La Frontera Interior

                                          Luis Jorge Fontana

(1846-1920)

                                    “La frontera interior”

           “-Ah, ya has vuelto.

                                                                          -Si.

                                                                         -¿Ha sido aburrido?

                                                                         -Si.

                                                                        -Te has puesto muy enfermo?

                                                                        -Si.

                                                                       -¿Has traído unas notas a las que no

                                                                       encuentras ni pies ni cabeza y te has

                                                                       dado cuenta de que te olvidaste de

                                                                       hacer todas las preguntas importantes?

                                                                       -Si

                                                                       -¿Cuándo piensas volver?

                                                                                   Me reí débilmente. Sin embargo, seis

                                                                       meses mas tarde regresaba al país Dowayo.”

                                                                       Nigel Barley “El Antropólogo inocente” (1983)

En la historia existen figuras que definen el carácter de una Nación: son los arquetipos. Bogavantes de su época, inspiraron las letras de Kipling, de London, de Verne y de Salgari. Lewis y Clark en Estados Unidos, Stanley y Livingstone en África, Burke y Wills en Australia. Nuestro país no fue ajeno al proceso de engendrar hombres míticos: Moreno, Olascoaga, Moyano y otros, integran nuestra pléyade de pioneros, pero fue Luis Jorge Fontana quien adquirió la estatura de un protagonista de los tiempos clásicos. Vaya un ejemplo, un escueto telegrama enviado al Presidente de la República: “Estoy en Rivadavia. Queda el Chaco reconocido. He perdido el brazo izquierdo en un combate con los indios, pero queda otro para firmar el plano del Chaco que he completado en esta excursión. Luis Jorge Fontana”. La respuesta no se hizo esperar, el general Roca, a la sazón Ministro de Guerra, contestó: “El misionero de la civilización y el progreso de la República marca con su sangre la huella del hombre libre a través del Gran Chaco. Su brazo mutilado señala ya y para siempre el rumbo verdadero que seguirán las generaciones en busca de territorios feraces donde reunirse para constituir grandes pueblos. Su vida ya está seriamente vinculada a la solución de uno de los más grandes problemas de la Patria: la conquista y la población del Chaco, esa gran sombra en el mapa luminoso de la República. Ardientemente felicito y anuncio su ascenso: Julio A. Roca.”

Soldado intrépido, naturalista agudo, hombre de Estado y pionero de muchos territorios. Su nombre está asociado a la colonización y al conocimiento. Su obra no siempre es recordada.

             El coronel Luis Jorge Fontana nació en Buenos Aires el 19 de abril de 1846, una época signada por los conflictos internos y externos, donde los mejores recursos humanos de cada generación se destinaban al ejercicio de las leyes o a la disciplina de la milicia. Salvo excepciones, la investigación científica era, por lejos, una excentricidad. Era natural que siendo hijo de un abogado – que había sido uno de los secretarios de Rosas -, tras una estimulante infancia en Carmen de Patagones, el joven Luis eligiera el camino inverso e ingresara en la Comandancia Militar De Río Negro con tan solo 13 años de edad. Pero el imponente espectáculo de la naturaleza patagónica ya le había calado el alma.

            La guerra del Paraguay lo sorprendió sirviendo en la Armada, donde con el rango de guardiamarina asistió a distintas acciones bélicas, siendo distinguido en ellas por el capitán Muratore. Sin embargo, su verdadera vocación había despertado en la contemplación de las infinitas llanuras de la Patagonia, a las cuales, años más tarde, regresaría para fundar pueblos, establecer colonias y relevar un territorio – para el hombre blanco – absolutamente desconocido.

