Los “gringos de los huesos”

                       “Los gringos de los huesos”

 

                                                            Carlos y Florentino Ameghino

Poco importa el lugar de nacimiento de Florentino Ameghino (1854-1911). Si bien se habla de una fe de bautismo donde Génova se revela como el solar natal, lo cierto es que el eminente sabio siempre declaró haber nacido en Lujan en septiembre de 1854. Niño aún, ya recogía fósiles en las barrancas del río homónimo, el mismo lugar donde había sido encontrado el esqueleto del Megatherium que tanto interés había despertado en el rey de España y que luego fuera descrito y denominado por Cuvier. Autodidacto, comenzó muy pronto a interesarse por los fósiles e inició sus publicaciones en 1875, aunque con escasa repercusión académica e incluso el desagrado de una de las más renombradas personalidades científicas de la época: Germán Burmeister. Hombre de carácter altanero, propio de su sangre prusiana que lo llevó a polemizar con la mayoría de sus colegas, Burmeister se refirió despectivamente sobre una colección de fósiles hallados en Mercedes y que Ameghino había tenido a bien enviarle: “Autodidactos de su genero son bien conocidos como arrogantes; la vida del maestro de escuela de un pueblito pequeño campestre, donde faltan los sabios verdaderos, aumenta esta calidad por la forma desautorizada de alta sabiduría, que obtienen los maestros en aquellos círculos de personas sin conocimiento mejor…”. Cuando Ameghino, años mas tarde y a pesar de estos mortificantes comentarios, bautice a una serie de mamíferos fósiles – el Orocauthus Burmeisteri – con el nombre de su adversario, éste rechazará indignado el homenaje.

En 1878, Ameghino viajó a Europa para visitar la Exposition universelle con una numerosa colección de piezas de mamíferos pleistocenos. Su estadía fue estimulante y enriquecedora: siguió cursos, indagó en museos, se relacionó con sabios – entre ellos Edward Drinker Cope, uno de los fundadores de la paleontología norteamericana – editó su obra más original “La antigüedad del hombre en el Plata”(1880-1881)” y en colaboración con Gervais, con quien se había relacionado desde Mercedes (donde Ameghino ejercía la docencia), “Los mamíferos fósiles de la América Meridional” (1880), traducido mas tarde al francés.

Al regresar al país, a comienzos de la década del ochenta, debió convertirse en librero para sobrevivir, otorgándole a su local un nombre proverbial: “El Gliptodón”. En tanto escribió “Filogenia”, publicada en 1884, un aporte a las doctrinas evolucionistas que le valió el nombramiento en la cátedra de zoología de la Universidad de Córdoba, donde permanecería un par de años publicando en el Boletín de la Academia numerosos trabajos. Mas tarde, en 1889, llenará él solo el Tomo VII de sus Actas con la monumental “ Contribución al  conocimiento de los mamíferos fósiles de la República Argentina”(dos volúmenes, texto y atlas) que será premiada en la Exposición Universal de Buenos Aires.

En 1886, el organizador del Museo de la Plata, Francisco Pascasio Moreno, designa vicedirector del mismo y jefe del departamento de Paleontología al ilustre “paisano de Mercedes, que nadie conoce y es el único sabio argentino”, al decir de Sarmiento. Lamentablemente, las relaciones con Moreno no fueron cordiales, el ámbito del Museo era demasiado estrecho para albergar a dos colosos y el alejamiento de Ameghino tuvo ribetes violentos, casi dramáticos. Con el tiempo el encono se diluyó y ya instalado en La Plata reabrió su librería que pasó a llamarse “Rivadavia”. Allí esperará hasta 1902 en que un nuevo nombramiento oficial le conferirá la Dirección del Museo Nacional de Buenos Aires (hoy “Bernardino Rivadavia”), cargo que ejercerá hasta su muerte.

Gran parte de las publicaciones de Florentino no hubieran existido de no ser por la tenacidad de su hermano Carlos (1865-1936), expresión cabal de lo que hoy llamaríamos “el paleontólogo de campo”. En el breve período que Florentino ejerció como subdirector del Museo de La Plata, Carlos fue empleado como buscador de fósiles y fue en aquella ocasión cuando realizó su primera expedición a la Patagonia, en 1887. Descubrió entonces la “Formación Santa Cruz”, una fauna de mamíferos (del período oligoceno) claramente más antigua que todas las que habían sido encontradas hasta entonces en América del Sur. Medio siglo después, el reivindicar su figura, opacada por la sombra de su hermano, el paleontólogo y biólogo evolutivo G.G.Simpson escribió: “ Don Carlos pasó veinte años en la Patagonia, y si esa tierra es desagradable ahora, era horrorosa entonces. Anduvo por todas partes, usualmente solo, a caballo o a pie, comiendo cuando podía y lo que podía, o sin comer, siempre recolectando y estudiando. Arruinó su salud, pero hizo una de las más grandes colecciones de mamíferos fósiles del mundo”. Pese a su alejamiento del Museo, en solidaridad hacia su hermano, no por ello dejó de recolectar fósiles en la Patagonia a expensas de su familia. Llegó a descubrir una cantidad asombrosa de vertebrados terciarios hasta entonces desconocidos, que luego describiría su hermano y que revelarían la existencia de una sucesión de faunas terciarias de América del Sur.

Florentino Ameghino fue un personaje fuera de lo común, lleno de ideas que podrían ser calificadas, al menos, como heterodoxas. Ferviente partidario del darwinismo – que consideraba incluso como una “ciencia exacta” – se esforzó por reconstruir la evolución de los grandes grupos de mamíferos que habían vivido en América del Sur, y más concretamente en la Patagonia, una región que para él era completamente primordial.

Esta obra monumental –dejó escritas cerca de veinte mil páginas – cuya estructura teórica y doctrinaria se expresa en “Mi Credo” y en “Los cuatro infinitos” se vio empalidecida por sus errores de apreciación respecto a la antigüedad de ciertas correlaciones estratigráficas y por su empecinamiento en suponer un origen sudamericano, y más específicamente argentino, a la totalidad de la especie humana. Yerros comprensibles y excusables en un precursor, que por su honestidad intelectual y perseverancia, es la bruñida imagen del sabio que nos representa la literatura clásica. Gracias a la labor de estos “gringos”, hoy día la Argentina se distingue ante la mayoría de los países por el desarrollo precoz de una “escuela” de Paleontología, que aún sigue vigente, activa y brillante.

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