El Magisterio del Fin del Mundo

             El Magisterio del Fin del Mundo

            “Nuestra Patria merece un proyecto integrador. Un proyecto en torno a definiciones de valores y a objetivos concretos en las distintas áreas de la economía, la política, lo social, lo cultural. Un proyecto de desarrollo integral para todos. Ese proyecto integrador excede los tiempos de cualquier gobierno, porque necesita una mirada de mediano y largo plazo, y por lo tanto, requiere continuidad, la que sólo puede ser garantizada mediante el compromiso de las distintas fuerzas políticas y sociales.”

“Nosotros como ciudadanos, nosotros como pueblo. Hacia un Bicentenario en justicia y solidaridad 2010 – 2016” Cardenal Jorge M. Bergoglio (Papa Francisco)

“La libertad económica no debe prevalecer sobre los derechos del hombre”,

Francisco I

Francisco 9

Los nacionalismos americanos y europeos se sustentaron en el sentimiento patriótico, en las tradiciones. Los mitos y héroes que habían contribuido a la formación de una conciencia nacional y territorial. Ellos favorecieron la creación y fortalecimiento de los Estados Nacionales y reforzaron la identidad nacional que se adscribía a un espacio geográfico y a un destino signado por la providencia. En cierto modo pueden ser considerados como una suerte de religión política – en la conceptualización que acuerda a este término Antonio Elorza(1), que abarca desde los casos de los nacionalismo radicales de los vascos y flamencos hasta los nacionalismo surgidos tras el colapso de la Unión Soviética como también los integrismos religiosos que han proliferado en países don población musulmana, hasta el integrismo hindú o israelí. Estos movimientos han recibido la denominación de “integrismos” – en la versión francesa- y “fundamentalismos – en la versión anglonorteamericana -; empero, cualquiera sea la forma de identificarlos, no cabe la menor duda de que conforman una nueva forma de identidad nacional y que, por lo tanto, modifican el concepto tradicional del Estado nacional, tal como se lo conoció entre los siglos XVI y XX. La identidad se basa en la religión más que en la “patria”. A su vez, dice Raúl Puigbó, ” la clásica definición del estado como una nación jurídicamente organizada, o bien una nación organizada que obra según las reglas de derecho, parece haber quedado anticuada frente a las circunstancias políticas e históricas que se están dando en el mundo”.

 

“Los custodios de La Palabra. Sobre Fundamentalismo,                                          Integrismo e Islamismo”.

                                  por José Luis Muñoz Azpiri (h) *

 

 

          “La religión auténtica es fuente de paz y no de violencia. Nadie puede usar el nombre de Dios para cometer violencia. Matar en nombre de Dios es un gran sacrilegio. Discriminar en nombre de Dios es inhumano.”

S.S. Francisco. Tirana (Albania) 2014

 

Tal vez, nunca más oportunas las expresiones y los deseos de “El Papa del Fin del Mundo “, como él mismo se definió, dado los tiempos que corren y las cosas que acontecen. Pero quien conozca algo de las llamadas religiones del Libro sabe que en ellas – por estar basadas en textos – todo es cuestión de interpretación. En el antiguo Testamento, el mismo Dios que promulga el “no matarás” (Deut. V,17) ordena combatir a otros pueblos “hasta el exterminio total“, sin compasión alguna (Deut.VII, 2). Cuando la caída de Jericó, el pueblo elegido pasó “al filo de la espada a hombres, mujeres, niños y ancianos” (Jos. VI,21). El Corán, por su parte, se inicia con la invocación de Alá, el Misericordioso ( I, 1), pero Alá es también el Maestro de la Venganza (V, 95 y III,4) que invita a matar a los incrédulos (VIII, 39) y a los politeístas (IX,5) y, curiosamente, elogia a quienes les concede asilo (IX, 6). Y el propio Jesús, el Cordero, en los Evangelios impone ofrecer la otra mejilla al que recibe una bofetada (Mt. V,39), pero echa a latigazos a los mercaderes del templo (Jn. II, 14) y dice que no ha venido a traer la paz, sino a desenvainar la espada (Mt. X, 34).

El problema no es solo que el mensaje del Libro o los Libros carece de claridad y muchas veces de coherencia, sino que sus supuestos destinatarios se la han ingeniado, a lo largo de los siglos, para instrumentarlos como eficaces herramientas de legitimación del poder o de necesidades políticas. El ¡Dios lo quiere! atronó no sólo en las Cruzadas, aún hoy suena en el mismo escenario, en Nigeria y en el Cuerno de África.

“Hasta unos podría sospechar que el Dios único – propio de los monoteísmos judío, cristiano y musulmán – con su monopolio de la verdad y la terminante exclusión de todo lo que se le opone, se presta más a las guerras santas que los dioses más regionales del politeísmo antiguo. Éstos, al menos, no tenían pretensiones de dominio universal, lo que los hacía menos aptos para justificar cruzadas redentoras o reivindicativas, El fervor bélico parece más característico de los seguidores de Aquel que no admite ninguna competencia y que, en el propio Libro, se autotitula un Dios celoso (Deut.V.9)” (1)

El siglo que comenzó hace catorce años, lejos de concretar los ideales de la Ilustración y el Iluminismo o las utopías soñadas por Julio Verne, H.G.Wells y otros autores, se caracteriza por la reaparición, con inusual virulencia, de las manifestaciones más primitivas que se creían definitivamente extintas: Racismo, sexismo (y su contraparte como los grupos Femen), jingoísmo ( y sus expresiones enanas como el separatismo regionalista), falsificación histórica, genocidio y, fundamentalmente, extremismo religioso. Suenan proféticas las palabras de Juan Donoso Cortés en el Congreso de Madrid en 1849: “La causa de todos vuestros errores, señores, es que ignoráis la dirección de la civilización y del mundo. Creéis que la civilización y el mundo progresan ¡y retroceden!”

Una de estas expresiones de intolerancia religiosa, es una rama del islamismo que ha cobrado macabra notoriedad en el los últimos tiempos: el yihadismo. Cuando conquistan una nueva ciudad, los yihadistas de Estado Islámico (EI) aplican sin piedad su particular visión del Islam. En la toma de Mosul, la segunda ciudad más importante de Irak, en junio pasado, destruyeron estatuas de la Virgen, un santuario musulmán y mezquitas chiitas. Además realizaron ejecuciones públicas y forzaron a la población a seguir un estricto código social.