            De regreso a la vida civil fue discípulo de German Bursmeister, bajo cuya dirección profundizó sus conocimientos en física, astronomía y ciencias naturales. Trabajó en el Museo de Buenos Aires y en 1870 integró una comisión que reconoció los ríos Limay y Neuquén. Bursmeister ya lo consideraba “suficientemente iniciado en los misterios de las ciencias naturales”, siendo en esta ocasión que se vio obligado a involucrarse en varios combates con los indios. Revistó luego en las filas de ejército y fue Secretario de la Gobernación del Chaco, exploró el Bermejo e hizo relevamientos de la zona que por entonces disputábamos con el Paraguay. En 1879 fundó la ciudad de Formosa y un año más tarde realizó una exploración entre esta localidad y Salta.

 Es en 1881 cuando hace aparición “El Gran Chaco”, con prólogo de Nicolás Avellaneda, tal vez, su principal obra. Escribió entonces el ex presidente:

“Este libro es austero y rígido. No tiene sino una sola línea, larga y uniforme. ¿Quién lo supondría      escrito en medio de la selva, poblada de rumores, y no por uno de esos viajeros del Atacama, de la Pampa, del Sahara, que sólo vieron durante días “un cielo sin nubes sobre un suelo sin sombras? Aquí no hay un reflejo para la majestad solemne del bosque, para los caprichos brillantes de la atmósfera, para la gracia de los accidentes en el curso tortuosos del río, y la soberbia grandeza del clima sólo se expresa por las tablas meteorológicas.

El señor Fontana ha recorrido en diversas ocasiones el Chaco, teniendo encuentros terribles con sus bárbaros habitantes. La flecha del toba ha caído más de una vez sobre su débil barco, y el bramido del tigre estremecido su lecho de hojas, cuando dormía en el bosque”.

Las palabras de Avellaneda llenas de romanticismo y reminiscencias de los libros de viaje de la época, subrayan un aspecto apenas aludido por el autor: los peligros chaqueños. No se refiere, en cambio, a las incomodidades y molestias que, tanto Fontana como otros memorialistas de la época, destacan como las circunstancias más gravosas en la vida del hombre blanco en esas regiones.

 En 1882 exploró el Pilcomayo y dos años después se convirtió en el primer gobernador del Chubut.

            Diez años fue la duración de su fecunda gestión, donde ejerció con similar pericia el manejo del sable, el microscopio, el sextante y el teodolito. Recorrió en viaje de exploración más de mil setecientas leguas de la región, abarcando desde Rawson a la cordillera y desde el río Chubut hasta el límite de Santa Cruz. No en vano su biógrafo, Lorenzo Amaya, lo bautizó con el acertado título de “Territoriano”.

            La Gobernación de la Patagonia abarcaba unos 800.000 kilómetros cuadrados, tanto como la suma de España e Italia. La ley nacional Nº 1532, promulgada el 16 de octubre de 1884, la subdividió en los territorios del Neuquén, Chubut, Santa Cruz y Tierra del Fuego.

            Como consecuencia de esta ley, Chubut se recorta como una jurisdicción diferenciada y adquiere sus actuales límites que son, a su vez, un proyecto para la expansión de su poblamiento que se cumpliría a lo largo de dos décadas.

            La instalación de la gobernación ocurrió el 30 de mayo de 1885. Desde luego que no existía edificio alguno destinado a sede administrativa, debiendo funcionar en la chacra de don Gregorio Mayo, poblador de las márgenes del Chubut, en Rawson, desde 1879. A partir de aquella instalación, comenzaron a llegar familias italianas, coincidentes con el movimiento general inmigratorio propiciado en el orden nacional.

            Cabe recordar que en 1865, es decir, mucho antes que se consumase la Conquista del Desierto, cuando todo el extremo sur del país permanecía bajo el dominio del indio, un grupo minúsculo de 132 personas osó desembarcar en las playas patagónicas, y logró, tras sinnúmero de fracasos y sinsabores, crear una próspera colonia agrícola, en el corazón de la “tierra maldita” de Darwin.

            “La barca “Mimosa” penetró en las quietas aguas del Golfo Nuevo, rumbo a la bahía que hoy se llama de Puerto Madryn. Venía llena del primer contingente de galeses, lo suficientemente atrevidos como para instalarse en el Valle del Chubut.

