La brújula en Llamas.

“La brújula en llamas”

 

Ramón Lista

 

                                       (1856-1898)

“No cesaremos de explorar

y el fin de toda nuestra exploración,

será llegar al sitio desde donde partimos

y conocerlo por primera vez”

T .S. Eliot

 

 

“Tengo la convicción de mi desgraciado amigo Ramón Lista ha sido asesinado” manifestó a La Prensa el 16-XII-1897, el experimentado coronel Manuel J. Olascoaga. Con dos compañeros y una tropilla, Ramón Lista había partido de Orán el 20 de noviembre de 1897 y cruzó el Bermejo; pasó por Embarcación y luego, hacia el Norte, por el paraje de Miraflores. Iba a Yacuiba, aldea boliviana desde la que pensaba llegar al Pilcomayo, con la intención de descender por las aguas de este río hasta Asunción y demostrar así su navegabilidad.

Hoy sabemos que eso no es ni era posible: Lista lo ignoraría para siempre. Unos días después de la partida, sus compañeros retornaron y contaron que el explorador, desesperado por la sed y los padecimientos, se había suicidado. Esta versión la aceptaron los salteños y la Justicia, pero en Buenos Aires, con indignada unanimidad se la tildó de falsa. “No puede ser – se dijo – que un hombre de su temple, de sus agallas , se haya dejado ganar por el desánimo, y menos a muy pocos días de haber iniciado la marcha.” El Instituto Geográfico envió una comisión al lugar del drama y sus miembros volvieron convencidos del asesinato y hasta acusaron a uno de los acompañantes con un acopio de indicios en verdad sugerentes; pero todo quedó en eso, lo que no impidió que ese hipotético crimen pasara a la historia como una certeza indiscutible. Para Juan B. Ambrosetti y Francisco Seguí – que despidieron sus restos en la Recoleta -, Lista era, claramente, un mártir del conocimiento, una víctima de la cruel ignorancia escondida en los aledaños de la civilización.

“Era, además, popular; un prócer auténtico y juvenil del Buenos Aires de entonces, respetado y admirado. Y con harta justicia, por su labor excepcional como explorador, como servidor aproximadamente ejemplar del incipiente Estado argentino, como estudioso en materia geográfica, arqueológica y antropológica. Verdad que en aquella época la fama dependía mucho del periodismo gráfico, y que éste estaba mayormente en manos de personas que se reconocían a sí mismas como intelectuales y que practicaban, por ende, las adhesiones propias de ese estado, lo que valoraba en especial los logros vinculados con el saber o la inventiva.”[1]

Ramón Lista nació en Buenos Aires el 13 de septiembre de 1856. Era nieto del coronel de Infantería Ramón Lista y Viamonte. Soldado de dilata actuación en la milicia criolla, que acompañó al general San Martín en su campaña libertadora, al General Paz en el sitio de Montevideo y a Urquiza en Caseros. Quien luego sería uno de los exploradores más relevantes de nuestro país durante el último cuarto del siglo pasado, estudió en el Colegio Nacional de Buenos Aires, ampliando sus conocimientos en Francia y Alemania entre 1875 y 1877; aunque será el eminente naturalista Germán Burmeister el gran maestro con que, al igual que Fontana y Moreno, contó Lista para su preparación científica y su compromiso con el paradigma de la época: la exploración de los territorios desconocidos y su incorporación a la incipiente nación que se perfilaba a partir del Proyecto del 80.

Sus servicios al país siempre estuvieron vinculados al Estado nacional como jefe de comisiones exploradoras, investigador, docente y funcionario. Sus viajes están relatados en más de 41 trabajos donde abordó las ciencias naturales, la geografía, la lingüística, la antropología y la etnografía. En el año 1877, muy joven aún, y tras regresar de Europa, Lista emprendió su primer viaje de exploración a la Patagonia, bajo los auspicios de la Sociedad Científica Argentina. Su plan era explorar el interior del Chubut del que decía:…”no ha penetrado hasta el día ningún viajero, exceptuando el capitán Musters, que ha visitado la parte occidental”.

Dicen que Don Quijote se lanzó a recorrer la Mancha trastornado por los libros de Caballería. Ramón Lista, que a su modo también fue un Quijote, se atrevió a ingresar en los territorios ignotos, espoleado por los libros de viajeros.

