Indigenismo y “Pueblos originarios”

Las tierras al sur del Salado (*)

                             

                                       por José Luis Muñoz Azpiri (h) (**)

 

 

                     

 

En los primeros meses del año 1833 comenzaron a moverse las columnas militares que, mediante un plan anticipadamente elaborado, ejecutarían un gigantesco operativo envolvente cuyos brazos se cerrarían sobre el Río Negro. Los libros de historia le asignan, en general, el nombre de Campaña del Desierto, anteponiéndole en algunas ocasiones el ordinal Primera, para distinguirla de la realizada por Roca cuarenta y seis años más tarde. Nosotros preferimos denominarla Campaña de Rosas al Sur, o bien Expedición de Rosas a los ríos Colorado y Negro; y es respecto a la misma a lo que vamos a referirnos.

 

En 1890, la oficina de empadronamiento de los Estados Unidos de Norteamérica declaró de modo formal que el proceso histórico de la frontera había llegado a su fin. Dijo, en efecto, textualmente, que “la zona indefinida ha sido tan invadida por colonias aisladas, que difícilmente pueda afirmarse que existe una frontera”.

 

En nuestro país existe una declaración formal paralela, concerniente a los militares, que fija implícitamente una fecha liminar como conclusión del proceso de nuestra frontera interior. Un decreto del Poder Ejecutivo, del 7 de noviembre de 1940, al reconocer servicios prestados al Ejército, dice que, “los militares que hubieran actuado en las campañas del desierto hasta el 31 de diciembre de 1917 serán considerados Expedicionarios del Desierto”.

 

Destaca Homero Guglielmini que las fechas señaladas por esos actos oficiales (1890 y 1917, respectivamente) son, por supuesto, arbitrarias. “No hay manera posible de anunciar una fecha exacta para determinar el final de un proceso tan prolongado, complejo y fluido, como es el progresivo desarrollo de una frontera interior, la ocupación de los espacios vacantes o insumisos en poder exclusivo hasta entonces de las fuerzas elementales de la naturaleza, entre las cuales se encuentra el indio, el desierto y las inclemencias de la intemperie. Se trata de un movimiento eminentemente dinámico y potencial, en constante trámite interno de estabilización, en permanente proyección externa de avance, en perpetua transición conflictual y prospectiva”. (1)

 

Las relaciones entre indígenas y europeos en el Río de la Plata nunca fueron cordiales, fueron desafortunadas desde el inicio, con la fundación de Buenos Aires de 1536. Los episodios de la destrucción de Buenos Aires figuran circunstancialmente descriptos en los grabados de L. Hulsius, de Nüremberg, quién ilustró el libro de Ulrico Schmidel, “Viaje al Río de la Plata”, donde se relatan las peripecias de la expedición de D. Pedro de Mendoza. El esmeril del hambre había limado la última diferencia entre la civilización transoceánica y el salvajismo caníbal. Posteriormente, las relaciones de indios y españoles fluctuaron entre la convivencia y la guerra franca.

 

Se fueron estableciendo, así, las llamadas fronteras interiores, que delimitaban las jurisdicciones del blanco y del indio, aunque no siempre los sistemas centrales y los regionales ejercieron la soberanía de hecho en sus respectivos territorios. La llamada “frontera” fue una línea móvil, barométrica, por ser índice de la potencialidad de cada uno de los grupos en pugna por el control del área. El “Desierto” argentino – árido o no – se caracterizó y se caracteriza no sólo por sus rasgos geográficos, sino también por sus elementos étnicos y, principalmente, por su situación socio-estructural. A partir de la década del 80 del siglo pasado, montado el desarrollo nacional en función de los intereses de la “pampa húmeda” (ligados a su vez, a intereses extranjeros), el desierto fue considerado “tierra de conquista”, para quedar luego en situación de dependencia respecto de los centros hegemónicos. Primero fue la confrontación entre la Civilización y la Barbarie, lucha que significó la extinción cultural y demográfica del indígena y el gaucho. Ahora es la confrontación entre el “desarrollo” y el “subdesarrollo” lo que produce el despoblamiento de las zonas áridas y semiáridas por las migraciones hacia los cinturones de las grandes ciudades. (2)

 

Sin embargo, no siempre fue así. Al menos en el período que nos ocupa. Los territorios situados al sur de la frontera del Salado constituían una vastísima y feraz extensión de tierras donde el indio fue, en efecto, una presencia constante y significativa en la historia. argentina del siglo XIX, no sólo porque ocupaba y controlaba enormes porciones[i] del territorio sino, principalmente, por los complejos vínculo y lazos que conectaban ambas sociedades. A lo largo de la frontera, el comercio constituyó el eje de esas relaciones, pero con el comercio se filtraron múltiples influencias culturales. Hábitos, usos y costumbres de los blancos penetraron en la sociedad indígena en tanto los pobladores de la frontera adaptaban muchos elementos de los indios. El blanco empezó a apreciar la exquisita artesanía del cuero y la plata de las tolderías y el indio a calcular la cantidad de litros de alcohol de una vaca vendida en Chile.

 

La concepción de fronteras y límites ha mantenido una diferenciación en la historia a lo largo de los tiempos. El término convencional de demarcación de un país con respecto a otro en la antigüedad partía de la consideración del propio país como centro de poder y civilización y al resto se lo consideraba pueblos bárbaros, obviamente desde la óptica de la superioridad cultural, política y militar del país en cuestión, y desde entonces se denomina límite a la localización geográfica de “tierra de nadie”, que separa dos realidades, con una connotación política sobre una localización geográfica contrastable. Por ejemplo, en la Edad Media en la Península Ibérica, con la invasión de los musulmanes, y con la reconquista se modifica continuamente la demarcación geográfica, de uno al otro lado, a causa de una lucha militar permanente y resolutiva, y posteriormente y a partir de la independencia de los Estados Unidos, y sobre todo con la conquista del Oeste, este límite adquiere una movilidad hacia lo desconocido, desplazándose en el tiempo y en el espacio, y creando una historia cambiante, económica y cultural (3)

En realidad, entendemos como límite la línea divisoria o lindera de reinos, posesiones, etc. mientras que frontera es el límite o confín de un Estado. Frederick Jackson Turner idea el término frontera, en 1893, en su obra “El significado de la frontera en la historia americana”, y la hace sinónima del espíritu nacional norteamericano.