Pero, al margen de la brutalidad con la que se manejan – también persiguen a minorías religiosas, secuestran inocentes y degüellan periodistas – la ambición de EI va mucho más allá de sembrar el terror. Su objetivo es fundar un Califato islámico entre Siria e Irak, y como lo dejan en evidencia las ciudades bajo su dominio, parece que la cosa va en serio.

Francis Fukuyama publicó en 1989 su famoso artículo sobre el fin de la historia y, en 1992, el libro en que amplió y fundamentó su teoría, explicando que, con la desaparición de la Unión Soviética y del comunismo, la democracia no tendría ya alternativas de peso e iría poco a poco integrando al mundo en una civilización global regida por los valores del “Mundo Libre” del cual Estados Unidos era su heraldo. Dicha tesis fue acogida como una verdad revelada por los gobiernos neoliberales del Cono Sur. Un cuarto de siglo después se ha desmoronado como un castillo de naipes. Quienes aquí creyeron que la implosión soviética significa la desaparición de Rusia, asisten alarmados a la resurrección imperial de la mano de Vladimir Putin y un séquito de antiguos agentes de la KGB que dejaron de ser comunistas pero jamás de ser rusos. El Oso siberiano resucita como una potencia que rescata las antiguas y genuinas tradiciones, que desafía a “Occidente” con éxito y va reconstituyendo sus fronteras y áreas de influencia.

La “primavera árabe”, que despertó tantas esperanzas en todo el mundo democrático, está muerta y sepultada. Tan sólo sobrevive en Túnez, pero desapareció en Egipto, donde las elecciones libres subieron al poder a unos Hermanos Musulmanes que comenzaron a instalar una teocracia excluyente y agresiva y han sido echados del gobierno por una dictadura militar vesánica. En Libia, la revolución del Libro Verde fue derrocada con la abierta complicidad de Occidente, que asistió impasible a la persecución y el asesinato de Khadafy y sus seguidores, permitiendo que el país viva ahora en una anarquía sangrienta en que las facciones religiosas y militares se desangren sistemáticamente y en la que, sin duda, terminarán prevaleciendo los fundamentalismos islámicos.

El caso más patético es, sin duda, Irak. tras la grosera patraña de las “armas de destrucción masiva” para justificar la destitución de Saddam Hussein, se intentó manipular una suerte de imagen de libertad y legalidad que desembocó en una guerra sectaria (previsible, por cierto) entre chiitas y sunnitas y los terroristas de Al Qaeda y otras organizaciones islamitas se hicieron presentes para perpetrar verdaderos aquelarres de atrocidades, clima en el que un movimiento aún más cruel, sectario y fanatizado que Al-Qaeda, el ya citado Estado Islámico, se ha apoderado de parte del país al igual que de Siria e instalado allí un nuevo Califato, en el que imperan la sharia y demás formas extremas de la barbarie, como decapitar, crucificar y enterrar vivos a quienes se niegan a convertirse a la rama fundamentalista del Islam y donde las mujeres son esclavizadas y, aún niñas, entregadas como concubinas a los militantes. y futuros mártires.             No menos trágica es la situación en Afganistán, donde los talibanes parecen irreductibles.

A su vez, de la misma forma que sucedió en Libia, Estados Unidos y sus aliados europeos instrumentaron una ficticia rebelión, convenientemente financiada y promocionada en las grandes cadenas de comunicación, con el fin de destituir la “dictadura” de Bashar al-Assad en Siria; que es nada menos que uno de los últimos bastiones seculares en Medio Oriente y que representa, en términos de cultura, derechos cívicos y convivencia y respecto al sexo femenino, el polo opuesto a las dictaduras teocráticas de Arabia Saudita y los Emiratos del Golfo, aliados y proveedores energéticos de un Occidente de moral hemipléjica que no exige en el Golfo Pérsico lo que quiere imponer en el Mediterráneo. Tras las manifestaciones estudiantiles y el recurso a las redes sociales en la forja de esas insurrecciones, agazapadas estaban las distintas variables del fundamentalismo islámico, no los principios de Hamilton, Jefferson y la Ilustración.

En la política exterior norteamericana, George W. Busch se guió por la tesis del “choque de civilizaciones” acuñada por Samuel Huntington. En un influente ensayo luego convertido en libro, Huntington adujo que los conflictos de la época posterior a la Guerra Fría se darían entre civilizaciones muy diferentes entre sí. Lo que a él le preocupaba, en verdad, era el Islam. La civilización islámica, escribió, “tiene fronteras sangrientas”. Para este politólogo estadounidense, en el siglo XXI ninguna frontera sería más sangrienta que la que separa al Islam de Occidente.

Y dada la gravedad del asunto, es necesario ser riguroso en la terminología, porque confundiendo las definiciones se concluye en análisis erróneos. Y no es una cuestión meramente semántica, en ocasiones, al referirnos al término islamita, se utilizan términos como integrismo o fundamentalismo, los que son transplantados de un contexto histórico-cultural a otro – por cierta analogía – pero abusando de una excesiva generalización. Lamentablemente, muchas veces las confusiones terminológicas derivan en conceptuales, es por ello que, como primera instancia, conviene efectuar algunas delimitaciones a los efectos de devolver a cada término su verdadero significado.

Tanto los vocablos integrismo como fundamentalismo corresponden a movimientos de expresión religiosa que se dieron a fines del siglo XIX y comienzos del XX dentro del catolicismo intransigente y entre sectores puritanos del protestantismo, respectivamente, que no tuvieron implicancias políticas en el sentido que reconocemos actualmente. En efecto, integrismo es un término de origen francés. “Intégralisme”, que se utilizó en forma peyorativa para designar a una fracción del catolicismo de los países latinos de Europa que, a lo largo del siglo XIX, se oponía a todas las tentativas de conciliación entre la Iglesia Católica y la sociedad surgida de la Revolución Francesa, por considerar a la modernidad como antagónica a la tradición que ellos pretendían conservar. Su lema era: no se puede transigir en los principios. Esto se traducía en un rechazo a la República no solo por ser partidarios de la Monarquía, de la soberanía temporal del Papa y del mantenimiento de los Estados Pontificios, sino además, fundamentalmente, por no admitir bajo ningún aspecto el principio republicano elemental de la libertad de conciencia y de culto, considerando un agravio a la verdad única del dogma católico. y a la religión como elemento estructurante de la sociedad.