Tiene 22 años cuando remonta el río Chico hasta el lago Belgrano y realiza un terrible trayecto entre la ría de Santa Cruz y Punta Arenas.. A los 24 reconoce la costa oceánica entre Patagones y el puerto de San Antonio. En el invierno de 1882 a los 26 años realiza un relevamiento general de Misiones. Participa a su regreso en la fundación de la Sociedad Geográfica y tres años después recibe la comisión de estudiar la cuenca cerrada del arroyo Valcheta, zona a la que llega atravesando el desierto desde Choele – Choel, para bordear después las sierras Pailemás, Campana Mahuida, Telsen y Chata hasta el asentamiento galés de Gaiman. Vio sólo Rawson y Gaiman, caseríos de tan sólo trescientas almas. En Rawson, Lista se desprende la mayor parte de su gente, ya innecesaria y se traslada por mar a Puerto Deseado, punto desde donde se interna en la cuenca del río homónimo y en la serranías que la flanquean por el sur. A los 30 recorre toda la costa atlántica de Tierra del Fuego entre San Sebastián y bahía Thetis, escenario de un suceso confuso y trágico por el cual fue estigmatizado por muchos de sus contemporáneos, para después seguir en un cúter por el estrecho Le Maire y el canal de Beagle hasta Ushuaia.

 

“Un modesto explorador chileno, el capitán Serrano Montaner, fue el primero que hizo una larga excursión por la parte septentrional de la Tierra del Fuego, en los meses de enero y febrero de 1879, desde la bahía gente Grande hasta la bahía San Sebastián, pasando por la bahía Inútil.

Efectuó Serrano este viaje pacíficamente, a través de las numerosas tribus de Onas, los cuales huían cuando se le acercaba; pero, vencida su natural desconfianza y temor, pudo tratar con ellos y conocer perfectamente sus costumbres.(…) La expedición argentina, capitaneada por D. Ramón Lista, que en 1886 exploraba la vertiente oriental de la Tierra del Fuego, desde la bahía San Sebastián hasta la bahía Thetis, arrojó nueva luz sobre los indios Onas y vino a confirmar las aserciones de Serrano acerca de la superioridad de la estirpe ona sobre sus vecinos la alakalufe y la Yámana, desmintiendo de una vez para siempre la errónea afirmación de que era una raza embrutecida y bárbara.

A esta expedición estaba incorporado como capellán militar el sacerdote misionero salesiano D. José Fagnano, que más tarde debía unir para siempre su nombre al de estas tierras, como apóstol y defensor de aquellos infelices salvajes.

Habiendo desembarcado Lista en la bahía de San Sebastián, se encontró pocos días después, durante una exploración por los alrededores, con una numerosísima tribu de indios que inmediatamente mandó a perseguir para tomarlos prisioneros. Viéndose amenazados pusiéronse los salvajes, como era natural, en actitud de defensa, lanzando flechas contra los invasores. Este acto de hostilidad fue considerado más que suficiente para que el capitán se creyera con derecho a hacer uso de las armas.

En pocos minutos, después de fuego concentrado, quedaron deshechos los pobres indios: 28 muertos sobre el terreno, y muchos heridos, entre ellos algunas mujeres y niños

En esta circunstancia dio a conocer su ánimo ardiente y animoso de apóstol don José Fagnano que, despreciando el peligro a que exponía su vida, reprochó enérgicamente al jefe de la expedición, Lista, el delito que acababa de cometer.

En estos término refiere el hecho un ilustre comandante de la marina argentina: ‘Nos encontrábamos en la Tierra del Fuego en una expedición científico-militar, a la cabeza de la actual estaba el señor Lista. De carácter duro y violento, había mando éste a hacer fuego contra un grupo de pobres indios, algunos de los cuales cayeron para no levantarse más. El sacerdote Fagnano, que era el Capellán de la expedición, corrió inmediatamente al oír los disparos al lugar del suceso.. Allí encontró al jefe, a 25 soldados y a algunos infelices indios heridos, que lanzaban lastimosas quejas. El sacerdote Fagnano se convirtió entonces en héroe. Acercóse resuelto al jefe de la expedición, y con francas palabras le increpó su delito. Temíamos nosotros por su vida, pues ora ardía el jefe en cólera, ora palidecía ante el varón de Dios, que en medio de aquellas soledades, levantábase como un profeta para condenar la crueldad del soldado. Tenía a sus órdenes 25 fusiles, que a una simple señal se descargarían contra el pecho de aquel valiente. En aquel momento comprendí que monseñor Fagnano era un verdadero héroe, digno de admiración’ (Carvajal, L.: Las misiones salesianas)”.[2]

 

En 1890, a los 34 años, consigue navegar en una lanchita de vapor – la Andina – todo el curso del Santa Cruz, hasta el lago Argentino; remonta a lomo de mula el río Leona hasta el lago Viedma, y explora las cabeceras del Coyle y del Gallegos hasta el cerro Payne. Media docena de libros y una cincuentena de artículos y monografías científicas, incluso un vocabulario tehuelche, constituyen su legado escrito, en el que se encuentra, increíblemente, un relato propio del “Mundo perdido” de sir Arthur Conan Doyle.