 

El derecho internacional y público tiene para el vocablo frontera una definición precisa. Sin perjuicio de su utilidad la vida de las naciones, el siglo que corre ha mostrado la crisis de ese concepto fijo, signado como está por las nuevas técnicas armamentistas, las finanzas y las empresas trasnacionales, las áreas de dominio de los distintos poderes hegemónicos, la multipolaridad del universo económico y estratégico, etc. Esta crisis, que se pone en evidencia sustancial a fines de la Segunda Guerra Mundial, viene perfilándose desde comienzos del siglo pasado, y en realidad dio lugar a la creación de una nueva disciplina, combinación de historia, geografía política y estrategia militar: la Geopolítica. La definición de uno de sus creadores, Kjellen (4), está demostrando esa crisis y esa fusión de disciplinas: “La geopolítica es un punto de partida para un entendimiento diferente de la geografía política y de la estrategia de ocupación territorial de las naciones”. Sin entrar en la historia de esta disciplina, es una realidad que este tipo de teorización incidió en las políticas imperialistas de las potencias centrales, por un lado, y de la periferia por el otro. Como resultado, la reflexión sobre el espacio y por ende sobre las fronteras nacionales o las áreas globalmente estratégicas, se ha ido convirtiendo en una orientación imprescindible que de hecho activó la reflexión sobre los espacios nacionales. Este proceso, se ha dado también – obviamente referido a la nación norteamericana convertida en poder hegemónico mundial, y relacionado con el papel estratégico y defensivo que con referencia a ese poder les cabe a las naciones americanas del resto del continente. (5)

 

En este punto me agradaría hacer una aclaración. Entre las etimologías fantásticas que últimamente proliferan, hay una en particular que nos tiene singularmente hastiado: se trata de la definición “políticamente correcta” de “pueblos originarios” dado que según los iletrados que la utilizan (que van desde las más altas magistraturas hasta los militantes del común), aborigen significaría “sin origen”. Ab es preposición latina que significa “desde”, es decir, aborigen es el que está desde los orígenes, ya sean habitantes, plantas o animales. Las llamas eran aborígenes, pero las vacas no, por ejemplo.

 

Los romanos llamaban aborígenes a los primeros habitantes, prerromanos, de Italia y consideraban esta palabra equivalente a indigenae (etimológicamente “nacidos u originarios del lugar”) y al griego autóchthones (”de la tierra misma”). Ahora se les ha dado por hablar de pueblos originarios, creo que por “corrección política”, de la misma forma que el eufemismo de “matrimonio igualitario” para parejas del mismo sexo, o “carenciado social” para las personas en situación de marginalidad, pues no entienden que significa aborigen y les parece que indígena tiene una connotación despectiva (lo relacionan erróneamente con indio, palabra que etimológicamente no tiene nada que ver). Y como suele suceder en estos casos, el remedio es peor que la enfermedad, porque el adjetivo originario necesita una indicación del lugar, y los inmigrantes y sus descendientes también son originarios de un lugar, aunque el lugar sea otro.

 

Hecha esta aclaración, quisiéramos destacar que los contactos interétnicos no se limitaban a meras influencias culturales o intercambios comerciales. Cristianos o “huincas” – refugiados políticos, delincuentes escapados, cautivos de ambos sexos – vivían en las tolderías; tribus enteras, algunas numerosas como las de Catriel y Coliqueo, se encontraban establecidas en territorio blanco como aliadas y amigas y algunos caciques llegaron a ser considerados estancieros, como ocurrió en Bahía Blanca con Francisco Ancalao. (6) Un caso simbólico es el de los hermanos Pincheira, íntimamente relacionados con el período Vorogano (sobre el que hizo un interesante estudio Jorge Oscar Sulé en su libro “Rosas y sus relaciones con los indios”), estos militares criollos que como otros habían luchado por el Rey, fueron acorralados por las fuerzas republicanas chilenas en la proscripción y el bandolerismo, frecuentemente en compañía de indígenas que habían peleado del mismo bando. Perseguidos, cruzaron la cordillera y junto a sus aliados Voroganos vivieron, en buena medida, del saqueo de las tolderías tehuelches y pampas. Es que el crónico estado de guerra de las llanuras, refleja en parte la anarquía de los Estados en formación a uno y otro lado de la cordillera y de las parcialidades indígenas entre sí. Valga recordar que Andrés Bello – de modo precursor – sostuvo que nuestra Guerra de la Independencia es tipificable como intestina. Españoles metropolitanos, chapetones, estuvieron con la emancipación. A la monarquía fernandina, en cambio, fueron leales no pocos españoles indianos adscriptos al absolutismo, así como la muchedumbre indígena. Un dato poco mencionado es la lealtad del pueblo mapuche a la Corona.

 

Ahora bien, ¿Eran los araucanos autóctonos del actual territorio argentino? Mucho se ha discutido esta circunstancia y diversas teorías se han presentado al respecto. A veces, documentos y vestigios arqueológicos resultan difícil de compatibilizar, o francamente divergen: la guerra de Troya, la invasión de los Dorios y la araucanización son algunos ejemplos. En tanto algunos los consideraban chilenos, otros han alegado que ya habitaban en la Pampa a la llegada de los conquistadores. En realidad, los araucanos son originarios de ambos lados de la cordillera de los Andes, fácilmente comunicables a la altura de los territorios que ocupaban, aunque en mayor número habitaran del lado del Pacífico. Al respecto, existen novedosos enfoques, como lo de los investigadores Daniel Villar y Juan Francisco Jiménez respecto a este proceso tan discutido y al territorio otrora conocido como Mamil Mapu. (7)

 

            Mamil Mapu significa país del monte en mapudungun, el idioma de la Araucanía progresivamente adaptado como lengua franca por las poblaciones indígenas del norte de la Patagonia y de la región pampeana desde el siglo XVII en adelante. Ese país del monte se correspondía con la región natural de igual nombre, un área en la que dominan el caldén y el algarrobo y que va desapareciendo gradualmente hacia el Este al hacerse prevalecientes los pastizales de la pampa bonaerense.

 

No todos los indígenas del Mamil Mapu tuvieron el mismo comportamiento ante los españoles. Algunos comenzaron en actitud de abierta rebelión y, cuando creyeron llegado el momento o cuando las circunstancias los obligaron, pactaron con las administraciones coloniales de la frontera. Seguramente supusieron que, de esa forma, se verían favorecidos en la puja por las hegemonías regionales. Otros persistieron en su rebeldía, incluso al precio de su propia supervivencia. Aquellos y estos pagaron un alto costo en vidas, territorios y recursos. Aún cuando los primeros, asistidos por  el apoyo hispano-criollo, imaginaron que podían resultar vencedores en los conflictos entre nativos, lo cierto es que no lo fueron, si el éxito se midiese con relación a dichos costos. Dos civilizaciones extrañas, tras de cada una de las cuales se extendía un mundo del espíritu humano. El indio forrado en pieles y plumas, el conquistador en hierro. Aquellos hombres no tenían nada en común, salvo la carne.

 

En realidad la Pampa estuvo habitada por otras tribus aparte de las que encontró Pedro de Mendoza al fundar por primera vez Buenos Aires, pero su identidad no está bien aclarada, dado su carácter nómade y su rápida desaparición, y finalmente, sólo quedaron los araucanos para desarrollar la actividad bélica contra los cristianos. Los indios araucanos recibieron diversos nombres en nuestro territorio. Se los denominó pampas, aucas, serranos, puelches, huiliches, ranculches o ranqueles, pehuenches, picunches, etc. Pero estos nombres se referían únicamente a su ubicación geográfica, o a las principales características de la misma, y no a diferencia raciales que, según se ha dicho, entre ellos prácticamente no existían, hablando todos la misma lengua, y considerándose “mapuches”, es decir, “hijos de la tierra”.

