La guerra del Paraguay

Leonardo Castagnino

GUERRA DEL PARAGUAY

La Triple Alianza contra los países del Plata

Buenos Aires, Ediciones Fabro, 2011, 555 páginas

 

 

 

Don Arturo Jauretche, con su socarronería habitual,  solía decir que en las mañanas en que se encontraba algo dubitativo, leía “La Nación” para hacer exactamente lo contrario a las propuestas del diario. A mí me sucede algo similar con los personajes históricos y políticos de antaño y hogaño: Basta que determinados sectores los estigmaticen con determinados calificativos, tales como “déspota”, “tirano”, “sanguinario”, “dictador” etc., para que inmediatamente les tome simpatía o, al menos, curiosidad. No hace mucho, en 1971, en uno de los boletines de la Academia Nacional de la Historia, el bisnieto del general Paz, admirador confeso de Mitre y autor de un libro y varios artículos sobre la guerra del Paraguay, escribió:

“Se ha escrito mucho sobre los “antecedentes” de nuestra guerra con el Paraguay. Se han buscado causas imponderables y remotas; se ha estudiado un largo proceso que tendría su origen en la Colonia y que habría hecho crisis en 1865; se ha vinculado ese conflicto bélico con el sentimiento autonómico del pueblo paraguayo, ya exteriorizado cuando la expedición del general Belgrano en 1810. Algunos investigadores, menos propensos a interpretaciones de largo alcance, han visto en el conflicto bélico entre Paraguay y la Argentina una consecuencia natural de la intromisión de Mitre en las cuestiones internas uruguayas, y de la astuta diplomacia de Itamaraty, que nos arrastró a la guerra para procurarse un aliado en la que ya sostenía contra el país mediterráneo. El autor de estas líneas viene sosteniendo una explicación más simple. Nuestra guerra con el Paraguay fue desencadenada por la formación mental de un hombre, cuya soberbia, altanería, orgullo y vanidad, lo llevaron inexorablemente a ese desenlace. Tal era el Mariscal Francisco Solano López. Su simple título militar, en un país de paz, trabajador, dócil y feliz, desentonaba, notoriamente, con las sencillas costumbres de su pueblo, y chocaba, desde luego, con la sensibilidad de las repúblicas del Plata”.

Ni el Paraguay fue “dócil” desde su nacimiento, ni los países hispanoamericanos fueron de “paz” tras declararse independientes. Esta ha sido la versión imperante desde Mitre hasta hoy sobre la contienda que enlutó cuatro naciones, supuestamente desencadenada por un megalómano enajenado que, al igual que el “tirano de Buenos Aires”  aislaron a sus países del resto del mundo o se permitieron enfrentarlo. No en vano, el Restaurador de las Leyes había obsequiado su sable a Solano López en reconocimiento a su viril defensa de la soberanía, así como él también había recibido el del Libertador por idénticos motivos. Este nuevo aporte de Leonardo Castagnino, que se suma a su “Juan Manuel de Rosas. Sombras y verdades” junto a sus cotidianos aportes desde la “Gaceta Federal”, constituye un mesurado y riguroso análisis sobre las causas y consecuencias de esta tragedia americana.

Tras la caída de Rosas y la consolidación unitaria en nuestro país, los gobiernos de la Argentina y Brasil se acercaron y decidieron la manera de regir conjuntamente los destinos de la zona. Ambos mantuvieron excelentes relaciones con las principales potencias europeas y siguieron una política económica que ofreciera las máximas libertades a las mercaderías y los capitales ingleses y franceses.

Uruguay, objeto de feroces disputas durante la época de Rosas, fue pacificándose bajo la influencia de sus dos grandes vecinos y de Inglaterra y de Francia. Venancio Flores, caudillo colorado sucesor de rivera, llegó a un acuerdo en 1855 con el general Oribe y los blancos, en el sentido que el gobierno lo tomara, alternativamente, cualquiera de los dos partidos, y que la selección de mandatarios fuera aceptable para ambos. Conforme a esos principios, se escogió primero a Gabriel Pereira, blanco moderado, y luego a Bernardino Berro, amigo de los colorados. Ambos fueron aceptables y aceptados. Pero en 1864 fue elegido presidente de la República el representante del Partido Blanco, Anastasio Aguirre, Venancio Flores no pudo entenderse con Aguirre, lo desconoció, y se alzó en armas con los Colorados el mismo año.