Dice Irina Podgorny que “A fines del siglo pasado, la noticia de un animal prehistórico que aún estaba vivo en la lejana Patagonia desencadenó una serie de expediciones en su búsqueda. La historia acerca de la posibilidad de la existencia de esta bestia se remonta a 1895, cuando Eberhardt, un estanciero de las inmediaciones de Río Gallegos, encontró en Última Esperanza (Chile) una pieza de cuero con pelo y huesecillos incrustados, concluyendo que este hallazgo correspondía a un animal hasta entonces desconocido. En 1896, Otto Nordenskjöld, el explorador de la misión sueca a los mares del sur americano, encontró otra pieza semejante y la llevó a su país. Por otro lado, en 1897 Robert Lehman Nitsche, el antropólogo alemán que condujo el departamento de Antropología del Museo de la Plata por más de treinta años, y Francisco Pascasio Moreno, director y fundador de dicha institución, enviaron a Londres un fragmento de este cuero para recabar la opinión de los zoólogos británicos. En 1898, Florentino Ameghino publicó un primer informe preliminar sobre este animal, donde lo llamaba Neomylodon listai en honor de Ramón Lista, explorador que se habría enfrentado contra semejante bestia durante uno de sus viajes al sur.”[3]

Dentro del mundo de los zoólogos y paleontólogos,. La bestia en cuestión tuvo varios nombres. Dos correspondían al mismo “animal” pero determinado de manera diferente: uno, como desdentado ( el Neomylodon listai), otro, dentro del grupo de los félidos, el Jemmisch listai, como lo llamó Santiago Roth, de la sección Paleontología del Museo La Plata. Mientras que el primero abogaba por el carácter de relicto prehistórico del Neomylodon, el segundo creía que se trataba de un pariente de los gatos actuales.

Una de las tantas leyendas del fin del mundo habla de cierto monstruo que los tehuelches llamaron Yemis-che (tigre de agua). Lehman-Nitsche estudió su forma y lugares de vivienda e hizo la crítica científica: para Ameghino el Yemische podía ser un sobreviviente de la raza  Mylodon, como el de Última Esperanza. Entre los que lo aceptaron figura el profesor E. Ray Lancaster director del Museo Británico de Historia Natural, cuyo parecer decidió una expedición en tanto el Perito Moreno desechaba la idea y así lo expuso en la Zoological Society de Londres. Se confundían en uno solo el animal hipotético de Ameghino y el Mylodon y se siguió investigando sobre las huellas del Yemish (también nombrado así) de la leyenda tehuelche. Estos indios se lo describieron a don Carlos Ameghino como anfibio que camina en tierra y nada con facilidad; de hábitos nocturnos; se prende con sus garras a los caballos y los arrastra al fondo de las aguas; cabeza corta, grandes colmillos y orejas sin pabellón; pies cortos y planos (plantígrado con tres dedos en los anteriores y cuatro en los posteriores, unidos por una membrana natatoria y fuertes garras; cola larga, deprimida y prensil; cuerpo cubierto con pelo corto y rígido, color bayo; talla mayor que un puma, pero patas cortas y cuerpo más robusto. Es de notar el lujo de detalles dado por los naturales.

Entre los que creían haber visto el Yemish se hallaba don Ramón Lista, quién se lo describió a los hermanos Ameghino que yendo del río Senguer a Santa Cruz se halló con uno que le cerraba el paso y lo mató a balazos. Y también dijo que un Yemish que bajaba de los lagos andinos al río Santa Cruz, cerca de la isla Pavón, aterrorizó a los lugareños. En recuerdo de la aparición la localidad abandonada se llama ahora Yemish-Aiken (lugar o paradero del Yemish). El cacique Kankel dijo que también lo vio y se lo refirió al ingeniero L.von Platen (descubridor del lago Pueyrredón), dejaba huella como la de un puma. El mismo Kankel informó al doctor Santiago Roth que, en el lago Buenos Aires, uno de éstos le había matado una tropilla y por eso no quiso ser mas baqueano en ese lugar.

Como gobernador de Santa Cruz, cargo que desempeñó entre 1887 y 1892, Ramón Lista colaboró con el desarrollo del, en aquel entonces, Territorio Nacional, adoptando medidas de escolarización, justicia, impulso económico regional y conservación de especies animales. Sus interminables y constantes viajes a la Patagonia, incluso los realizados en nuestra Mesopotamia y el Chaco, le han aportado al país datos relevantes en términos estratégicos, que, aún hoy, no han sido lo suficientemente valorados.



[1] Sánchez Zinny, Fernando  “La atareada vida de Ramón Lista” En La Nación 27-10-97

[2] de Agostini, Alberto M. “Treinta años en Tierra del Fuego” Bs. As. Ediciones Peuser. 1956

[3] Podgorny, Irina “La Patagonia como santuario natural de la ciencia finisecular” En “Redes – Revista de Estudios Sociales de la Ciencia Nº 14 Volumen 7. Bs. As.. Noviembre 1999. Universidad Nacional de Quilmes.

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