Sobre esta base, los impulsos conservadores han dado lugar a movimientos integristas apegados a la ortodoxia tradicional de la institución y cuyo objetivo, diametralmente opuesto a los de la “teología de la liberación”, es la de la adaptación de la sociedad a las reglas cristianas. Los grupos integristas católicos, entre ellos el “Opus Dei” y “Comunión y Liberación”, acaso dos de los más emblemáticos, encontraron el pontificado de Juan Pablo II un campo propicio de actuación. Particularmente activos se mostraron en Europa del Este, en los países de la antigua Unión Soviética, en América Latina e incluso en África y China, donde cargaron contra los protestantes. En Europa, estas expresiones se manifiestan sustentando los grupos “Pro Life” y antidivorcistas.

En general, estos grupos, cuyos miembros no se sienten poseedores sino poseídos por la verdad, tienen la idea de que los católicos deben crear o integrarse en los partidos políticos, sindicatos o medios de comunicación confesionales para ejercer influencia sobre instituciones y desde ellas intervenir con capacidad decisoria en la vida política y social de los Estados. No obstante, carecen de un proyecto político y desde su óptica conservadora cultivan la nostalgia al pasado y dan su apoyo ideológico a los regímenes que suelen identificarse en las fórmulas elementales de “Tradición, Familia y Propiedad” o “Ley y Orden”.

Contrariamente a integrismo, fundamentalismo fue un nombre asumido por el movimiento protestante conservador, que se originó en los Estados Unidos a fines del siglo XIX, como reacción a las interpretaciones liberales y modernistas de esa época.. Su objetivo básico era defender el precepto de inspiración divina de la Biblia – su infalibilidad – y, por lo tanto, la autoridad absoluta de la misma en la vida de todo cristiano. Por ello, veían en la difusión de las doctrinas evolucionistas (como el darwinismo), el alto grado de decadencia a que había llegado la sociedad norteamericana: la secularización de los modos de pensar, la descristianización de la cultura y de la educación. Como solución proponían el retorno a la palabra de Dios: la Biblia y el Dios de la Biblia son la única esperanza, sostenían. En su defecto, la sociedad norteamericana estaría destinada a sucumbir. Ello denota su preocupación por la moral privada y su aparente e hipócrita alejamiento de la esfera política y de los asuntos públicos. no es un principio hermenéutico, vinculado con la interpretación de un Libro sagrado. Hay formas de fundamentalismo en las tres religiones monoteístas del Libro, pero el fundamentalismo cristiano nace en los ambientes protestantes y se caracteriza por la decisión de interpretar literalmente las Escrituras, de donde se derivan todos los debates aún actuales sobre el darwinismo, rechazado porque no cuenta la misma historia del Génesis.

Ahora bien, para que haya interpretación literal de las Escrituras es preciso que las Escrituras puedan ser interpretadas por el creyente, y esto es algo típico del protestantismo. No puede haber fundamentalismo católico – y al respecto se combatió la batalla entre la Reforma y la Contrarreforma – porque para los católicos la interpretación de las Escrituras pasa por el magisterio de la Iglesia.

Ya entre los padres de la Iglesia hubo debates entre los partidarios de la letra y los que apoyaban una hermenéutica más blanda, como la de San Agustín, que estaba dispuesto a admitir que la Biblia a menudo hablaba mediante metáforas y alegorías.

La teología católica nunca se escandalizó demasiado por las teorías evolucionistas, con tal que se admitiera que en la escala evolutiva se produjo un salto de calidad, cuando Dios introdujo en un organismo vivo un alma racional inmortal ¿Cuál es, pues, la actitud católica que hoy se tilda de como fundamentalismo? No es fundamentalismo el debate sobre los embriones y sobre el origen de la vida, porque si acaso, hasta que Dios le insufla el alma a Adán, nos habla de fango, pura materia no espiritual.

Ya se ha escrito que la decisión de emprender una batalla anticipando los orígenes del alma inmortal es un hecho nuevo en la historia de la teología católica (salvo en el caso de Tertuliano), que parece motivado por otras preocupaciones, como la del aborto, ésta sí criticable en términos de una interpretación de las Escrituras.

Lo que se tacha de fundamentalismo es, en cambio y más bien, una actitud clásica (o tentación perenne) del pensamiento religioso (no solo cristiano sino también islámico), que es el integrismo, es decir, la pretensión de que los principios religiosos deben ser también el modelo de vida política y fuente de las leyes del estado. En tal sentido, los muchachos del Tea Party estadounidense son unos fundamentalistas protestantes (tradición antigua) que están cediendo a la tentación católica y a la práctica islámica nuevas para la democracia anglosajona) del integrismo.

Se dirá que es sólo una cuestión de palabras. No, es una cuestión de sutilísimos debates filosóficos, teológicos y políticos que no gana nada en verse reducidos, ni por una parte ni por la otra, en un apedreamiento de palabras fetiche.

Pero al hablar del fenómeno islamita actual, la expresión más adecuada es la de islamismo. con ella se alude a una variada gama de corrientes políticas del mundo musulmán que tienen por objetivo el restablecimiento del “Estado Islámico” en las sociedades en las que actúan. Este fenómeno no es un hecho aislado y mucho menos reciente. Desde los comienzos del Islam han existido movimientos que se han basado en la necesidad de una renovación religiosa para justificar su conquista del poder o su lucha contra el poder instituido. Pero es a partir del triunfo de la revolución iraní, en enero de 1979, que estas corrientes políticas cobran fuerza y su importancia se extiende prácticamente a todo el mundo musulmán.

El islamismo se presenta, entonces, como un movimiento que se funda en el Islam, entendido éste como ideología y religión. En efecto, en el Islam reconocemos, a la vez, una propuesta política y del Estado, y una propuesta religiosa, que se relaciona con el regreso a la raíz o surgimiento del Islam de tiempos de Mahoma. Es en este último aspecto de revalorización del pasado donde reside el carácter fundamentalista del resurgimiento islámico actual.

Tal como destaca la investigadora Magdalena Carrancio: “Esto implica, en definitiva, un retorno a los textos coránicos para así beber, desde las fuentes, los referentes religiosos, morales, sociales y políticos del Islam. Pero más aún, la imbricación de lo político y lo religiosos que caracteriza al Islam, facilita la sacralización de lo secular, fenómeno justamente contrario a la laicización sostenido por los procesos de modernización. En esta oposición del islamismo a la modernidad -ante la que se muestran intransigentes – se reconoce su connotación integrista.” (2)

Ahora bien, en el caso de los países de cultura islámica, modernidad termina siendo signo de occidentalización. El islamismo actual surge para llenar el vacío dejado por el desmoronamiento de las estructuras tradicionales y por el fracaso de los modelos importados de Occidente. Las guerras de liberación y la lucha por la independencia habían sido obra de elites nacionalistas forjadas en Europa, marcadas por el pensamiento occidental y animadas por una voluntad reformadora y modernizante. El nacionalismo árabe, en su versión nasserista o baasista, que llega al gobierno tras la independencia, intentó ser, durante mucho tiempo, la fórmula que mejor expresaba los anhelos de muchos pueblos islámicos, pero no pudo dar respuesta a los problemas que, de manera cada vez acuciante los afecta. De esta forma, el islamismo fue creciendo como ideología política de alternativa en tanto entraron en crisis otras ideologías.

