El poeta del Delta

Marcos Sastre

                            (1809-1887)

            

                       “El poeta del Delta”

 

                                                     

        1837 fue un año clave en la historia de una joven nación poblada  por viejas razas. Por primera vez, en términos generacionales, un grupo de hombres se puso a reflexionar sistemáticamente sobre la realidad argentina, por encima de las facciones que entonces dividían al país. No estaban contaminados de apresurados esquemas intelectuales, sino real y concretamente preocupados por la realidad nacional. Pensaban, pues, para actuar.

El Salón Literario de Marcos Sastre fue el germen de esa ansiedad colectiva. Vivió

Poco, pero su influencia se proyectó sobre el futuro de la Argentina y, según Javier Fernández, hoy reconocemos como imperiosamente contemporáneos muchos problemas y soluciones que entonces se enunciaron. De aquel Salón surgieron sobre todo dos lecciones perdurables: la que define el ejercicio de sus actos y la que determina que para interpretar el presente y adivinar el futuro, hay que mirar el espejo de la historia.

Marcos Sastre, su fundador, ya anteriormente había creado su famosa Anagnosia, método para leer y escribir estudiado por muchas de nuestras figuras consulares, como Ángel Gallardo, con el cual aprendieron sus primeras letras. Su labor se desarrolló a ambas orillas del Río de Solís, pues si bien era oriundo de la Banda Oriental, Sastre fue fundamentalmente un hombre del Plata, del río que nacía en la urdimbre islera del Delta del

Paraná, al cual le cantó con una delicadeza y un romanticismo que autores posteriores jamás pudieron superar. Aunque Marín del Barco Centenera, Echeverría, Juan María Gutiérrez y Alberdi ya habían evocado al “Padre de las Aguas”, lo de Sastre fue otra cosa. Lo de Sastre fue distinto. Fue “El Tempe Argentino”, su obra cumbre.

Movimiento, pinceladas cromáticas, palabras eufónicas, sonidos y perfumes se conjugan en la descripción del “Tempe Argentino”. El Valle de Tempe, era un pequeño territorio muy fértil y de clima benigno, situado en la Tesalia, patria del héroe homérico Aquiles. “El valle llamado en Tesalia Tempe (dice el griego Eliano en sus “Historias varias”) está entre los montes Olimpo y Ossa, y lo atraviesa el río Peneos, juntándose con él muchos arroyos que aumentan su caudal. La naturaleza adorna aquel sitio admirablemente (..) Por toda aquella llanura de campos corren fuentes de frías y cristalinas aguas que son muy saludables a los que se bañan en ellas. Hay en todo este contorno gran cantidad de aves que recrean con suaves cantos. El Peneos pasa por el medio, muy sosegado y manso, cubierto de muchas sombras de los árboles que se crían a sus orillas, estorbando al sol la entrada de sus rayos; lo que hace muy ameno el viaje a los que por el navegan. Concurren anualmente a este valle todos los pueblos comarcanos, y juntándose allí, hacen grandes sacrificios a los dioses, festejándose después con banquetes”. Daría la impresión que el bardo griego describe, en realidad, a nuestro propio estuario.

Guillermo Ara, autor de un valioso trabajo sobre El Tempe Argentino (Revista de la Universidad Nacional del Litoral, Nº 38, 1958) dice que el estudio que Sastre hace sobre el olfato de las aves de presa, de la mansedumbre del tigre, de la luz de las luciérnagas, de la domesticación del chajá, de los hábitos de consideración que manifiesta el colibrí, no son únicos, pero pueden ponerse sin desmedro junto a los de Hudson y Buffon. Y agrega que las experiencias le pertenecen, es decir, los hallazgos de Sastre no por reconocibles en otros, dejan de pertenecerle. Mucho antes que Sarmiento edificara su cabaña en el antiguo Abra Nueva, Marcos Sastre sembraba, domesticaba animales, abría zanjas y defendía el entorno natural; y mucho antes que naciera el memorable Francisco P. Moreno, indagaba la naturaleza con criterio científico y la describía con maestría poética. Mucho antes del nacimiento de la Etología y la aplicación de técnicas como la “siembra directa”, nuestro autor advertía sobre la necesidad de preservar los suelos y el equilibrio de la naturaleza, ya que un leve disturbio en cualquiera de los factores que la componen arruina la estructura total, con los consiguientes desastres en la vida del hombre. Así lo revela Steinbeck en las magistrales páginas de “Viñas de Ira”, lugar donde las tormentas de tierra, desatadas por la imprevisión humana, crean el desierto y empujan al hombre a éxodos amargos.