Más hacia el oeste, Paraguay se encontraba bajo el mando de Francisco Solano López, hijo del presidente anterior, Carlos Antonio López. La historia de la nación paraguaya desde la época colonial había sido violenta y peculiar, dando a ese país rasgos especiales que lo diferencian de sus vecinos. Los indios guaraníes, de apreciable adelanto cultural autóctono, de origen Caribe y que habían llegado a las nacientes del plata buscando la “Tierra sin Mal”, han dejado hasta hoy profunda huella en el carácter nacional paraguayo. En el siglo XVIII, Paraguay fue el escenario de importantes movimientos comuneros, de reivindicaciones democráticas expresivas del sentir de las capas medias y las masas populares. Hemos dicho en alguna oportunidad que: “Poco o nada tuvieron que ver con nosotros las guillotinas de la revolución francesa o las pelucas empolvadas de los señores de Virginia. Treinta y nueve años antes de aparecer en Francia el “Contrato Social” de Rousseau, hubo el levantamiento de los comuneros del Paraguay”. Por otra parte, en ese mismo siglo se desarrollo en el Paraguay el extraordinario ensayo social de las Misiones jesuíticas: casi un Reino de Dios sobre la Tierra, donde la economía y la organización social, aseguraban a cada quien el bienestar, la seguridad total y el desenvolvimiento de la personalidad dentro del marco de las doctrina cristianas y la paternal supervisión de los sacerdotes de la Compañía de Jesús. El “Imperio Jesuítico” – al decir de Lugones – dejó profundas huellas en la economía, política y tradición paraguayas. Como un singular producto de esta tradición, jamás logró consolidarse en el Paraguay una fuerte clase latifundista. El gobierno del Doctor Francia ahondó esta tendencia, creando una clase de pequeños productores y, apoyados en ella, un poderoso ejército. El aislamiento del Paraguay no era resultado de la misantropía del doctor Francia, según afirman frívolamente algunos eruditos, sino la expresión histórica de la disgregación nacional sobreviniente a la lucha de independencia de España en el Río de la Plata. Idéntico destino corrieron también Uruguay y Bolivia. Ya en las primeras páginas de la obra, Castagnino destaca las torpezas y la prepotencia de la Junta de Mayo con la altiva nación guaraní, germen de lo que resultaría en su separación definitiva de la Confederación.

Paraguay se había independizado de la dominación española en 1814, bajo la jefatura fundamental de Gaspar Rodríguez de Francia, quién posteriormete se convirtió en el dictador absoluto del país, permaneciendo en el poder hasta 1840. Inmortalizado por Roa Bastos en “Yo, el Supremo”, Rodríguez de Francia sumaba al Paraguay a los fenómenos mitológicos que según Alejo Carpentier, están muy lejos de agotarse en nuestra América. “Después de la afanosa búsqueda de El Dorado – destaca juan Carlos Cardinali -, del cerro del Potosí, de las fantasías rivadavianas sobre los yacimientos de Famatina, el esoterismo paraguayo desvelaba a los aventureros del Viejo Mundo”. El Paraguay se había aislado durante treinta años, aún así, cerrado hacia el exterior, no dejó de exportar tabaco, frutos, maderas y yerba mate. En la década del treinta se empezó a exportar algodón, que tendría una trascendencia futura por el interés de los mercados ingleses. Como no efectuaba importaciones, su balanza comercial se acrecentaba años tras año. Un territorio autosuficiente y sin pobreza iba a quedar a la muerte de su jefe Rodríguez de Francia. Lo que no tenía era libertad política, pero tampoco esclavos como el Imperio del Brasil, ni enviaba expediciones punitivas para someter al interior, como en la Argentina.

