El Juicio del Mono.

       “El juicio del mono”

  (Apuntes sobre el fundamentalismo religioso norteamericano)

 

 

Por José Luis Muñoz Azpiri (h)

 

        “MI buen amigo John, déjame advertirte. Tratas con dementes. Todos los hombres están locos en un sentido u otro”.

                                                                       Bram Stoker, Drácula, 1897.

 

“Las paredes son el pizarrón del pueblo” dice el escritor argentino David Viñas. Durante los supuestos bombardeos quirúrgicos de la “intervención humanitaria” de la OTAN en la ex Yugoslavia, podía leerse en las calles de Belgrado: “Nosotros a los idiotas y los insanos los ponemos en los manicomios, ustedes en la Casa Blanca”. Por entonces, que gobernaba Bill Clinton, lejos estábamos de imaginar lo que sucedería después: la nación más poderosa del planeta, militar y económicamente, la usina de producción tecnológica y generación de premios Nóbeles, gobernada por una administración política signada por la ignorancia y el oscurantismo. Nadie familiarizado por la historia debería extrañarse de que el creciente déficit democrático en Estados Unidos vaya acompañado por la de declaración de misiones mesiánicas para llevar la democracia a un mundo que sufre.

En ocasiones, al referirse al fenómeno islámico, ciertos publicistas y analistas de café utilizan términos como integrismo o fundamentalismo, los que son transplantados de un contexto histórico-cultural a otro – por cierta analogía – pero abusando de una excesiva generalización. Es por ello que, como primera instancia, conviene efectuar algunas delimitaciones conceptuales a los efectos de devolver a cada término su verdadero significado.

Tanto los vocablos integrismo como fundamentalismo corresponden a movimientos de expresión religiosa que se dieron a fines del siglo XIX y comienzos del XX dentro del catolicismo intransigente y entre sectores puritanos del protestantismo, respectivamente y que no tuvieron implicancias políticas en el sentido que reconocemos actualmente. En efecto, integrismo es un término de origen francés, “intégralisme”, que se utilizó en forma peyorativa para designar a una facción del catolicismo de los países latinos de Europa que, a lo largo del siglo XIX, se oponía a todas las tentativas de conciliación entre la Iglesia Católica y la sociedad surgida de la Revolución Francesa, por considerar a la modernidad como antagónica a la tradición que ellos pretendían preservar. Su lema era: no se puede transigir en los principios. Esto se traducía en un rechazo a la República no sólo por ser partidarios de la monarquía, de la soberanía temporal del Papa y del mantenimiento de los Estados Pontificios, sino además, fundamentalmente, por no admitir bajo ningún aspecto el principio republicano elemental de la libertad de conciencia y de culto, considerado un agravio a la verdad única del dogma católico y a la religión como elemento estructurante de la sociedad.

Por lo que respecta al fundamentalismo, no es un principio hermenéutico, vinculado con la interpretación de un Libro Sagrado. Hay formas de fundamentalismo en las tres religiones monoteístas del Libro, pero el fundamentalismo cristiano nace en los ambientes protestantes y se caracteriza por la decisión de interpretar literalmente las Escrituras, de donde se derivan todos los debates aún actuales sobre el darwinismo, rechazado porque no cuenta la misma historia que el Génesis.

Ahora bien, para que haya interpretación literal de las Escrituras, es preciso que las Escrituras puedan ser interpretadas libremente por el creyente, y esto es algo típico del protestantismo. No puede haber fundamentalismo católico – y al respecto se combatió la batalla entre Reforma y Contrarreforma – porque para los católicos la interpretación de las Escrituras pasa por el Magisterio de la Iglesia.

Ya entre los padres de la Iglesia hubo debates entre los partidarios de la letra y los que apoyaban una hermenéutica más blanda, como la de San Agustín, que estaba dispuesto a admitir que la Biblia a menudo hablaba mediante metáforas y alegorías.

La teología católica nunca se escandalizó demasiado por las teorías evolucionistas, con tal que se admitiera que en la escala evolutiva se produjo un salto de calidad, cuando Dios introdujo en un organismo vivo un alma racional inmortal. ¿Cuál es, pues, la actitud católica que hoy se tilda como fundamentalismo? No es fundamentalista el debate sobre los embriones y sobre el origen de la vida, porque si acaso, hasta que Dios le insufla el alma a Adán, nos habla de fango, pura materia no espiritual.

Lo que se tacha de fundamentalismo es, dice Umberto Eco, una actitud clásica (o tentación perenne) del pensamiento religioso (no solo cristiano sino también islámico) que es el integrismo, es decir, la pretensión de que los principios religiosos deben ser también el modelo de vida política y fuente de las leyes del Estado. “El cardenal Biffi es un integrista, como el político Buttiglione y otros, no un fundamentalista. Busch y los suyos son unos fundamentalistas protestantes (tradición antigua) que están cediendo a la tentación católica y a la práctica islámica (nuevas para la democracia anglosajona) del integrismo”.

Se dirá que es solo una cuestión de palabras. No, es una cuestión de sutilísimos debates filosóficos, teológicos y políticos, que no gana nada en verse reducidos, ni por una parte ni por la otra, en un apedreamiento de palabras fetiche.

Como vemos, contrariamente a integrismo, fundamentalismo fue un nombre asumido por el movimiento protestante conservador, que se originó en los EE.UU. a fines del siglo XIX, como reacción a las interpretaciones liberales y modernistas de esa época. Su objetivo básico era defender el precepto de inspiración divina de la Biblia –su infalibilidad- y, por lo tanto, la autoridad absoluta de la misma en la vida de todo cristiano. Por ello, veían (y ven) en la difusión de las doctrinas evolucionistas (como el darwinismo) el alto graso de

decadencia a que había llegado la sociedad angloamericana: la secularización de los modos

de pensar, la descristianización de la cultura y la educación. Como solución proponían el retorno a la palabra de Dios: la Biblia y el Dios de la Biblia son la única esperanza, sostenían. En su defecto, la sociedad norteamericana estaría destinada a sucumbir. Ello denota la preocupación por la moral privada y su alejamiento de la esfera política y de los asuntos públicos.