Es bien sabido que dentro del Islam hay diversas ramas que se disputan el poder dentro de la misma religión, y este es un factor importante a la hora de analizar la región de Medio oriente y Asia del Sur. La lucha más intensa se da entre los sunnitas – entre el 80 y el 90% del total de musulmanes, que son liderados por Arabia Saudita, y los chiitas – una rama no tan extendida pero igualmente fuerte, liderada por Irán – Pero, ¿Cuáles son las diferencias entre los grupos? Básicamente, los chiitas consideran que los sucesores de Mahoma debían ser sus sucesores naturales, mientras los sunnitas consideraban que el sucesor debía elegirse dentro de la misma tribu del profeta. Esto, por supuesto, trae en la práctica distintas concepciones del poder, de ordenamiento social y de la relación del hombre con Dios.

La división surgió tras la muerte de Mahoma en el años 632, que desembocó en lo que se conoce como la “fitna” o “gran discordia”. Después de la muerte del profeta, los creyentes decidieron institucionalizar el liderazgo de la comunidad creando un califato. Los primeros califas (o “sucesores”) fueron elegidos por consenso. Pero luego la comunidad se dividió en torno al mecanismo de sucesión. Los “legitimistas”, hoy conocidos como chiitas, pensaban que el liderazgo de la comunidad debía recaer en un miembro de la familia de Mahoma. Por lo tanto, consideraban que los herederos debían ser en primer lugar su primo y yerno Alí y luego sus hijos Hasán y Husein. Pero luego surgió otra corriente, que dio origen al grupo ahora conocido como sunnita, que descartaba la descendencia como criterio y consideraba que el único criterio de sucesión debía ser pertenecer a la tribu de Quraish, de la que procedía Mahoma. Finalmente, surgió una tercera corriente, que hoy tiene menor importancia, compuesta por los jariyíes, quienes pensaban que la dignidad califal emana de la comunidad, y que esta debe elegir libremente al más digno “aunque sea un esclavo negro”.

Alí y sus dos hijos, Hasán y Husein, fueron los tres primeros profetas del chiísmo. La sucesión de Alí, de padre a hijo, se interrumpió en 872, con la desaparición del duodécimo imán, conocido como el “Madhi”. Según la corriente duodécima del chiismo, este imán está vivo pero “oculto”. Para los chiitas, el imán tiene legitimidad, en nombre del Madhi, para interpretar la Ley y transmitir los misterios divinos a los sucesores. Los sunnitas, por el contrario, están convencidos de que Dios no ha podido abandonar a los creyentes con la desaparición del duodécimo imán y de que no hay intermediación entre el hombre y Dios. Los sunnitas se presentan como los guardianes de la tradición del Profeta y consideran que la misión principal del Califa se limita a velar por la aplicación y la observancia de la Ley, tal como fue revelada en la profecía. Pero, a pesar de estas diferencias, son más cosas las que unen a chiitas y sunnitas que las que los separan: Todos los musulmanes creen en un solo Dios, en un libro único (el Corán) y comparten los mismos principios fundamentales éticos y morales.

La frustración del Islamismo ante la modernidad recae sobre los efectos que ésta tuvo en las sociedades musulmanas, por su falta de adaptación a sus particularismos y peculiaridades. El estado moderno es visto por los islamistas como enemigo de la religión, no tanto por negarla sino por considerarla un asunto privado. Asimismo, los cambios en la economía, en la demografía y en la relación ciudad/campo, producidos por los procesos de industrialización y modernización, alteraron su sistema de referencias sociales. La estructura social más o menos común a todas las sociedades islámicas es la familia, el clan, la tribu. Esta pretende ser reemplazada por regímenes importados lo que ha trastocado el equilibrio socio-político tradicional y provocado una profunda crisis que dio lugar al nacimiento del Islam político.

El investigador francés Gilles Keppel da cuenta de esto cuando sostiene que “el movimiento islamista es doble. En él encontramos a la juventud urbana pobre, surgida de la explosión demográfica del tercer mundo, del éxodo rural masivo y que por primera vez en la historia tiene acceso a la alfabetización” A su vez, Keppel explica que también forman parte “la burguesía y las clases medias piadosas que fueron marginadas en el momento de la descolonización llevada a cabo por los militares o por dinastías que se hicieron con el poder”.

Es decir que el islamismo tiene un importante arraigo popular, especialmente en su versión más radicalizada, y también nacional. Pero esto no supone necesariamente un proyecto ligado a las reivindicaciones populares progresistas o de izquierda.

En 1928 se funda la Hermandad Musulmana en Egipto. Con el correr de los años se fue expandiendo por varios países del mundo árabe. Esta es la primera organización moderna que adopta el Islam como basamento de su proyecto político. A pesar de su temprana aparición y el desarrollo de diversos teóricos a los largo del siglo XX, durante décadas estuvo relegada por los gobiernos nacionalistas o pro-occidentales que imperaron en la región. Debido a las persecuciones su trabajo fue eminentemente social. La irrupción masiva y expansión del islamismo se dio entonces a partir de 1979 con la llegada al gobierno de la revolución iraní.

El Islam político es aquel que sostiene que los postulados del Islam y sus preceptos son aplicables a un programa político e integral para la sociedad. De allí se desprende la sharia o ley islámica.

No es lo mismo la sharia en Sudán (donde se practica la mutilación genital femenina) o Nigeria ( donde se puede lapidar hasta la muerte a una mujer por adulterio) que en Irán donde las mujeres pueden manejar autos o asistir a la Universidad.

El político francés y especialista en medio Oriente, François Burgat, explica algo básico pero necesario aclarar: “Son las personalidades islamitas quienes hacen el islamismo y no al contrario“. Además agrega que “según la naturaleza del terreno social que atraviesa, de las fuerzas políticas que se apropian de él, y de las reacciones de los regímenes, la corriente islamita se expresa con multitud de registros y a través de modos muy distintos. Ninguno de ellos puede ser una clave de lectura única e intemporal“.