            Era el 28 de junio de 1865 y el promotor de la idea se llamaba el ministro y médico Guillermo Rawson. La tradición oral mantiene con frescura el recuerdo de aquellos emotivos momentos: la primera gruta, junto al actual monumento al indio; la cordialidad de los tehuelches, que sólo se interrumpió en muy pocas ocasiones; las primeras impresiones de los colonos, cuya planta se extraviaba ante la imposición de la soledad y por último el recuerdo cálido de los mamones rubios y morenos, que las madres cambiaban de brazos, impresionadas por la igualdad de las sonrisas y la simultaneidad de los llantos.

            De allí pasaron al valle inferior: fundaron Trerawson (ciudad de Rawson); Trelew (ciudad de Luis) y llenaron con sus críos ese rincón argentino, gobernándose durante once años con sus leyes y ateniéndose a su propio rito cristiano. Dura fue la lucha, sin comunicaciones ni transportes, sin riego, con las sequías y las inundaciones que se alternaban y los vientos arrasadores. Todos los esfuerzos de ese tipo habían fracasado hasta entonces al sur de Carmen de Patagones. En 1809 el último malón terminó con el Fuerte San José, en la península de Valdéz. Igual vida efímera tuvo la población de San Julián. Solo Piedrabuena, en su islote legendario, se mantenía en la boca del Santa Cruz donde años más tarde igualmente caería derrotado y fundido el francés Ernesto Rouquaud. Solo la unidad racial que los congregaba y una organización muy estricta, justificaban la travesía que los indios llamaban “por el agua grande”.

            El injerto fue feliz, de toda felicidad. Se construyeron canales de riego, se tendieron labradíos y arboladas y pronto el trigo del Valle obtendría – en 1893 – el primer premio en la Exposición Internacional de París. Se le animaron – nada menos – que hasta un ferrocarril. Y construyeron el de Puerto Madryn hasta Trelew, prolongado luego hasta Rawson, Dolavon y el Valle inferior. El triunfo, que ronda a los fuertes, fue suyo. Se corrieron al Valle 16 de Octubre, en la cordillera, la zona de Trevelin. Adelantados de un tiempo nuevo, estos pioneros gringos señalaron a los criollos la recta del sacrificio y del trabajo.”1

            Estos “pioneers” de la Patagonia eran oriundos de Gales, pequeño país, desconocido casi, por haber sido absorbido políticamente, desde hace varios cientos de años, por otro más fuerte; pero cuyo pueblo logró, a través de los siglos, mantener firme su personalidad como tal, como lo demuestra la vitalidad de su lengua.

            Dice F.E. Roberts, traductor de la “Crónica de la Colonia Galesa de la Patagonia” del Reverendo A.Matthews:

            “En el transcurso del siglo XVIII, y quizá como reflejo del movimiento romántico universal, que avivó el nacionalismo de los pueblos, y, por ende, su interés por sus propios valores, se produjo también en el Principado de Gales, un despertar de inquietudes. Varios jóvenes galeses se preocuparon por salvar antiguos manuscritos, que conservaban poemas medievales y otras obras literarias escritas en idioma galés, el cual, ya desde la época trovadoresca, demostraba su riqueza y fluidez.

            Recordamos este hecho porque suponemos que fue este mismo ideal nacionalista, el móvil que impulsó, en el siglo XIX, a un grupo de galeses a soñar en salvar su lengua y su cultura, ante el continuo avance inglés, con la creación de una Colonia Galesa, en un país lejano y apartado, donde no incidiesen influencias extrañas.

