El enigma del Poblamiento de América

          “…Como pasaron a las Indias los primeros pobladores de ellas, porque se ha de decir que pasaron no tanto navegando por mar como caminando por tierra… Y tengo para mi que el Nuevo Orbe e Indias Occidentales no ha mucho millares que lo habiten hombres, y que los primeros que entraron en ellas mas eran hombres salvajes y cazadores, que no gente de republica y pulida…”

Fray José de Acosta

“Historia Natural y Moral de las Indias” (1590)

 

“¿Fueron cuarenta o sesenta mil años?”, se pregunta el arqueólogo peruano Luis Millones, las fechas más antiguas del poblamiento de América tienen el mismo sabor que las especulaciones legendarias de los cuentos de Hadas. Y, sin embargo, hacía ya muchísimo tiempo que el hombre deambulaba por el orbe. Organizado en bandas de cazadores se le animó al estrecho boreal – entonces un puente de tierra – para “descubrir”, sin percatarse de ello, una nueva tierra. Del ejercicio de la caza se desprende que no resulta difícil agotar determinado ambiente. Por simple depredación, el área inmediata al establecimiento de la banda puede quedar exhausta en poco tiempo, lo que obliga a extender el radio de acción de los cazadores y a vivir una constante migración.

No imaginemos ese tránsito como el Éxodo del pueblo judío, ni como una búsqueda consciente de una “tierra prometida”. El viaje por lo que entonces era tierra firme pudo ser recorrido en una y otra dirección, en una suerte de diástole y sístole, de avances y retrocesos, permitiendo también que otros seres vivos, como el caballo americano o lo camélidos fuesen también en sentido contrario a los inadvertidos migrantes.

“El debate sobre los primeros americanos puede destrozar los nervios de los hombres más pacientes del mundo” dijo, no hace mucho, el arqueólogo argentino José Luis Lanata. La resignación obedece a que la llegada de los primeros grupos humanos al continente  constituye “un rompecabezas de muchas combinaciones”. Hoy, el estudio de los primeros americanos pasa por un momento de confusión científica: las teorías establecidas se sacuden hasta sus raíces y las nuevas ideas se amontonan por todas partes, ideas sobre botes de Asia, naves prehistóricas de España, arribo hace 30.000 años, arribo hace 13.500 años, fenicios, vikingos, atlantes y hasta … extraterrestres. Una profusa producción editorial, que comenzó apenas llegadas las primeras noticias del Descubrimiento al Viejo Mundo, dio cuenta de las teorías más inverosímiles acerca del origen y naturaleza de los “naturales de la tierra”, que culminaron a fines del siglo XX en el llamado “realismo mágico” de autores como Bergier, Pauwels y sobre todo Von Däniken ( este último,  que llegó a vender 51 millones de libros sólo en Estados Unidos, durante la dictadura de 1976 fue recibido por la Universidad de Córdoba ¡que lo declaró huésped oficial!), un verdadero festival de románticos, alucinados y comerciantes.

Los datos que se manejan en la actualidad nos indican, que la familia y el género biológico al que pertenece nuestra especie (homínida y homo respectivamente) tuvieron origen el Viejo Mundo y más exactamente en África, hace unos 3 o 4 millones de años. También se supone que los primeros que salieron de África hace unos 1,6 millones de años, pertenecía a la especie denominada Homo Erectus, y que el hombre moderno existe, al menos desde hace 100.000 años.

Pablo Peláez destaca que “si todo es correcto, en algún momento luego de esta fecha, habrían llegado los habitantes del Nuevo Mundo. Se discutió mucho cuándo llegaron, como por dónde llegaron”.

Más del 99% de la historia de la humanidad está caracterizada por la integración de los pueblos recolectores, pescadores y cazadores a la naturaleza. Estos primeros hombres se adaptaron al medio, sin afectar la autorregulación del sistema. No destruían masivamente las selvas ni las plantas No exterminaban las especies animales sino que consumían las que eran imprescindibles para subsistir. Su dieta se hacia en base a lo que proporcionaba el medio natural. Fueron capaces de generar una tecnología, no debidamente evaluada todavía por los científicos modernos. Tenían otros valores y otra etología con respecto a la naturaleza.

No se pretende idealizar a estos pueblos recolectores ni presentar una imagen de plena armonía entre estos hombres y la naturaleza como la que difunden en la actualidad ciertos grupos ecologistas, tal vez como reacción a los innegables excesos de la voracidad de un capitalismo irracional. Simplemente, se pretende señalar que en esta fase de la historia, el hombre alcanzó una mejor integración al ecosistema que en otras etapas posteriores. Si las sociedades humanas durante el 99,75% de su existencia en este planeta se comportaron como parte integral de nuestra ecosfera (antes de la invención de la escritura hace 10.000 años y de la industria hace más de 200 años) no es razonable suponer que tal comportamiento no está sujeto a leyes.

El período recolector constituye el 95% de la historia del hombre americano, ya que transcurre desde unos cien mil años, antes de comenzar las “larga marcha” que lo conduciría al Nuevo Mundo hasta los tres mil años antes de nuestra era. Posteriormente, durante la fase agroalfarera, la colonia española y la república, sobrevivieron algunos de los pueblos recolectores, pescadores y cazadores, aunque diezmados y discriminados por los colonizadores blancos. Por eso, cuando se establece un período recolector hasta el año 3.000 a.C. no se quiere decir que en esa fecha se haya cortado el proceso de esa cultura en forma definitiva. Sólo se quiere destacar que ese fue su período de auge.

Apunta Luis Vitale (1) que para los investigadores que ponen el acento en los hechos de la superestructura política y religiosa, que ven la historia como “una sucesión calidoscópica de ascenso y caída de reinos, de árboles genealógicos y héroes demiurgos, la llamada “prehistoria” es una etapa pintoresca, pero secundaria en la evolución de la humanidad. Más de 2 millones de años vividos por el hombre en plena integración a la naturaleza, generando su dieta en relación al medio, creando una tecnología propia acorde con sus necesidades, fabricando herramientas y promoviendo invenciones como la cerámica, descubriendo los procesos del cultivo y las formas de domesticación de los animales, son para la historiografía tradicional meras tareas manuales que no podrían compararse con el descubrimiento de la palabra escrita. De este modo, la “prehistoria” es presentada como una época escindida del proceso de desarrollo de la humanidad. El prefijo parece haber sido colocado con el fin de sugerir que la prehistoria fue una etapa de preparación para la entrada en la historia”.

Cómo, cuándo y quienes fueron los primeros seres humanos que pisaron tierra americana tal vez nunca lo sabremos, pero poseemos razonables indicios como para conjeturar que hace unos 12.000 años atrás, grupos nómadas de cazadores y recolectores de plantas comestibles, que vivían al norte de Asia, iniciaron el poblamiento del hasta entonces inhabitado continente americano. Esto fue posible dada las condiciones climáticas de la última glaciación, en la que la acumulación de enormes masas de hielo provocaron un descenso del nivel de los océanos y convirtieron el estrecho de Bering en un puente terrestre entre Eurasia y América. Lentamente, con paso felínico y acompañados tan sólo por los rudimentos de la civilización, los instrumentos líticos y el fuego, fueron ocupando los nichos ecológicos de una tierra vacía tras las manadas de una fauna hoy extinta.