Esa concepción estricta del fundamentalismo ha ido, sin embargo, modificándose y hoy se llama fundamentalismo (a veces con una frivolidad periodística que asusta-“solo el periodismo es más frívolo que el filósofo”, decía Wittgenstein) a lo que no encaja en nuestro modo occidental de vida. En cualquier caso, el concepto, al incorporar otros significados ha ido creando una idea del fundamentalismo que converge con las intuiciones comunes mayoritarias (dominantes). Y, así, por fundamentalismo se entiende, en general, una postura acrítica, dogmática, cuya suprema expresión es aquella en la que un punto único, central, juega de gozne y todo lo demás no hace sino girar a su alrededor.

En este sentido, el candidato actual más acabado para pasar por fundamentalista suele considerarse al Islam. Porque su monoteísmo es extremo y la dependencia de los muslim, -“siervos” – del Supremo es total; no deja resquicio alguno. Se ha dicho que el islamismo es la religión de la fe, el judaísmo de la esperanza y el cristianismo de la caridad; y que a los tres les cruza, sin duda, el monoteísmo mentado.

Pero al hablar del islamismo aludimos a una variada gama de corrientes políticas del mundo musulmán que tienen por objeto el restablecimiento del “Estado islámico” en las sociedades en las que actúan. Este fenómeno no es un hecho aislado y mucho menos reciente. Desde los comienzos del Islam han existido movimientos  que se han basado en la necesidad de una renovación religiosa para justificar su conquista del poder o su lucha contra el poder instituido. Pero es a partir del triunfo de la revolución iraní, en enero de  1979, hasta la actualidad, con el inquietante Mahmoud Ahmadinejad, que estas corrientes políticas cobran fuerza y su importancia se extiende prácticamente a todo el mundo musulmán.

El término “fundamentalista” (por supuesto traducción del original fundamentalism) nace en el Congreso Bíblico Americano, realizado en Niagara Falls, en el Estado De New York, en 1895. Encuentro cuya característica principal se expresa en la claudicación de la inteligencia ante la soberanía del texto sagrado, entendido éste literalmente y excluyendo explícitamente todo tipo de interpretación o hermenéutica, y en la aparición de doce folletos entre 1910 y 1915, donde sesenta y cuatro autores norteamericanos, canadienses y británicos desarrollan los principios del movimiento caracterizados por un acentuado puritanismo, milenarismo obsesivo y absoluta oposición por la cultura moderna, estigmatizada como “humanismo secular”.

Lo interesante es que estos folletos, intitulados como “Los fundamentos: un testimonio de la verdad”  fueron financiados, principalmente, por Lyman Stewart, fundador de la “Union Oil Company”. Él, conjuntamente con otros empresarios petroleros y dueños de granjas, apoyaban generosamente a los fundamentalistas, pues consideraban que su ayuda económica era una “inversión fructuosa contra el evangelio social”.

El evangelio social, que constituye el eje del conflicto y tiene como trasfondo una visión optimista de la historia, ve el remedio de la crisis en medidas sociopolíticas y en una vida comunitaria que se rija por los principios de la doctrina de Jesús. (1) Las convulsiones mundiales surgidas con posterioridad a la Primera Guerra Mundial, la oleada inmigratoria compuesta por un enorme porcentaje de católicos y la aparición de nuevos actores en el horizonte histórico social, como el comunismo, el socialismo y el humanismo secularizante, desataron el pavor y la paranoia que caracteriza a los protestantes norteamericanos.

La fuente inmediata del excepcionalismo norteamericano fue esta tendencia intelectual del siglo XIX – el Evangelio social -, este sostenía que el hombre supera gradualmente el mal a medida que mejora la naturaleza humana, e implicaba que en Estados Unidos, dado el mérito de sus instituciones políticas, la naturaleza humana se estaba perfeccionando a ritmo más rápido que en otras partes. En consecuencia, los norteamericanos tenían el deber de extender los beneficios de este sistema.

Frances FitzGerald, al examinar la influencia de la teología milenarista o premilenarista (“estamos viviendo en los últimos días”) en la política norteamericana, señala que la visión milenarista ejercería gran influencia en los años de la guerra fría (“el mal absoluto nos enfrenta; si no prevalecemos aquí – en Vietnam, Nicaragua, etc.- nuestras defensas contra el caos y el mal se desmoronarán por doquier”), mientras que el gnosticismo político del Evangelio Social dominó el período que va de 1916 a la guerra fría. Desde luego es influyente aún hoy. Aunque era “una posición minoritaria, igual que el premilenarismo entre los protestantes norteamericanos del siglo XIX… la tendencia general de ese pensamiento estaba muy difundida. Woodrow Wilson fue a la Conferencia de Paz de París con la visión gnóstica de que los Estados Unidos llevarían paz, libertad y justicia al mundo mediante un acto de voluntad. Durante y después de la Segunda Guerra Mundial, esta visión alimentaba la oratoria de muchas grandes figuras públicas, de Roosevelt a Wendell Willkie y Henry Luce”.

La aparición del fenómeno fundamentalista cortó en dos a los Estados Unidos, acompañando la confrontación del período de entreguerras. El marco de fondo al desarrollo del movimiento era un norte industrializado y en plena expansión material frente al sur, esencialmente agrícola, con un tipo de organización social en consonancia con esa característica, y una situación económica sumida en una marcada decadencia desde la derrota de la guerra de Secesión.

Y es en el sur, precisamente, en donde se congrega la mayor cantidad de adherentes al fundamentalismo, gente temerosa de Dios, que lee la Biblia, prepara tortas de manzana y agita banderitas en los días patrios. Y esto es tan así que se le ha asignado una nomenclatura geográfica sumamente simbólica: “Bible Belt” (el cinturón bíblico). De modo que no es extraño que vean al reto terrorista-totalitario en términos metafísicos: la libertad contra el Mal, discurso que se inició en la década del 40 y perduró, con matices, hasta Ronald Reagan y George W. Busch.

