La Resistencia y vigencia del Pensamiento Nacional

Conferencia pronunciada por José Luis Muñoz Azpiri (h) el 5 de

Julio de 2007 en el Instituto Superior Octubre

        “La resistencia y vigencia del pensamiento nacional”            

                              

 

Dice Francisco José Pestanha en la introducción a su último libro (“¿Existe un Pensamiento Nacional?” Ediciones Fabro) que “… solo se puede pensar en nacional cuando se ama a la patria incondicionalmente y se evita todo acto de repudio hacia ella, aún en las circunstancias más desgraciadas. Solo a partir del desinteresado pero a la vez comprometido abordaje de los hechos históricos y sociales que han acontecido desde nuestros orígenes, podremos acercarnos a la comprensión de nuestra identidad colectiva, objeto central del pensamiento nacional”.

Afirmación que, por cierto, lejos está de revolcarse en las oscuras miasmas de un chauvinismo hipócrita o un antieuropeísmo de receta, pero si de delimitar con rigor intelectual, términos como “cultura” y “pensamiento nacional” y volver a desbrozar las malezas que nuevamente invaden la República.

Tarea no exenta de riesgo, por cierto, pues tal como planteara Jorge Bernardino Rivera en su “Riesgos y Seducciones de la Marmolería Funeraria”, ubicarse en la vereda de enfrente en materia de exégesis y apologética histórica involucró habitualmente riesgos académicos y personales que no todos los autores desearon correr. Pero entre nosotros resultó peligroso no solo ubicarse en la vereda opuesta, y disentir con lo esencial de la patrística consagrada, sino hasta el simple hecho de colocarse en posición “heterodoxa” en cuestiones accesorias o de mero detalle anecdótico.

“Se corría, por ejemplo, el riesgo nada desdeñable de no ingresar en la Academia (esa especie de Jockey Club de los historiadores), como les ocurrió a Rómulo D. Carbia y a Diego Luis Molinari, o de acceder apenas como miembro “correspondiente” tal como le pasó a José Luis Busaniche, a pesar de su liberalismo y su incuestionable seriedad historiográfica.

Se corría, lo que para un historiador o una bataclana equivale a un auténtico suicidio profesional, el riesgo del silencio, de la animosidad sorda, del rumor desprestigiante, de la hostilidad rencorosa y de la condenación a la última fila.

Pero no se trata, por cierto, de predicar la guerra santa contra el Olimpo liberal, para erigir en su lugar una nueva casta de Inmortales revisionistas y de “estampitas” nacionales, sino de recuperar (sin recortes excluyentes como los que hemos padecido) el conjunto del campo histórico y cultural, en todos aquellos aspectos que hagan de manera profunda y efectiva a nuestro proceso de descolonización, de reidentificación y de reivindicación de los propios patrimonios.” Y una tarea urgente para ello, es la recuperación de la Universidad

UBA: Todo el al año es carnaval

 

Sin embargo, la Universidad argentina está en conmoción y el movimiento y la serie de contradicciones que esta engendra la han distanciado de los demás órganos culturales encerrándose en sí misma, como un quelonio, y sometiéndose al voluntarismo sindical de sus elecciones estudiantiles. Pero todo cambio o revolución proviene de desequilibrios y la decisión de superarlos. El “plutonismo” universitario – llamémosle así – se inspira en el dogma de la lucha de clases y en sus mitos económicos, sociales y cívicos. Dicho fuego subterráneo ya ha consumido demasiadas vidas y riquezas. La nueva política cultural debe partir de la evidencia de que los más importantes acontecimientos nacionales han sido los combates llevados a cabo por el pueblo – y no por “vanguardias esclarecidas” – en procura de mayor dignidad y bienestar humano y social. Hemos dicho, y lo repetimos, que luchar por la cultura nacional es, en primer lugar, luchar por la emancipación nacional, matriz material a partir de la cual nace la verdadera cultura. La lucha intelectual de hoy día es una lucha nacional.

No obstante, el objeto general de las aspiraciones revolucionarias universitarias no sería tanto la liberación nacional cuanto el acceso de la clase oprimida al poder. Pero ¿qué pensaríamos, si para el caso de intentar nuestra manumisión social y patriótica, se prescindiese de las garantías constitucionales y los fueros sociales? ¿Fascismo, Bonapartismo? Es necesario concitar el sano y ejecutivo espíritu revolucionario con las consignas del Movimiento, que se hallan sujetas a tácticas diversas. El peronismo es, por esencia, revolucionario. Desde los primeros días hablóse siempre de la “revolución justicialista”. De no haber sido así, carece de toda explicación racional y lógica, el odio y la envidia del mundo respecto de la Argentina, a partir de 1945. Ya había sentenciado Ortega y Gasset: “Se habla mucho de este país, se habla demasiado – es éste un problema curioso: la desproporción entre lo que es aún la Argentina y el ruido que produce en el mundo – se habla casi siempre mal”.