Esta teoría goza de aprobación general, lo que si se discute es el lugar y fecha del primer asentamiento humano comprobado. Hasta el siglo pasado, el asunto estaba muy claro. Los descubrimientos arqueológicos producidos en las décadas de 1920 y 1930 en las localidades de Clovis y Folsom, en la zona de Nuevo México, al sur de los Estados Unidos, parecían dar la respuesta

Fue en ese entonces cuando se encontraron puntas de proyectil talladas en piedra, clavadas en huesos de mamuts y bisontes, que llevaron que se aceptara que en ese sitio se ubicaba la más antigua demostración de la presencia del hombre en América, hace unos 12.000 años.

Sin embargo, “hoy los científicos que están investigando la historia de los primeros americanos – arqueólogos, antropólogos físicos, expertos en ADN, lingüistas -discrepan sobre algunos aspectos fundamentales de esa historia. Varios científicos no creen que su arribo fuese hace 14 mil años, sino que ahora piensan que el hombre llegó a América hace 15 mil, 20 mil o incluso más de 30.000 años. Algunos sugieren que, en lugar de una sola migración primigenia, los primeros pobladores llegaron en una compleja serie de oleadas. La idea de que caminaron a través de la tierra ha sido puesta en duda por las teorías de que algunos llegaron por mar. Y, en un debate muy controvertido respecto a la forma de los cráneos, incluso su relación directa con los indios actuales ha sido puesta en tela de juicio” (2)

El testimonio silente de esa actividad vital, que se agitó, confusa, en tiempos pretéritos, se encuentra en las huellas de los antiguos campamentos situados en las márgenes de los cursos fluviales y las orillas de lagunas desaparecidas. Su presencia se nos revela en los restos de antiguos fogones (que nos permiten realizar dataciones cronológicas mediante el radiocarbono) y en los “talleres” donde desbastaban la piedra para construir sus artefactos de subsistencia. Esta es la etapa que los especialistas denominan como predadora, preagrícola o acerámica, caracterizada por el nomadismo y la obtención de alimentos mediante la caza y recolección de frutos silvestres.

Pero esta teoría no tardó en encontrar réplica. Muchos arqueólogos disienten profundamente con la barrera arbitraria de 12.000 años, punto central del debate, argumentan que la presencia más remota del hombre americano puede retrotraerse hasta 30.000 años atrás.

Para ello se basan en los hallazgos arqueológicos en Meadowcroft Rockshelter, en Pensilvania, Estados Unidos; Pedra Furada, en el nordeste brasileño y Monte Verde, en la Patagonia chilena.

Se trata de restos de viviendas, huesos de animales con signos de haber sido cazados y consumidos, herramientas de piedra y de madera, y hasta una huella de pie humano que, una vez datados, revelaron 30.000 años de presencia americana.

Sin embargo, con argumentos tales como falta de precisión en los métodos de datación, insuficiente evaluación de los materiales encontrados o incluso acusaciones de fraude, estos descubrimientos, que bien podrían haber sido considerados como naturales avances de la investigación científica, encontraron una dura resistencia en aquellos sectores que defienden a rajatabla la teoría tradicional.

“Este es un problema de la “interna arqueológica” – afirma la antropóloga Ana Aguerre, investigadora del Conicet y profesora de la Universidad de Buenos Aires – Y la feroz lucha que se plantea tiene dos motivos. Por un lado el prestigio académico y la posibilidad de obtener fondos de organismos internacionales. Y por otro, la aparición en escena de un actor novedoso en el debate: América del Sur, donde se van produciendo las novedades más importantes”. (3)

Es que, en cierto sentido, el conflicto se plantea entre académicos norteamericanos, los que en algunos casos no solo manifiestan un fanatismo lindante con lo chauvinista para defender el descubrimiento producido en el propio país o continente, sino que también existen quienes llegan a cegarse por cuidar la posición de su propio estado o ciudad como lugar de origen del hombre americano. En nuestro caso particular, la testarudez de Ameghino con su teoría autoctonista, es un buen ejemplo.

 

La polémica sigue vigente

 

No hace mucho, en una entrevista concedida al diario “Clarín”, uno de los mejores arqueólogos latinoamericanos, el argentino Gustavo Politis, se refirió al estado actual de la discusión sobre la antigüedad del hombre en América:

“En una nota publicada el 11 de abril, se mencionaron las investigaciones a llevadas a cabo a Brasil, en el estado de Piauí, por el equipo que lidera la arqueóloga franco brasileña Niéde Guidon. Aparecían dos logros importantes: el primero, haber descubierto y revelado miles de fascinantes pinturas rupestres en el Parque Nacional Serra da Capivara. El segundo y más trascendente, la excavación de la cueva de Piedra Furada y el hallazgo de videncia de ocupación humana, fechadas en más de 50.000 años de antigüedad. Ambos logros resultaron significativos para la arqueología americana. Sin embargo, el segundo ha sido objeto de una profunda discusión.

En arqueología, como en todas las ciencias, los descubrimientos pueden ser interpretados de manera distinta y frente a los mismos datos se puede llegar a conclusiones diferentes. Este es el caso de Piedra Furada, los cuales han sido muy controvertidos desde el comienzo de la excavación en el sitio. ¿Por qué? Básicamente porque los sitios arqueológicos más antiguos de América no superan los 13 o 14 mil años de antigüedad. Incluso estas dataciones, obtenidas en Monte Verde, en Chile, y en la cueva estadounidense de Meadoworoft en Ohio, tampoco son aceptadas por todos los arqueólogos. El “piso” firme para la llegada de los seres humanos a América es de 12 años y más allá de esa fecha todo parece discutible.

La antigüedad propuesta para las primeras ocupaciones humanas de Piedra Furada presenta un desafío trascendente ya que propone que el arribo de los primeros pobladores a América se habría producido casi 50 mil años antes de lo que se creía. Esto no es sólo un cambio en la cronología sino que implica que los primeros americanos podrían no ser homo sapiens – seres humanos anatómicamente modernos similares a nosotros – sino eventualmente algún ancestro. Para Guidon y su equipo las pruebas son claras y concluyentes: en Piedra Furada obtuvieron una serie de guijarros de cuarzo y de cuarcita utilizados por seres humanos en una secuencia estratigráfica dentro de la cueva y en asociación con los fogones que hicieron aquellos habitantes hace decenas de miles de años. Confeccionaron además una lista coherente de 55 dataciones radiocarbónicas de diferentes estratos, obtenidas del carbón de estos fogones, y varias de ellas – según su criterio – superaban los 40 mil años.

Para otros arqueólogos las pruebas no son tan claras y ya plantearon sus dudas desde principios de la década de 1980, cuando Guidon presentó sus primeros informes sobre el sitio en varios congresos alrededor del mundo.

Estas dudas se ventilaron también en una reunión internacional  realizada en Piedra Furada a fines de 1983, a la que concurrimos dos arqueólogos argentinos, el doctor Juan Schobinger y yo. En dicho encuentro participó una veintena de especialistas en el tema del poblamiento de América y algunos de ello, Tom Dillehay, David Meltzer y James Adovasio, plantearon fuertes dudas acerca de la validez del sitio. Por un lado se cuestionó si realmente esos guijarros con algunos golpes eran de origen humano.

Esta observación se basaba en que en el techo de la cueva, ubicado unos 100 metros de altura, hay un conglomerado con guijarros de cuarzo y de cuarcita que caen abundantemente al piso. La duda que se ha planteado es si los guijarros que hallaron Guidon y su equipo han sido realmente tallados por el hombre o en su mayoría son sólo guijarros caídos del techo que se fueron golpeando unos contra otros a lo largo de miles de años.

La otra duda es respecto a los fogones: ¿Son de origen humano o se trata de acumulaciones de carbón vegetal, producto de antiguas quemazones naturales en la caatinga (la vegetación boscosa que rodea al sitio)?.