Ya el elocuente James Burnham, ex trotskista y luego progenitor intelectual del neoconservadurismo norteamericano, escribió en el número de invierno de 1944-45 de Partisan Review que el poder soviético:

 

“…tal como la realidad de lo Uno del neoplatonismo… se despliega, al oeste hacia Europa, al sur hacia el Cercano Oriente, al este hacia China, y ya lame las costas del Atlántico y el Golfo Pérsico. Así como el Uno indiferenciado desciende en su avance por las etapas de Mente, Alma y Materia, y luego inicia su fatal Retorno hacia sí mismo, así el poder soviético, manado desde un centro íntegramente totalitario, se extiende mediante la Absorción (los países bálticos, Besarabia, Bakovina, el este de Polonia), la Dominación (Finlandia, los Balcanes, Mongolia, el norte de China y mañana Alemania), la Influencia Orientadora (Italia, Francia, Turquía, Irán, el centro y el sur de China), hasta disiparse allende las fronteras de Eurasia, en la esfera material externa de la Pacificación y la Infiltración momentánea (Inglaterra, Estados Unidos).”

 

Convengamos que este despropósito tiene más consistencia y estilo literario que cualquier declaración de los actuales funcionarios de Washington. Respecto a la intransigencia religiosa de los Estados que antiguamente pertenecieron a la derrotada Confederación sudista, es interesante recordar que el premio Nóbel de literatura, Sinclar Lewis, creó, en 1927, un personaje novelístico en su obra “Elmer Gantry”. Arquetipo del predicador fundamentalista, Elmer Gantry, radicado en el sur, debe sus características de embustero, rígido y paradójicamente amoral, a ciertos individuos que Lewis había observado y conocido.

Este personaje no tardó en convertirse en la representación dominante del fundamentalismo, tal como lo veían gran parte de los intelectuales, o, mas estrictamente, el “establishment liberal intelectual”. Recordemos que “liberal”, en política, en los Estados Unidos, tiene una significación distinta a la del continente europeo o el resto de América. Expresa un tipo de pensamiento aproximado a lo que se conoce como la socialdemocracia europea. Pregona cierta redistribución económica, progresismo impositivo y la defensa irrestricta de libertades publicas, con las menores interferencias gubernamentales posibles. (2)

La traducción social del fundamentalismo estribaría en una concepción orgánica, cerrada, exclusivista y antimoderna de las relaciones socio políticas. No en vano al tradicionalismo se le ha llamado también integrismo (aunque en cuestión de nombres todo está abierto a cierta discrecionalidad. Así, alguno ha incluido dentro del credo político integrista a Wittgenstein. Aunque, no hay que escandalizarse, otro autor no menos serio le ha incluido entre los gnósticos. No faltará quién lo meta pronto entre los futbolistas ya que la idea de juego de lenguaje se le ocurrió viendo un partido de fútbol).

Pero para concluir con este galimatías terminológico, daremos como ejemplo extremo el de Roger Garaudy (3). Este converso al islamismo, después de su largo viaje por el marxismo y de agotar todo tipo de diálogo con los católicos, escribió en su libro Los integrismos: Ensayo sobre los fundamentalismos en el mundo: “El fundamentalismo-integrismo consiste en identificar una fe religiosa o política con una forma cultural o institucional que pudo revestir en una época anterior de su historia.. Creer, pues, que se posee una verdad absoluta e imponerla… Ahí se incluye el cientificismo que pretende tener respuesta para todo en nombre de una concepción arcaica y positivista de la ciencia; que cree en la hegemonía eterna de Occidente”. Como vemos, para Garaudy tan fundamentalista-integrista es el islamista extremo como el científico habitual. Los dos se habrían quedado en una rígida, anquilosada y pétrea creencia que, en su ahistoricidad, surge agresiva, contra todo, anti-todo lo que exija moverse.

Pero para desbrozar un poco esta hojarasca terminológica, que ha confundido mas que esclarecido, podemos señalar ciertas constantes ideológicas: el profetismo, cuando, por ejemplo, Busch confiesa escuchar la orden de Dios para atacar a Irak; el mesianismo, algo tan común en los Estados Unidos que ha nutrido gran parte de su producción fílmica, desde la memorable “Heredarás el viento” hasta la desopilante “Dr. Insólito” y en tercer lugar el milenarismo, el advenimiento de la espiritual Jerusalén, de una sociedad perfecta y definitiva, que se sale de la Historia y le pone fin, alcanzando la plenitud de los tiempos y de cuya llegada da cuenta, según el inefable Pat Robertson, las recientes catástrofes naturales.. como el huracán “Katrina”.

Pese a la separación entre Estado e Iglesia que establecen las leyes, la democracia republicana de los Estados Unidos está convirtiéndose poco a poco en una teocracia, o en algo muy similar a lo mismo. Basta ver las constantes invocaciones al Todopoderoso en las campañas presidenciales, las cuales no se contradicen con sus desordenadas conductas personales y aberraciones públicas en política exterior (sus guerras no son objetables ante los ojos de Dios, es más, cuentan con su beneplácito).

 

(1)Sánchez Parodi, Horacio M. “El Fundamentalismo en la política” Bs. As. Ediciones Depalma. 1998.

(2) Ibíd.

(3) Garaudy Roger “Los integrismos. Ensayo sobre los fundamentalismos en el mundo”. Barcelona. Gedisa. 1992

 

            Una Nación de elegidos

 

“Estados Unidos es pues la tierra del futuro, donde, en las edades que nos aguardan, se revelará el peso de la Historia del Mundo”

G.E. Hegel (1830)

 

La creencia norteamericana en el progreso se alimentó de una rica herencia de pensamiento milenarista procedente del pasado calvinista de los Estados Unidos. Como los judíos y los cristianos de la antigüedad y los ingleses del siglo dieciséis, los puritanos y los peregrinos se veían como el pueblo o la “raza” que Dios había elegido como Su instrumento en el mundo. Las colonias de Nueva Inglaterra de principios del siglo diecisiete se consideraban escogidas en virtud de su alianza con Dios. Ser un pueblo elegido era tanto un destino como una responsabilidad. El propósito divino debía reflejarse en cada aspecto de la conducta y los actos de la comunidad, incluso el de predicas Su buena nueva entre los demás pueblos de la Tierra.