Esta ofensiva “de las balas y la baba” contra el pueblo de Mayo se desató a partir del 17 de Octubre. El peronismo es una especie de Bolivarianismo ideal y mítico – no el caricaturesco del Congreso de Panamá o la decepción de Guayaquil – destinado a irradiar a todo el ámbito de la América española una solución revolucionaria común. Bolívar solo pensó en cambiar Madrid por Londres, o sea una metrópoli por otra. La solución, en cambio, reside en nosotros.

Desde que la “Revolución Libertadora” en un acceso de ingenuidad “democrática” posibilitó la influencia de la izquierda mistonga en la universidad argentina, las altas casas de estudios se convirtieron – excepto los períodos de gobiernos de facto – en un permanente foco de agitación al pedo. El ámbito es inmejorable: primero, porque bastan unos pocos agitadores para que miles de giles los sigan gritando a favor o en contra y segundo, porque en la imagen pública, en una pelea entre estudiantes o piqueteros y la policía, la simpatía está de parte de los primeros. Esta vez fue la elección de un rector el punto de partida para el escándalo. Es preciso diferenciar muy bien el problema: una cosa es que la Universidad tenga necesidad de más fondos para desarrollar sus actividades, que se deba “blanquear” la actividad docente en negro y extender el sistema de becas y otra cosa es que porque tiene todas las de ganar un candidato que no les gusta, trescientos “lúmpenes” con el aspecto de una manada de mandriles borrachos desarrollen un fenomenal quilombo que ha paralizado la actividad institucional de la Universidad durante meses (ya son miles los títulos de recientes egresados que carecen de la firma del rector y, en consecuencia, el flamante profesional se encuentra en el limbo).

Sus argumentos son de dos clases: por un lado, el candidato presumiblemente triunfante “trabajó para el Proceso”, cargo que no movilizó a los reos fubistas cuando se trató de la designación de Zaffaroni para la Corte. Y Alterini (el candidato a Rector) fue un simple funcionario, mientras que Zaffaroni fue nada menos que un Juez. Sea dicho esto, no en defensa de Alterini sino de la verdad. El otro argumento son ciertas condiciones de la Asamblea, condiciones que, curiosamente, advirtieron cuando se supo que el número puesto no era el de ellos.

Antes pretendían el asalto al Poder. Ahora se conforman con el sánguche, el moscato y la recaudación de las fotocopiadoras.

 

¿Cultura popular o Subcultura de masas?

 

En mas de una ocasión Abel Posse ha comentado,  no sin cierta amargura, que la cultura el arte, la creatividad, están exiliados de sus espacios tradicionales. Una subcultura preferentemente audiovisual, mundializada a través de los medios técnicos se presenta como cultura nueva. Pero apenas logra encubrir su nihilismo radical. Se cumple la dramática sospecha de Hegel: el arte (y la Cultura) por el lado de su “suprema destinación, es ya cosa del pasado. La como expresión y construcción de lo humano y de las formas de civilización, ha sido relegada a las catacumbas. El poeta ha sido por fin exiliado de la polis.”

Quien logra adueñarse, o intoxicar cuantitativamente, el Internet y los mecanismos globales comerciales de comunicación, logrará incomunicar casi definitivamente a la verdadera cultura. Quién se apropie del medio se apropiará de la verdad (que será virtual, sin otro contenido que su nihilismo). La verdad será como pasa con la pizza y las hamburguesas: la impone mundialmente quien tiene el aparato financiero y publicitario para imponerla; aunque nunca haya aprendido a prepararlas debidamente, por falta de gusto y cultura gastronómica.

El problema conceptual de la cultura encierra una complejidad que escapa al objetivo de estas líneas. La locución “cultura popular” es tan sólo un sinónimo de la palabra “ilustración”. Una persona ilustrada no es necesariamente culta. Igual sucede con los vocablos “instrucción” y “educación”. Las consignas educativas de William James que “civilizaron” a los Estados Unidos no se entendieron nunca como acción culturalizadora. La cultura entraña el problema crítico, que puede gravitar contra ella misma (Ernst Cassirer) y sus polos son la creación o la aniquilación, el platonismo o el nietzscheanismo. Tal expresión dramática no ha alumbrado en nuestro país salvo el caso aislado y cuestionado de Lugones.

