El Papa Argentino

“La profecía del gran Castellani”

por Pepe Muñoz Azpiri

 

“Jorge Bergoglio no fue el primer papa argentino”, advirtió Álvaro Abós hace algunos años es un interesante artículo publicado en un matutino porteño (1). Cuando en 1963 murió Ángelo Roncalli, aquel amado Juan XXIII, el Cónclave eligió a un papa argentino, un jesuita que ejercía su ministerio en el barrio de San Telmo, un teólogo excepcional, cuyo nombre era Ducadelia. Pio Ducadelia, que al ser elegido papa, toma el nombre de Juan XXIV.

Al menos, esto sucede en un libro publicado en 1964, “Juan XXIII. Juan XXIV. Una fantasía”. El autor fue un compatriota y cofrade de Bergoglio, Leonardo Castellani, sacerdote, escritor y periodista, hombre de vastísima erudición y autor de obras memorables, algunas de las cuales, como Su Majestad Dulcinea y San Agustín y nosotros, al parecer influyeron en el discurso de Francisco tal como se trasluce en algunas de sus ideas más difundidas.

El 28 de marzo, en la misa crismal, Francisco pidió a los sacerdotes que “olieran a oveja”; coincidentemente, en el Evangelio de Jesucristo en el comentario al domingo segundo de Pascua, Leonardo Castellani explica que Cristo dijo que los malos pastores “son como lobos disfrazados de ovejas, aludiendo a la costumbre de los pastores palestinos de ponerse una chaqueta de piel de oveja (zamarra) para hacerse seguir por el olor. Él se puso la zamarra de nuestra carne para que los siguiéramos, pero en Él no era disfraz, era realidad”.

Del mismo modo, el 19 de mayo, en la misa de Pentecostés, Francisco alertó del peligro de una “Iglesia autorreferencial” que reiteraba también como arzobispo de Buenos Aires, de que hay que ir “a las periferias existenciales, para anunciar la vida de Jesucristo”. El padre Carlos Biestro, quien desde hace años coordina las ediciones y reediciones de la obra castellaniana se pregunta “si, cuando el Papa dice que la Iglesia no debe ser autorreferencial sino que debe salir a la periferia de la existencia, no hay un eco de las reflexiones de Castellani”. Y al respecto lee este pasaje de Castellani por Castellani: “Santa Teresa buscó amistades en todas partes, porque las necesitaba. Uno de los reproches más vehementes que contra ella concibieron era que buscaba amistades no monjiles, y ¡hasta masculinas! El creer que el claustro, la clase o el clan al que pertenezco es un mundo completo, agota toda la creación y en él se halla todo cuanto un hombre puede necesitar es una de las vanidades más ridículas y siniestras. Según la palabra de Cristo, la misma Iglesia Católica es una cosa abierta y fuera de sus recintos se encuentran almas que le pertenecen sin saberlo.

El cura Pío Ducadelia, personaje de Castellani que aparece en otros libros del autor, es un sacerdote que ha tenido problemas con la jerarquía de la Compañía de Jesús por opiniones y actitudes juzgadas irreverentes ¿Cómo llega Ducadelia al papado sin siquiera ser cardenal? En su fantasía digna de un guión cinematográfico, Castellani imagina una situación mundial caótica no muy diferente a la actual y real. Francia ha ganado una guerra contra la Unión Soviética, que desaparece, y los Estados Unidos han invadido América del Sur (Ya los tenemos en nuestro territorio, el Atlántico Sur y la Amazonia) Ducadelia se encuentra en Montevideo, pero el arzobispo de Buenos Aires lo va a buscar y le pide que lo acompañe a Roma, como asesor en el Concilio que ha de elegir al sucesor de Roncalli, dado que Ducadelia es un teólogo eximio. Y el cónclave, dada la situación excepcional del mundo y de la Iglesia lo elige Papa.

Bergoglio ya era jesuita, pero no sacerdote cuando en 1966 a Castellani se le restituyó el ejercicio del sacerdocio que había perdido al ser expulsado de la Compañía de Jesús en 1949. En 1971 le es ofrecido a Castellani el reingreso en la orden, que rechaza por razones de salud, y en 1973 el padre Bergoglio, quién había sido ordenado en 1969, se convierte en el provincial de los jesuitas en la Argentina, cargo que desempeñará durante seis años, dejándolo en 1979. Dos años después muere Castellani.

Por tanto, no es casual que Ducadelia en otro libro, durante su suspensión en la función sacerdotal (el personaje es inescindible de su creador) y llevado por su afición por las novelas policiales, había abierto una agencia de detectives, en sociedad con un indio mataco y un abogado recién salido de la cárcel donde había purgado una condena. Castellani es uno de los grandes autores del policial argentino, género en el que Rodolfo Walsh lo consideraba “un maestro” A esa condición se refirió Borges en una irónica muestra de desprecio al finalizar el famoso almuerzo con Videla el 19 de mayo de 1976, donde no ahorró elogios para el dictador,  mientras el sacerdote exigía información sobre el paradero de Haroldo Conti, escritor que aún permanece desaparecido.