El debate sigue abierto y solo dos cosas parecen seguras. Una es que evidentemente hay vestigios de ocupación humana en el sitio, aunque la antigüedad no pueda confirmarse aún. La otra es que las condiciones de los hallazgos y el contexto en general no son todavía suficientemente claros como para asegurar la presencia del hombre hace 50 mil años en América.

Piedra Furada se presenta como un caso único ya que el resto de los sitios excavados en América ha dado fechas mucho más modernas. En estos casos sólo la investigación sistemática de varios sitios puede darnos la clave. Habrá entonces que esperar nuevos estudios en la región y en el resto del continente antes de aceptar o rechazar el nuevo y atrayente modelo de poblamiento americano propuesto por Guidon y sus colaboradores.” (4)

Aún así, cinco años después de este reportaje, la revista “National Geographic” publicó un artículo de Michael Parfit (5) donde se anuncia otra teoría sugestiva (aunque no probada), encuadrada geográficamente en la costa oriental del continente americano. Es la probabilidad (no la certeza), con indicios poco convincentes también, pero intrigantes: ¡la posibilidad de que los ancestros de los españoles hayan llegado a América hace más de 20.000 años!

“La idea, sugerida varias veces en el siglo pasado, fue revivida  por Dennis Stanford, del Instituto Smithsoniano, y el arqueólogo Bruce Bradley. Esa idea incluso pone en tela de juicio el supuesto del origen asiático: de acuerdo con ella, el pueblo Clovis pudo haber llegado, no a través de Beringia (6), sino a través del Atlántico.

En ocasiones, según Stanford, los objetos desarrollados por una cultura Europa suroccidental llamada solutrense (7) son asombrosamente similares a la herramientas Clovis. Para él. Hay una relación más estrecha entre las herramientas de América y las de Europa, que datan de aproximadamente 20 mil años, que con las de edad similar del otro lado del Pacífico.

Según él, “los proyectiles asiáticos son angostos y gruesos, mientras que los Clovis y Solutrenses son más anchos, planos y delgados. No todos los rasgos solutrenses se encuentran en los Clovis, pero todos los rasgos Clovis se encuentran en los solutrenses”.

Los dos arqueólogos sugieren que, hace 18 a 24 mil años, los solutrenses pudieran haber utilizado embarcaciones similares a los botes de piel esquimales para navegar todo el trayecto hasta América del Norte. ¿Significa eso que los primeros americanos pudieron haber sido hombres blancos de ojos azules, como lo sugieren en ocasiones algunos grupos racistas? No. Las teorías de este tipo, insisten los arqueólogos, no ofrecen ninguna información racial en absoluto. Lo que consideramos como características raciales, como el color de la piel, pueden cambiar rápidamente a medida que los humanos se mezclan y desplazan. Según Stanford “no es una cuestión racial, sino de a qué raza pertenecían”.

Las herramientas solutrenses desaparecieron de Europa hace aproximadamente 19.000 años, porque los hombres abandonaron o cambiaron su tecnología. Pero Stanford cree que los sitios como Cactus Hill, cuyas fechas parecen ser casi igual de antiguas, pueden contener restos solutrenses.

Algunos de los arqueólogos a quienes pregunté sobre esa teoría se mofan de ella ruidosamente. Para Lawrence Guy Straus, experto en la cultura solutrense, la distancia de España a América y la diferencia de cinco mil años entre la desaparición de los solutrenses y las fechas generalmente aceptadas para los Clovis hacen imposible la teoría. Y agrega que no hay pruebas de que la cultura solutrense incluyera la navegación, la pesca en alta mar o la caza de mamíferos marinos.

Straus no está de acuerdo con la idea de Stanford de las similitudes de las herramientas. Según él, “uno de los grandes defectos de la arqueología es recurrir continuamente a la idea de que, si un par de cosas se parecen entre si, tiene que tener el mismo origen; pero esas similitudes aparecen y reaparecen una y otra vez en lugares diferentes” (8).

En suma, los datos que se manejan en la actualidad nos indican, que la familia y el género biológicos al que pertenece nuestra especie (homínida y homo respectivamente), tuvieron origen en el viejo mundo y más exactamente en África, hace unos 3 o 4 millones de años. También se supone que los primeros que salieron de África hace unos 1,6 millones de año pertenecían a la especie denomina Homo Erectus, y que el hombre moderno existe, al menos, desde hace 100.000 años.

Si todo es correcto, en algún momento luego de esta fecha, habrían llegado los primeros habitantes del nuevo mundo. Se discutió mucho tanto cuándo llegaron como por donde llegaron. Por ejemplo, los evolucionistas de principios de este siglo suponían una sola vía de acceso y una adaptación a los nuevos ambientes y territorios. En cambio, a partir de 1920, las posturas difusionistas, como la de Rivet y muchos otros, suponían varias rutas y oleadas inmigratorias, para estos autores, cada una de estas oleadas representaba la llegada de una población biológica (“raza”) distinta, cada una con su lenguaje y sus “rasgos” culturales, estos arqueólogos coincidían con los evolucionistas en que el poblamiento de América fue tardío, por eso ambos rechazaron los primeros sitios en los que se encontraron asociados restos de animales extintos con actividad humana. Tal el caso de Hrdlicka en su demoledora crítica a la postura de nuestro Ameghino. Las posturas difusionistas dominaron hasta que Stewart y Newman retomaron los trabajos de Hrdlicka y Holmes, proponiendo un único origen para los “amerindios”. Luego, lentamente, fueron imponiéndose las posturas evolutivas y ecológicas, a la vez que el debate iba reduciendo al momento de entrada y a las características de los primeros grupos y, en general, se aceptaba una única ruta temprana.

Esta única ruta posible (la misma que en 1919), viene desde Siberia y continúa por el N.O. de Norteamérica por lo que ahora es Alaska. Sin invalidar que mucho después (unos 3.000 años antes del presente o A.P.) hallan llegado algunos pobladores por otras vías, como por ejemplo la transpacífica (mantenida como temprana por Dixon en 1985) o a través de Groenlandia pero, seguramente, sin demasiada influencia demográfica ni cultural. Las razones para creer que estas rutas son tardías son básicamente 3:

a)     Para la época de la llegada de los primeros pobladores (14.000 A.P. o más) no hay evidencia tecnológica ni en Europa ni en Asia que permitan suponer travesías transoceánicas.

b)     El Pacífico Oriental y la Polinesia no estaban pobladas en ese momento.

c)     Hasta ahora, no hay evidencia en América de alguna cultura europea, hasta la hipotética llegada de los vikingos en el siglo X.

En consecuencia, hasta el momento se puede decir que la única posibilidad aceptada en estos tiempos, es que el hombre moderno, luego de ocupar Siberia, haya seguido hacia Beringia y luego continuado hacia el Sur, por lo que ahora es Canadá, y así lentamente el hombre fue poblando nuestro continente. Si bien esta tesis desde un comienzo tuvo una difusión extraordinaria y se presentó como la única científica entre los investigadores considerados “serios” durante más de medio siglo y hoy mismo tiene, sin demasiadas alteraciones, una mayoría de adeptos entre los americanistas del todo el mundo, no deja de tener sus críticos.

Ibarra Grasso destaca, tal vez para apuntalar sus propias teorías que “no todos los investigadores sostuvieron lo mismo; en América del Sur hubo, también a comienzos un  mas avanzados del siglo XIX, otro investigador, de procedencia francesa Alcides D´Orbigny, que estudió a los indígenas de la mitad meridional de América del Sur y los clasificó en tres razas muy distintas (pampeana, andina y brasilio-guaraní): Aunque este autor no trató sobre su origen, al presentar la existencia de distintas razas dentro del continente, planteó prácticamente el problema de que ellas podían tener orígenes distintos.