 

Sin embargo, para ser exactos, a los araucanos debemos agregar los tehuelches o patagones, habitantes de la Patagonia que también llegaron a establecerse esporádicamente en algunos sectores de la Pampa. Estos indios, menos numerosos, racialmente distintos y de hábitos pacíficos comparados con los araucanos, se unían en algunas oportunidades con ellos para atacar a los cristianos, aunque generalmente los araucanos fueron sus más encarnizados enemigos, habiendo sufrido en sus manos terribles derrotas y, en los últimos tiempos de la guerra del Desierto, desaparecieron como factor bélico contra el invasor europeo, recostándose sus restos sobre los territorios australes.

 

Pero más allá de la suerte de los protagonistas, la gesta de los rebeldes constituyó un capítulo más en el interesante y complejo proceso de migración de poblaciones de la Araucanía hacia Puel Mapu, el país del este, es decir, las mencionadas tierras del norte patagónico y de la región pampeana. Esa migración existió desde antiguo, pero se intensificó cuando los españoles ocuparon Chile a mediados del siglo XVI, y se prolongó hasta la primera mitad del siglo XIX. Ocasionó la fusión y la fisión, la desaparición y el surgimiento de grupos indígenas en las regiones de destino. Por ejemplo, a ella se debe durante la segunda mitad del siglo XVIII, la constitución del grupo conocido como ranqueles, habitantes de Mamil Mapu.

 

El proceso de araucanización de la Pampa fue largo y complejo y, como dijimos, parece haber comenzado en el siglo XII, sino antes en la región cordillerana – en la tierra de los pehuenches – para extenderse desde allí y en forma paulatina, hacia el sur mendocino y las llanuras, proceso este que se desarrolló a lo largo del siglo XVIII, mediante la difusión de elementos culturales, de la lenta adopción de la lengua araucana y del desplazamiento de pequeños grupos de mapuches chilenos y de elementos araucanizados. El malón se transformó en una empresa económica colectiva capaz de unificar a los distintos grupos y aunar recursos, hombres y esfuerzos al servicio de esta actividad, sin duda la más rentable para el indio. Los ganados transitaban por caminos conocidos, aprovechando parajes con aguadas y pastos. A lo largo de los años, el continuo movimiento de los animales fue marcando esos caminos que se convirtieron en grandes arterias de circulación del territorio indio, las conocidas “rastrilladas”, de las que partía una cantidad de caminos menores que unían las distintas tolderías. El principal punto de convergencia de estos senderos, un punto estratégico, en el confín de la estepa y el monte de algarrobos y caldenes, donde desde el siglo XVIII se engordaba el ganado antes de arrearlo a Chile era Salinas Grandes. Tenían un claro proyecto hegemónico con el que tuvo que vérselas la diplomacia de Rosas ( hecha de pulso, gran habilidad y maña, según sus propias palabras).

 

No obstante, algunos historiadores consideran que debe abandonarse la arraigada idea del nomadismo de los indígenas pampeanos dado que la población india estaba asentada en parajes bien determinados donde la presencia de pastos, agua y leña hacía posible su supervivencia. Algunos lugares, como las tierra vecinas a las sierras del sur bonaerense, los valles del oriente pampeano, el monte de caldén y los valles cordilleranos, fueron centros de asentamiento de importantes núcleos de población. La alta movilidad de los indígenas, determinada por la circulación de los ganados, no debe confundirse con nomadismo. En algunos casos, en el sur bonaerense o en zonas cordilleranas, puede hablarse a  lo sumo de un seminomadismo estacional determinado por las necesidades de movilizar los rebaños de los campos de verano a los de invernada (8)

 

En sus excursiones para recoger el ganado cimarrón que poblaba la Pampa – alrededor de treinta millones de cabezas según cálculo de Azara – contribuyeron a su desaparición, a la par de los “accioneros”, es decir, los cristianos habilitados para efectuar vaquerías durante la época colonial, y los gauchos alzados. Extinguido el ganado cimarrón, los indios, que antes habían atacado a los “accioneros” considerando esos ganados de su propiedad, comenzaron a arrear el manso que los hacendados habían aquerenciado en sus estancias. Esto en la provincia de Buenos Aires tuvo lugar alrededor de 1740. Difícil es saber de qué lado se iniciaron las serias hostilidades que, desde entonces, se sucedieron y jalonaron de sangre la guerra del desierto. Podría pensarse que partió de los araucanos, necesitados de los animales – que ya no se encontraban en estado salvaje – con el fin de mantener su comercio con Chile. Pero también habría que culpar a los primitivos estancieros, que continuamente invadían las tierras de los indios, ignorando los tratados y cometiendo con ellos toda clase de tropelías, con lo que provocaban su lógica reacción.

 

Para encarar la situación bélica se adoptaron varias medidas: una de ellas fue encargar a los padres jesuitas la evangelización de los indios estableciendo dos misiones; una cerca de la boca del río Salado y otra en la actual laguna de los Padres, cerca del cabo Corrientes (Mar del Plata). La segunda medida consistió en la construcción de varios fuertes y fortines para la defensa de la frontera, así como la creación de tres cuerpos militares armados de lanza, a los que se dio en nombre de Blandengues, ya que estos, al saludar a las autoridades cuando revistaban, hacían blandir sus lanzas. Fueron situados en los fuertes del zanjón, Luján y Salto, límite de las tierras hasta donde llegaban los indios. ¡Luján! Es sorprendente la corta distancia que separaba a Buenos Aires del territorio donde acampaban los ranqueles.

 

Pero ninguna de las dos cosas resultó. Las misiones tuvieron que ser abandonadas a los pocos años dado que los naturales era irreductibles y los cuerpos militares se mostraron incapaces de contenerlos. No obstante, después de haber pasado períodos de cruenta guerra, la situación de los araucanos, durante los últimos años del período colonial, era circunstancialmente de paz. Los indios venían a comerciar a la misma ciudad de Buenos Aires (tal como se visualiza en las acuarelas de Pellegrini y Vidal) y los cristiano, a su vez, expedicionaban en gigantescas caravanas, a veces de centenares de carretas; como las migraciones de los pueblos bárbaros del Viejo Mundo, guiándose sólo por las estrellas y fuertemente custodiadas, hasta el corazón de la Pampa Virgen, para procurar la sal de Salinas Grandes (imprescindible para los saladeros).

 

En los primeros tiempos de la colonia, la sal era traída de Cádiz. A medida que se fue transitando por el vasto territorio se localizaron salinas. Tal es el caso del vecino y estanciero de Luján, don Domingo de Izarra en 1668, que tras recorrer la zona sur bonaerense se encontró unas eflorescencias salinas cuyas capas blanquecinas revestían el suelo de las inmediaciones. Por ese motivo, a la zona se la denominó Bahía Blanca.