Por eso es equivocado plantear que Hamás en Palestina es lo mismo que Boko Haram en Nigeria o la Hermandad Musulmana en Egipto. Con la revolución iraní de 1979 y el primer gobierno islamista de la historia, hacen su irrupción en la política sectores sociales que habían sido relegados en aquel rincón del mundo.

La modernidad también hizo resurgir el síndrome andalusí. Esto es, la conciencia en los países árabe -islámicos de haber sido una gran civilización y haber perdido esa grandeza bajo la dominación de Occidente. En efecto en gran parte de estos pueblos pervive una nostalgia de un pasado de esplendor, que alcanzó hitos históricos en el emirato y califato de Córdoba donde la cultura árabe brilló por sus avances en astronomía, matemáticas, literatura y medicina. Esta mitificación de las grandezas pasadas y la imputación a “elementos extranjeros” de haber reducido a lo que es hoy esa gran cultura, son los ingredientes básicos del síndrome andalusí.

Al-Ándalus fue un Estado de religión islámica y de cultura árabe, desde su introducción en 711 hasta su final, en 1492. Esta religión y cultura estuvieron representados al principio por la minoría de árabes llegados con la conquista, y en aquel primer siglo, y en grado menor por los bereberes recién islamizados y en proceso de arabización, pero ambas, religión islámica y cultura árabe se generalizaron, desde el Estado, entre la población autóctona, que en su mayoría eran cristianos y judíos al comenzar el siglo VIII.

La conversión al Islam de los autóctonos no se produjo de una vez, en tiempos de la conquista, sino progresivamente, conviviendo la religión oficial con un apreciable número de cristianos y judíos, hasta su significativa disminución desde finales del siglo XI, el siglo “del gran viraje” en la relación de fuerzas peninsulares entre el Islam y la Cristiandad, cuyos triunfos afectaron al interior andalusí, que procuró intensificar su homogeneidad religiosa y cultural.

El proceso de islamización de al- Ándalus fue complejo: el Estado andalusí actúa, por un lado, considerando la referencia coránica de que la religión no debe imponerse por la fuerza y que “las gentes del Libro” (Antiguo y Nuevo Testamento) pueden ser súbditos “protegidos” – “tributarios” de un Estado musulmán -, y por otro, la demanda política de homogeneidad poblacional, agravada desde el siglo XI por el avance de la Cristiandad.

Y los judíos y cristianos se hallan entre la secular y legal tradición de la existencia cristiana y judía en al -Ándalus y la intensificación islamista, desde el siglo Xi, cuando el Islam pasa a ser la religión mayoritaria de al-Ándalus, cerrándose desde entonces el proceso de islamización por conversiones, reales o figuradas, o por emigraciones, voluntarias o forzadas, de judíos y cristianos hacia el Norte cristiano o hacia el Magreb.

Al-Ándalus ” de las tres religiones”, fue en verdad un mito, una supuesta tolerancia embellecida posteriormente por la literatura, lo fue realmente durante sus cuatro primeros siglos; después, apenas quedó una minoría de no-musulmanes y, al final, sólo ya de judíos. Todavía en el XI puede apreciarse una convivencia próxima y positiva entre las tres religiones, reflejada en los dictámenes jurídicos o fetuas o fatuas sobre aquel siglo. Pero ante la obligada conversión al Islam en tiempos almohades, muchos judíos optaron por ocultar su fe, quedándose en el Magreb y en al-Ándalus, mientras los cristianos se retiraban masivamente del territorio musulmán, actuando así con reacciones diferentes, pues el rigorismo religiosos, primero de los Almorávides y definitivamente de los Almohades, estaba determinado por razones políticas y bélicas, ya que, independientemente del posible, y también discutido, colaboracionismo de los cristianos andalusíes y magrebíes con las potencias cristianas, la triunfante expansividad de éstas, tan notable desde el siglo XII, dejaba en gran riesgo, casi como rehenes, a los cristianos que aún pudieran quedar en estos territorios, sobre todo en al-Ándalus.

Si bien ésta y las anteriores razones expuestas tienen un extraordinario peso en el resurgimiento de movimientos islamistas, ellos adquieren fisonomías y estrategias muy variadas en los distintos Estados en que actúan, en función de contextos socio-políticos concretos.

Toda revolución genera su reacción, y el caso de Irán no fue una excepción. La llegada al poder del Ayatollah Jomeini en 1979 supuso un auge del Islam político y a su vez una radicalización del mismo en contraposición a los planteamientos reformistas de la histórica Hermandad Musulmana. Así, en la década de 1980 aparecen o cobran fuerza grupos armados islamistas como el Hezbollá en El Líbano y Hamás en Palestina.

Como respuesta, la dinastía de Arabia Saudita emerge como foco de contención a la radicalidad de esos nuevos movimientos. El islamismo conservador pasó así a ser financiado por uno de los países más ricos del mundo y sus aliados estratégicos.

Para sofocar el intento de extender la revolución iraní al resto de Medio oriente, Arabia Saudita impulsó su propia “cruzada”; la guerra de Afganistán. Miles de mujaidines fueron enviados como combatientes internacionalistas a detener el avance del comunismo soviético por la dinastía de Riad. De allí la ligazón del saudí Osama Bin Laden con los Talibán que luego gobernaron Afganistán.

Los peligros del reduccionismo de enfoque son advertidos por el catedrático chileno Fernando Mires: “El islamismo -siempre habrá que reiterarlo no es el Islam. La guerra en contra del islamismo no puede ser en ningún caso una guerra entre culturas como plantea Huntington, mucho menos entre religiones. Ese es el objetivo de los islamistas, y aceptar que ellos representan el Islam es someterse a ese objetivo. El islamismo es una ideología y una práctica totalitaria construida sobre la base de elementos extraídos arbitrariamente del Islam, y no puede ser jamás confundido con una religión. En esencia, el islamismo es anti-islámico. más aún, uno de los objetivos de la guerra en contra del islamismo tiene que ser el de proteger a la población islámica que se encuentra tan amenazada por el islamismo como la occidental” (8)

No es el Islam, sino una interpretación muy particular que se aleja de las más tolerantes y abiertas y se diferencia de otros contextos islámicos, caracterizados por la protección de los pueblos del Libro – cristianos y judíos -y cierta apertura cultural. Este islamismo dogmático, para decirlo en términos occidentales, ahí donde está, hace desaparecer las huellas de otras civilizaciones. Pasó en Afganistán cuando dinamitaron las estatuas de los Budas milenarias, en Siria, donde los islamitas ocuparon Malula, la única aldea donde se hablaba el arameo; en Irak, donde dinamitaron lugares sagrados del chiismo. Ahora es el cristianismo el que está desapareciendo, un lento y permanente éxodo vacía de cristianos a todos los territorios llamados “palestinos”. Los católicos también están desapareciendo de Irán: No cesan de disminuir los maronitas en el Líbano. Casi no quedan en Siria. La situación en África es aún peor.