“Admirador del hornero – comenta Héctor Adolfo Cordero en una amena biografía (Ed. Claridad, 1968) – decía que el hombre tenía mucho que aprender de su arquitectura, laboriosidad, aseo y amor a la familia; exalta la belleza del picaflor; admira al caja, y de ambos hace una descripción magnífica, sobre todo de éste último, que hasta esa fecha no se había estudiado suficientemente. Protesta por la matanza del sapo; describe mamíferos que el hombre iba exterminando en la región, como el quiyá, el ciervo, el pecoví y la vizcacha; nos muestra al jaguar y al ocelote, especies extinguidas de la fauna indígena; tortugas, peces, las avispas; el ya nombrado camuatí; las costumbres del mamboretá; coleópteros; las flores, como el arrayán, el mbucuruyá y el irupé; los árboles, el ceibo, el ombú, los durazneros; A la caída de la tarde, descripción magnífica del Delta a esa hora del día, como también La noche en las islas, etc.”

Téngase en cuenta que la obra fue concebida y escrita en una época en la que solo se publicaban tratados y manifiestos políticos, ya que la porción meridional de América se desangraba en reyertas civiles; donde distraerse ante la contemplación de las manifestaciones de la Creación podía equivaler a un pasaporte a mejor vida. El mismo Marcos Sastre sufrió en vida las mezquindades y persecuciones de las luchas de facción.

No obstante, fueron innumerables las opiniones vertidas sobre le Tempe Argentino por parte de figuras del calibre de Magariños Cervantes, Juan María Gutiérrez, Bartolomé Mitre, Eduardo G. Gordon, J. Tomás Guido, P. Huergo, los canónigos Piñero y Vázquez, Legout, Poucel, Hutchinson Perkins, Peybold y, posteriormente, entre tantos otros: maestros como Víctor Mercante y naturalistas como Eduardo Holmberg.

Pero no solo sus coterráneos se embelesaron del cantor del Delta, hasta rigurosos científicos germánicos como el naturalista Federico Leybol en su “Excursión a las pampas argentinas” se dejaron ganar por la influencia poética del libro de Sastre: “Allá lejos, muy lejos, me decía yo, yacen las encantadoras islas bañadas por las aguas del Paraná, el Uruguay y el Plata, donde reina eterna primavera, donde el azahar regala con su suave aroma los sentidos, donde en la copa del ceibo y del ombú se posan las aves de mágico plumaje, donde la brisa columpia el aéreo palacio del camuatí, y mil pintadas mariposas liban el néctar de las flores: allá el Delta argentino, cuyas bellezas reveló al mundo admirado el profundo observador y elegante escritor que le dio nombre al abrir sus puertas a la industria humana, y cuya fe de bautismo – El Tempe Argentino – es una de las ricas joyas que dan lustre y gloria a las letras sudamericanas”.

Si de Anagnosia ya en 1881 se habían tirado sesenta ediciones, de las del Tempe se ha perdido la cuenta. Puede asegurarse que no hubo autor americano que en su tiempo igualara el popularidad a Marcos Sastre. Fue el primer escritor famoso rioplatense y en toda la América hispana, antes de que lo fuera el autor del Martín Fierro. Fue un genuino propulsor del ambientalismo y las letras rioplatenses, tal como lo fue de la educación.

Decía Francois Mauriac que ningún joven francés podía considerarse verdaderamente completo y con visión universal si no hubiera leído, al menos, diez obras – cuyos títulos proporcionaba – capaces de brindar esa condición. Si estableciéramos una lista similar para nuestra nación, el Tempe Argentino estaría seguramente entre los primeros títulos.

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