Juan XXIII, Juan XXIV. Una fantasía. narra el constante sabotaje de la burocracia vaticana (Castellani dixit) a las reformas que impulsa el Papa criollo sus intentos de humanizar y modernizar la Iglesia. Porque Ducadelia entiende la necesidad de reformar la institución partiendo de la acepción original de la palabra Iglesia, que significa asamblea, es decir, reunión de los fieles. Quiere anular los privilegios, eliminar la pompa, retornar a la austeridad pastoral, revalorizar la tarea de los laicos, disminuir las rigideces dogmáticas, vocifera contra el pecado eclesial (“es una vergüenza que el cristianismo sea usado para legitimar malos gobiernos”) sale por las noches a caminar por Roma a observar las condiciones de vida de los pobres y compartirlas con ellos, motivo suficiente para generarse una obstinada oposición.

Ya Juan XXIII había hecho una afirmación teológica y eclesialmente revolucionaria el 11 de septiembre de 1962 al afirmar: “La Iglesia se presenta, para los países subdesarrollados, tal como es y quiere ser: como la Iglesia de todos y , particularmente, la Iglesia de los pobres”. Con ello estaba marcando el camino a seguir por el Concilio Vaticano II cuya inauguración tuvo lugar un mes después. Desde muy pronto se conformó un grupo de obispos que consideraba prioritario escuchar el clamor de los pobres. Ese grupo creía, al igual que Ducadelia, que el principal desafío de la Iglesia en ese momento era la violencia estructural, generadora de pobreza y desigualdad creciente, sobre todo en el Tercer Mundo, y que la actitud del cristianismo no podía ser otra que la opción por el mundo de la marginación y la exclusión.

El 16 de noviembre de 1965, tres semanas antes de la clausura del concilio, en torno a 40 obispos, insatisfechos con la orientación eurocéntrica y el optimismo desarrollista que imperaba en el aula conciliar y descontentos con la centralidad dada a cuestiones teologales en detrimento de las desigualdades sociales, se reunieron discretamente, casi de manera clandestina, en la Catacumba de Santa Domitila en Roma, bajo la inspiración de Helder Cámara, quien no pudo asistir, pero sí lo hizo Enrique Angelelli asesinado durante la dictadura iniciada en 1976 y obispos provenientes de todos los continentes con predominio del Hemisferio Sur. Los reunidos celebraron una eucaristía y firmaron el “Pacto de las Catacumbas. Por una Iglesia pobre y servidora” apoyado posteriormente por más de 500 obispos.

En el Pacto asumieron una serie de compromisos que afectaban a su vida personal y a su trabajo pastoral. En el plano personal renunciaban a las riquezas, tanto en las apariencias como en la realidad, a poseer bienes en propiedad, rechazaban los títulos que expresan poder como eminencia, excelencia, monseñor; en las relaciones sociales, se comprometían a evitar preferencia por los ricos y poderosos y optaban por el uso de símbolos evangélicos, nunca de metales preciosos. Tal como pudieron advertir Ducadelia-Bergoglio – si se nos permite el paralelismo en la fantasía de Castellani – al asumir el trono de Pedro, esta iniciativa no pasó de ser una expresión de deseos.

Leonardo Castellani sigue siendo un escritor desconocido para la mayoría dado que nunca gozó de difusión o publicidad, contrariamente a los escribas de la “intelligentzia” liberal que él tanto despreciaba y que siempre gozaron del dominio de los grandes medios. Nunca se le perdonó el eximio ejercicio de la ironía que irremediablemente le generó antipatías y odios subalternos. “Nunca le faltaron lectores, pero como escritor terminó solo, o quizás peor aún, prisionero de grupos que lo monopolizaron para justificar pensamientos reaccionarios” (2) Castellani no fue peronista, entre otras razones porque durante el primer peronismo estuvo fuera del país, dedicado a despejar los malentendidos con la Compañia, pero fue una de las atalayas intelectuales del llamado “nacionalismo católico” argentino, tradición en la que bebió el nucleamiento “Guardia de Hierro” (aunque incorporó elementos ajenos a ella) del peronismo, donde Bergoglio colaboró en su juventud. Fue un gran escritor que eludió todo tipo de corsés o encuadramientos por lo que merece una lectura desprejuiciada y desapasionada y esa independencia de criterio y rechazo a todo tipo de banderías lo estigmatizó a derecha e izquierda. Juan XXIII, Juan XXIV. Una fantasía tal vez no sea una de sus obras más destacables, pero conmueve su visión profética y la belleza de estilo de un escritor cuya reivindicación y cabal comprensión está aún pendiente.

La propuesta de una Iglesia pobre y servidora ha sido asumida por Francisco. El papa está luchando a brazo partido para que los católicos, pero también para que todos los hombres y mujeres nos reencontremos con un valor deslucido o peor, que aparenta haber desaparecido: la dignidad. Francisco, dijo el Corriere della Sera, ha lanzado a la iglesia a un epopeya, la de abrirla al mundo , continuando la senda abierta por Juan XXIII y el Pacto de las Catacumbas, lo que ha suscitado la alarma de las camarillas y factores de poder que suelen transitar por los jardines de Castelgandolfo. Es un papa, dicen, que viene de lejos y mira lejos.

No para nosotros.

 

 

(1) Abós, Álvaro “Ya hubo antes un papa argentino”. Diario “La Nación 7/12/13

(2) Ibídem

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