Estados Unidos era la “nación redentora”, con una misión especial frente al resto del mundo. Esa misión redentora justificaba la expansión estadounidense hacia el Oeste como parte de su “destino manifiesto”. La llegada de los europeos a las costas de América del Norte y su avance allende las montañas Allegheny parecía representar un monstruoso desplazamiento – el gran desplazamiento – en la historia mundial. Incluía a los Estados Unidos en un proceso mucho más antiguo, el avance de la civilización y el imperio universal hacia el Oeste.

Hoy el término “imperio” evoca imágenes de imperialismo y explotación. Pero según una definición estricta, un imperio es una serie de unidades geográficas dispares gobernadas por una sola entidad política. Esa entidad podía ser una sola persona, un emperador, pero también podría ser el pueblo. Por este motivo, los ensayos de The Federalist podían habla de la nueva república americana como imperio sin que hubiera contradicción. (*) La nueva república americana se fijó una misión imperial expansiva que concordaba con su misión redentora.

Thomas Jefferson declaró que Estados Unidos era un “imperio de libertad” que difundiría el mensaje de soberanía popular y alentaría la libertad a medida que se desplazaba hacia el Oeste. En 1809 Jefferson duplicó el tamaño del país con su compra de Luisiana, creando el espacio físico para ese imperio. El Secretario de Estado John Quincy Adams declaró que el “dominio propio”  de los Estados Unidos era “el continente de América del Norte”, y dio a ese dominio características universales. Proclamaría, escribió, “ante la humanidad los derechos inagotables de la naturaleza humana, y los legítimos fundamentos del gobierno. Su lema es Libertad, Independencia, Paz”.

Más que ningún otro pueblo, los norteamericanos tenían la sensación de que su país – “la tierra de los libres y hogar de los valientes” – ocupaba el centro del escenario en un proceso histórico mundial. “Aquí se alzará el último y más brillante trono del imperio – escribió Timothy Dwight, presidente del Yale College, después de la independencia norteamericana – y la paz, y el derecho y la libertad saludan al firmamento”. La Declaración de la Independencia, observó J.Q. Adams en 1821, estaba “destinada a cubrir el globo” En 1858 Harper´s Monthly, comentaba: “Todo lo relacionado con nuestra posición, historia y progreso, señalan los Estados Unidos de América como la tierra del futuro”. Desde los padres puritanos y los próceres de la independencia hasta lo que Henry B. Luce, de la revista Time, llamaría “el siglo americano” – el veinte -, la historia de los Estados Unidos constituía una narración singular, inspiradora y orientada hacia el futuro. Estados Unidos representaba la etapa más elevada de la civilización y el progreso, su culminación.

“En rigor, la idea de progreso implicaba una visión secular de la historia, opuesta a la visión cristiana. En Europa estas dos visiones del cambio histórico chocaron constantemente desde el Iluminismo hasta Marx (quién declaró que la religión era el opio de los pueblos) y Augusto Comte, quién creía que su filosofía positiva reemplazaría al cristianismo. Sin embargo, las figuras señeras del Iluminismo americano, como Jefferson y Benjamin Franklin, simplemente injertaron sus objetivos en aquellos propios de la nación redentora calvinista. Estados Unidos se “consagró” a un principio iluminista básico, el de que “todos los hombres son creados iguales”. El pueblo elegido también disfrutaba de derechos individuales. Estos derechos “vida, libertad y búsqueda de la felicidad”, tenían características divinas, aunque también formaban parte del lugar racional del hombre en la naturaleza. Una comprensión racional de la naturaleza significaba, desde luego, la ciencia. La ciencia y la tecnología, pues, ocupaban un sitio importante en el panorama de progreso redentor y felicidad. “No temáis la ciencia”, escribió en 1865 James Dwight Dana, geólogo de Yale, pues la ciencia ha mostrado que “el progreso por medio del crecimiento orgánico era la ley y el plan de Dios… el progreso avanza hacia arriba, no sólo hacia delante, hacia visiones cada vez más diáfanas de beneficencia infinita”. No fue sorprendente, pues, que Charles Darwin encontrara en Estados Unidos el entusiasta apoyo de Henry Ward Beecher y otros clérigos, un sector que había recibido la teoría darwiniana con rechazo y suspicacia en Inglaterra. Lombroso, Francis Galton, Ernst Haeckel y otros teóricos sociales “científicos” tuvieron un éxito similar cuando sus trabajos llegaron a las costas americanas” (4).

Con el médico y criminalista italiano Cesare Lombroso (1836-1909) surge una teoría científica de la criminalidad que dio lugar a grandes debates en círculos legales y penales, que incluso se extendieron hasta la primera guerra mundial.

Buena parte de la difusión de su trabajo partía de preconceptos muy extendidos acerca de los criminales, dándole un soporte aparentemente científico. Él consideraba que un cuarenta por ciento de los criminales actuaba por compulsión hereditaria. Eran vistos como seres que mantenían caracteres de un pasado ancestral, por lo que les era innato comportarse como un “salvaje normal”, pero en la sociedad occidental esto era considerado criminal.

El criminal nato se podía reconocer por su anatomía tomando en cuenta caracteres tales como la falta de simetría, tamaño pequeño de la cabeza, tamaño exagerado del rostro, frente baja y estrecha, orejas grandes, ausencia de calvicie, piel más oscura, o aspectos tales como no sonrojarse, lo cual se consideró claro índice de criminalidad y desvergüenza.

“Los antropólogos lombrosianos construían sus argumentos manejando la información para que se acordase con sus prejuicios; por ejemplo: un blanco que enfrenta con valor la tortura y la muerte es un héroe, un salvaje en la misma situación es alguien que tiene “insensibilidad física”. También consideraron la epilepsia como un signo del criminal nato, lo que convirtió a los epilépticos en seres marcados, representantes de la degeneración moral, y blanco de los programas eugenésicos. En los lombrosianos para comprender el crimen se debe estudiar al criminal. La sociedad queda a salvo de cualquier cuestionamiento” (5)

La eugenesia – aplicación de las leyes biológicas de la herencia al perfeccionamiento de las especies vegetales y animales – contó con la aceptación de algunos círculos de científicos y reformadores sociales, influyendo en la delineación de políticas sociales que propugnaban medios de control sobre la conducta. Se definió como “desviada” a toda conducta considerada socialmente molesta, dañina o peligrosa. Su objetivo eran los incapaces y desviados.

