Respuesta al Artículo “De Gorilas…..”

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Lunes 10 de marzo de 2008 | Publicado en edición impresa

Peronismo, peronistas y gorilas

El autor, de reconocida filiación antiperonista, esboza un intento de respuesta a mi artículo publicado en “Movimiento” con airada indignación. Por las dudas, omite mencionarme

Por René Balestra

Para LA NACION

“Esta fue una dura forma de reaccionar ante el intento del peronismo de ocupar toda la escena pública sin dejarles espacio ni a los partidos políticos ni a la dirigencia estudiantil ni a los gremios independientes ni a los intelectuales de signo liberal y cosmopolita y finalmente tampoco a la iglesia católica, cuya alianza con el peronismo había sido uno de los pilares sobre los que se consolidó el régimen.”
María Sáenz Quesada, La Libertadora (sobre la participación civil en el golpe)

ROSARIO

No me voy a ocupar, en este escrito, de los monos antropomorfos del Africa ecuatorial, algunas de cuyas especies están en peligro de desaparecer y son la preocupación angustiada de muchos ecologistas. Me voy a referir al término, usado con intención peyorativa en la República Argentina, para calificar a los enconados opositores a Perón y su movimiento. Si se trata de clarificar la idea y entendernos desde el principio, tengo que decirles que, en ese sentido político, el único gorila es, para mí, aquel obcecado que niega la existencia del peronismo como fenómeno de la realidad. Es decir, el terco ofuscado que, como un ciego, niega lo que está porque no le gusta que exista.

En ese sentido, en el país y en el mundo, existen y han existido infinidad de gorilas. Baste y sobre, para ejemplificar, los que gobernaron Estados Unidos y se rehusaron durante décadas a admitir la permanencia de China comunista. Un modesto ejemplo doméstico actual estaría dado por la menguante multitud de entrerrianos que se oponen a la vecina papelera uruguaya.

Pero lo que me propongo enfrentar, como si fuera un potente toro de Mihura y sin hacerle ninguna verónica, es decir, sin esquivar el bulto, es la mentira complaciente y generalmente bien remunerada de calificar de gorila a todo aquel que en el pasado y en el presente se opuso y se opone a todo lo peor que el peronismo tuvo y tiene. En el análisis de ese movimiento, desde su derrocamiento en 1955, se ha generado un desentendido dual: o no se lo acepta o se lo glorifica. El peronismo expresa desarreglos de la sociedad argentina. Como una enfermedad. Fue siempre una consecuencia, no una causa. Aunque se convirtió, a su vez, en causa de cosas que ocurrieron después.

Solamente contrabandistas ideológicos que quieren pasar mercaderías en mal estado pueden negar la matanza de Ezeiza, López Rega y la triple A, la guerrilla criminal y, finalmente, el espanto de los años de plomo como algo ajeno o no relacionado con el peronismo.

En la realidad de la vida humana no existen leyes mecánicas, como en el mundo físico. Pero existen causas y consecuencias. Querer separar el horror del proceso del horror peronista que lo antecede es hacer trampas.

La palabra “gorila”, como epíteto dirigido a todos aquellos que seguimos diciendo lo que el peronismo fue y es, se saltea la realidad. Es curioso, es sospechoso, el análisis que ciertos comentaristas, psicólogos sociales y sociólogos a la violeta hacen del primer peronismo. Reivindican, con razón, el aporte de la incorporación millonaria de marginados a la sociedad argentina que significó, repitiendo lo que había hecho el radicalismo con los marginados de su época. Pero ignoran estos campeones sedicentes y sediciosos de los derechos humanos todo lo que tuvo de sistema fascista de aniquilación de la libertad y la dignidad humana: la afiliación forzosa, la humillación del luto obligatorio, los textos escolares plagados de incondicionalidad. Fue, para nosotros, un fenómeno nuevo, importado de la Italia de Mussolini. Todo argentino no peronista se convirtió en esa época en exiliado interior. La escuela primaria, la secundaria, la universidad, los bancos oficiales, Gas del Estado, Teléfono, Luz y Fuerza, Obras Sanitarias, Ferrocarriles, radios y la inmensa administración pública fueron territorios ajenos. Con la muerte de Eva, reivindicada como presencia impecable, los directores de las escuelas primarias, secundarias y de universidad estaban obligados a concurrir al simulacro de un velatorio con un cajón con la foto de Eva en la unidad básica del partido peronista y a darle el pésame al jefe o a la jefa de esa unidad básica, so pena de quedar cesantes.

Los analistas compañeros de ruta del peronismo suelen tratar de alivianar los espantos de Stalin en la descripción pormenorizada de los horrores del zarismo. Nada de eso se les cruza por la cabeza cuando se trata de anatematizar a los no peronistas. Los quieren culpables en estado puro. El antiperonismo, sobre todo el de la Revolución Libertadora, cometió errores. Copió, en daguerrotipo, los excesos que terminaba de abatir. Pero importa mucho desglosar los abusos de los malos usos. Los primeros son graves pero coyunturales, momentáneos, pasajeros. Los malos usos son permanentes; están incorporados a la vida cotidiana. Forman parte del sistema. Se transforman en una contracultura. El peronismo es esto último.