Dice Henri de Man que la noción sociológica de “masa” ha sufrido desde hace un siglo importantes transformaciones, de modo que la palabra tiene todavía un sentido algo impreciso. En la época de los grandes levantamientos sociales y de las luchas por el poder – continúa diciendo – entre 1830 y 1848, entró en uso para designar una capa social inferior, privada de todo derecho. En ese sentido la empleó Thomas Carlyle cuando lanzó la fórmula “las masas contra las clases”. Las clases son en este caso, las capas de la población cuyos miembros gozan, en el orden existente, de una autonomía reconocida. Las “masas”, por el contrario, se encuentran por así decirlo, fuera del cuerpo social, y esto no sólo porque no poseen bienes ni instrucción, sino porque están privadas de todo derecho político. No es posible seguir en esta circunstancia las peripecias semánticas de este vocablo usado o aludido o analizado por Marx, Freud, Le Bon y Ortega y Gasset entre otros. Nos referiremos, por lo tanto, a su sentido usual.

Lo lamentable es que este olímpico desprecio por el hombre común no proceda del hombre selecto, del aristócrata, sino del tendero. El verdadero aristócrata, el sacerdote, el sabio o el guerrero, ejerció siempre un liderazgo por derecho propio, por atracción psíquica, era el mejor en cualquier área de la vida social, el mejor poeta, el mejor artista, el mejor soldado, el mejor atleta, el mejor gobernante, y de la conciencia de su propio valer nacía un sentimiento de orgullo, de autoestimación, que establecía la distancia con el hombre común.

El ejemplar que se adueñó del vocablo “masa” y lo utiliza operativamente es nada menos que el personaje que en 1789, al deponer la decadente aristocracia, se convirtió en el gobernador del mundo. Es el burgués, el hombre de negocios, el que quiere hacer un pueblo para la economía y no una economía para el pueblo, es el que pone su vida al servicio de la acumulación de los bienes materiales, es el hombre que, como dice León Bloy, “no conoce padre ni madre, ni tío ni tía, ni mujer ni hijos ni hermanos, ni feo ni limpio ni sucio, ni caliente ni frío, ni Dios ni demonio. E ignora hasta lo último las letras, las artes, las ciencias, la historia, las leyes, porque no debe conocer ni saber más que los Negocios”.

        Este lamentable emperador de Occidente es el creador de las empresas transnacionales y multinacionales, centros del efectivo gobierno mundial al que se subordinan servilmente las estructuras políticas de los diversos países conforme a una división internacional del trabajo y la producción. Hombre pequeño y calculador, moralmente sicalíptico e intelectualmente nulo, erigió el reino de la tierra para el disfrute obsceno de una minoría que tiene más pero vale menos. Y decimos que vale menos porque carece el sentido de la estética y la trascendencia de la vitalidad religiosa

.       Para construir la estructura del mundo contemporáneo, el burgués debió enfrentar a las grandes mayorías que comenzaban a tomar conciencia de sus derechos, para ello no escatimó los métodos más brutales, pero la sola preeminencia de los pretorianos no fue suficiente. Se recurrió, entonces, a las herramientas que proporciona la tecnología y deformando lo que deberían ser medios de comunicación social, engendrar una abominación que padecemos cotidianamente: “medios de comunicación de masas”. Un mecanismo “orwelliano” para comunicar, no a los integrantes de la comunidad entre sí, sino a la totalidad de la misma con la central del poder. Es decir, “medios de comunicación masificantes”. Los ejemplos son tan evidentes, que nos excusamos de enumerarlos.

En el marco reservado a la juventud, los mass media proponen incorporar como modelo el prototipo de la ambigüedad y la impotencia. Ambigüedad e impotencia que, según Eduardo Azcuy, se traducen en pérdida de identidad y, consecuentemente, en debilitamiento del proyecto histórico de emancipación. En ese campo la música es un factor de máxima importancia. Atractivas y fascinadoras, las estrellas musicales – mas allá del contexto infernal que rodea sus representaciones: humo, fuego, luces pulsantes – resumen la tendencia hacia la ambigüedad que caracteriza a los nuevos héroes culturales del consumismo. La inclinación a la androginia impera en la moda y el espectáculo popular. Los ídolos transexuales aparecen como inofensivos, incapaces de reflexión y rebeldía. “La cultura norteamericana – ha escrito el historiador Marshal Berman – se siente a gusto entre estos personajes sin sexo.. Dan la sensación de que se puede jugar con ellos porque no poseen identidad, no son hombres ni mujeres, no son blancos ni negros, no tienen edad definida, no crecen ni permiten crecer”.

El poder transnacional diseña una juventud sin rebeldías trascendentales, apta para el hedonismo y el consumo: satisfecha por una falsa y calculada liberación. Como dice el poeta venezolano Juan Liscano, es el triunfo de “al revés”, simbolizado en el canto y el baile de Jackson convocando a Luzbel, en “la representación iconoclasta y tentadora de una insurgencia contra la luz, tan antigua como actual, casi metafísica y exterminadora, si triunfara”.