Al asumir Carlos Antonio López, continúa la política proteccionista de su predecesor. “Hombre culto y conocedor de los adelantos técnicos – dice Leonardo Castagnino – desarrolla al Paraguay con mano firme. Nacionaliza las plantaciones de yerba mate y la producción de madera prohibiendo a los extranjeros la adquisición de tierras “. Nótese, en comparación el grave problema que vivimos en la actualidad con el problema de la extranjerización de la tierra. Bastó que un diputado propusiera un proyecto de reglamentación de la venta de tierras en zonas estratégicas, para que, ¡Oh, casualidad!, el diario “La Nación” pusiera el grito en el cielo. Castagnino continúa señalando que López:  “Erige una fundición en Ibucuy de donde saldrán las armas para el ejército y los implementos agrícolas para labrar la tierra. Funda un arsenal y astillero en asunción (1855) de donde salen los barcos que necesita para la flota fluvial y de ultramar. Construye ferrocarriles, telégrafos, fábricas de pólvora, azufre, papel y tinturas. Hay en el Paraguay más de 430 escuelas y prácticamente no hay analfabetos. Los estudiantes destacados van a perfeccionarse a Europa para volver y servir a su patria. Paraguay  no adhiere al libre comercio inglés ni toma empréstitos extranjeros que lo endeuden. Basa su economía en la exportación de productos con su propia flota y realizados por una clase trabajadora que se siente dueña. Paraguay era un país independiente, y su desarrollo no podía ser bien visto ni por sus vecinos ni por Gran Bretaña, mientras Brasil basaba su economía en la mano de obra esclava, y el mitrismo sometía al interior argentino arrojando a sus gauchos a los fortines, Tratados de `vagos y mal entertenidos´. Paraguay era un mal ejemplo, un escándalo

La principal amenaza para los intereses nacionales paraguayos la constituía la política brasileña, orientada como la madre patria, a la más estrecha colaboración con los ingleses. Así como éstos últimos buscaban una forma de penetrar económicamente en Paraguay y conseguir la libre navegación en sus aguas fluviales, el Brasil perseguía el objetivo de engrandecer su territorio a expensas de los paraguayos. ¿Y la Argentina, o mejor dicho Mitre?. El libre comercio: “Cuando nuestros guerreros vuelvan de su larga y gloriosa campaña a recibir la merecida ovación que el pueblo les consagre podrá el comercio ver inscrito en sus banderas los grandes principios que los Apóstoles del libre cambio han proclamado para mayor felicidad de los hombres” ¡Que alegría!  decía Jauretche – para los gauchos inválidos, ésta de haber peleado para los comerciantes de Manchester y Liverpool.

En el año 1864 Brasil apela a lo que nuestro autor define como “la diplomacia del marinero herido”. pretextando maltrato de Aguirre a sus connacionales la corte Imperial resuelve dar su total apoyo a los Colorados uruguayos y a su jefe venancio Flores. Antes de terminar el año, Brasil reconoció a Flores como legítimo gobernante del Uruguay y abrió operaciones de guerra contra Aguirre y los blancos. El Brasil invadió el Uruguay y sobrevino la tragedia de Paysandú. La tradición nacional ha recogido en lo humildes versos del payador Gabino Ezeiza la ráfaga de indignación que agitó a nuestros pueblos cuando la ciudad de Paysandú, sin fortificaciones, fue bombardeada durante un mes por la escuadra brasileña.

“Heroica Paysandú ¡yo te saludo!…” La ciudad fue reducida a escombros, era la primera vez que en Hispanoamérica se bombardeaba una ciudad abierta. Sus esforzados defensores, cual espartanos en las Termópilas, no transigieron. Rodeados por 10.000 hombres de las tropas brasileñas, lucharon hasta la extenuación. Mientras tanto, la “neutralidad” de Mitre abastecía a la escuadra imperial. En Paysandú, peleaba un joven federal argentino que más tarde sería senador de la provincia de Buenos Aires y compositor poético: José Hernández.

Estimando que la intervención brasileña constituía un casus belli, Solano López declaró la guerra a su poderoso vecino. Para poder cumplir con su compromiso de ayudar al gobierno de Aguirre, López pidió permiso a Bartolomé Mitre para poder atravesar Corrientes. Mitre constestó negativamente y movilizó sus fuerzas contra López. El 16 de abril de 1865, en un arranque de auténtican  megalomanía proclamó: “En 24 horas en los cuarteles, en tres semanas en Corrientes,en tres meses Asunción”. La guerra tardó cinco años. De esta manera, el pequeño Paraguay nacionalista quedó enfrentado a la poderosa alianza de Brasil con la Argentina, a quienes se les unió Uruguay, gobernado desde febrero de 1865 por Venancio Flores. Inglaterra y Francia brindaron su apoyo político y financiero a la Triple Alianza y movilizaron la opinión mundial en contra del “tirano” y “bárbaro” Francisco Solano López. No es casual que en medio de la contienda apareciera por los esteros del Paraguay un personaje de las novelas de Kipling o Conrad: Richard Burton.