D´Orbigny tuvo muchos seguidores en América del Sur, y también en Europa, y a esta idea de las razas americanas distintas se unió la interpretación de que algunas de ellas, o algunos grupos culturales americanos, podrían haber llegado navegando por la vía del Océano Pacífico. Esta interpretación tuvo y tiene bastante difusión e Europa y América del Sur, especialmente en la Argentina”. (9) Aún así, respecto al tema de los estudios antropológicos entre nosotros, agrega: “Se prescinde de los datos y hasta de las piezas que contradicen los postulados tenidos por correctos; en Brasil se ha demostrado la existencia de seres humanos hace no menos de 55.000 años y pareciera que nadie repara en que es  antigüedad no es congruente con la aserción de que el hombre americano aparece sólo en el último período glaciar. En la Argentina, después de Ambrosetti, de Imbelloni, de Canals, hemos descendido a una antropología interna, que no sale de las cátedras y que no confluye en el resto de los conocimientos. Es una lástima…”. (10)

 

Aspectos Ambientales

 

En tanto que, en los últimos años, las investigaciones llevadas a cabo en Sudamérica por arqueólogos sudamericanos parten de un lugar más complejo e interesante que una mera competencia para ver quién se adjudica el descubrimiento más remoto. Estas se ocupan de estudiar la manera cómo el hombre se adaptó a las distintas regiones, a partir de una diversidad que, se descubrió, resulta más grande de los que se suponía.

Hace unos 12 mil años, el territorio que ocupa hoy la Argentina era un sitio hostil, muy diferente del plácido paisaje que hoy lo caracteriza. La Patagonia tenía ya el aspecto de una tundra salvajes, de clima frío y pastos duros. Era un desierto pavoroso, pero no siempre había sido así. Antes del surgimiento de los Andes, esas soledades eran un auténtico paraíso, recorridos por los vientos húmedos del Pacífico y beneficiado por un régimen de lluvias periódicas que hacían crecer abundantes pastos tiernos. Las altas montañas nacidas por sucesivos plegamientos terminaron con ese luminoso Edén. Tampoco la Pampa era esa cornucopia de frutos legendarios cantada por Rubén Darío y Leopoldo Lugones, la tierra de “los ganados y las mieses”, las praderas esmeraldas que asombran a los viajeros y que evocan la infinitud de un océano. En poco tiempo, esa increíble superficie de 52 millones de hectáreas sufrió profundas mutaciones. Al principio era una planicie de pastos amargos y altos, que podían llegar a la altura de un hombre. Después, con la aparición de los grandes herbívoros, la ecología de la zona se modificó y las hierbas se hicieron tiernas y más ralas, hasta transformarse en un desierto, a causa del sobrepastoreo de los enormes gliptodontes, de caballos prehistóricos y de camélidos ya extinguidos como la Lama gracilis.

Al desaparecer los voraces herbívoros, la Pampa se cubrió de nuevo de pastos y se llenó de moradores indeseables: mosquitos, jejenes y todo tipo de sabandijas. Los pastos crecían tan altos que su sombra no permitía que germinaran las semillas de los árboles, por lo que el incendio de pajonales se volvió frecuente en épocas de sequía y el fuego solo permitió que se levantara sobre el horizonte alguno que otro ombú, un raro arbusto cuya madera es prácticamente incombustible. Las nubes de insectos expulsaron a los guanacos que poblaban la Pampa húmeda hacia regiones más altas, como Sierra de la Ventana y el macizo de Tandilia, donde el viento limpiaba los aires de mosquitos, moscas, tábanos y los insufribles jejenes. Muchos de los grandes herbívoros huyeron de esos cambios ecológicos y llegaron hasta la costa del mar, donde la vida era más sana y apacible. Fueron allí para dejar la existencia, ya que en término de algunos pocos milenios se extinguieron por completo. Solo quedan sus restos, diseminados en las costas de los que es hoy Miramar.

“Ninguno de estos descubrimientos es definitivo. Puede ocurrir que mañana mismo otro investigador descubra una presencia humana aún más antigua y todas las teoría pueden volver a cambiar. No hay ningún conocimiento inmodificable en este campo de la ciencia. Aunque hay gente que se resiste a los cambios”, concluye la licenciada Aguerre.

En todo caso, se trata de rearmar una etapa de poblamiento humano. Nada menos que la del lugar donde vivimos.

 

Las extinciones pleistocénicas

 

La primera parte del período Cuaternario o Cuartárico, el Pleistoceno (*), ha sido caracterizado como la época de las glaciaciones, es decir, por el avance de las grandes masas de hielo sobre los continentes debido a un descenso de las temperaturas del planeta. El comienzo de esta época ha sido estimado entre dos y dos millones y medio de años, mientras que su finalización llegaría hasta hace diez mil años. Esta última fecha, convencionalmente aceptada por los investigadores de distintas disciplinas, marcaría el fin de la última glaciación y el paso hacia las condiciones climáticas más benignas que caracterizan el período posterior en la cual nos encontramos: el Holoceno o Reciente.

Durante el Pleistoceno se produce en África el origen y  la dispersión del género humano, como resultado de un proceso de hominización que había comenzado algunos millones de años antes. Esta época tuvo además una fauna característica, cuyos representantes más conspicuos se extinguieron abruptamente en América en el lapso que media entre los 12.000 y 8.000 años antes del presente.

En América del Sur, la fauna del pleistoceno incluía algunos representantes nativos, aquellos que se habían originado y desarrollado por decenas de millones de años en el subcontinente, junto con otros “recién llegados” provenientes de América del Norte, cuando en la época anterior, el Plioceno, se formó el istmo de Panamá. Entre los primeros, como ya hemos dicho, se encuentran los perezosos terrestres como el megaterio, el milodon y el glosoterio, los gliptodontes, lejanos parientes de los armadillos actuales, el toxodonte, un gran mamífero parecido al hipopótamo, y la macrauquenia. Entre el segundo grupo se destacan tanto especies extinguidas (caballos americanos, mastodontes y tigres “diente de sable”) como vivientes (zorros, pumas, guanaco, venados y ciervos).

Gran parte de esta fauna desapareció hacia fines del pleistoceno debido probablemente a los drásticos cambios climáticos que se produjeron durante esta época. Sin embargo, en América del Norte la presencia recurrente de huesos de mamut y bisonte extinto en los sitios arqueológicos más antiguos llevó a pensar que la presión de caza de los primeros pobladores americanos podría haber causado, junto a otros factores, la extinción de estas especies. En América del Sur, varios sitios presentan también huesos de caballos americanos, megaterio, milodon y mastodonte, lo que plantea la posibilidad de que el hombre también haya contribuido de alguna manera a la desaparición de estas especies. (11)

Sobre este tema todavía existe un intenso de bate, pero en general, se considera que los cambios climáticos y en la vegetación serían el factor primario de la extinción, por lo cual el hombre sería solo un factor secundario y solo con respecto a algunas especies animales (en especial mamíferos); todos estos factores en un proceso de retroalimentación. Existe evidencia de varias extinciones masivas, debidas a cambios climáticos, y en períodos más o menos regulares en los últimos 100 millones de años.