Existe una conferencia admirable de Gerardo Ancarola sobre la década anterior al peronismo. En ella describe pormenorizadamente y con lucidez el estado de decadencia de la sociedad argentina de la época: su duplicidad, su mentira, su fraude. Entre otros ejemplos, señala que el filósofo español José Ortega y Gasset estuvo casi cuatro años (1939-1943) en nuestro país esperando ejercer una cátedra universitaria. No lo logró. Se volvió a Europa. La sociedad argentina era impermeable a la grandeza. El 4 de junio de 1943 fue el desemboque de ese estado de cosas y el peronismo, su consecuencia. Desde entonces, en el ejercicio del poder o fuera de él, este millonario movimiento de masas “colonizó” el país. En rigor, podemos decir que desde 1943 se ha convertido, en los hechos, en un verdadero ejército de ocupación aceptado.

No todos, desde luego, pero millones se “peronizan” en los modos, en las maneras, en las formas de entender la vida social y política.

Una síntesis con afán didáctico podría compendiarse diciendo que su característica es el desaliño moral. El desaliño moral, lo dice su etimología, es desentenderse, desinteresarse por ciertas formas del comportamiento que son el piso, las paredes y el techo de la honestidad. De la honestidad pública y de la honestidad privada.

Las sociedades son inmensos sujetos colectivos, valga la paradoja. La nuestra creyó, durante más de medio siglo, que existía humedad porque había hongos. La cosa es al revés: porque hay humedad es que existen hongos. Los hongos son una “consecuencia” de lo anterior.

Con los golpes de Estado protagonizados por los cuarteles sucedió lo mismo. Los generales golpistas eran hongos de anteriores humedades civiles proclives. Cuando la civilidad secó esos vahos, como por arte de magia, se terminaron los champiñones de cuartel. Algo parecido tendrá que suceder para que la sociedad argentina deje de dar vueltas y vueltas alrededor de este malacate anacrónico e inútil del justicialismo, que, desde que apareció, nos ha hecho descender, en la lista de los países del mundo, desde el número siete que teníamos en 1943, al número cincuenta que ocupamos ahora, si queremos ser generosos.

Damos vuelta en este molinete alrededor de un pozo vacío y seguimos sin hacer una distinción categórica entre el peronismo y los peronistas. Lo primero es un sistema perverso que es menester superar; los segundos son nuestros conciudadanos, muchos de los cuales nunca pensarán como nosotros, pero es posible que millones de ellos sean capaces de sentir de una manera parecida. Sin esa posibilidad esperanzada se torna imposible la tarea ciclópea de la rehabilitación.

Esto, que parece un juego gramatical de palabras entre peronismo y peronistas, no lo es. Consiste en la clave de administrar la herencia de un régimen despótico. Los argentinos del siglo XIX lo tuvieron claro y, cuando derrotaron a Rosas, se ocuparon de terminar con el sistema rosista, incluso con la colaboración de eminentes rosistas. Nosotros no fuimos capaces de forjar una réplica. El peronismo de 1955 era, sin ninguna duda, un régimen totalitario, despótico, opresor, que gozaba con la humillación de sus no partidarios. Lo derrotamos, pero en vez de concentrar los esfuerzos contra el sistema -en daguerrotipo- nos especializamos en perseguir peronistas. No hubo ni habrá desenlace si no resolvemos esta ecuación. España, Italia, Alemania, se rehabilitaron, no con, sino contra el falangismo, el fascismo y el nazismo, pero con falangistas, con fascistas, con nazis. Imaginar o sostener lo contrario es ingenuidad o mala fe. Incluso ese falso campeón de la justicia española de los derechos humanos convive cotidianamente con falangistas asesinos que se cruzan todos los días, con él, en las calles de Madrid. Suponer una cosa distinta es fantasear o pasar mercadería de contrabando. Lo han sabido siempre los verdaderos forjadores de pueblos. Los que protagonizaron la epopeya de la generación del 80 entre nosotros, mutatis mutandis , fueron acompañados por legiones que habían seguido a Rosas. Sólo que (¡casi nada!) para hacer algo distinto, que reciclara y mejorara lo anterior

Las sociedades, como los intelectuales, no pueden ni deben gobernar ellos mismos, pero como lo quería el admirable escritor mexicano Alfonso Reyes, tienen que abrir la portezuela del coche del Estado y de vez en cuando gritarle al cochero: “¡Por allí no!”.

El autor es profesor universitario, director del Doctorado en Ciencia Política de la Universidad de Belgrano.

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