, habremos de morir o ser libre.

Es éste el mensaje que el Plata se esfuerza en transmitir día a día a la nación que de él toma el nombre, inspiración y conciencia y que ahora cumple su Bicentenario.

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