No obstante, considerar al Islam como sinónimo de radicalismo o, peor aún, de terrorismo, es algo muy alejado de la esencia de esta religión. Ni la violencia ni la muerte tienen justificación alguna. Según el derecho islámico, la yihad es el combate sagrado por la causa de Dios para establecer la paz y la justicia tanto en el alma individual como en el mundo. Pero en esta segunda acepción, constituye un recurso extraordinario al que se llega sólo cuando fracasan los demás medios para hacer frente a cualquier agresión contra la religión.

El conflicto entre civilizaciones no es inevitable, como plantea el fatalismo de Samuel Huntington, preferimos remontarnos al mito histórico sobre la idílica “Granada de las tres culturas”. Sabemos que se trata de un mito, pero en la historia existen los símbolos, y para ser honrados hay que reconocer que esa convivencia estuvo marcada por tensiones, conflictos e incluso violencia, como toda actividad humana, pero… ha sido una prefiguración importante de los que podríamos esperar para el fututo.

Entre la realidad y las construcciones idílicas, los seres humanos recurrimos al pasado para comprender y proyectar también nuestro futuro. La religión surgió para consolar al hombre y no para atormentarlo. Quién lo haga – en nombre de cualquier extremo – merece el peor de los infiernos.

Que existe.

 

(1) Bianchi, Enrique Tomás “Intérpretes de las Escrituras”. En: “La Nación” 10/9!05

(2) Carrancio, Magdalena “Sobre fundamentalismo, integrismo e islamismo” En: “El periódico del CEID” Octubre 2001

(3) Mires, Fernando. “El islamismo. La última guerra mundial” Buenos Aires. Libros de la Araucaria.2005

* Publicado en: www.paginatransversal. Madrid. 2014

 

No obstante, si bien estas manifestaciones de crueldad irracional y macabra, de fanatismo ciego e irracional nos llenan de pavor, existe otra quizá no tan explícita, pero a la larga tan inclemente y despiadada como las citadas: el horror económico, el culto al becerro de oro a quien Francisco contesta con las encíclicas Evangelli Gaudium y Laudato sí. referentes a la economía de exclusión y al cuidado de la casa común. Así, el Papa advierte sobre el nuevo genocidio que se abate sobre los hombres y las especies: la exclusión de los niños y lo ancianos del circuito económico y la asistencia social, al que ahora se suma la exclusión de los jóvenes de la actividad productiva con su secuela de marginación comunitaria y las máculas del delito, que los arrinconan en las redes del comercio de narcóticos y la prostitución, sumado a las enfermedades sociales como el alcoholismo y el consumo de sustancias peligrosas y al mismo tiempo a la transformación de la casa de Dios, la casa en común, en una gigantesca letrina de residuos contaminantes que arrasa con todas las formas de vida producto de un sistema económico que, en su demencial carrera de maximización de ganancias con lleva el germen de su propia autoaniquilación. La expresión emblemática de este capitalismo salvaje es un curioso personaje (que en la Argentina ha comenzado a cosechar adeptos) es un curiosos personaje, una suerte de Madame Blavatsky de las ciencias sociales, llamada Ayn Rand que predica un anarquismo reaccionario que en el fondo no es más que una generalización a todos los ámbitos de la existencia de la tesis de la supervivencia del más apto tan afín a los grandes imperios capitalistas de fines del siglo XIX. Fue una antigua aristócrata rusa de origen judío, exiliada después de 1917 a Estados Unidos y acérrima enemiga mortal de cualquier ideal igualitario y humanista concreto. Su obra gira en torno al egoísmo y la codicia como virtudes fundacionales de la vida moderna y como norma moral a seguir. Es una versión brutal y bárbara de la idea básica del “laissez faire” o de las tesis de Adam Smith sobre la libre competencia como origen del bienestar general. Pero subyace en Rand un fuerte contenido racista, que no aparece de inmediato pero se percibe en su división (p. ej. en “La rebelión de Atlas”, en realidad “Atlas shrugged”, “Cuando Atlas sacudió los hombros”) entre los burócratas que tratan de cuidar normas y piensan en términos de bien común (esto no lo dice, los califica de “ñoquis” a su manera) y los verdaderos creadores de la riqueza que son los grandes capitalistas. En la novela, Rand hace que los capitalistas se declaren en huelga general y el país se hunde. Por supuesto, la idea de que las plantas sean tomadas por los trabajadores y el gobierno, no le ocurre (1946-57 le llevó escribir el mamotreto) y si lo hacen así, bueno, para ello están las “policías privadas”. Es, en el fondo, un anarquismo tan extremo, que hubiera espantado al propio Bakunin.

La prioridad de la persona humana sobre la actividad económica, y fundamentalmente su preocupación por un remozado y vigoroso el culto a Mammón que el poder económico internacional ha difundido con inusitado vigor, merced al control absoluto de los medios de comunicación – al cual nos referimos en nuestro comentario sobre política cultural- ha sido uno de los ejes principales de su labor pastoral que comenzó, por cierto, muchos años antes de asumir el trono de Pedro. En febrero de 2016, frente a 7 mil empresarios insistió en que el mercado no es un “absoluto“, pidió no olvidar a “las categorías más débiles” (como las familias y los jóvenes desempleados) e invitó a rechazar el atajo de los “enchufes” :

“Es importante que la empresa «ponga al centro a la persona, la cualidad de sus relaciones, la verdad de su compromiso para construir un mundo más justo, un mundo de verdad para todos». Lo dijo Papa Francisco en la audiencia que concedió hoy, en el aula Pablo VI, a 7 mil empresarios de Confindustria (Confederación italiana de industriales) por el «Jubileo de la Industria». Insistió en que el mercado no es un absoluto y pidió no olvidar a las «categorías más débiles y marginadas», como las familias o los jóvenes desempleados, e invitó a rechazar «los atajos de las recomendaciones y de los favoritismos».