Su influencia en Estados Unidos fue funcional para legitimar “científicamente” su hipócrita moralina. En 1898 en Massachusetts, se castró “terapéuticamente” a veintiséis niños varones; entre los motivos aducidos se cuentan: “epilepsia y masturbación persistente”, “epilepsia e imbecilidad”, “masturbación con debilidad mental”. El control social se enmascaraba con ropas de humanismo, como aún hoy se sigue haciendo.

En 1907 Gina Lombroso-Ferera publicó una nueva edición de El hombre criminal, de su padre, citando ejemplos de prisiones y reformatorios donde las teorías  lombrosianas se habían aplicado con éxito. Todos procedían de los Estados Unidos. Treinta años después,  en vísperas de la Segunda Guerra Mundial, el criminólogo y antropólogo Earnest Hooton de Harvard aún usaba los métodos de Lombroso para clasificar a los delincuentes. Con sus asertos optimistas sobre la precisión cuantitativa y cualitativa y la certidumbre científica, Lombroso apelaba a la fe decimonónica norteamericana en la ciencia y el progreso como fuerzas del futuro.

Existía, no obstante, otra tradición norteamericana que surgía de las mismas raíces calvinistas y de la misma creencia en un “imperio de la libertad”. Esta tradición detectaba una tensión entre la libertad como derecho americano y la posibilidad de corrupción que surgía del ejercicio de dicha libertad, sobre todo en las esferas política y moral. Su gran vocero, firme opositor a los optimistas iluministas de Estados Unidos como Jefferson y Madison, fue el segundo presidente de los Estados Unidos, John Adams.

“Adams se preocupaba por la inevitable corrupción y caída de Estados Unidos aún antes del estallido de la Revolución Americana. Su primera obra política – A Dissertation on the Canon and Feudal Law (1765) – explicaba que los colonos habían ido a las costas de América del Norte “por amor a la libertad universal y por odio, espanto, horror” hacia la “confederación infernal” de la corrupta monarquía inglesa y la Iglesia Anglicana. Las fuerzas de la “tiranía temporal y espiritual” habían logrado destruir las libertades de los hombres en Inglaterra; ahora el Imperio Británico estaba “sumido en la corrupción” y “trastabillando al borde de la destrucción”. Luego “esa confederación malévola” se dispuso a subyugar a las colonias, escribió Adams en 1775; los americanos tuvieron que defender su virtud y sus derechos naturales rompiendo con “esa poderosa ruina de un tejido otrora noble” que era la Inglaterra hannoveriana”. (6)

Adams esperaba que el pueblo norteamericano preservara su independencia y su virtud, pero esa esperanza desapareció apenas concluyó la Revolución. En 1785, aún antes de la ratificación de los Artículos de la Confederación, Adams declaró que los norteamericanos “no manifestaban el temple de una virtud muy exaltada”, y que él había cometido la necedad de esperar “que crecieran mucho mejor”. La repentina irrupción de plebeyos y desconocidos en el sistema político, algo que, por lo demás, siempre sucedió en todos los lugares y épocas de la historia, lo convenció de que Estados Unidos estaba condenado.

No había “providencia especial para los americanos”, dijo a sus amigos; “su naturaleza es la misma que la de los demás”, en otras palabras, codiciosa, viciosa, estúpida y ambiciosa. No erró mucho en el diagnóstico si nos atenemos a los resultados de su actual política exterior.

 

 

 

 

(*) The Federalist es el título general de los ochenta y cinco ensayos que se publicaron en 1787-1788 en varios periódicos neoyorquinos con la firma de “Publius”, destinados a buscar respaldo para la ratificación de la Constitución de los Estados Unidos. También se los conoce como Federalist Papers, y se publicaron como libro en 1788. La autoría de los ensayos se atribuye a Alexander Hamilton, James Madison y John Jay.

(**) The land of the free and home of the brave, como dice la canción patriótica “The Star-spangled Banner”, hoy himno nacional.

(4) Adams, Henry y Brooks. “Apocalipsis en la edad del Oropel”. En Herman, Arthur. “La idea de decadencia en la cultura occidental”. Barcelona. Editorial Andrés Bello. 1998.

(5) Mazettelle, Liliana y Sabarots, Horacio “Poder, racismo y exclusión”. En: Lischetti, Mirtha (compiladora) “Antropología”. Bs. As. EUDEBA. 1995

(6) Adams, Henry… Ibíd.

 

 

La conspiración

 

Adams evocaba una versión transatlántica del pesimismo del pesimismo histórico, según la cual los norteamericanos del pasado son siempre libres, independientes y virtuosos, mientras que los del presente no tienen el menor problema en destruir su legado.

 

 

 

 

 

El Juicio del Mono

 

“Natura abhorret a vacuo”

 

Principio de física, anterior a Torricelli

 

“¡Hablar del mejoramiento de la especie! ¡Vamos! La raza que nosotros, hombres y mujeres, representamos, la vieja raza anglosajona, es la mejor especie del mundo entero…y nos ha hecho superiores al resto del mundo”

Sir Charles Adderley

 

En 1925 tuvo lugar en Dayton, Tennessee, en los propios Estados Unidos, el llamado Monkey Trial (El juicio del Mono). En el mismo se condenó al maestro de escuela John Scopes a una multa de 100 dólares por haber comentado en clase la teoría de Darwin Si bien el docente perdió el juicio, fue la oportunidad (recreada en la citada película “Heredarás el viento”) para que dos formidables abogados debatieran sobre el creacionismo y la teoría evolutiva: Clarence Darrow y Arthur Garfield Hays.