.Quienes confunden “subcultura de masas” con cultura popular comenten un error de graves consecuencias. La auténtica elaboración cultural del pueblo, la verdadera creación popular, se desarrolla de abajo hacia arriba, tiene su fuente en las raíces culturales y responde a necesidades del espíritu de la comunidad o del creador. Por el contrario, la “subcultura de masas” genera productos artificiales, elaborados en serie para la venta y distribuidos e impuestos de arriba hacia abajo. Ofician de entretenimiento, monopolizan el tiempo libre y ofrecen una “droga” que acentúa la inhibición, el desarraigo, la evasión, la imitación y el cosmopolitismo.

Un caso grotesco, difundido por el canal estatal y reivindicado por funcionarios que jamás dedicaron diez minutos a Corelli o Bach, y tal vez ni a Astor Piazzola o Atahualpa Yupanqui, es ese engendro denominado “Música Tropical” o “Cumbia Villera; paroxismo del mal gusto, la procacidad y la apología del delito, instrumentado por sobrevivientes del Paleozoico que con movimientos de monos epilépticos, incitan al sexo brutal, la borrachera y a “matar un rati”. No es una manifestación popular sino marginal, nacida en los aguantaderos y pabellones carcelarios y vulgarizada en los medios como la expresión genuina de los sectores pauperizados (que no por ello orillan las márgenes del crimen). Su  verdadero objeto, inconfesado pero evidente, es desarrollar con mayor facilidad los “negocios paralelos”: las putas y el “paco”.

La “subcultura de masas” degrada el gusto y pervierte las posibilidades intrínsecas que posee el pueblo para gozar los valores estéticos y morales implícitos en toda obra de esencia creadora. En vez de degradarlo con engendros como el citado, deberían acercar al público a nuestras auténticas y genuinas expresiones musicales y también al mundo de Haendel y Cimarosa, con la convicción que gustará de él. Para Eugenio D´Ors, el poema “Martín Fierro” es tan complicado como las ecuaciones simbolistas de Mallarmé.

Si, no neguemos que nuestra patria espiritual está en Europa, pero no en Europa como expresión geográfica, sino histórica. La historia de Europa, de Grecia a nuestros días, es la historia del espíritu humano, que ha venido viajando desde su antigüedad hasta nosotros, los americanos, los últimamente nacidos a la historia. La historia de Europa es la de la de la cultura occidental, y por tanto, la nuestra hasta hoy, la de nuestra genealogía.

Pero, si allá está la historia de nuestra genealogía, aquí en América, está la historia de nuestro devenir, la de nuestra progenitura. Y por tanto, el punto de mira nuestro está en América. Tenemos que mirar con ojos americanos a Europa – y no a América con ojos europeos – y valorizar su historia en función de nuestro porvenir. Esta es la etapa de nuestra conciencia y de nuestra identidad que ahora comienza.

 

La Sociedad de los aplausos mutuos.

 

El alejamiento del estrafalario Torcuato Di Tella y el ladero tenebroso que le oficiaba de vocero, quienes no se cansaron de generar papelones y dilapidar recursos para su lucimiento personal, generó la ilusión de un cambio de rumbo en una Secretaría Nacional que no había excedido los límites del Barrio Norte. Lamentablemente nos equivocamos al no advertir que el cambio era meramente cosmético. Del 55 a esta parte, con la rara excepción del interregno 1973-1976, la política oficial fue entregar las finanzas a los Talibanes de la economía y la cultura a supuestos iconoclastas que destruyen cuanto ídolo hay, menos uno: el becerro de oro.

En la Argentina ya no hay bandos ideológicos, hay “bandas”. Advenedizos al prestigio, al poder y a los puestos públicos, para lo cual acuden a los mas variados ropajes.

Desde el pre-bachiller Lopérfido y su Banda de Golden Rocket (que pasaron sin escalas del bofe al shusi) a los artistas fracasados metamorfoseados en “críticos de arte” o “curadores de exposiciones”.

Desde hace décadas, como en una película de terror, anida en los sótanos del caserón de la Av. Alvear una extraña fauna de marxistas mitristas, cuya pirotecnia verbal no desdeña el lucimiento de las pilchas de marca o vivir los rigores del ostracismo en un “country”. Son como Tomás Eloy Martínez, quién, desde las páginas de “La Nación”, relata las penalidades de su “exilio” en Highland Park N.J., lo que no le impide que el maléfico Busch permita que su cuenta bancaria jamás esté en rojo.

Para ser reclutado en esta planta, tan solo basta amontonar palabras con pretensiones de poesía y publicarlas (con la segura luz verde de la CONABIP) con el modesto título de “He amado demasiado” o “Una vida en Mechongué”; dar fe de profesar tolerancia hacia todas las posturas y creencias (menos las que huelan a populares y genuinamente nacionales) y manifestar con vehemencia solidaridad con los injustamente discriminados (gays, lesbianas, asesinos infanto-juveniles, faloperos, piqueteros, reventados, umbandistas, indigenistas de mercado, etc.).