 

El historiador Juan Beverina publicó en 1929 “Las expediciones a las Salinas”, donde detalla estas riesgosas jornadas. Dada la escasea de sal en Buenos Aires, se creyó conveniente autorizar a los vecinos para que vayan a buscarla. Los primeros viajes estuvieron en manos de particulares con escasas garantías de seguridad. A partir de 76, se encargó el Cabildo de organizar las expediciones oficiales a las Salinas Grandes. Se aconsejaba salir en octubre o noviembre para que los pobladores de la campaña tuvieran tiempo para volver a recoger sus cosechas. Además, en este período, era más fácil encontrar agua y pasto para los bueyes y para el ganado que llevaban para el consumo durante el viaje.

 

El gobernador emitía un bando donde se indicaba  fecha de salida, lugar de reunión de las carretas, composición de la escolta y nombre del jefe militar a quién se confiaba la empresa. Los puntos de reunión eran Luján, la Guardia de Luján (hoy Mercedes) y la laguna de Palantelen. Los concurrentes quedaban sujetos al régimen militar, teniendo el jefe amplia facultad para conservar el orden.

 

El Cabildo proveía los fondos para los gastos de la expedición: alimentación y sueldo para el personal de la escolta, del cirujano, del capellán, del baqueano y obsequios para los indios (aguardiente, yerba, tabaco y azúcar). Esos gastos los cubría con el impuesto que debía pagar la carreta, a razón de una fanega (trece arrobas) o una fanega y media de sal de acuerdo a los costos del viaje. Cada vehículo podía cargar de 6 a 8 fanegas de sal, que luego vendía en Buenos Aires a buen precio, lo que explica la abundante concurrencia de carreteros.

 

La distancia por cubrir era de 118 leguas, a razón de 6 leguas diarias. Debían sortear lugares difíciles, ya que al cruzar el río Salado se ingresaba en un territorio aventurado y turbulento, sometido al arbitrio del indio. Siempre estaba latente el fantasma del malón.

 

Los grupos eran escoltados por los blandengues, fuerza militarizada acompañada por algunos cañones de pequeño calibre con su respectiva dotación de artilleros, lo cual constituía una efectiva medida de disuasión. No obstante, la voluntad de las tribus no siempre era beligerante o rapaz, el interés de los indios era cambiar sus tejidos pampas y sus piedras por aguardiente, yerba y azúcar, tarea que realizaban los bolicheros que acompañaban la expedición. También en las crónicas se relata que las caravanas eran acompañadas por bailes y canciones que con el tiempo se cimentaron en verdaderas tradiciones.. Una vez llegados a las salinas se establecía el campamento, que no difería mucho del castrum de las legiones romanas en el limes del Imperio, dado que se encontraban en las entrañas de un territorio ajeno y extraño.

 

Se comenzaba de inmediato la extracción, con una barreta de hierro que rompía las capas de sal. Se amontonaba la sal en forma de pirámides y se lavaba el barro que pudiera tener con agua de la laguna. Cuando todas las carretas estaban cargadas, se iniciaba el viaja de regreso a la Gran Aldea. La voracidad de algunos carreteros que se excedían con la carga haciendo caso omiso a las recomendaciones de los organizadores de la expedición, hacía demorar el viaje por la frecuencia de las roturas de ejes y ruedas.

 

Legando el convoy a destino, se pagaba el impuesto y los carreteros quedaban liberados para iniciar el comercio en Buenos Aires.

En 1786 se pensó en incluir un topógrafo en las expediciones, para reconocer el terreno y levantar un plano del lugar, de manera de poder construir una fortaleza que los reguardara de los indios. De esa manera se hubieran podido reducir costos y evitar los peligros y la zozobra a las que estaban expuestas las caravanas, algunas de considerable magnitud como la de 1778 compuesta por 600 carretas, con sus capataces, carreteros y peones, con un total de 900 personas. Se sumaban unos 12.000 bueyes y 2.600 caballos acompañados por una escolta de 400 hombres. Había empresarios de la sal que participaban con 150 carretas; otros con 10 a 15 y otros que iban con una. Si bien los planos fueron presentados, nunca se llegó a construir la fortaleza.

 

La paz con los indios prosiguió, podría decirse, hasta 1815. Pero la imperiosa necesidad de expandir las fronteras, a consecuencia de la valoración de los ganados que trajo el comercio libre, fue llevando a los cristianos a sobrepasar cada vez más el Salado. Algunos estancieros ya se habían establecido fuera de ese límite, manteniendo, con su conducta cordial, buenas relaciones con los indios. Uno de ellos fue Francisco Ramos Mejía en su estancia “Mirasoles”. Otro, Juan Manuel de Rosas, quién practicaba lo que denominó “el negocio pacífico con los indios” logrando no sólo que no atacaran sus establecimientos sino que hasta trabajaran muchos de ellos como peones en sus estancias.

 

El caso de Ramos Mejía, “El confinado de Los Tapiales”, es singular. Había ¡comprado! a los indios las tierras de su estancia, en lugar de seguir la práctica habitual de arrebatarlas, y los adoctrinaba en su peculiar convicción religiosa, basada en la exégesis bíblica. Muchos indios trabajaban en su estancia y por su intercesión se había acordado la llamada “Paz de Miraflores”, rota unilateralmente por Martín Rodríguez, como tantas veces. Su figura trasciende el marco de la historia e incursiona en el terreno de la leyenda. Dice un autor: “El mismo día de la muerte de Ramos Mexía  su familia inició trámites para darle descanso en un sepulcro edificado en el parque de su chacra. Dos días con sus noches pasaron sin lograrse el consentimiento para la inhumación. Transcurría ya la tercera noche y Ramos Mexía continuaba entre cuatro hachones en una de las estancias de su casa. Imprevistamente, cuando ya clareaba, ocho indios pampas, de los que llegaron con él desde el Desierto y acampaban desde entonces en Los Tapiales, entraron silenciosamente en el cuarto del túmulo, tomaron la caja en la que Ramos Mexía yacía y marcharon con ella hasta el portalón. Allí lo posaron en una carreta y detrás de ella formaron cortejo con toda la indiada que estaba de guardia. El indio boyero movió su picana; chillaron los ejes y la lerda carreta inició su marcha, entre cercos de tunas y plantas esbeltas, con rumbo al Desierto. Los indios amigos montados en pelo, con el sol ya alto, cruzaron el río Matanzas y en señal de honra y a sones de duelo siguieron al carro que escoltado entonces por cañas tacuaras y gritos de teros, se perdió a lo lejos…”.