            Es menester aclarar este punto. Después del sometimiento del reino de Gales por la corona inglesa, en el siglo XIII, y terminado el período de luchas, no hubo mayores relaciones entre ambos pueblos, en parte, a causa de la dificultad de comunicaciones, pero debido, también, a que nada les urgía, fuera de las necesidades puramente administrativas. Gales fue dejado, pues, en gran parte, a sus propios arbitrios, y hubo muy poco cambio en su manera general de vivir.. Mas, muy distinta fue la situación en el siglo XIX, al producirse la demanda universal de carbón y de hierro. Debido a su rico subsuelo, Gales sufrió, sólo entonces, la verdadera invasión inglesa. De ahí, el anhelo de algunos galeses de salvar, a toda costa, su antigua cultura, y, sobre todo, el mejor exponente de ésta, el idioma galés.

            Se ha dicho muchas veces, y ello parecería exacto, si consideramos lo expuesto anteriormente, que los colonos galeses pretendieron erigir un gobierno propio en el sur argentino. Sin embargo, las palabras del Reverendo Matthews desautorizan esa versión, pues expresa , en los últimos capítulos de su libro, el anhelo de que el Chubut, de acuerdo con la ley de Territorios, se convirtiese en provincia, dentro del Estado argentino. No hubo, pues, un intento de separación, si bien es cierto que persistía la peregrina idea de que, en esta nueva provincia argentina, se hablara corrientemente el idioma galés”[1]

            El celo democrático de los colonos galeses instó pronto a Fontana a convocar a elecciones municipales, con un padrón que registraba 175 electores: 90 en Rawson y 85 en Gaiman. La sede de esta primera municipalidad, cuya jurisdicción abarcaba entonces todo el valle del río Chubut, se estableció en Gaiman, asumiendo sus autoridades el 14 de agosto de 1885. Dijo al respecto el propio Fontana:

“El acto efectuado por primera vez será un acontecimiento en los anales históricos de estas poblaciones cuyo por venir grandiosos no está lejano si se considera la importancia del territorio y la rapidez con que la Nación Argentina aumenta su riqueza y población. Debo pues, felicitarme como primer magistrado entre vosotros, y también felicitaros por un hecho que augura satisfactorios resultados, tanto más cuanto que el nombre de cada una de las personas más elegidas para formar la primera Comisión Municipal del Chubut representa una garantía de honorabilidad, de orden y de justicia.”

Este fue el elenco de las autoridades: Eduardo J. Williams, presidente; John S. Williams, secretario; Eduardo Jones, Evan Roberts y Thomas S. Williams, concejales.

Las palabras de Fontana estaban además corroboradas por los hechos. Un grupo de agricultores se había reunido en Gaiman dos meses atrás, dando nacimiento a una compañía mercantil, de base cooperativa, que debía abarcar la comercialización de los productos y el tráfico marítimo con otras regiones.

            Cuando se avecinaba la primavera de 1885, otro grupo de colonos proyectó con Fontana una expedición hacia la cordillera, en busca de la región misteriosa y paradisíaca que los indios habían descrito verbalmente a los galeses que vivían en la colonia de Gaiman, cerca de la costa atlántica. El inquieto gobernador no aguardó siquiera la autorización que habría de venirle de Buenos Aires. Con treinta voluntarios – incluido él – formó la “Compañía de los Rifleros del Chubut”, designando a John Murray Thomas y como encargado del arreo  a Gregorio Mayo. Fontana nos relata en su “Viaje de exploración de la Patagonia austral” las características de aquella legendaria expedición el la cual tomaron parte diecinueve galeses, seis argentinos, dos alemanes, un norteamericano, un portugués y un soldado desconocido. Una verdadera “Armata Brancaleone”.

               “Entre mis compañeros de expedición, el traje de confección europea alternaba en estrambótico consorcio con los productos de la industria indígena: por debajo de un poncho asomaba el faldón de un jaquet, los quillangos suplían a los capotes impermeables, y a guisa de cinturón ostentaba, la mayoría, hasta tres pares de pesadas boleadoras.”