Darrow perdió el juicio, pero hizo que Dayton y todo el estado de Tennesse se convirtieran en el hazmerreír del mundo entero ante preguntas de puro sentido común: ¿cree usted que el mundo fue creado por Dios sólo 4004 años antes de Cristo y que el diluvio universal se produjo aproximadamente 1650 años después?, ¿cómo cree usted que Caín consiguió esposa, si no había otra mujer que Eva sobre la Tierra? Y así. Recuérdese que en 1650 el arzobispo James Ussher, basándose en la Biblia, más precisamente en la edad de los profetas, calculó que la creación del mundo debió tener lugar el 26 de octubre del año 4004 antes del nacimiento de Jesucristo, a las 9 de la mañana. Sin entrar en tantos detalles, ya en 1599 hacía decir Shakespeare a un personaje de su comedia Como gustéis: “Este pobre mundo tiene unos seis mil años”.

Sin embargo, para muchos norteamericanos toda mención a la evolución o algo parecido, sigue siendo indigerible. Si bien en 1966 una profesora de biología de Alabama, Miss Susan Epperson había logrado tras su apelación, que el 12 de noviembre de 1968 el Tribunal Supremo de los Estados Unidos declarara “anticonstitucional” toda ley que se opusiera a la enseñanza de la teoría de Darwin, aún hoy estados como Florida, Mississippi, Missouri, Illinois, Kentucky y Oklahoma omiten la palabra “evolución” de sus programas de estudio y el 2004 el sistema escolar del condado de Cobb, en Georgia, fue por más.

Sus autoridades obligaron a que todos los libros que aludieran a la teoría de la evolución llevasen un aviso que advirtiera que se trata apenas de una entre tantas otras posibles explicaciones sobre el origen de la vida. Entre las teorías a la que implícitamente alude la advertencia, figura de manera prominente una denominada “diseño inteligente”.

El término apareció por primera vez en 1984, en el libro “El misterio del origen de la vida: un reexamen de las teorías actuales”, escrito por Charles B. Thaxton, Walter L. Bradley y Roger L. Olsen. Los autores son tres bioquímicos que se proclaman “cristianos renacidos” y argumentan que la diversidad de las cosas vivas es tan abundante y tan compleja que no puede haber evolucionado como resultado de un proceso azaroso y gradual. El concepto fue abrazado con entusiasmo por los defensores del creacionismo, doctrina que propone una interpretación literal de la Biblia, como una forma de conferirle un peso “científico” a lo que de otra manera, sería meramente una interpretación teológica. Aunque estos intentos vienen de larga data. “A la necesidad de pruebas experimentales, algunas sectas dieron respuestas que pretendieron ser científicas, tales como un pequeño juego de las cifras llamado gematría. Manipulando las fechas y las cifras. Literales o simbólicas, que abundan en la Biblia (y en la historia de la humanidad), es posible demostrar lo que se quiera. ¿No se ha probado que la Bestia del Apocalipsis (13,18), cuyo número es 666, designa a Nerón, a tal o cual Papa, a Hitler, Stalin y aún a Henry Kissinger”. (3)

Sucede que tal como hemos visto en el comentario de Garaudy, la ciencia todavía no lo explica todo, es más genera sorpresas, imponderables y enigmas todavía irresolubles ¿con que prodigioso juego de casualidades consiguió la Naturaleza crear un órgano tan perfecto como el ojo de los vertebrados superiores?  Darwin confesaba que no podía pensar en esto sin que le entrara la fiebre. Pero, contrariamente a sus acérrimos adversarios, era un intelectual carente de fanatismo, prodigiosamente abierto y aventurero, que hacía, solo por ver lo que el llamaba “experimentos idiotas”, como tocar la trompeta a unas enredaderas. Y Wallace, tan abierto como él, fue un pionero de Parapsicología.

En la actualidad, los teólogos reconocen como error de aquella época el haber tomado a la Biblia como un libro de ciencias naturales, y las relaciones entre ciencia y religión son de mutuo respeto.

Es por ello que pese al empecinamiento de los funcionarios escolares de varios estados, que consideran que repetir la teoría de Darwin en exclusividad, año tras año, constituye un fraude para los estudiantes y proponen contraponerla a la teoría del diseño inteligente como una forma de “presentar un cuadro más balanceado”, se ha manifestado la Academia Nacional de Ciencias de Estados Unidos sosteniendo que no es otra cosa que el viejo creacionismo con nuevo envase.

Contrariamente a lo que se supone, salvo sectores integristas, la Iglesia Católica no se opone taxativamente al evolucionismo. Y aunque parezca mentira, fue un Papa estigmatizado por muchos como excesivamente conservador, Pío XII, quien en la encíclica Humani Generis (1950) expresó:

“La Iglesia no prohíbe que la teoría de la evolución, que trata del origen del cuerpo humano como resultado de otra formas vivas preexistentes, sea investigada y discutida por los expertos, en la medida que lo permita el estado actual de las ciencias humanas y de la teología sagrada”

El Génesis expone metáforas. Lo que son días para Dios son millones de años para los hombres. Pese a ello, Juan Pablo II, dijo en 1996 que la evolución era apenas una hipótesis y que sólo debía ser aceptada cuando se encontraran evidencias.

En realidad, este cambio de parecer, responde a hechos concretos: “Desde comienzos de los años 90 se ha ido formando un frente de evangélicos y católicos que asesoran al presidente (norteamericano). Uno de ellos, el padre Richard John Neuhaus, pastor luterano hasta 1988 y sacerdote católico desde 1991, es una figura tan cercana a Busch que, según el semanario Times, “nadie lo ayuda tanto a articular sus ideas religiosas”. La preocupación central de Neuhaus – quien dirige el semanario ultraconservador First Things (Primeras cosas) – es cómo enderezar una nación de apóstatas, cuya cultura ha sido corrompida durante más de un siglo. La respuesta es simple: hay que gobernarla moralmente aún a contracorriente de sus propios designios. La ciencia debe basarse en la fe y no a la inversa: ésa es la bandera de la nueva revolución. El combate ha empezado antes aún del 11 de septiembre de 2001, mediante los severos recortes del gobierno a los gastos de investigación en terrenos tan sensibles como el calentamiento global, la emisión o derrame de residuos tóxicos y la contraconcepción. Ahora, en todas las dependencias oficiales que controlan los medicamentos, la salud y el medio ambiente, se respeta una agenda férrea que se opone al aborto – por supuesto – a los programas de prevención del sida, al uso de preservativos, a cualquier educación sexual que no preconice la abstinencia, a la llamada píldora del día siguiente y a la fertilización artificial”. (4)

Desde luego que para quienes integran este frente político-religioso el “diseño inteligente” no admite discusión. Sin embargo, no todas las opiniones son simétricas, muchos católicos han criticado este pastiche, entre ellos el reverendo George Coyne, un jesuita que dirige el Observatorio Vaticano, “El diseño inteligente no es ciencia, aunque pretenda serlo. Debe transmitirse dentro de la enseñanza de la religión o de la historia cultural, no en el campo de la ciencia”, afirmó. Convengamos (seamos creyentes o no) que los jesuitas tienen una formación tanto teológica como profana…. un poquito mejor que la de los predicadores de Arkansas o algún otro lugar del Medio Oeste norteamericano.