 

El Paleolítico del Nuevo Mundo

 

Como hemos visto, los tipos Clovis y Folsom dominan casi todos los yacimientos arqueológicos de Norteamérica entre el 11.500 y el 9.000 B.P. De los útiles y restos animales relacionados con ellos parece deducirse que, en estrecho paralelismo con el Paleolítico Superior terminal del Viejo Mundo, el modo de producción dominante era la caza mayor especializada. “En estos yacimientos las piezas de equipo de molienda son infrecuentes y a menudo dudosas; no aparecen casi nunca restos vegetales; el pescado, el marisco y los utillajes de pesca son raros o están ausentes.” (13) Los yacimientos con numerosas piedras de moler – que sugieren una concentración en las semillas y otros alimentos vegetales – sólo empiezan a ser frecuentes después del 10.000 B.P. A partir de estas fechas, como sucedió en el Mesolítico europeo (14), se colonizaron muchos hábitats forestales, costeros y fluviales, y el pescado, marisco y otros recursos acuáticos recibieron mayor atención. “Aunque no todos los arqueólogos están de acuerdo, hay mucho que decir a favor de la visión de los modos e producción norteamericanos posteriores al 9.000B.P. como otras tantas versiones autóctonas de los sistemas de caza y recolección de “espectro amplio” característicos del Mesolítico en Europa y Oriente Medio y de la época de la agricultura incipiente en China y el Sudeste Asiático”. (15)

Como en el Viejo Mundo, la causa básica de la transición a una producción alimentaria de espectro amplio tal vez fuera la extinción de especies de grandes animales que habían florecido durante el Pleistoceno. En el Nuevo Mundo, estas extinciones afectaron a más especies que en el Viejo. Desaparecieron 31 géneros incluyendo mastodontes mamuts, bisontes de grandes cuernos, camellos, tapires, caballos, cerdos, diversas clases de ovejas y cabras, bueyes almizcleros, variedades de antílopes, bueyes, yaks, castores gigantes y tigres, y especies de osos, lobos y coyotes. La importancia relativa de la sobredepredación humana y de factores naturales relacionados con la retirada de la última glaciación es objeto de considerable debate. Las gentes equipadas con armas de tipo Folsom y Clovis fueron, sin duda alguna, cazadores extremadamente eficientes. De hecho, se podría razonablemente interpretar su avanzada técnica lítica a la vez como respuesta y como causa de la creciente escasez de la caza mayor, provocada inicialmente por causas ambientales. No resulta improbable que aumentara la presión que experimentaba la fauna pleistocénica. Sea como fuere, lo que sí podemos afirmar es que no impidieron la extinción de muchas especies valiosas y, como se podrá constatar, esto habría de tener consecuencias desastrosas en épocas posteriores.

 

El “Neolítico” del Nuevo Mundo

 

La explicación de los orígenes de la agricultura en el Nuevo mundo constituye un logro científico relevante. Todavía se desconocen muchos detalles – dice Marvin Harris -, pero hay un hecho básico: la domesticación de plantas y animales, por los indios americanos, no dependió de la difusión desde ninguno de los centros de domesticación del Viejo Mundo. Esto significa que la difusión tampoco representa una explicación probable de otras semejanzas notables entre el Viejo y el Nuevo Mundo, como, por ejemplo, el desarrollo de una vida sedentaria en poblados o el surgimiento de ciudades, estados, imperios, arquitectura monumental, escritura y metalurgia. Los orígenes independientes de la agricultura del Nuevo Mundo avalan la hipótesis de que las culturas humanas tienen mayores probabilidades de evolucionar en unas direcciones que en otras. Indican, además, que hay que buscar explicación de las convergencias y divergencias de la historia humana en el estudio de los procesos materiales que tienden a producir consecuencias similares bajo condiciones similares.

La tesis  del desarrollo independiente de la agricultura entre los indios americanos dispone de numerosos elementos de juicio a su favor. El inventario de cultivos del Nuevo Mundo se compone casi en su totalidad de domesticados que solo se encuentran en las Américas. En la época del contacto con los primeros europeos, este inventario era tan variado y nutritivamente satisfactorio como los complejos de plantas del Oriente Medio y Sudeste Asiático combinados. Comprendía granos como el maíz, el amaranto y la quinua; las legumbres como las judías negras, las habichuelas y las judías de Lima, y otros importantes vegetales como la calabaza, melones y tomates. Entre los tubérculos figuraba la mandioca, la papa y la batata. También había condimentos tales como el chile, el cacao y la vainilla; narcóticos y estimulantes como la coca y el tabaco, y plantas productoras de fibras útiles como el henequén, el maguey, el algodón y el sisal (El algodón fue domesticado independientemente en el Viejo y en el Nuevo Mundo).

La unión de estos domesticados originarios de América con los del Viejo Mundo después de 1492 ha tenido importantes consecuencias en todo el mundo. Por ejemplo, el azúcar combinado con el cacao produjo el chocolate. La caña de azúcar, domesticada por primera vez en el Sudeste asiático, fue planta en el Brasil y en las islas del Caribe con el fin de obtener azúcar para el chocolate y para endulzar el café y el té. El intento de encontrar mano de obra barata para las plantaciones de azúcar llevó al desarrollo del tráfico de esclavos y la migración forzosa de decenas de millones de negros africanos hacia el Nuevo Mundo. El maíz fue llevado a China, donde proporcionó calorías extra para la explosión demográfica del siglo XVI. La mandioca se convirtió en un cultivo básico de las poblaciones tropicales de África. La papa fue introducida en Irlanda, donde produjo una explosión demográfica seguida por pérdidas de cosechas, hambrunas y un éxodo masivo hacia a América. Dicen que el arma secreta de los españoles en la conquista del Nuevo Mundo radicaba en la práctica de su catolicismo ya que esta religión carece de tabúes alimentarios. Debido a esto se comprende la inmediata aceptación de la papa por los irlandeses, ya que la mayoría de los protestantes se negaban a  consumirla porque era un alimento que no figuraba en la Biblia. Finalmente, el tabaco, llevado primero a Europa y reintroducido después en Virginia, dio impulso al desarrollo de la esclavitud en las plantaciones de Estados Unidos.

Continúa Harris destacando que “hasta la década de 1960, muchos antropólogos mostraban escasa disposición a admitir que los americanos nativos hubieran sido capaces de domesticar estas plantas importantes sin ayuda del Viejo Mundo. Esta opinión persistía, en parte, a la aparente prioridad cronológica de la domesticación de plantas en el Oriente Medio, China y el Sudeste asiático. Se sugería, sí, que una barca cargada de emigrantes postneolíticos del otro lado del Atlántico o Pacífico fuera arrastrada hacia México, Brasil o Perú, trayendo consigo la idea de domesticación de plantas. Como todavía no se habían identificado los antepasados silvestres del maíz, algunos arqueólogos adujeron incluso que los viajeros debían llevarlo consigo.” (16)

Las teorías difusionistas de los orígenes de la agricultura en el Nuevo Mundo han sido refutadas definitivamente por la identificación de las formas ancestrales del maíz y de la secuencia de modificaciones que experimentaron estas formas durante su domesticación. Los descubrimientos más importantes fueron realizados por Richard S. MacNeish en las tierras altas del estado de Tamaulipas y en el valle de Tehuacán, en el estado de Puebla, en1958 y 1964, respectivamente, MacNeish demostró que, en estas dos áreas de altiplanos bastante áridos. La domesticación del maíz y otras plantas originarias de América fue el resultado de una serie interacciones culturales y ecológicas determinadas por condiciones locales específicas.