«Con este encuentro, que constituye una novedad en la historia de su Asociación, se han propuesto confirmar un compromiso: el de contribuir con su trabajo a una sociedad más justa y cercana a las necesidades del hombre», dijo el Papa, según quien «hacer juntos» significa para el mundo empresarial «invertir en proyectos que sepan involucrar sujetos que a menudo son olvidados o descuidados. Entre ellos —agregó—, sobre todo, las familias, focos de humanidad, en las cuales la experiencia del trabajo, el sacrificio que lo alimenta y los frutos que derivan encuentran sentido y valor. Y, junto con las familias, no podemos olvidar las categorías más débiles y marginadas, como los ancianos, que podrían todavía expresar recursos y energía para una colaboración activa pero a menudo son descartados como inútiles e improductivos. ¿Y qué decir de todos aquellos trabajadores potenciales, especialmente de los jóvenes, prisioneros de la precariedad o de largos periodos de desempleo, no son interpelados por una solicitud de trabajo para darles, así como un salario justo, incluso aquella dignidad con la que a veces se sienten privados?», se preguntó el Papa entre los aplausos de los presentes.

«Todas estas fuerzas, juntas —reconoció—, pueden hacer la diferencia a una empresa que ponga en el centro a la persona, la calidad de sus relaciones, la verdad de su esfuerzo por construir un mundo más justo, un mundo de verdad de todos. “Hacer juntos”, significa, de hecho, establecer el trabajo no sobre el genio solidario de un individuo, sino sobre la colaboración de muchos. Significa en otros términos, “hacer redes” para valorar los dones de todos, sin dejar de lado el carácter único e irrepetible de cada uno. Que al centro de cada empresa sea, por lo tanto, el hombre: no aquel abstracto, ideal, teórico, pero aquel concreto, con sus sueños, sus necesidades, sus esperanzas y sus fatigas».

«Ante tantas barreras de injusticia, de soledad, de desconfianza y de sospecha que todavía en nuestros días vienen erigidas, el mundo del trabajo, del cual ustedes son actores de primer plano, está llamado a dar pasos valientes para que “encontrarse y hacer juntos” no sea solo un lema, sino un programa para el presente y el futuro», continuó el Papa. Y exhortó: «Queridos amigos, ustedes tienen “una noble vocación orientada a producir riqueza y a mejorar el mundo para todos” (Carta encíclica «Laudato si’», 129); por tanto, están llamados a ser constructores del bien común y artífices de un nuevo “humanismo del trabajo”. Están llamados a tutelar la profesionalidad y, al mismo tiempo, a prestar atención a las condiciones en las que el trabajo se realiza, para que no se verifiquen incidentes y situaciones de malestar. Que su camino a seguir sea siempre la justicia, que rechaza los atajos de las recomendaciones y de los favoritismos, y las desviaciones peligrosas de la deshonestidad y de los fáciles acuerdos. Que la ley suprema sea en todo una atención a la dignidad del otro, valor absoluto e indisponible. Que este horizonte de altruismo caracterice su compromiso que los llevará a rechazar categóricamente que la dignidad de la persona sea pisoteada en nombre de exigencias productivas, que enmascaran miopías individualistas, tristes egoísmos y sed de ganancia».

Que el bien común, concluyó el Pontífice argentino, «sea, precisamente, la brújula que oriente la actividad productiva, para que crezca una economía de todos y para todos, que no sea insensible a la mirada de los necesitados. Esto es verdaderamente posible, con la condición de que la simple proclamación de la libertad económica no prevalezca sobre la concreta libertad del hombre y sobre sus derechos, que el mercado no sea absoluto, sino que honre las exigencias de la justicia y, en último análisis, de la dignidad de la persona. Porque no hay libertad sin justicia y no hay justicia sin el respeto de la dignidad de cada uno». (Vatican Insider)

Al cumplirse los tres años de la elección, el sociólogo argentino Fortunato Mallimaci publicó en el diario “Página 12” el mismo día en que se conmemoraba la consagración de Jorge Bergoglio, un interesante artículo donde historiaba “el gran lío” producido en el Vaticano:

“En febrero y marzo de 2013 el mundo cristiano se conmocionó con dos grandes acontecimientos. Un papa renunció a su misión “siguiendo su conciencia” por no poder solucionar los escándalos financieros, la filtración de información y abusos de poder en la propia Curia del Vaticano. Como consecuencia de ese gesto el papado pierde sacralidad y ya no es más de por vida. Un mes después fue electo como papa un no europeo, argentino y jesuita que se presentó con el nombre de Francisco, saludó de manera sencilla y dijo venir del fin del mundo. El carisma papal se recarga ahora desde Latinoamérica. La dimensión político/religiosa del papado se mantiene en el siglo XXI: jefe del Estado del Vaticano y líder carismático universal de la Iglesia Católica.

Francisco es un inteligente dirigente político-religioso formado en una corriente que considera que el pueblo, la religiosidad popular y el ethos son fundamentalmente católicos y que hoy –en América latina– hay que rehacer una Patria Grande de inspiración católica amenazada por el liberalismo económico y cultural y “el éxodo de fieles a las sectas y otros grupos religiosos”. Se caracteriza también por su energía y decisión a la hora de ordenar y hacer cumplir su autoridad. El imaginario que busca identificar su papado es “misericordia”

Sus historias, sus memorias y subjetividades cuando era Bergoglio no pueden ser ignoradas o cambiadas. Sin embargo las ciencias sociales nos han mostrado cómo las trayectorias son modificadas por las estructuras, cargos, carismas y contextos. La tensión entre agente y agencia, entre estructura y actor, debe formar parte del análisis. Recordemos también que una mayoría de creyentes han decidido creer sin pertenecer y regulan sus creencias por su propia cuenta sin demandar ni consultar a sus autoridades.”

Sin duda Francisco ha limpiado la Iglesia, ha cumplido lo que dijo unos días antes de entrar en el Cónclave a los cardenales electores, convenciéndolos que era él el hombre del destino de una Iglesia sacudida por la renuncia del Papa Benedicto XVI, los escándalos de la Curia Romana, los robos en el IOR, el banco pontificio y las peleas internas en el gobierno central de la Iglesia que decidieron a Joseph Ratzinger a dimitir, un gesto que se reveló extraordinario y cambió la historia de la Iglesia.