Típicos exponentes de la clase media, fueron definidos por Lenin, a quién citan hasta el hartazgo, como el fruto podrido del árbol social. Seguramente por su tendencia a reaccionar intempestivamente cuando le meten la mano en el bolsillo pero no cuando les tocan el culo. Pero hay otro fruto, temido por los estratos medios, del que no se ocupó Ulianov: el “lumpen”. En alemán, “lumpen” deriva de “lump” (canalla, rufián) Un trapo andrajoso es un “lumpen” y por “lumperei” se entiende: piojería, canallada.

Cuando Carlos Marx se refirió al “lumpenproletariat”, aludió al conjunto de individuos no integrantes de la ecuación capitalistas-asalariados, y que por ello permanecían al margen de la estructura organizativa del trabajo remunerado. Rota la barrera de la conciencia de clase, integrando el último subsuelo de la escala social, impera este núcleo de miserables, fuente de inspiración de autores como Víctor Hugo, Charles Dickens y Kurt Weill. En nuestra pampa se da el caso especial del lumpen como categoría mental, caterva de ignorantes que desde la categoría pestilente del “se igual” han sabido construirse un espacio en los medios y son presentados, sin que nadie se sonroje, como exponentes del “quehacer cultural”: seudo-revisionistas de quiosco; indigenistas cuyo compromiso con las comunidades aborígenes no trasciende la venta de artesanías en las salas de la Recoleta y los conciertos de Beatriz Pichi Malen y disfracistas con pretensiones de literatos que entre los intersticios de la exacerbación, de la transgresión genial de los verdaderos creadores se instalan, como siempre, como simuladores.

José Ingenieros, casi un siglo atrás, hablaba de la simulación en la lucha por la vida y hablaba de la simulación de la locura. En 1904, el Dr. Ramos Mejía hablaba de la simulación del talento. En cuanto a los simuladores de talento, solo saben simular la locura, lo exterior de la creación. Copian la exterioridad intrascendente y humana del artista, sus tics, sus manías. Simulan la locura loca, pero no pueden aprehender su alma. Y, verborrágicos y estériles, contraídos y convulsos, invaden los medios, pululan por las exposiciones y fatigan los pasillos de las redacciones.

Sus convicciones progresistas no le impiden compartir debates con gorilas de antaño y hogaño, en tanto y en cuanto sean funcionales para arremeter contra “el hecho maldito del país burgués”: el peronismo. Su milicia democrática puede ser integrada indistintamente por el Instituto Hanna Arendt y Néstor Pitrola, como por Hugo Gambini y García Hamilton. El reconocimiento le estará vedado a quien no apruebe las inquisiciones del nuevo “Comité de Salvación Pública”, pero cuanto cagatinta o defecador de lienzos rinda pleitesía a la cultura oficial y se someta dócil al pensamiento hegemónico, podrá acceder a las becas y subsidios, recibirá premios de sus pares y participará en reuniones y congresos  donde los asistentes se aplaudirán mutuamente luego de cada presentación.

Todo creador, en cambio, aunque sea auténtico, que rehúse a prosternarse ante esta nueva resaca del pasado, el stanilismo metamorfoseado en “progresismo”, será lapidado. El tribunal inapelable serán los suplementos culturales, tanto de “Página 12” como de “La Nación”, donde se condecora a Martín Caparrós pero se agravia, o lo que es peor, se ignora, a los autores nacionales.

Así, adquiere sentido que los libros del recientemente fallecido Fermín Chávez hayan sido rechazados por la CONABIP con el argumento de ser “políticamente tendenciosos”, nada menos que por funcionarios de una administración que se define peronista. Si Kafka hubiera nacido en la argentina, hubiera sido un escritor costumbrista.

Pero esta discriminación no es inocente, responde a la lógica facciosa de la “Ilustración”, que encuentra antecedentes en el terrorismo unitario que fusiló a Dorrego y  ahora se encabalga en el uso y abuso perverso del adjetivo “fascista” para desacreditar toda manifestación de patriotismo o afirmación nacional. Acusación errónea o equívoca, por no decir maliciosa, ya que no debe confundirse el “totalitarismo” europeo con la canalla gorila y doméstica. Ningún fascista traicionó a su país. Canaris no era nazi, Badoglio no lucía camisa negra..

Iniciar polémicas sobre este tema es pueril e inútil. No obstante, corresponde establecer que quien moteja de “fascista” a un rematador de su Patria no sabe lo que dice. Y a nadie honra el cultivo manifiesto de la ignorancia. Menos aún, a los que pregonaban ser, antes del posmodernismo, “hijos del siglo y la ilustración”.