 

Los hijos del Desierto se llevaron a quien consideraban propio. (9)

 

Con el tiempo se produjo lo que se considera causa fundamental de la guerra: las invasiones indígenas – sus temibles malones – para robar los ganados vacunos y caballadas ya que, una vez agotadas sus haciendas de las cuales hicieron un comercio importante con los indios en Chile, no les quedó otro recurso que arrebatar los rodeos mansos de los pobladores de las campañas.

Recordemos que los caballos y los ganados alzados se reprodujeron en escenarios feraces, atrayendo también a los aborígenes trasandinos. A pesar de su incremento natural, esos ganados se agotaron por el despilfarro de los aborígenes, ya sea por comercialización excesiva o por matanzas indiscriminadas para cuerear, a lo que hay que añadir la merma provocada por las epidemias y las dificultades del procreo. El ganado vacuno preñado debido a su menor movilidad, era mucho más fácil de capturar que el yeguarizo. Arreando masivamente con él los indios, puede destacar que a mediados del siglo XVIII quedó casi completamente extinguido.

De esa manera, los aborígenes necesitaban hacienda vacuna porque algunas tribus se habían acostumbrado a consumirla y por la urgencia que tenían de llevarla a Chile para su comercialización. No trepidaron así, en tomarla de los rodeos cristianos, apacentados de sus poblados hacia afuera. Se originó de esa forma el malón – al que ya hemos mencionado – y que para los pueblos civilizados representó la invasión sin otro móvil que el robo. Por su parte, los indios araucanos, a menos de cien leguas de Buenos Aires seguían avanzando. Robaban ganado y mataban a sus dueños. Vacas y caballos que despojaban a nuestras llanuras, eran vendidos en el país trasandino. Obtenían con frecuencia armas, con las que combatían a los defensores de nuestras ciudades.

Como es lógico, en Buenos Aires existía un gran temor de salir al campo a buscar ganado. Para el cristiano la situación resultaba insostenible. No podía desarrollar acción alguna sin que estuviese amenazado por el indio. Los viajes por las pampas eran verdaderas odiseas de imprevisible final. Aquellos pocos que se aventuraban a transitar por el desierto estaban en permanente zozobra, oteando la soledad y la lejanía a la espera de algún ataque.

Lo evidente es que la escasez de ganado aumentaba y los indios se aproximaban cada vez más a Buenos Aires. A pesar de celebrarse algunos convenios pacíficos con los aborígenes, en 1740 los indios aucas que merodeaban por las cercanías del río Salado, asaltaron el 26 de noviembre el Pago de la Magdalena y asesinaron a 200 hombres, mujeres y niños, sustrayendo mucha hacienda.

Con la población reducida y sin medios de acrecentarla, la ocupación de la tierra tenía que ser lenta. Por tal motivo, la autoridad se limitaba a la defensa y conservación del territorio poblado. De ese modo, resultaba difícil emplear los recursos estratégicos que la geografía argentina brindaba en muchos aspectos. Las fronteras tuvieron, precisamente, que avanzar empujadas por el crecimiento demográfico. En 1774 la campaña contaba sólo con 6.064 almas y, en consecuencia, el territorio que ocupaban era poco extenso. Cuando esa población se doblo en 1778, rebalsó la línea de defensa, circunstancia que obligó al Virrey Vértiz a adelantar las líneas fronterizas.

Según documentación de esa época, se sacrificaban por año 600.000 animales, se utilizaban 150.000; quedaban para “banquete” de perros, cuervos y chimangos 450.000 animales. Esto representaba, incluido el desperdicio de sebo, cerdas y astas, ocho millones de pesos. Pero la abundancia disminuyó considerablemente por este derroche. Algún malón afortunado, llegó a llevarse una arriada de cien mil animales a la Cordillera.

Cuando en 1801 la población ascendía a 32,168 almas, las líneas de fronteras ya resultaban inadecuadas, estrechas, deficientes. La necesidad de sobrepasarlas marcaba un movimiento natural.

Los tratados de paz que se conservaban con los indios y el aumento constante de la población, determinó que hacia 1810 las estancias y chacras se extendieran más allá de los fuertes y fortines. Sucedía que, reiteradamente las poblaciones de los pastores se extendían más allá de la mal defendida frontera.

Los cristianos eran meros ocupantes de aquellas soledades incultas y salvajes, en una vida azarosa y expuesta a la indiada.

En general, las poblaciones eran de gente imprevisora. Los indígenas se habían acercado. Percibían la incipiente civilización y adquirían nuevos gustos. Pero ese contacto era perjudicial para los cristianos que, aislados, sufrían el roce brutal. Por otra parte, delincuentes y vagos eludían la acción de las autoridades, refugiándose en los toldos de donde resultaban doblemente dañinos.

Muchos fueron los intentos en encontrar la tranquilidad anhelada para defender los establecimientos pastoriles.

La revolución de mayo de 1810 encontró la frontera en ese estado, inútil para garantir la vida de los ganaderos. Por tal razón, el primer gobierno patrio pensó en mejorar la defensa de las fronteras. Con ese y otros objetivos comisionó al coronel Pedro Andrés García quien, por nota del 26 de noviembre de 1811, comunicó que los fuertes y fortines eran ya estériles debido a que los estancieros se habían asentado más allá de su radio de defensa. Proponía emprender sin tardanza el adelanto de la frontera sobre una doble línea: la primera desde el desagüe del Colorado al mar hasta el fuerte de San Rafael en Mendoza. La segunda debía formar la cordillera de los Andes, en los pasos que franqueaba por Talca y Frontera de San Carlos apoyando a la izquierda sobre los nacimientos del río Negro de patagones y su derecha al paso del Portillo.

Pero como bien lo ha señalado el coronel Álvaro Barros en “Fronteras y territorios federales de las Pampas del Sur”, el movimiento revolucionario de 1810 trastornó, como era natural, el orden establecido en las fronteras y, atenciones de mayor trascendencia ocuparon la mente de los ilustres varones de aquellas epopeyas. Los Blandengues y Dragones se disolvieron para ir a confundirse con la libertad patria y las fronteras quedaron totalmente desguarnecidas. Los pobladores quedaron así librados a sus propios recursos. También cesaron las expediciones a las Salinas, en busca de sal y ninguna tropa armada fue enviada a través de las regiones desiertas de la pampa. Sin embargo, la seguridad anterior debido a pactos con los indios, indujo a algunos pobladores animosos a avanzar desde Chascomús a la margen derecha del Salado, adelantando las poblaciones, ya entre las tolderías hasta Dolores, el Tuyú y otros puntos. De esa manera, durante la guerra de la Independencia, las fronteras continuaron ganándole tierras al indio, por el solo esfuerzo de los pobladores.

En esta situación tuvo lugar la primera gran invasión de los salvajes que se lanzaron sobre las poblaciones indefensas, cosechando un gran botín. Tomaron posesión del pueblo de Salto, hicieron gran número de cautivos y retornaron soberbios y enriquecidos a sus tolderías. A partir de entonces se sucedieron los malones que causaron grandes destrozos. Los indios invadían de un modo cruel y exterminador.