Explorador, lingüista y espía, Richard Francis Burton (1821-1890) fue un hombre que dominaba más de veinte idiomas -árabe, sánscrito e indostaní, entre otros- y tradujo clásicos del erotismo árabe e hindú como Las mil y una noches y el Kama Sutra. Un explorador que descubrió junto a John Seque las fuentes del río Nilo y el lago Tanganica. Un experimentado espía que recorrió la India durante años, peleó en la guerra de Crimea en 1854, visitó las ciudades prohibidas del Islam y escribió más de 40 libros de viajes y 30 de traducciones. Despidiéndose de su puesto de cónsul en la ciudad brasileña de Santos, el capitán Burton hizo dos viajes al Río de la Plata, en agosto de 1868 y en abril de 1869, donde escribió sus “Cartas desde los campos de batalla”. Burton las editó en Londres en 1870, cuando el presidente paraguayo Francisco Solano López moría en Cerro Corá y la Guerra de la Triple Alianza terminaba, dejando más de un millón de muertos. Burton fue sin duda un testigo excepcional, advierte lealmente que no presenció las grandes batallas -Curupaytí, Humaitá, Tuyutí- pero sí visitó los escenarios, dolido por la falta de interés brindado a una de las guerras más increíbles que se hayan peleado en este siglo. Su presencia, como la de otros agentes británicos, es una prueba más de los intereses de Inglaterra en la zona.

La guerra comenzó por una ofensiva de los paraguayos en 1865, seguida de una contraofensiva de los aliados. En 1866 López abrió contactos con Mitre, con el fin de buscar las bases para una tregua y una paz eventual. El mandatario paraguayo se encontró ante una actitud intransigente de la Triple Alianza, cuyos integrantes en la apertura de los ríos y en la cesión de territorio. Rechazadas las exigencias aliadas, la lucha recomenzó con inusitada ferocidad. Frente a los numerosos y bien armados ejércitos de la Triple Alianza, Paraguay movilizó a su pueblo y realizó una de las epopeyas defensivas más extraordinarias y heroicas de la historia de la Humanidad. Después de quedar diezmada la población masculina adulta, se movilizaron las mujeres y los niños y continuó la lucha. En las últimas batallas, el mariscal López comandaba unidades de muchachos entre los 10 y los 14 años de edad. “¡Muero con mi Patria!”, exclamó el caudillo en el postrer momento. Hasta el fin, el pueblo paraguayo respaldó a su conductor en la más tenaz y sacrificada de las resistencias.

Antes de la guerra, la población del Paraguay había sido de un millón de personas aproximadamente. La mitad – 500.000 – pereció en la Guerra de la Triple Alianza; ¡la población masculina fue reducida a 30.000! La economía del país quedó totalmente en ruinas e Inglaterra y Francia triunfaron a través de la conquista económica indirecta del espacio paraguayo y la liquidación de un nacionalismo que obstaculizaba la libre penetración de las mercaderías europeas al corazón del continente sudamericano.

A lo largo de la obra, el autor estudia la traición, la felonía y los crímenes de los principales actores del partido liberal rioplatense que, aliado al Brasil esclavista, llevaron a cabo un genocidio de una envergadura similar al que se realizaría posteriormente con el pueblo armenio. La destrucción del país hermano tuvo su origen en la política iniciada como consecuencia de la derrota argentina de Caseros, puesta en evidencia por el autor a través de la documentación y escritos políticos de la época del “crimen”. Para ello se remonta al método de Taine, en cuyos relatos históricos “hablan” los protagonistas. Utilizando con singular maestría las publicaciones realizadas por los “testigos y actores”, y a través de una prosa ágil, Castagnino conduce al lector por los campos de batalla y las antesalas de los poderes involucrados. En suma, una obra imprescindible para la comprensión de nuestro definitivo proceso de consolidación continental.

 

José Luis Muñoz Azpiri (h)

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  1. Néstor Montezanti

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