 

La Feria de las vanidades.

 

Esta inquina hacia todo lo que huela a patriotismo o al denostado término de nacionalismo, viene de larga data y responde a una curiosa patología: adherir al pensamiento dialéctico sin pensar dialécticamente y asumir ideologías revolucionarias de cualquier parte sin convertirse en revolucionario en su propio país. Ya que si fueran coherentes y pensaran dialécticamente, desde el campo de su cacareada revolución, “pensarían en nacional”, pues no puede existir justicia social en un país agraviado y sometido a los designios del capital transnacional.

Su exhibición más patética es la hiperpromocionada “Feria del Libro”, donde una serie de parásitos de una sobreevaluación individual que no merecen; con veleidades de intelectual “avant la lettre” y declamadores de una cultura de vermouth, a la que dicen defender ante la siempre omnipresente amenaza de las alpargatas; se pavonean como faisanes vetustos entre centenares de estanterías repletas de libros prolijamente exhibidos y convenientemente “autorizados”. Una galería de pastiches seudoreligiosos y manuales de autoayuda al estilo de “Tenga una vida sexual plena después de los 80 años” o “El evangelio de Barrabás”, que son motivo de sesudas mesas redondas y olvidables paneles.

Uno de los asiduos invitados a este suceso anual para analfabetos y comerciantes es el inefable Vargas Llosa, quien, tras perder las elecciones presidenciales en el Perú, descubrió la imbecilidad congénita de sus compatriotas y la futilidad del solar patrio, renegando del mismo del mismo y acogiéndose embelesado a la ciudadanía europea. “El nacionalismo es la cultura de los incultos, una entelequia ideológica construida de manera tan obtusa y primaria como el racismo (y su correlato inevitable), que hace de la pertenencia a una abstracción colectiva – la nación – el valor supremo y la credencial privilegiada de un individuo” (La Nación, 20/1/06). Es evidente que en los Balcanes de su amada Europa no lo leen, porque meses después de estas declaraciones, Montenegro se declaró nación soberana.

Este camaleónico escriba no merecería mayores comentarios de no ser que sus “pollitos” (entre los que se cuenta su hijo) acaban de editar “El retorno del idiota”, un refrito de su anterior “Manuel del perfecto idiota latinoamericano” compendio de cuanto lugar común y expresión estulta de neoliberalismo existe. La novedad es que en esta edición incorporan a los españoles. Es claro, el mequetrefe del Partido Popular que gustaba fotografiarse en las Azores con los dos monos con navajas atómicas (Bush y Blair), había perdido las elecciones. A fuerza de no encontrar, por desconocimiento del país o por estrechez mental, nuevos argumentos para denostar al peronismo, vuelven con el latiguillo de los libros y las alpargatas.

Al país no lo jodieron las alpargatas, le hizo mal las incitaciones de los libros aviesos, la falsa ilustración, el tono de engolamiento doctrinario, el abuso de la palabra como instrumento de oprobio y su perduración aciaga en las columnas periódicas y en el libro. Palabra emponzoñada, enfardada en odio y resentimiento, proclamada y reiterada hasta el hartazgo por un escritor erudito, aspirante a “scholar”, cuya difusión semicosmopolita se debe a razones extraculturales (director de la biblioteca de Estado más importante del hemisferio austral, “viajero” anglosajón de su propio país, arcángel Miguel de la milicia democrática contra el dominio oscuro de Satán-Perón. Cultivo moroso del culto gardeliano a la “viejita”, frecuentación de un “entourage” de “poetisas y poetastros semiinstruídos”, etc. etc.) En suma, los mitos de Pasternak y Solshenitzin, trasladados al subdesarrollo de una colonia intelectual europea.

De ninguna manera participamos del criterio de que hay una relación dialéctica entre la obra de arte y el perfil ideológico de su autor. Pero si sabemos que hay grandes creadores que cuando salen de su obra entran en la neblina.

La revista de Letras Sur se refirió a la autocensura a la que se sometieron los escritores liberales de nuestro país bajo el peronismo, ya que la censura auténtica, la oficial, parece no haberse ejercido contra ellos en dicho período. Olvidaron quienes esto afirmaron que toda obra artística representa en alguna medida, una acusación contra la sociedad y el estado en que ha nacido y que los grandes hombres  – tales los casos, por ejemplo, de Poe y Lugones – testimoniaban de ordinario contra la sociedad que los había creado. ¿Aguardó acaso Hernández, el advenimiento de Irigoyen, para componer su “Martín Fierro” y Sarmiento el de Mitre para escribir su “Facundo”?

La citada autocensura no fue sino una máscara para cubrir la esterilidad y el conformismo.