En 1828 se fundaron los fuertes de Federación, en Junín y los de 25 de mayo y Bahía Blanca. En 1833 se realizó la expedición de Rosas que permitió poblar Azul, asegurar Carmen de Patagones y ocupar la isla de Choele-Choele, 70 leguas más arriba de la desembocadura del río Negro. Sin embargo, los efectos de la expedición se estimaron como momentáneos porque se logró el repliegue de los aborígenes pero no se afirmó la posición, determinando que frenado el avance y tras el regreso a Buenos Aires, los territorios nuevamente desguarnecidos, fueron tomados otra vez por los salvajes sin que el anterior esfuerzo tuviera resultados duraderos.

Caído el gobierno unitario, durante el de Manuel Dorrego, que le siguió, y bajo la inspiración del Comandante de Campaña, Juan Manuel de Rosas, la frontera pudo expandirse, finalmente, hasta el centro de la provincia de Buenos Aires, llegándose hasta la fundación de Bahía Blanca en 1828. Con posterioridad al motín de Juan Lavalle, el 1º de diciembre de ese año, y luego del fusilamiento de Manuel Dorrego, los araucanos volvieron a la ofensiva, acompañando a los gauchos que seguían a Rosas, y podría decirse que por primera vez existieron montoneras en la Pampa bonaerense, así como, por primera vez, los indios araucanos participaron en nuestras luchas civiles, actitud que más tarde habría de ser norma, casi hasta la total conquista del Desierto.

 

Llegado al gobierno en 1829, Juan Manuel de Rosas mantuvo su política de “negocio pacífico con los indios”, proporcionándoles sueldos militares y raciones, con tal de mantenerlos en actitud amistosa…Sin embargo, no todos la aceptaban; en primer término los ranqueles y los que habitaban las regiones cordilleranas, así como muchas tribus llegadas de la Araucanía, especialmente las que acompañaban a los famosos hermanos Pincheira, caudillos chilenos que enarbolaban el pendón del rey de España y por largos años fueron el azote tanto del sur de Chile como de las fronteras del desierto argentino.

 

Durante el año 1831, los indios atacaron poblaciones de las provincias de Cuyo – Mendoza, San Luis y San Juan – y del sur de buenos aires. La peligrosidad y frecuencia de estos malones decidieron a varios gobernadores a una acción conjunta. Juan Manuel de Rosas, comandante general de las milicias bonaerenses, obtuvo la aprobación de la Cámara de Representantes provincial para organizar y dirigir una expedición al Desierto. El plan general era ambicioso: llegar hasta el último reducto de los indígenas para destruirlos u obligarlos a  rendirse.

 

La expedición se organizó sobre la base de tres columnas: la de la izquierda, a las órdenes de Rosas, operaría en la zona de los ríos Negro y Colorado, hasta Neuquén; la del centro, a las órdenes de Pascual Ruiz Huidobro, partiría del sur de Córdoba; y la de la derecha, comandada por Félix Aldao, actuaría en la región andina, para unirse con Rosas en Neuquén, luego de pasar los ríos Diamante y Atuel.

 

Jefe de la expedición fue nombrado el caudillo riojano Juan Facundo Quiroga, pero se excusó de participar en la misma alegando que “no conocía la guerra con los indios” y que si no se nombraba a Rosas al mando de la misma, la operación estaría condenada al fracaso. Se solicitó, a su vez, la cooperación del gobierno del Chile, pero afortunadamente el estallido de la revolución dirigida por el comandante general de Armas de aquel país, Don José S. Centeno, impidió su participación en la campaña. Y decimos afortunadamente, porque la ocupación – definitiva, sin duda – de Neuquén por parte de Chile hubiera significado a la Argentina la pérdida posterior de toda la franja de cordillera sureña, que siempre fue pretendida por nuestros vecinos. El hecho fortuito de este conflicto político trasandino impidió que Chile tomara intervención activa en esta campaña, con resultados imprevisibles en el futuro conflicto diplomático de límites, como demostrara la ocupación chilena de “Puerto Hambre” que le permitió posesionarse en el estrecho de Magallanes y la Tierra del Fuego.

 

El 22 de marzo de 1833, Rosas partió con 2.000 hombres desde aquí, de la Guardia del Monte; incorporó, a poco de andar, a 500 indios de pelea, los de Catriel y Cachul y llegó a Bahía Blanca. En el río Colorado estableció, luego, un campo fortificado donde recibió la visita de un personaje peculiar: el naturalista Charles Darwin, recién desembarcado de la fragata “Beagle”, la que sin duda cumplía funciones de espionaje tras la mascarada de inocentes tareas hidrográficas. Rosas fue sumamente amable con él – tal como se destaca en el “Diario” del propio viajero – pero un funcionario argentino de ese entonces, el coronel Crespo, opuso reparos fundados a las investigaciones patagónicas y fueguinas de Fitz Roy, y el joven naturalista fue celosamente vigilado por nuestras autoridades, según se halla expreso en un documento que conserva nuestra Cancillería. No fue el único. Hombres como Pacheco, Guido y Rosas miraron con desconfianza esta expedición que supuestamente llegaba al culo del mundo solamente para ver pajaritos. El viaje del “Beagle” fue un eficaz instrumento para los objetivos geopolíticos británicos, según se desprende de las memorias del propio Darwin. Ese mismo año se consumó el despojo de nuestras Malvinas.

 

Rosas envió al general Ángel Pacheco al río Negro y a la isla de Choele Choel, donde sorprendió a la tribu del cacique Chocory. Otros destacamentos fueron enviados a Valcheta y a las nacientes del Colorado.

 

La expedición no dio los frutos previstos debido a que no hubo una real coordinación de fuerzas. Aldao llegó hasta Malargüe donde se detuvo por falta de caballos; Ruiz Huidobro derrotó al cacique Yanquetruz en el lugar denominado Las Acollaradas y también debió detenerse, por falta de víveres. La columna de Rosas obtuvo los mejores frutos: fueron puestos  fuera de combate más de 6.000 indios y rescatados 2.000 cautivos; en un año se conquistó un extenso territorio hasta la cordillera de los Andes, y se instalaron varios fortines y guarniciones en el sur: Río Negro, Colorado, Bahía Blanca, Torquinst, Cnel. Suárez, Gral. Lamadrid, Laprida, Olavarría, Tapalqué, Gral. Alvear, 25 de Mayo, 9 de julio, Gral. Viamonte, Junín y Gral. Arenales.