En aquel encuentro precónclve en el Vaticano en el que los purpurados debían decir lo que pensaban de una Iglesia fuertemente desprestigiada también por la cadena sinfín de los casos de abusos sexuales del clero y la “cultura” dominante de las jerarquías de tapar los escándalos y postergar a las víctimas, Bergoglio denunció el “narcisismo teológico” reinante, la enfermedad muy grave que sufría la iglesia porque cada día se encerraba más en sí misma. Jorge, arzobispo de Buenos Aires, dijo que había que salir a las periferias geográficas y existenciales, acompañar a los marginados, redescubrir la vocación por la misericordia y el perdón.

Esta es la esencia del programa de pontificado que ha cumplido Francisco y que ha sido estampado en el documento más importante de su gobierno: “La alegría del Evangelio”, conocido a finales de 2013.

Destaca Mallimaci que: “Ante un mundo cada vez más desplazado a la derecha en el que las demandas espirituales son significativas, el actual papa cree prioritario deslegitimar desde el mensaje cristiano a un capitalismo desregulado de “ajuste y explotación”, centralizar la dignidad de cada persona, en especial la “de los más pobres”, “los excluidos”, los de “las periferias existenciales” y presentar a la Iglesia Católica como parte de la solución. Propone –como sus antecesores de los cuales es continuidad– el antiliberalismo de la Doctrina Social de la Iglesia (DSI) y el Catecismo Universal (CU), adaptados al siglo XXI. Incluye sí, al diablo, como un actor central.

Consagrar santos a dos papas bien diferentes en sus opciones como Juan XXIII y Juan Pablo II busca finalizar una época de “guerras culturales” y “sospechas internas” y abre otra de unidad en la institución. El reconocimiento a los teólogos de la liberación, al martirio de monseñor Romero y otros y la afirmación que la Iglesia no debe ocuparse exclusivamente de temas de moral sexual trata más de bendecir e incluir que de excluir y condenar o sea más política pastoral que rigorismo teológico legal.

Desde su nombramiento ha sido activo y visible en lo internacional. Propone la “geopolítica vaticana de la misericordia que defiende a las personas, a los pobres y a las víctimas sin dejarse atrapar por los juegos del poder de las grandes potencias”. La describe así su vocero, en enero de 2016: el Papa está lejos de “todos los teóricos del enfrentamiento de Civilización” y de los predicadores del “enfrentamiento final, con amargo gusto religioso, que alimenta el imaginario de jihadistas y neo cruzados”. Exige justicia para los miles de cristianos asesinados y desplazados en el Oriente Medio. La libertad con la que se relaciona con líderes como Obama (EE.UU.), Putin (Rusia), Raúl Castro (Cuba) o Rouhaní (Irán), el deseo de reunirse con Xi Jinping (China), el reconocimiento del Estado de Palestina y el de Israel, la disponibilidad para impulsar el proceso de paz entre el gobierno de Colombia y los guerrilleros de las FARC… son indicios de que “la Santa Sede ha establecido o quiere establecer relaciones directas y fluidas con las superpotencias, sin querer quedar atrapada en redes preconfeccionadas de alianzas e influencias”. Hoy más de 180 países tiene relaciones diplomáticas con el Vaticano. Para enfrentar al “mundo moderno” hay acentos y prioridades. Al igual que Juan Pablo II reafirma la importancia del vínculo directo del Papa con el pueblo, viajando por el mundo, predicando y movilizando un catolicismo de masas. En uno fue el anticomunismo y en otro es el anticapitalismo. Ambos forman parte de la DSI. La diferencia es notable con Benedicto XVI que creía que esa movilización no daba respuesta a la crisis interna y buscaba una iglesia selecta y para pocos, con fuerte reafirmación identitaria y de verdades doctrinales.

Francisco no habla específicamente de la defensa de los derechos humanos individuales como Juan Pablo II y Benedicto XVI sino que insiste más en los derechos y en los movimientos sociales. Proclama el proyecto de las Tres T: trabajo, tierra y techo. Su Encíclica “Cuidado de la Casa común” le permitió entrar en la discusión global sobre las causas y consecuencias de la degradación del medio ambiente, continuar sus criticas al capitalismo depredador, acompañar a movimientos y actores que se movilizan por esa temática y mostrar que sólo una ecología integral que sume a los grupos religiosos puede dar soluciones para el largo plazo.”

A Francisco se lo ha denominado “el Papa de los gestos”. No porque sus palabras carezcan de peso o no tengan profundidad. Todo lo contrario. Desde que asumió el pontificado Jorge Bergoglio ha sido cada vez más claro en sus manifestaciones, tanto sobre los asuntos estrictamente eclesiales como cuando decide hablar sobre la realidad social, especialmente sobre los pobres y excluidos, o sobre su preocupación por la paz en el mundo, las migraciones o los temas de medio ambiente. Pero es imposible comprender a Francisco papa sin leer también el mensaje de sus gestos cargados siempre de significados.

            “Mientras las ganancias de unos pocos crecen exponencialmente, las de la mayoría se quedan cada vez más lejos del bienestar de esa minoría feliz. Este desequilibrio proviene de ideologías que defienden la autonomía absoluta de los mercados y la especulación financiera. De ahí que nieguen el derecho de control de los Estados, encargados de velar por el bien común. Se instaura una nueva tiranía invisible, a veces virtual, que impone, de forma unilateral e implacable, sus leyes y sus reglas. Además, la deuda y sus intereses alejan a los países de las posibilidades viables de su economía y a los ciudadanos de su poder adquisitivo real. A todo ello se añade una corrupción ramificada y una evasión fiscal egoísta, que han asumido dimensiones mundiales.” La Alegría del Evangelio, 2014.

Hace tres años, el argentino Jorge Mario Bergoglio se convirtió en Francisco, Papa universal elegido por el Cónclave en la Capilla Sixtina. Su revolución evangélica, su adhesión radical al Evangelio que ha hecho crecer en forma extraordinaria la cercanía de la Iglesia con la gente en la frontera de la misericordia, con un lenguaje a veces fuerte en el combate contra la exclusión social, la desigualdad, la marginalidad en todos los niveles, el descarte de los débiles pobres y sufrientes, componen un “mensaje incomodo” como afirma el obispo Guanaro Brigantina, muy vecino a Bergoglio, que fastidia y mueve al rencor a muchos sectores conservadores.

 

(1) Elorza, Antonio: “La Religión política”. R&B Ediciones. Donostia-San Sebastián. 1995

Muñoz Azpiri (h), José Luis “Se Levanta a la Faz de la Tierra. La construcción de una identidad.” Buenos Aires. Ediciones Fabro. 2016 (

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