El objeto de la literatura, que en su mejor tradición fue un medio de comunicación estética entre todos los hombres, se convirtió en manos de estos falsificadores en un método de incomunicación. Escribían para escritores, vale decir, para los iniciados en la religión secreta. El despotismo ilustrado o seudoilustrado de este lenguaje esotérico posee la curiosa característica de pretender infligir a la prosa una calidad intelectual rigurosa; la triste verdad es que sus propios autores no pueden explicarse que es lo que quieren decir.

Decía Jorge Abelardo Ramos que: “Los poetas argentinos que más se ocupan de lo mágico, lo angélico, lo delirante o lo metafísico, están a mil leguas de rehacer en sí mismos todos los procesos de iconoclastia, enfermedad y locura que dotaron al arte europeo de artistas en estado salvaje. Nuestros intelectuales traducen pasiones ajenas: desarraigados, sin atmósfera – sombras de un decadencia o de una sabiduría que otros vivieron – De ahí que la literatura argentina posea ese carácter gris, igualitario y pedante que aburre o indigna”

En realidad, más que el bardo del coraje orillero, Borges fue el cultor moroso del mito gardeliano de la “viejita”.

En 1948 un incidente banal marca a fuego su resentimiento: su madre, Leonor Acevedo, y su hermana, Norah, son detenidas y condenadas a un mes de prisión. Estela Canto relató así los hechos: “La calle Florida siempre estaba abarrotada de gente durante el día y entonces la atmósfera política era muy tensa. De repente, Doña Leonor, seguida por sus acompañantes, prorrumpió en invectivas contra Perón y Evita, flamante esposa del general. Después se pusieron a cantar el himno nacional. Las damas fueron rodeadas por la multitud, y la policía, temiendo que la cosa pasara a mayores, las arrestó y las trasladó a la comisaría”. “A partir de ese momento – dice uno de los biógrafos del escritor – la postura de Borges se volverá irracional y maniquea. A partir de ese momento y para siempre, todo lo que oliera a peronismo sería repudiable y perverso”. Será para él la continuación del nacionalismo nazifascista y una enfermedad “del orden de los primates”.

No se inmutó mucho Borges cuando centenares de mujeres después del 55, fueron enviadas a “veranear” a Ushuaia. Pero claro está, esas no eran “damas”. Ni eran “caballeros militares” los oficiales flor de Ceibo del general Valle, fusilados por el “ario” Rojas que nos había liberado del gobierno de la negrada.

Su odio berreta tenía un origen mucho más prosaico que el generado por la caída de un supuesto orden aristocrático. En abril de 1946 un ahora mítico decreto transfiere a Jorge Luis Borges de su modesto puesto de bibliotecario municipal, auxiliar de tercera según la aséptica terminología oficial, al de Inspector Municipal de Ferias. El escritor indignado renuncia. En realidad, según nos dijo personalmente Fermín Chavez, se intentó evitarle un sumario dada su prolífica producción de libelos contra el gobierno que le pagaba el sueldo.

Sobre esta transferencia, así sobre su presunto nuevo puesto (Inspector de aves y conejos para Emir Rodríguez Monegal, de pollos, gallinas y conejos para Alicia Jurado, de apicultura según funcionarios de la época, de policía municipal en una de las versiones de Borges) y sobre quién (por orden directa de Perón según algunos amigos del escritor, por mecanismos burocráticos e impersonales como se desprende del examen de los documentos oficiales, por una revancha de algún oscuro burócrata como dice María Esther Vázquez) y por que se ordenó (por faltas disciplinarias como también constata Ribera, por persecución política según la afirmación más difundida que es, también, la del propio Borges), existen numerosas versiones. Una exhaustiva investigación y una adecuada vinculación con el acontecer político del momento se encuentran en Jorge B. Ribera “Borges, ficha 57.323” incluido en Jorge Dubatti (comp..) Acerca de Borges, Editorial de Belgrano, Buenos Aires, 1999.

Este ex empleado municipal, posteriormente acumulador de prebendas de todo orden declaró durante muchos años que los premios oficiales a la producción literaria fueron una “especie de soborno”. ¿Qué nombre habría que adjudicar entonces a los 25.000 pesos moneda nacional que el famoso Apold entregara a Borges por intermedio de Armando Bo en pago del libreto cinematográfico “Días de odio”?. Se lo podrá llamar un soborno fracasado, pues Borges no incensó a Perón. Pero soborno fue.

Mientras tanto, a cincuenta años, se sigue batiendo el parche del martirio de la “intelligentzia” argentina en la oscura década del peronismo. Un escritor argentino no es un mártir argentino, sino a veces un infeliz. Mártir fue Lugones.