No obstante, para un new born Cristian, un cristiano renacido que recién dejó la botella como Busch, meditar sobre los meandros y enigmas de la existencia a la luz de la ciencia, puede representar el peligro de un derrame cerebral.

“Por medio de Karl Rove, su mano derecha, el presidente está trazando una alianza de hierro con los grupos más conservadores de la Iglesia Católica.  Rove se había acercado a Juan Pablo II a través del Opus Dei, de los Legionarios de Cristo y de Comunicación y Liberación. Junto a todos ellos, ha celebrado ahora la consigna según la cual Benedicto XVI prefiere una iglesia con menos feligreses, pero todos ellos incondicionales y absolutamente fieles a la doctrina. Así es también la revolución que Busch predica, tanto en contra del terrorismo como a favor de la moral conservadora: que sean pocos, pero dispuestos a todo” (5).

 

(3) Woodrow, Alain “Las nuevas sectas”. México. Fondo de Cultura Económica.1993

(4) Martínez, Tomás Eloy “La creación según Busch”. En: diario “La Nación” 24/9/05

(5) Ibíd.

 

 

El “diseño inteligente”

 

“Una palabra más sobre ‘leyes diseñadas’. Veo un pájaro que quiero para comer, cojo mi escopeta y lo mato: lo hago diseñadamente. Un hombre bueno e inocente se sienta bajo un árbol y muere por un rayo ¿Cree usted (y la verdad es que me gustaría oírlo) que Dios mató a ese hombre diseñadamente? ¿Piensa que cuando una golondrina se zampa un mosquito lo hace porque Dios diseñó que esa golondrina se zampara ese mosquito en particular en ese momento en particular?”

Carta de Charles Darwin al Dr. Gray (julio.1860)

 

Durante los 23 años que transcurrieron entre el viaje del Beagle, cuando Darwin empezó a pergeñar sus primeras hipótesis y la publicación de El origen de las especies, su pensamiento sobre la religión se fue modificando. Paradójicamente, quien posteriormente sería considerado “con Shakespeare y Newton, la mayor contribución británica al mundo” era un joven aspirante a clérigo al que un hecho fortuito (el viaje del Beagle), lo llevó a elucubrar una de las teorías más revolucionarias que haya concebido el ser humano: la selección natural como explicación en la evolución de las especies. Dice el filósofo John Dupré en su reciente El legado de Darwin: “Cualesquiera hayan sido los propósitos de Darwin (…) el desarrollo de la teoría evolutiva que él inició y difundió ha asestado una herida fatal a las pretensiones de la religión”.

Mientras estudiaba, se había sentido atraído por las ideas de William Paley, quién a principios del siglo XIX desarrolló la teoría del diseño inteligente: la naturaleza había sido concebida de manera deliberada por una inteligencia superior o deidad.

“Como entonces no albergué la menor duda sobre la verdad estricta y literal de cada palabra de la Biblia – dice Darwin en su Autobiografía -, me convencí inmediatamente de que debía aceptar nuestro credo sin reservas”. Y agrega: “Por lo demás me agradaba la idea de convertirme en un cura rural”.

Más tarde, mientras reunía toneladas de material documental sobre la selección natural, Darwin comenzó a cuestionar aquella idea de un diseñador inteligente y en la creencia literal de la Biblia. Y a medida que avanzaba en sus descubrimientos se afianzó cada vez más en él la sospecha de que la naturaleza no le debía nada a ninguna voluntad exterior a sí misma.

Según su hijo Francis que mutiló muchísimos párrafos de las memorias de su padre en una actitud “política y victorianamente correcta”, Darwin estaba convencido que la religión era una cuestión privada. Pero no dejaba por eso de responder a sus corresponsales epistolares a preguntas sobre el tema. En una ocasión dijo: “En mis fluctuaciones (de opinión) más extremas nunca he sido un ateo en el sentido de negar la existencia de un Dios. Creo que (…) agnóstico sería la descripción mas correcta de mi estado mental”.

En otra carta sostuvo: “Soy consciente de que aún admitiendo una Primera Causa, la mente sigue anhelando saber de donde y cómo surgió”. Y en otra correspondencia narra cómo fue variando su pensamiento desde su creencia en la Biblia a pies juntillas hasta su agnosticismo, pasando por el relativismo religioso: “Entre 1836 y 1839 llegué gradualmente a ver que el Antiguo Testamento y los libros sagrados hindúes merecían igual nivel de confianza”.

Más adelante, Darwin relata su pasaje definitivo hacia el agnosticismo: “La incredulidad fue poco a poco adueñándose de mi, hasta ser total. Y el proceso fue tan lento que no me provocó ningún tipo de ansiedad.”

Finalmente, a los 67 años. Discute directamente el argumento de Paley que le había fascinado cuando estudiaba. Paley sostenía que una piedra hallada en el camino podría haber estado allí desde el origen de los tiempos, pero que si encontramos un reloj, era seguro de que éste habría sido fabricado por alguien. Y de  allí la consecuencia lógica: los animales y las plantas también debían de ser obra de un diseñador inteligente, es decir, Dios.

Darwin, en 1876, refuta con firmeza al teólogo Paley: “No podemos seguir afirmando que la bella charnela de una concha bivalva es el resultado de la creación de un ser inteligente, igual que la bisagra de una puerta es el resultado de la mano del hombre. La variabilidad de los seres vivos, y la acción de la selección natural, parecen no tener otro diseño que la dirección hacia donde sopla el viento”.