 

Además, se efectuaron observaciones astronómicas y meteorológicas de la zona, se levantaron cartas náuticas y se reconocieron los ríos Negro y Colorado; estas últimas operaciones estuvieron a cargo de la goleta San Martín al mando del capitán Juan B. Thorne, el que posteriormente se cubriría de gloria en la Vuelta de Obligado, a cuyo bordo viajaban el astrónomo Nicolás Descalzi y el agrimensor Feliciano Chiclana. Desgraciadamente, la trascendencia de la campaña de 1833 ha sido relegada a un segundo plano por muchos escritores de historia; otros sólo han destacado su aspecto militar que era notable desde el punto de vista estratégico y táctico. Pero en la faz científica tan solo los trabajos pioneros de S. Fernández Arlaud, a quién tuve el honor de tener de profesor en el secundario, y algunos pocos más han escrito algunas líneas para destacar el trabajo realizado por quienes acompañaron la expedición. (10)

 

El 25 de Mayo de 1834 Rosas licenció a sus tropas, quienes habían cumplido su misión tras indecibles padecimientos, mal equipados y abrigados, siempre al borde de la sed o el hambre. Temporalmente los indígenas dejaron de ser un problema: sobrevivieron los sometidos, a quienes Rosas mantuvo en el negocio pacífico de intercambio de artículos elementales e, incluso, sometió a una campaña de vacunación masiva contra la viruela, que hacía estragos en las tolderías, lo que le aportó la distinción de la Sociedad Jenneriana. Dato sospechosamente escamoteado, aún hoy, en las páginas de ciertos escritores que presumen de libertad de criterio.

 

Esta expedición consolidó definitivamente el dominio de un territorio sometido a la permanente incursión de los nómades del desierto y lo incorporó al sistema productivo nacional, un territorio perteneciente en el plano del derecho pero en dominio político mera ficción hasta 1833. Debe tenerse en cuenta que en la llanuras pampeanas, a la natural e irreversible hostilidad inicial del entorno geográfico debe sumarse el carácter irreductible de sus habitante quienes – si tomamos en cuenta la tipología de Lewis H. Morgan – aún transitaban la etapa de “salvajismo” (11) y otros factores tales como:

 

– La pugna en torno a la tenencia de los bienes surgidos a raíz del arribo de los españoles tales como el ganado cimarrón.

 

– El ansia de venganza de los grupos humanos precedentes a la colonización y las pautas culturales inherentes al nomadismo (vida de caza y recolección).

 

– Arrinconamiento de estos grupos en áreas cada vez más inhóspitas y marginales.

 

Es frecuente leer, sobre todo en los autores de los tiempos iniciales de la Escuela del Revisionismo Histórico, que en 1810 el territorio argentino tenía una superficie de 4.800.000 km2 y que al segregarse varias naciones que ahora son nuestras vecinas, esa extensión se redujo a 2.800.000 Km2 En consecuencia, los protagonistas de la emancipación tendrían la responsabilidad y la negligencia de haber perdido nada menos que 2.000.000 de km2. Sin embargo, otros autores consideran que los 2.800.000 km 2 que componen el actual territorio continental (hacemos hincapié en la característica de continental refiriéndonos a la porción austral de América, dado que la Argentina fue declarada país bicontinental por Ley N° 26.651) fueron conquistados partiendo de la nada a través de una continua lucha armada de más de siglo y medio enfrentando todo tipo de enemigos y adversidades.

 

La construcción de los estados nacionales en América se basó en la ocupación efectiva del territorio y en la necesidad de pensar una identidad nacional que sustentara ideológicamente al estado en formación. La anexión de tierras bajo control estatal significaba por un lado, potenciar la estructura productiva en un momento de fuerte demanda de los mercados internacionales; por otro, el avance sobre las fronteras indígenas en un estado evolutivo “diferente” (y somos bondadosos, dado que el atraso de estos grupos era indiscutible más allá de cierta leyendas bellas en lo poético, pero descontextualizadas o inexistentes en lo histórico) representaba la eliminación de esa diferencia en pos de la cohesión nacional. En países poseedores de grandes extensiones territoriales interiores, como son los casos de Estados Unidos, Brasil y la Argentina, uno de los acontecimientos más importantes de ese período fue la ocupación de las mismas en vistas de su incorporación al mercado exterior. Ese movimiento en dirección a áreas de poca densidad demográfica y su integración a la economía exportadora se hizo nítido a partir de 1850, cuando se incrementó notablemente el área geográfica económicamente productiva. En Estados Unidos esta ocupación del espacio fue central, no solo desde el punto de vista económico, sino también porque la imagen de la frontera sirvió de mito fundador de la nacionalidad norteamericana. En el Brasil el imaginario geográfico de esta ocupación, dividida en el litoral atlántico y el Sertao, sirvió para la conformación de una originalísima literatura de raíces profundamente nacionales, originales e integradoras de los territorios fronterizos. En nuestro país, por razones que habría que indagar en una sociología de la cultura o directamente en tratados de psiquiatría, el meollo de las políticas culturales dominantes – sobre todo a partir de la traumática experiencia de Malvinas, pero aún antes – se fue estructurando, en muchos casos, en torno a ideologías desvalorizadoras del territorio – nación y el espacio geográfico. Así, es frecuente escuchar definiciones como “Nacionalismo territorialista” o directamente “Nacionalismo patológico” por parte de ciertos integrantes de ONGs y lo que es peor, de académicos de organismos públicos como la UBA y el CONICET.

 

Por cierto, son declaraciones que carecen de inocencia y más en un momento de alta vulnerabilidad tanto en el plano económico-social y defensivo y en pleno debate respecto a nuestra política hacia los territorios insulares y la Antártida. El avance hacia la frontera Sur que ahora se cuestiona desde un “indigenismo de mercado” fue una epopeya signada por la tenacidad y la abnegación, en condiciones de penuria inenarrable y mezquindad suprema, como lo relatan los partes militares y nuestro poema nacional, similar a la ocupación de la regiones más inhóspitas del orbe, como en su momento lo fue Siberia, Alaska o la Manchuria, de la cual destacamos algunas de su más importantes dificultades:

 

1- La extensión del frente de operaciones. Al estallar la Revolución de Mayo, se estiraba a lo largo de 1.100 km., desde la boca del Salado hasta las faldas de la cordillera de Mendoza. Esta línea dejaba, al sur de la misma, 1.400.000 km2 del actual territorio argentino, dominada exclusivamente por tolderías y grandes caballadas.

 

2- La extremada escasez de milicias protectoras de la frontera. Apoyada en fortines considerablemente alejados unos de otros, ese frente se asemejaba a una muralla de papel; el indígena, sin ningún inconveniente, podía reunir sus fuerzas en un punto cualquiera y cruzarlo velozmente en pos de su objetivo o botín.

 

3- La dificultad de las milicias afectadas al servicio de la frontera  para emprender persecuciones exitosas. La profundidad enorme de los dominios del indio y su acabado cono cimiento del terreno, le permitían distanciarse prestamente sobre el lomo de sus excelentes equinos. El “huinca” tenía que alejarse de las poblaciones – sus puntos de apoyo – dificultando así las posibilidades de abastecimiento y de reemplazos de personal y cabalgaduras; internarse en lo desconocido, exponiéndose a contraataques sorpresivos; y, en fin, sufrir los rigores del clima y mechas veces la falta de agua, persiguiendo a un adversario escurridizo que le resultaba poco menos que inasible.