No queremos extendernos demasiado con esta “vaca sagrada” del gorilaje de izquierda y derecha. Pero sí aclarar los tantos respecto a las persecuciones. Un escritor tan cercano al peronismo como un musulmán a la cerveza, Enrique Zuleta Alvarez, describe con palabras veraces el panorama cultural anterior a la aparición del justicialismo:

“A las razones de índole literaria que esgrimían quienes consideraban perimido el realismo narrativo, se sumaban, pues, los motivos ideológicos que, en ese momento, asumían el carácter de banderías irreconciliables. Pero el panorama se agravó cuando, después del golpe militar del 4 de junio de 1943, surgió en la política argentina el general Juan Domingo Perón y se inauguró la era cubierta por su movimiento político.

Desde el primer momento y en su casi totalidad la clase intelectual argentina se alineó contra Perón, y las personalidades más representativas de las instituciones, de los diarios y de la universidad integraron una de las frondas mas activas en una militancia que, finalmente, fue derrotada. No es fácil, desde nuestro tiempo, transmitir lo que fueron los odios despertados por la aparición del peronismo y la dureza y permanencia de las condenas ideológicas. El nuevo régimen, por su parte, contribuyó al sectarismo agresivo con exigencias partidistas y persecuciones que inauguraron una corriente de odios ideológicos, funesta en la vida argentina.

Gálvez y su mujer, que no militaban en la política, justificaron la aparición de las masas populares y fueron repudiados por los “antiperonistas”, con una acusación mas que se sumaba a la condena por su catolicismo hispanista.

La Sociedad Argentina de escritores, con la cual Gálvez había colaborado durante años, estaba férreamente comprometida con el antiperonismo y en 1945 expulsó a dos escritores que también se habían negado a esta línea: Arturo Cancela y Leopoldo Marechal. Ante la acusación de antidemocráticos y totalitarios que se le hacía junto a otros escritores, Gálvez renunció a la SADE con una carta en la cual fundaba su disidencia y en sus Recuerdos no trepida en afirmar, ante el hecho que no se levantara una sola voz en su defensa: “En la SADE existía una especie de dictadura izquierdista, y ya se sabe lo que es la cobardía de los argentinos” (Enrique Zuleta Alvarez. “España en América. Estudios sobre la historia de las ideas en Hispanoamérica” Confluencia. Buenos Aires. 2000.)

Como respuesta, Cancela, acompañado por el matrimonio Gálvez y un grupo de escritores, fundaron la Asociación de escritores argentinos (ADEA), proclive al peronismo, que le prestó un apoyo inicial, que luego decayó porque el gobierno tenía otras prioridades, como mejorar la condición de la clase obrera y no restañar las heridas infringidas en el orgullo de algunos intelectuales, por nacionales que fueran. (Con el tiempo advertiría el error, ya Gramsci se había percatado que el combate cardinal era el cultural).

Continúa Zuleta Alvarez: “Cuando otro golpe de Estado militar derrocó en 1955 al peronismo fueron encumbrados los intelectuales antiperonistas, que no olvidaron sus agravios contra Gálvez, ya definitivamente alejado de toda presencia pública. Desde los diarios, revistas y cátedras universitarias su nombre desapareció casi por completo del canon literario argentino, y las ideas del catolicismo hispanista que había defendido pasaron a integrar el cuerpo doctrinario de la antidemocracia, unánimemente execrada.”

Estos eran los valores republicanos y la “moral” que restauraban los “libertadores”. Ni una palabra se escuchó en boca de Borges en solidaridad por sus colegas. No por enemistad política sino por envidia mezquina.

¿Y Lugones? Condenado a las hogueras progresistas por “reaccionario” y a pagar el precio del suicido. ¿Y los tres Arturos? (Cancela, Capdevila y Marasso), En el arcón de los trastos viejos, carcomidos por el polvo del olvido. ¿Y José Gabriel?, A consumirse en la extrema pobreza. ¿Marechal, César Tiempo? El olvido. ¿Jauretche? El exilio, que solo vivió Borges mientras dormía. Tal sigue siendo la condena a la que los someten quienes aún detentan las riendas de la Cultura Oficial y se flagelan por la ausencia de “Georgi”, el único escritor que conocen.

Nuestros “intelectuales” de segunda, naufragando entre la epistemología de las ciencias sociales y la denuncia, creen que son el cerebro de algo, cuando en realidad son la mierda de algo llamado “como sobrevivir trabajando de felpudo y de inteligente hasta que nos descubran”.

Decía Ignacio Anzoátegui que había que crear la “Dirección Nacional de Patadas en el Culo”. De existir, el primer expediente, por lo fácil y expeditivo lo encabezarían todos estos cagatintas y escribas de la letrina, que en nombre de una cultura de la cual desconocen hasta los rudimentos, encabezaron y encabezan la anatematización de los verdaderos pensadores nacionales.

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