La identidad precisa del antepasado silvestre del maíz es objeto de controversia. Una de las posibilidades barajadas es que el maíz fuera domesticado a partir de una gramínea denominada teosinte, que todavía se encuentra en estado silvestre en esta zona; otra es que existiera una forma silvestre de maíz antecesora tanto del maíz propiamente dicho como del teosinte. En cualquier caso, su domesticación debe ser anterior al 7.000 B.P., puesto que las gentes que poblaban el valle de Tehuacán hacia esa época ya cultivaban una forma primitiva de maíz que tenía una pequeña mazorca con dos otre hileras de semillas de cáscara blanda y raquis endurecido.

En los 3.000 años siguientes, la continuación de la selección e hibridación produjo variedades que se parecen mucho a las cultivadas hoy en día. Así, los americanos nativos no sólo domesticaron el maíz por su cuenta, sino que lo sometieron a una selección y cambio morfológico y lo adaptaron a una extensión geográfica que no conoce parangón en ninguna otra planta alimenticia importante. En este proceso, las “ideas” euroasiáticas o africanas sobre otros cultivos no pudieron haber desempeñado un papel significativo.

 

El difusionismo en la Argentina

 

          El difusionismo surge como reacción a las ideas evolucionistas imperantes en el siglo XIX, a la que los investigadores de esta nueva corriente considerarán meras abstracciones arbitrarias de la historia humana, que siendo diversa y compleja, quedaba reducida en las teorías de aquellos a un simple esquema de evolución unilateral.

La crítica difusonista a las ideas evolucionistas se centró en algunos postulados teóricos y metodológicos focalizándose primordialmente en la idea evolucionista de desarrollo independiente y paralelo de las sociedades. Los difusionistas sostuvieron que la invención se da pocas veces en la historia humana, y que, por tanto, era más realista creer que un objeto se ha inventado una sola vez y en una sociedad y época determinadas, a partir de lo cual se ha diseminado en el proceso natural de expansión y contacto entre las distintas sociedades, que pensar que un mismo objeto se ha podido inventar en distintas sociedades simultáneamente o en diferentes épocas. El concepto de difusión tratará así de proporcionar una interpretación alternativa del desarrollo cultural; lo que antes se intentaba explicar por evolución independiente y paralela, se explicará entonces por las consecuencias del contacto cultural entre los pueblos. La complejidad del desarrollo cultural resultará en adelante, para estos autores, de las múltiples influencias e interrelaciones establecidas entre las distintas culturas en sus procesos expansivos. El progreso cultural – en el que de cualquier manera insistieron conforme a la misma raíz positivista que el evolucionismo –  no sería común posibilidad de los hombres, sino consecuencia del intercambio. (17)

Tres escuelas sustentaron los principios que luego se englobaron como difusionistas: las histórico-culturales germanas (alemana y vienesa), la hiperdifusionista inglesa y la escuela americana.

Al igual que otras orientaciones difusionistas, los representantes de la Escuela Histórico Cultural Alemana (en sus dos ramas) se opusieron a la idea de una evolución unilineal de las culturas insistiendo en los procesos de intercambio y contacto o préstamo cultural, basados en una visión policéntrica de la historia cultural. Sostuvieron que las culturas actuales son transformaciones producidas a través del contacto y la difusión de un pequeño número de culturas o ciclos culturales (“Kulturkreise”) originales, supuestamente establecidas en algún lugar del Asia Central. A partir de allí se habrían difundido como complejos culturales (y no como simples elementos, pues sus expositores se opusieron a la idea de difusión de rasgos culturales aislados) a otras partes del globo, donde aún hoy – a pesar de naturales transformaciones producidas – sería posible su identificación.

En general, estos autores germanos se esforzaron más que sus colegas norteamericanos por considerar las realidades culturales en su complejidad total, en no atomizarlas en rasgos culturales aislados con los que se perdería esa aprehensión global, poniendo en cambio el acento en la estrecha interrelación existente entre los elementos de una cultura, “este reconocimiento de la interrelación cultural se expresa y evidencia en la noción de círculo cultural empleada por los seguidores de la Escuela Cultural Alemana y Vienesa, según la cual en dichas esferas en que se articularían las civilizaciones, todos los elementos componentes – creencias, costumbres, instituciones, cultura material, etc. – se hallan unidos por un lazo “orgánico” cuyo origen  es histórico porque surgieron en un solo centro a partir del cual comenzaron su expansión. De allí que el método elegido fuera el histórico cultural; de allí también la notoria adopción, en sus teorías, de criterios geográficos típicos del pensamiento germano anterior” (18).

Más allá de cual fuera la causa de su interdependencia, la idea que subyace en la noción es que  un complejo cultural es mucho más que la mera suma o yuxtaposición de elementos o rasgos culturales.

En época arcaica, los “círculos”  de base habrían sido tres: el de los cazadores – recolectores, el de los agricultores “primitivos” y pastores nómades, y el de los agricultores con centros urbanos y organización social de tipo aristocrático.

          Si suponemos un origen reciente y homogéneo a las poblaciones de América – tal como lo plantea la escuela norteamericana – tendremos que explicar las diferencias advertibles entre las distintas culturas de esta porción del planeta, y entre éstas y las del Viejo Mundo, mediante el arbitrio de desarrollos locales, aproximadamente autónomos. Pueblos situados en zonas distintas crean patrimonios culturales diversos y las similitudes que éstos contienen  se deben a la convergencia en las invenciones derivada de la intrínseca igualdad mental del hombre, presunción que en antropología recibe el nombre de poligenismo.

La otra escuela adhiere al llamado difusionismo, cuyo exponente de mayor difusión en nuestro país fue Dick Edgard Ibarra Grasso (1914 – 2000) autor de “Argentina Indígena” y “América en la Prehistoria Mundial”, obras de extensa documentación, que se suman a más de 30 libros de investigación que intentaron aportar pruebas sobre un profuso intercambio cultural entre distintas civilizaciones, a partir del estudio de construcciones, urbanizaciones, conocimientos estelares, utensilios, armas y costumbres cotidianas que fueron meticulosamente revisadas en sus exposiciones.

Al comienzo se identificó con el pensamiento de José Imbelloni y fue uno de los exponentes más reconocidos del ultradifusionismo, la corriente que sostiene que hubo un gran foco generador de toda la cultura de la humanidad. Intentó demostrar que el continente americano ya existía en representaciones cartográficas anteriores a la llegada de Cristóbal Colón. Sostenía que en esos mapas aparecen sitios con nombres quechuas que podrían corresponder a ríos y poblaciones de la costa del Pacífico en el Perú. Rastreó en mapas antiguos y de dujo que en las costas del Ecuador y del norte del Perú, así como las del occidente mexicano, fueron puntos principales en el arribo de mercaderes y colonos a estas tierras.

Sus investigaciones fueron traducidas y elogiadas en centros de estudios del exterior. Muchos de sus aportes a la arqueología y la antropología fueron traducidos y publicados en revistas especializadas del Vaticano, la Unión Soviética y los Estados Unidos. Sin embargo, en nuestro país no gozó de las simpatías académicas que siempre se refirieron  con reticencia o displicencia sobre sus trabajos. Amén de no haber cursado la escuela y ser educado por su padre – marino de profesión -, el énfasis con que sustentaba sus teorías y los extremos de los que hacía alarde, “Imbelloni, Canals Frau, decía, eran difusionistas tímidos. Yo, en cambio, soy ultradifusionista” – llegó a decir en un reportaje – le granjearon no pocos enconos. (19)

Vivió 23 años en tierras bolivianas y en sus múltiples investigaciones encontró 32.000 piezas históricas, ocho templos incaicos, cuatro culturas desconocidas y un yacimiento arqueológico de ¡30.000 años! al sur del lago Titicaca. Invitado de honor en distintos congresos internacionales, escribió más de 350 artículos, enseñó historia en tres universidades e interpretó el calendario azteca de una manera no convencional.

