El totalitarismo económico.

    La omnímoda dictadura de las finanzas y el mercado

            La historia parece cumplir ciclos circulares de “corsi, ricorsi” al decir de Vico, en el desangelado territorio del subcontinente en general y de la Argentina en particular. Palabras con las que nos aturdieron hasta el hartazgo en la ominosa década del 90 del siglo pasado, retornan impasibles e incluso, robustecidas. Globalización, ajuste, déficit cero convertibilidad y dolarización se enriquecen ahora con las construcciones ficcionales de pesadas herencias, bóvedas enterradas, bolsos viajeros (sea al ARSAT como dijo una afiebrada cortesana televisiva o al Vaticano para financiar la elección de Francisco, como propuso alguno que consume merca mal cortada) y cuadernos incinerados. Palabras y  composiciones semánticas que más allá de su significado literal, se refieren a la universalización de la política y la economía que muchos aceptan como un destino fatal exigido por el progreso y la tecnología y otros como un paso más hacia la hegemonía de las metrópolis.

            Las cuestiones del dinero absorben absolutamente nuestra vida política. Pero ya no se trata de la economía y las finanzas argentinas. Sus espasmos se proyectan desde los lugares más remotos del planeta, al compás del azar de los especuladores y si ayer fue la lira turca, mañana serán los rebotes de lo que ocurra en Brasil, Grecia, Holanda o la ínsula Barataia, mientras los argentinos aceptamos resignados una sujeción que parece irreversible.

            Conviene mirar más allá de la fugacidad del presente y comprender que vivimos una etapa más aguda que profunda, de cambio de valores que desorienta al mundo contemporáneo. Desde hace décadas, pero por sobre todo desde fines del segundo milenio y principios del tercero, cuando creyó verse establecido un definitivo y eterno poder omnímodo por parte de los Estados Unidos, se ha instaurado en Occidente una concepción del hombre y la sociedad que tiene por eje central el dominio del dinero y de todo lo que su posesión permite gozar.

            Decía Cioran que una civilización se destruye cuando se destruyen sus dioses y una civilización se suicida negándose a sí misma, pisoteando los valores que la sustentaron y los mitos que la movilizaron. Y lo primero que se profana son los símbolos. Así sucedió con la vieja Roma cuando Teodosio sacó la estatua de Fortuna del Senado, pese a las admoniciones del discurso de Símaco. Alarico saqueará la Ciudad Eterna menos de veinticinco años después. No habían pasado cinco décadas cuando los vándalos llegaban hasta las puertas de Hipona y un anciano Agustín veía desmoronarse el mundo que le alumbró. El Imperio de Occidente no sobrevivió un siglo a la transvalorización de todos los valores que ordenó Teodosio con el Edicto de Tesalónica. Pero no saquemos conclusiones aceleradas: todo ello era un fruto natural de lo que la propia Roma había gestado desde, por lo menos, la era de Caracalla, ese príncipe ignaro y fratricida que hizo ciudadanos a todos los habitantes del Imperio.

            Un economicismo implacable, justificado por una teología y una ética y anclado en el peso del poder hegemónico, intenta imponer esa cosmovisión basada en el dominio de las riquezas. La conquista del paraíso crematístico se ha constituido en el objetivo principal de la política, cuyos fines específicos se desplazan y se disuelven, ya que todo viene a subordinarse  a las teorías y la práctica de lo económico como tal.

            Sería un espiritualismo ingenuo y una auténtica tontería, desconocer la importancia de los bienes materiales, pues no hay posibilidad de vida social sin los recursos que permiten la subsistencia y el desarrollo, pero desde los tiempos más remotos la humanidad se ha propuesto fines religiosos, políticos y culturales que, con los signos más diversos, han caracterizado a pueblos y ciclos históricos El economicismo racionalista del mundo actual se resiste a reconocer una jerarquía fundada en la ética de los bienes sociales a la cual juzga bárbara y mitológica y a comienzos del siglo XXI intenta imponer una organización internacional sin estados nacionales, sin fronteras y sin las diferencias seculares que estorban esa utopía dineraria, regida por la teocracia de economistas y tecnólogos. En una versión chirle, ordinaria, berreta parece haberlo logrado en el extremo sur de Sudamérica. Y aún así cultiva sus objeciones, sus anticuerpos como reaseguro ante un eventual fracaso: “Macri no es liberal, es un populismo atenuado, con buenos modales, gradualista, temerosos de medidas de fondo”, esta cantinela la hemos escuchado ya con demasiada frecuencia desde la época de Martínez de Hoz, es una melopea que se repite al final de cada ciclo de saqueo y entrega.

            La globalización de todas las estructuras nacionales bajo un gobierno mundial, el monopolio de la fuerzas armadas y una moneda única corresponden a los sueños de la razón, pero la aceptación resignada de este fatum equivale en realidad a la abdicación que los pueblos hacen de sus objetivos de vida trascendente y superior. Si consentimos la desaparición de nuestros ideales históricos, culturales y políticos como impropios de los tiempos presentes, está claro que solo quedará el imperio omnímodo de la economía y las finanzas, y en ese caso seremos arrastrados, inexorablemente, al remolino de un sistema universal sordo a los reclamos angustiosos de nuestros problemas, a los cuales ese Leviatán ni siquiera llegaría a percibir.

            Vivimos un proceso de fracaso y decepción: desde el poder se instaló la necesidad de suplantar la economía de producción por la especulación y se instauró la tesis según la cual sólo se puede crecer sobre la base de la usura internacional y la anulación de las soberanías locales. Quienes se oponen al totalitarismo del mercado, por su parte, solo atinan a proponer la reducción de la política al asistencialismo, es decir, al reparto de esos mismos bienes materiales sin proponer una transformación de fondo de un esquema primario y obsoleto basado en un criterio extractivo- exportador de sustancias agrarias y  mineras, aderezadas por el sector financiero. Un yantar indigesto que ya hemos probado muchas veces.

            El ocaso de las naciones es – hoy – un espejismo intelectual. Los poderosos son una isla en un mundo que se agita por viejas fuerzas racionales e irracionales, salvajes y civilizadas. Día a día se derrumban los teoremas económicos y se desvanecen los planes que ayer se erigieron como soluciones de un progreso mágico.

            Si aceptamos someternos a la globalización, desaparecerá la posibilidad de que manejemos nuestros recursos de acuerdo con ideales y objetivos que corresponden a los valores e intereses que nos conciernen en propiedad, porque nadie va a pensar por nosotros: desde la lejana galaxia de los centros financieros, todos somos inviables. Sin aislamientos tibetanos, sin encierros que nos aíslen de la comunicación universal de bienes e ideas que nos pertenecen, se deben restaurar los verdaderos fines de la política, en la Argentina y para todos los argentinos. A la luz de ese espíritu, la economía y las finanzas tendrán su auténtica, su específica misión.

                                                                                              PEPE MUÑOZ AZPIRI

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