El Naturalista taciturno

“El naturalista taciturno”

 

                         Miguel Lillo (1862 – 1931)

 

Por José Luis Muñoz Azpiri (h)

 

 

El futuro desenvolvimiento de la ciencia argentina depende, en gran medida, de la organización que se dé a las instituciones científicas del estado. “Mientras los políticos del país se desgastan en discusiones que persiguen la defensa de intereses sectoriales, otros sectores, sobre la base de la investigación científica, aportan con su trabajo patriótico y su técnica al progreso del país. El descubrimiento de un nuevo  biofertilizante por parte de la Sección Caña de Azúcar de la Estación Experimental Agroindustrial Obispo Colombres, de Tucumán, a partir de un producto cordobés, permite reducir el costo de tratamiento de la hectárea de caña de azúcar en un 40 por ciento, con el consiguiente beneficio de competitividad que ello supone” (1).

Este logro, al que podemos sumar, entre otros, el de la leche Bio, es el resultado de décadas de esforzada y fecunda labor de los integrantes de la prestigiosa Universidad Nacional del Tucumán y del Instituto que lleva el nombre de su fundador: Miguel Lillo.

Hombre de personalidad retraída, casi huraño, vivía como un anacoreta. A punto tal que cuando la Universidad de la Plata, tras otorgarle el título de doctor “honoris causa”, quiso galardonarlo con el premio Francisco P. Moreno de treinta mil pesos moneda nacional; tuvo que ir el rector de la naciente Universidad Nacional del Tucumán – el Dr. Juan B. Terán – prácticamente a arrancarlo de su casa y obligarlo a que aceptara. El sabio ya conocía, por amarga experiencia, el resentimiento que estos reconocimientos honoríficos y sobre todo pecuniarios, producen en ciertos “colegas”.

Había nacido en San Miguel del Tucumán, provincia donde realizó la casi totalidad de su obra, el 27 de julio de 1862. Cursó la escuela primaria en la Escuela de Santo Domingo e ingresó directamente al segundo año del Colegio Nacional en 1877, donde egresó como bachiller en 1881.

No llegó a tener estudios universitarios dado que, pese a su extraordinaria capacidad para el trabajo intelectual, carecía de recursos económicos para estudiar en Córdoba o Buenos Aires, donde quería profundizar su pasión por la naturaleza. Ardor que había nacido en su adolescencia, en una excursión a pie hasta la Sierra de San Javier, donde, para reponerse del cansancio cayó en un profundo sueño. Su despertar en medio de aquella selva, arrullado por el canto de los pájaros, el revolotear de los insectos, la fragancia de la atmósfera y el sinnúmero de flores y frutos distintos hizo brotar en su alma un estado de excitación que no se apagaría jamás. Su destino estaba fijado, el sello estaba en él. Sólo podemos imaginar el momento, dado que al avance irracional de la frontera agraria, gran parte de estos edenes se han perdido para siempre.

Ingresó en una farmacia en 1882, trabajo que le permitía interiorizarse en materias afines a su interés, y no se equivocó, pues en 1883 fue nombrado ayudante de física y química en el Colegio Nacional, puesto que desempeñó hasta 1889. Al fundarse la Oficina Química Municipal, 1885, bajo la dirección del químico y naturalista Federico Schickendantz, fue nombrado ayudante y posteriormente vicedirector, cargo que ejercería hasta su muerte sin abandonar jamás el ejercicio del magisterio.

En 1888, junto con Schickendantz, funda el Boletín de la Oficina Química, aclarando en la presentación que “No es una publicación oficial, pero pretende ser científica”. Ya el año anterior habían publicado en los Anales de la Sociedad Científica

Argentina un trabajo pionero titulado “Sobre la determinación de la glucosa en los vinos y en los productos de la industria azucarera”. Asimismo, en esa época produce su primer ensayo destinado a ser una memoria descriptiva para la Exposición de París: “Sobre la flora de la provincia de Tucumán” y en 1889 los “Apuntes sobre la fauna de la provincia de Tucumán”, en la que se agrega para la provincia 113 especies zoológicas, que antes no habían citado otros naturalistas. Enumera y describe las especies animales indígenas, con las costumbres y daños o beneficios que ocasionan las más características. Todo esto en un país donde apenas asomaba la vida científica, más aún en la pequeña ciudad de Tucumán.