Siguiendo a Imbelloni, encontró rasgos melanesios y protoindonesios entre los indios americanos; fue más lejos aún y reconoció, igualmente, la presencia de armenoides barbados y de grupos de cepa pigmea en la población del Nuevo Mundo. De pronto utilizaba términos que convocaban al escándalo: neandertaloides, lo que para el vulgo equivale a indicar que andan por ahí, caminando entre el gentío. Sin embargo, es tema admitido de debate antropológico el determinar si el hombre de Neanderthal constituye una variante humana extinta, o si sus descendientes persisten hoy día, diluidos al cabo de incontables mestizajes y mutaciones. “Pero no son sólo reseñas somáticas ni la compulsa de colecciones, o de enterratorios o de cerámicas. Curiosamente para estos tiempos de especializaciones y currículos, Ibarra Grasso es autodidacto y como cuadra a quien revista en tal condición, un humanista de espectro amplio al que no le está vedado ocuparse, por ejemplo, de los escasos restos de maíz silvestre que se encuentran en los Andes, de los sistemas de numeración – “ pueblos hay tan primitivos (apunta) que sus idiomas carecen de noción acumulativa: uno es el hombre solo y dos la pareja, pero pareja y pareja no hacen cuatro, sino simplemente una pareja y otra pareja” – y también de la escritura. Ha podido acreditar la existencia entre los quechuas de una forma jeroglífica que coexistía con  la de los quipus, reservada ésta para los cómputos y en realidad difundida por todo el mundo. “Un par de siglos atrás, todavía los campesino franceses usaban una suerte de quipus para llevar cuenta del ganado” (…) A su juicio, el contraste entre la variadísima agricultura y la inexistente ganadería revela lo prolongado de aquellos viajes transpacíficos que considera indudables y sistemáticos. “los animales que llevaban se los comían y tal vez sólo se hayan salvado algunos perros”. Por otra parte, América era tierra de cazadores, o sea de predadores: el caballo autóctono fue perseguido hasta la extinción y resulta claro que si en las planicies asiáticas no sufrió la misma suerte “es porque el hombre, al aprender a usarlo, se interesó por su crianza”.

Afirma que casi todo lo que se conocía en el Nuevo Mundo vino del viejo. “Fue un trasvase colosal, pero algunas carencias nunca se llenaron. Así en América jamás hubo ni atisbos de una escritura al menos silábica. Tampoco hubo nunca verdadera metalurgia, productora de armas de punta aguda y, por lo tanto, las posibilidades de desarrollo estatal siempre estuvieron acotadas (?). La importancia de la falta de ese tipo de armas quedó muy de manifiesto con la llegada de los conquistadores, que poco preocupados por los medios ofensivos de los indígenas, prescindieron pronto de las pesadas armaduras y adoptaron las de sus oponentes, hechas de algodón. De no haber sido así, sin la ligereza corporal que de esa manera adquirían, no hubiesen podido alejarse demasiado de las costas y se hubiese reproducido aquí lo que sucedió en África, donde el hombre blanco sólo pudo imponerse cuando contó con fusiles de retrocarga” (20).

Las inconsistencias de estos argumentos son muchas y muy evidentes, pero por razones de espacio no podemos destacarlas en este breve trabajo Solo cabe decir que esta suerte de libre asociación de ideas encuentra antecedentes en autores como G Elliot Smith y su discípulo W.J. Perry, expresión de lo que dio en llamarse el hiperdifusionismo (al que adhiere Ibarra Grasso) o heliocentrismo inglés, teorías delirantes por lo exageradas y que, tal vez por ello, como ahora con la “neoarqueología”, suerte de esoterismo extraterrestre, supo tener adherentes en Gran Bretaña hacia 1920 y, como vemos, extraños o extravagantes seguidores en todas partes del mundo.

Smith (1871-1937), anatomista luego abocado a elucubraciones pseudo-antropológicas, comenzó sus estudios a partir de la observación de aparentes similitudes entre objetos y creencias del Egipto clásico y otras manifestaciones de diversas culturas de distintas partes del globo. Para Smith, que vivió un tiempo en El Cairo, la invención como hecho extremadamente raro y solo plausible en circunstancias muy especiales, no se habría dado en el mundo más que en Egipto. A partir de allí, elaboró una delirante teoría panegipcia que considera a Egipto como único centro de invención e irradiación, y a las demás culturas como derivadas a partir de elementos difundidos desde allí. Su discípulo Perry fue más lejos aún llegando a afirmar, en su libro “Los hijos del Sol” (1923), que todo fue inventado una sola vez, en una época determinada – hace 7.000 años – incluso tal vez por un solo hombre y, por supuesto, en Egipto (de allí la denominación de “heliocentrismo” a partir de “helio” como significación de “sol”). El whisky y las arenas del desierto pueden ser una mala combinación.

Tendencias de este tipo no se han perdido aún en nuestra actualidad, y así pueden señalarse como siguiendo esta línea las apasionantes aventuras del noruego Thor Heyerdhal (fallecido en el 2002) y algunos de sus seguidores.

Aún más graves siguen siendo para nosotros algunas interpretaciones no ya panegipcias sino panvikingas que, como hemos visto, los hacen aparecer desde Norteamérica hasta el Chaco paraguayo o Tiwanaku, demostrando una intencional ignorancia de datos arqueológicos e histórico-culturales sin duda derivada de la particular ideología racista de “pueblos superiores”.

No obstante el reconocimiento de innegables a portes a la antropología cultural realizados por muchos de los integrantes de la Escuela Histórico–Cultural germana – como la necesidad de no atomizar la realidad cultural, la importancia dada a la interrelación de los fenómenos culturales, una mayor rigurosidad metodológica y sobre todo la insistencia en la realización de profundos trabajos de campo y la acumulación de impresionantes cantidades de datos etnográficos de todo el mundo conocido entonces – los conocimientos actuales emanados de innumerables trabajos de campo efectuados en diferentes sociedades y culturas, han refutado ampliamente los postulados en que se basan los teóricos de esta escuela. Su teoría de los “ciclos culturales”, aunque sean ellos sólo centros de irradiación es tan globalizante y endeble como la de sus colegas británicos que ya hemos visto y tan esquemática y poco empírica como la de sus adversarios evolucionistas. Como diría más tarde C.Lévi-Strauss: “los “ciclos” y los “complejos” culturales de los difusionistas son, como los “estadios” de los evolucionistas, el fruto de una abstracción que nunca podrá ser corroborada por testimonios. Su historia no pasa de ser conjetural o ideológica” (21).

 

El papel de los animales domesticados

 

En algún momento entre el 5.000 y el 4.000 B.P, el maíz, cuyo hábitat original eran las tierras altas de Mesoamérica, fue adoptado por los pueblos que habitaban los bosques tropicales de las tierras bajas de Veracruz y Guatemala. Estos pueblos ya habían alcanzado una forma de vida aldeana basada en la explotación de un amplio espectro de recursos fluviales y costeros. Fue en las tierras bajas, poco después del 4.500 B.P., donde se construyó el primer centro ceremonial de Mesoamérica. Pero es en las tierras altas, en las que se practicaba agricultura de regadío, donde encontramos paralelismos más estrechos con el Oriente Medio.