El 14 de octubre de 1885 partieron de Rawson siguiendo el curso del río Chubut a través de la desolada meseta central, realizando interesantes observaciones sobre la fauna y la flora, el clima y toda característica que hiciera viable el asentamiento humano. Mientras trazaba un prolijo plano de la marcha pudo ser testigo del nacimiento de un nuevo fenotipo argentino:

“Se fueron presentando ocasiones en que puede apreciar, lleno de estupor, la destreza de mis compañeros. La evidencia elocuente de los hechos que se producían ante mi vista me obligaron a cambiar diametralmente de opinión: el galés monta a caballo como el árabe, bolea avestruces y guanacos como el indio y maneja el Rémington como un soldado de nuestro ejército; sobrio y moderado por lo demás, la disciplina actúa en el fondo de su carácter”.

 Luego de innumerables esfuerzos, el 25 de noviembre de 1885 descubrieron el valle

 “mas majestuoso de la Cordillera austral. No creemos que exista otra región que la exceda en sus ventajas, ni habíamos visto otro punto de la tierra en que las condiciones naturales que requiere la vida del hombre, se uniesen de tal manera como aquí”

 En homenaje a la fecha en que había sido sancionada la ley de Territorios, Fontana denominó “16 de octubre” a la nueva comarca. El gobernador entregó las tierras a los colonos galeses en febrero de 1888. Dar tierra en heredad parecía la premisa básica de un gobierno que practicaba al pie de la letra el apotegma alberdiano “gobernar es poblar”. Los beneficiarios luego de algunas dificultades iniciales, no tardaron en adaptarse a la nueva región y el valle comenzó a prosperar.

Siguiendo el rumbo sur, la expedición se encontró con una pequeña toldería de antiguos componentes de la tribu de Sayhueque. Entre ellos, un indio llamado Martín Platero que les sirvió de guía por muchas jornadas. Platero había conocido al Perito Moreno y también a Musters. Por decisión unánime aunque con la oposición del jefe, los expedicionarios dieron el nombre de Fontana al lago que descubrieron el 1º de enero de 1886.

Río Senguer, río Mayo, lago Musters y Colgué-Huapí, costa del golfo San Jorge, río Chico, fueron marcando el itinerario de los viajeros hasta su retorno a Rawson, ocurrido el 2 de febrero de 1886.

Al informar al gobierno nacional de la marcha de sus rifleros, Fontana señala:

            Tras encabezar una de las comisiones demarcadoras de límites con Chile, se estableció en 1900 en la localidad de Desamparados, San Juan. Fue allí, sucesivamente, jefe de milicias, del Registro Civil y de Policía, director del Museo Provincial y presidente del Consejo General de Educación. Fundó y dirigió el diario “La Ley” y creo el primer observatorio de la provincia. Sus principales trabajos escritos, aparte del citado “El Gran Chaco”, fueron: “El arte de embalsamar y las momias egipcias y peruanas del museo público” (1870); “Nociones de fisiología botánica aplicada a la agricultura” (1874); “Explicación al plano general del Gran Chaco” (1882); “Viaje de exploración al río Pilcomayo” (1883); “Viaje de exploración a la Patagonia Austral” (1886); “Estudio sobre el caballo fósil” con prólogo del general Mitre; “Horas zoológicas”; “Sismología antigua y moderna”; “El clima de San Juan”; “Los cuadrúpedos y las aves de la región andina”; “Enumeración sistemática de las aves” (Mendoza, La Rioja y Catamarca 1908), “Ad Ovo” (trabajo sobre prehistoria, que editó en San Juan en 1912); “Fisiografía vegetal”, y otros estudios, de diversa índole científica, que no conservó la propia familia del autor, ni existen tampoco en la Biblioteca Nacional de Buenos Aires.

 Tal vez sean estos “descuidos” frente a los arquetipos una de las mayores diferencias entre las naciones más avanzadas y la nuestra.


1 Alende, Oscar “Marcha al sur” Bs..As. Plus Ultra. 1967

[1] Roberts, F. E. Prólogo a “Crónica de la Colonia Galesa de la Patagonia” de Matthews, Abraham. Trelew, Chubut. Asociación San David. 1975

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