Fue un hombre áspero, a punto tal que sus contemporáneos – entre ellos Martín Doello Jurado – evocaban su figura austerísima, que ocultaba bajo un máscara de escepticismo y de pesimismo, el fuego de la pasión más pura por la ciencia. La forma irónica y hasta sarcástica de sus juicios sobre muchas personas y sobre algunas cosas, era la expresión de una inteligencia agudísima que no opacaba su infinita tolerancia para los errores o debilidades de sus congéneres. Pero esta particularidad de su carácter fue el motivo de amarguras; las luchas personales que envolvían a casi todos los botánicos del país, por la segunda década del siglo XX, coincidían con una campaña destructora que contra él propagaban panfletos destructores distribuidos en la Universidad local. Expresión de intolerancia que lamentablemente no hemos abandonado. Tuvo que refugiarse en el epistolario que mantenía con colegas de otras latitudes, que constantemente lo consultaban y ¡hasta estuvo por enviar su herbario a Alemania!

Por esa época, otro argentino ilustre, de esos que pagan con sinsabores su compromiso con la nacionalidad, elegiría el amargo destino del exilio. Era Ernesto Quesada, uno de los precursores de la Escuela Historiográfica del Revisionismo. Fue un hombre respetado, pero, al igual que Lillo envidiado y destinado a no gozar de popularidad, como todos los hombres de gabinete. Lo cierto es que se fue del país en 1915 y se radicó en Alemania. En 1934 murió en su retiro en Suiza, en una finca que sugestivamente había bautizado como “Villa Olvido”. Su obra fue escrupulosamente escamoteada al conocimiento público durante mucho tiempo. Su fabulosa biblioteca que reunía cerca de 84.000 volúmenes, casi todos ellos de temas latinoamericanos, fue donada al Instituto Iberoamericano de Berlín – previo ofrecimiento al país – en la época de la presidencia de Alvear que, por negligencia burocrática, no se concretó. Lamentablemente se perdió casi íntegramente durante la segunda guerra mundial.

Cuando el doctor Schickendantz se ausentó definitivamente de Tucumán en 1892, Lillo lo reemplazó en la oficina química, mientras seguía alternando las cátedras de esta disciplina en el Colegio Nacional y la Universidad, donde profesó desde el nacimiento de ésta hasta su fallecimiento. Desde 1892 hasta 1897, se dedicó a la química, alejándose casi por completo de la historia natural. En 1897 realizó un estudio muy completo de los ofidios y batracios de Tucumán. Fue en 1898 su viaje a Europa, donde trajinó todos los museos y laboratorios del viejo mundo donde trabó relaciones con Hackel en Austria. En los años siguientes reunió una colección de aves del norte de la república de las más completas, cuyo estudio publicó en el año 1909, en los Anales del Museo Argentino de Historia Natural, agregando 200 especies nuevas para la provincia.

 

Durante la misma época, procuró reunir el mayor material posible de herbario y bibliográfico, para el estudio de la botánica sistemática, con el objeto de colaborar  eficazmente en la redacción de la flora argentina. Desde esa época en que comienza su apogeo científico, realiza una extraordinaria labor casi anónima, determinando colecciones y manteniendo correspondencia y canje con los botánicos del país y del extranjero, especialmente alemanes, suizos, ingleses y norteamericanos. En 1919 publicó su “Contribución al conocimiento de los árboles de la Argentina”. Con esto es el iniciador de los estudios dendrológicos. Con una clara visión de las necesidades del país, en 1913, fue gestor de la designación de la Comisión Nacional de la flora argentina.

En 1916, se realiza en Tucumán la “Primera Reunión Argentina de Ciencias Naturales”, y por resolución de este congreso se encarga al doctor Lillo un estudio fitogeográfico de la provincia que se publica en 1919. Después efectúa una revisión

de las Asclepidáceas argentinas y más tarde trató las Acantáceas pero sin hacer ninguna publicación al respecto.

Sin duda sus mejores obras fueron “Notas ornitológicas” y “Flora tucumana”

Con fecha 11 de diciembre de 1930, el doctor Miguel Lillo, en gesto magnánimo y como un ejemplo de sano patriotismo, otorgó su testamento, legando la casi totalidad de sus bienes a la Universidad Nacional del Tucumán, para que se formara un instituto anexo a la misma, que llevara a perpetuidad el nombre de su legador.

Dijo de él el gran Horacio Descole: “Si los maestros y los investigadores al  conocerlos de cerca se empequeñecen, la figura de Lillo por lo contrario se agranda, y esto se explica, porque su carácter era completamente extraño a toda vanagloria, de tal manera que su personalidad científica ha sido muy poco conocida en vida de nuestro naturalista, por los no especializados en la ciencia a que se dedicó”

 

(1) Carta del Lic. Víctor La Pietra publicada en el diario “La Nación” en noviembre de 2008

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