A comienzos de 2006, el periódico oficial del Vaticano publicó un artículo en el que calificó de correcta la decisión de un juez de Pennsylvania que establece que el diseño inteligente no debe enseñarse como alternativa científica a la evolución. “Si el modelo propuesto por Darwin no se considera suficiente, debemos buscar otro”, escribió Fiorenzo Facchini, profesor de Biología Evolutiva de la Universidad de Bolonia, en L´Osservatore Romano.

“Pero desde el punto de vista metodológico no es correcto desviarse  del campo de la ciencia cuando se pretende hacer ciencia” escribió, con lo que calificó al diseño inteligente de teoría no científica. “Eso solo crea confusión entre el plano científico y los planes que pueden ser filosóficos o religiosos”.

El artículo no se presentó como postura oficial de la Iglesia. Pero en el mundo sutil y deliberadamente ambiguo del Vaticano, el comentario resultó notable, dado su incidencia sobre un tema delicado que es objeto de acalorados debates desde la asunción de Benedicto XVI.

Los defensores de la enseñanza de la evolución recibieron con júbilo el artículo. “Facchini señala que no hay necesidad de ver una  contradicción entre las enseñanzas católicas y la evolución”, dijo el doctor Francisco Ayala, profesor de biología de la Universidad de California y ex sacerdote dominico.

L´Osservatore Romano es el periódico oficial del Vaticano y básicamente representa sus posturas, aunque no todos sus artículos reflejen la política oficial de la Iglesia. Al mismo tiempo, no se espera que se ofrezca un artículo que disienta profundamente de esa política.

El 20 de diciembre de 2005, un juez federal norteamericano determinó que las escuelas no podían presentar   el “diseño inteligente” como alternativa de la teoría de la evolución. En el artículo de L´Osservatore, Facchini escribió que los científicos no podían descartar el “diseño superior” divino en la creación, pero agregó que el pensamiento católico no excluía la posibilidad de un diseño modelado por medio de un proceso evolutivo.

En julio del mismo año, Christoph Schöenborn, un cardenal austríaco próximo a Benedicto XVI, puso en cuestión la enseñanza oficial de la Iglesia durante años: que el catolicismo y la evolución no son necesariamente contradictorios.

En un artículo de opinión en The New York Times desmereció la importancia de una carta de 1996 en la que el Papa Juan Pablo II decía que la evolución era “más que una hipótesis”. Schoenborn escribió: “La evolución puede ser verdadera en el  sentido de un linaje común, pero la evolución en el sentido neodarwiniano, como un proceso arbitrario y no planificado de variación azarosa y selección natural, no es verdadera”.

No existe ningún cuestionamiento científico creíble de la idea de que la evolución explica la diversidad de la vida en la Tierra, pero los defensores del “diseño inteligente” plantean que la vida biológica es tan compleja que seguramente fue diseñada y planificada por un autor inteligente.

Al menos dos veces Benedicto XVI ha señalado su preocupación por este tema. Cuando fue formalmente designado Papa, dijo que los seres humanos “no son un producto casual e insignificante de la evolución”. Posteriormente dijo que la creación del universo era un “proyecto inteligente”, palabras que fueron celebradas por los partidarios de esa tendencia.

Muchos científicos católicos han criticado el diseño inteligente, entre ellos el reverendo George Coyne, un jesuita que dirige el Observatorio Vaticano. “El diseño inteligente no es ciencia, aunque pretenda serlo. Debe transmitirse dentro de la enseñanza de la religión o de la historia cultural, no en el campo de la ciencia”, afirmó.

Schoenborn quiso esclarecer sus propios comentarios diciendo que no pretendía cuestionar la ciencia de la evolución sino lo que denominó “evolucionismo”, el intento de usar la teoría para refutar el protagonismo de Dios en la Creación. “No veo dificultades para unir la creencia en el Creador con la teoría de la evolución, pero con el prerrequisito de que se mantengan los límites de teoría científica”, dijo en una alocución.

Kenneth R. Miller, profesor de biología y católico, comparte esa opinión. “Mientras la ciencia no pretenda ser capaz de responder a temas espirituales, está bien”, dijo. Miller, quién prestó testimonio en el juicio desarrollado en Dover, Pennsylvania, que cuestionaba la enseñanza del “diseño inteligente”, dijo que Facchini, Coyne y Shöenborn estaban confirmando “el pensamiento católico tradicional”.

“El proyecto de la Creación de Dios puede desarrollarse por medio de causas secundarias del curso natural de los acontecimientos, sin tener que acudir a intervenciones milagrosas que apuntan hacia una u otra dirección”, escribió ( ).

“A comienzos de julio pasado, el arzobispo de Viena, Christoph Schönborn, expuso al fin los principios de la llamada intervención inteligente que Busch abrazaría con tanto entusiasmo. No es una refutación de Darwin sino una corrección religiosa de sus teorías. En la evolución de las especies – sostiene el cardenal Schönbrorn – hay brechas, vacíos que sólo la mano de Dios podría explicar. De otro modo, dice, no se entendería el abismo abierto entre la simplicidad de los microorganismos y la complejidad del ojo humano, por ejemplo. La evolución existe, pero el Señor la guía. Los críticos del cardenal han señalado que su tesis le hace flaco favor a Dios, porque, a medida que la ciencia vaya cerrando esas brechas, sus providencias irán pareciendo menos relevantes y porque, además, si las erupciones volcánicas, las epidemias, los huracanes y las eras glaciares son pasos inevitables en la mutación de las especies, entonces el Creador es más maligno que misericordioso. El padre Neuhaus transmitió esos conceptos al presidente en una versión sencilla, a su alcance, e hizo de él un rápido converso. Un New born Christian, un cristiano que acaba de recibir la Luz, como Busch, es una esponja muy sensible para esas revelaciones”. ( )
( ) “El diseño inteligente no es una teoría científica dicen en Roma”. En: diario “La Nación”20/1/06

( ) Martínez, Tomás Eloy Op. Cit.

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