 

4- La constante política de apaciguamiento, expediente al que recurrieron generalmente los gobiernos, en razón de la escasez de medios para emprender operaciones militares de envergadura.

 

5- La participación frecuente de las tribus en las guerras interprovinciales, ora conducida por sus propios caciques o bien, ocasionalmente, por caudillos blancos.

 

6- La intervención – en numerosas oportunidades – de caciques o indios amigos como aliados de los blancos en la lucha contra sus congéneres étnicos.

 

7- La existencia de caudillos inteligentes que, en el siglo XIX, dieron probadas muestras de audacia y capacidad. El caso más notable fue el de Calfucurá, que llegó a erigirse como un auténtico monarca del territorio pampeano.(12)

 

Tras la caída del Restaurador, y reforzados por los araucanos que provenían de Chile, los habitantes del Desierto volvieron a convertirse en una amenaza para los estancieros y hacendados y las poblaciones fronterizas, razón por la cual, sumada a los imperativos del esquema económico internacional en el que la Argentina se había insertado, se decidió la Campaña de 1879. Entonces sí, quienes después de Caseros enterraron a Rosas en una fosa de tinta, atribuyéndole crímenes que ni la Biblia se atrevería a nombrar, no trepidaron en proclamar el exterminio liso y llano del aborigen esgrimiendo la religión profana del positivismo. “Inmoral e inicuo era proclamar el extermino de los indios” – decía Vicente G. Quesada en la “Revista de Buenos Aires” en la época en que aún el problema de la frontera no había sido resuelto (1870) – “¡Los indios son al fin hombres y no puede impunemente proclamarse que es preciso destruirlos porque codiciemos sus tierras“.

 

Hoy, una suerte de revisionismo de kiosco, de indigenismo de mercado, condena la campaña de Rosas identificándola acríticamente con la de Roca, de la misma forma que se mimetiza al Imperio Español con el imperialismo norteamericano. En estos tiempos posmodernos de consignas vacías y del “sé igual”, no se hace distingo de mentalidades, concepciones ideológicas o tiempos históricos.

 

“Huincas” y “Aucas” no escamotearon coraje ni ferocidad en un enfrentamiento varias veces centenario. Hubo en ambos una idéntica necesidad de vencer; en uno, para ganar todo, en otros para conservar su libertad y su mundo. Ambos lucharon con lo que podían, sin desdeñar recursos ni crueldades, sin límites ni regateos en el esfuerzo. Es fácil hacer juicios morales desde la poltrona de un gabinete universitario o desde la exaltación de la tribuna política, pero difícil imaginar con juicio sereno las peripecias de una época signada por un continuo estado de peligrosidad y zozobra.

 

“El mal que cometen los hombres les sobrevive; el bien, a menudo queda enterrado con sus huesos”

 

 

 

(1) Muñoz Azpiri (h), José Luis “La comisión científica de exploración al Río Negro de 1879” Buenos Aires. Revista “Vida Silvestre” N°112. Julio-septiembre 2010

 

(2) Triviño, Luis “Antropología del Desierto” Buenos Aires. FECIC. 1977

 

(3) Fernández Carrión, Miguel Héctor “Incidencia de la frontera entre las poblaciones autóctonas americanas: el caso de Argentina y Chile” Madrid. Universidad Nacional de Educación a Distancia de España (UNDEP).2006.

 

(4) Johan Rudolf Kjellén ( Torsö, 13 de junio de 1864Upsala, 14 de noviembre de 1922) fue un geógrafo, politólogo y político sueco. Acuñó el término Geopolítica, en 1899.

Su trabajo fue influido por el afamado geógrafo Friedrich Ratzel. Con Alexander von Humboldt, Karl Ritter y Friedrich Ratzel, Kjellén lanzó las bases de la geopolítica alemana, que más tarde serían aprovechadas por Karl Haushofer.

Siendo un político conservador, fue miembro de la segunda cámara del parlamento sueco, entre 1905 y 1908, y de la primera cámara, entre 1911 y 1917.

Kjellén fundó una nueva ciencia política, dedicada a describir el Estado: «el Estado en toda su totalidad, tal como se manifiesta en la vida real». Enumeró, así, los atributos del poder:

La geografía -analizada por la geopolítica-, establece la relación entre el Estado y su territorio;

La economía – analizada por la geoeconomía-, establece la relación entre el Estado y la economía;

La sociología – analizada por la sociopolítica-, establece la relación entre el Estado y la sociedad nacional;

La política define la forma, el poder y la vida del Estado.

Se trata de un desarrollo muy próximo al determinismo. Afirmó que: «Los Estados son seres sensibles y razonables, como los hombres»

 

(5) Clementi, Hebe “La frontera en América. Una clave interpretativa de la historia americana” Buenos Aires. Editorial Leviatán. 1987

 

(6) Sulé, Jorge Oscar “Rosas y sus relaciones con los indios” Buenos Aires Colección Estrella Federal. Instituto Nacional de Investigaciones Históricas “Juan Manuel de Rosas”. 2003

 

(7) Villar, Daniel Jiménez, Juan Francisco “Rebelión y poder en la Araucanía y las Pampas (segunda mitad del siglo XVIII)” En: “Ciencia Hoy” volumen 13 N° 75 junio-julio. Buenos Aires. 2003

 

(8) Palermo, Miguel Angel “Reflexiones sobre el llamado complejo ecuestre en la Argentina” En: “Runa” volumen XVI. Buenos Aires 1086

 

(9) Pico, José María “Francisco Ramos Mexía. El confinado de Los Tapiales” En: “Fundación. Política y Letras” Año II N° 2 Buenos Aires abril 1994.

 

(10 )Fernández Arlaud, S. “Aspectos científicos de la Campaña de Rosas al Sur (1833-1834)” En: “Nuestra Historia. Revista del Centro de Estudios de Historia Argentina” N° 1 Buenos Aires. Enero 1968

 

(11) Morgan, Lewis Henry (1818-1882) Etnógrafo, autor de tres importantes obras: The League of the Iriquois (Liga de los Iroqueses, 1851).Systems of Consanguinity and Affinity of the Human Family (Sistemas de consanguinidad y afinidad de la familia humana, 1864)Ancient Society of Research in the Lines of Human Progress from Savagery through Barbarium to Civilization (1881; existe traducción al español: La sociedad antigua).

 

(12)Menéndez, Romualdo Félix “Las conquistas territoriales argentinas” Buenos Aires. Círculo Militar. 1982

 

 

(*) Comunicación presentada el 23 de abril de 2015 en el “15° Congreso de Historia de los Pueblos” organizado por el Instituto Cultural de la Provincia de Buenos Aires y realizado en el Teatro Argentino de la Ciudad de La Plata.

 

(**) Coordinador General del Instituto Nacional de Investigaciones Históricas “Juan Manuel de Rosas”. Miembro de Número.

 

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