Así, una de las principales diferencias entre el período de la agricultura incipiente en el Oriente Medio y Mesoamérica consistió en que los americanos siguieron conservando su estilo de vida seminómade mucho tiempo después de haber iniciado la domesticación de sus cultivos básicos. Por el momento, no se han hallado grandes poblados mesoamericanos anteriores al 5.000 B.P. La base ecológica de esta diferencia parece bastante clara. En el Oriente Medio, como la domesticación de animales y plantas fue simultánea, las aldeas sedentarias podían abastecerse tanto de vegetales como de proteína animal. En cambio, en el Nuevo Mundo, debido a la amplísima gama de extinciones que afectó a la fauna pleistocénica, las oportunidades para la domesticación de animales estaban limitadas por una falta de especies salvajes adecuadas. El único animal del Nuevo Mundo comparable a las ovejas, cabras o vacunos es la llama (de hecho, en las primera Crónicas de la conquista, los españoles se referían a este camélido como ovejas). Ahora bien, los antepasados de esta bestia marginalmente útil no sobrevivieron en Mesoamérica. Aunque los antiguos peruanos domesticaron a la llama, los mesoamericanos no tuvieron esta oportunidad. Lo mismo cabe decir del Conejillo de Indias, que se convirtió en una importante fuente de proteína animal en los Andes, pero no en México.

Con el tiempo, los mexicanos lograron domesticar al pavo, el pato de Berbería, la abeja melífera y perros sin pelo criados para carne (el perro “pila” de nuestro Noroeste), pero estas especies no revistieron significación alguna durante la fase de la agricultura incipiente y tampoco llegaron a cobrar gran importancia en períodos posteriores. Incluso existe la curiosa teoría según la cual los sacrificios humanos del área mesoamericana, donde la víctima finalmente era consumida por la población, respondía a la necesidad de suplir una carencia proteica. (22)

En el Oriente Medio, la vida sedentaria en aldeas se basaba en la domesticación de plantas y animales. El sedentarismo aumentó la productividad de las plantas domesticadas, lo que a su vez incrementó la productividad de los animales domesticados, y ésta la productividad de la vida sedentaria en poblados, etc. Sin embargo, en las tierras altas de México, la necesidad de conservar proteínas animales en la dieta actuó en contra del abandono de la caza, puesto que había pocos animales aptos para la domesticación como fuente de alimento. Por consiguiente, el desarrollo del sedentarismo en Mesoamérica, comparado con el Oriente Medio, no precedió sino que siguió a las primeras fases de cultivo tras un lapso de varios miles de años. (Tanto en el Viejo como en el Nuevo Mundo existieron grandes asentamientos costeros y ribereños antes del desarrollo de la agricultura).

 

El desarrollo del Estado en la América meridional

 

La región andina de América del Sur fue el centro de un complejo de animales y plantas domesticados que se desarrolló independientemente. Este complejo proporcionó la base para el desarrollo de otros estados americanos autóctonos y del mayor de los imperios del Nuevo Mundo.

En Sudamérica, al igual que en el resto del hemisferio, la fase de caza mayor fue seguida por la expansión de los medios de producción de espectro amplio a una abigarrada variedad de hábitats, especialmente a regiones de elevada altitud y zonas costeñas y ribereñas.

Aunque el maíz acabaría convirtiéndose en el principal cultivo del Imperio Inca, y aunque la región andina compartió con Mesoamérica muchas otras especies domesticadas, varias plantas y animales importantes del Nuevo Mundo fueron especialidades de los Andes, Entre éstos se destacan tubérculos y granos de elevadas altitudes como la papa y la quinua. El relativamente reciente descubrimiento de dos tipos de judías domesticadas en Callejón de Huaylas, Perú, que datan del período comprendido entre el 7.680 y el 10.000 B.P. sugiere que la domesticación se inició casi al mismo tiempo en los Andes y Mesoamérica. El maíz más antiguo de América del Sur, que data del período comprendido entre  el 6.300 y el 4.800 B.P. se ha hallado en Ayacucho, Perú, lo que indica de nuevo casi la misma antigüedad que la del maíz descubierto por MacNeish en el valle de Tehuacán (MacNeish también descubrió e maíz de Ayacucho). En cuanto a los animales, sólo en la región andina se domesticaron grandes herbívoros (la llama y la alpaca), domesticación que posiblemente tuvo lugar hacia el 6.000 B.P.

Como en Mesoamérica, las aldeas sedentarias más antiguas aparecen en zonas costeras y preceden a la introducción de los primeros animales y plantas domesticadas, presumiblemente originarios de otras regiones. Los primeros signos de agricultura empezaron a aparecer a lo largo de la costa peruana hace unos 5.000 años. Consistiendo al principio en su mayor parte en calabazas vinateras, calabazas de cidra y pimientos. Pero todavía estaban asociados a una economía de subsistencia fuertemente dependiente de la pesca, recolección de mariscos y caza de mamíferos marítimos. Cuando se incorporaron nuevas plantas domesticadas al repertorio agrícola, los asentamientos se establecieron en las llanuras anegadas de los ríos costeros peruanos, ascendiendo la población a 3 o 4.000 habitantes en el período comprendido entre el 3.900 y el 3.750 B.P. Antes y después de la introducción del regadío y el maíz, la población de la costa experimentó un rápido crecimiento. Se construyeron sistemas de canales que atravesaban valles enteros, y aparecieron los primeros pequeños estados entre el 2.350 B.P. y el comienzo de nuestra era. A partir de este momento, una serie de guerras y conquistas llevó al surgimiento de estados más grandes que unificaron políticamente los valles de la costa  y de las tierras altas: primero, Tiahuanaco y Huari (550-800 d.C.), después, el imperio de Chimú con la enorme ciudad amurallada de Chan Chan y, finalmente, el Imperio Inca, que incorporará a las poblaciones de nuestro Noroeste dejando una marca indeleble en su organización sociocultural.

 

          El significado de la “Segunda Tierra”

 

El teórico cultural Marvin Harris sostiene que hasta la conquista española, la tecnología en el Nuevo mundo evolucionó según líneas claramente paralelas a la secuencia del Oriente Medio. No obstante, el cambio tecnológico de los indios americanos se desarrolló claramente a un ritmo más lento. En buena medida, este “retraso” es atribuible a las diferentes dotaciones naturales de las regiones nucleares americanas y del  Oriente Medio. La extinción de potenciales animales domésticos entre la megafauna del Pleistoceno hizo a los indios americano vulnerables a la conquista militar “a manos de aventureros montados a caballo. La misma extinción de la megafauna privó también a los indios americanos de potenciales animales domésticos que podían haber servido para tirar de arados y vehículos de ruedas.” Aunque nos preguntamos ¿arados impulsados por un mastodonte o un milodón?, la tesis suena un poco forzada. Los indios americanos carecían de estos objetos no porque fueran menos inteligentes o inventivos que los europeos o asiáticos. De hecho, los incas poseían una forma de arado que era empujado y arrastrado por seres humanos. Y los mesoamericanos de tiempos anteriores a la conquista comprendían el principio de la rueda al menos lo suficientemente bien como para emplearla en juguetes para niños. Es de suponer que de haber tenido más tiempo, estas invenciones y sus aplicaciones se habrían perfeccionado y ampliado.

Una situación similar se produjo respecto al desarrollo de las técnicas metalúrgicas. La falta de útiles de acero colocó a los indios americanos en gran situación de inferioridad respecto de la invasión europea. Pero el desarrollo de las técnicas metalúrgicas entre los indios americanos ya había sobrepasado el martilleo de chapas de cobre llegando a la fundación y colada del cobre, oro, plata y diversas aleaciones. Justo antes de la Conquista, se estaban haciendo cuchillos y cabezas de maza de bronce, por lo que parece razonable concluir, dado el intercambio de 2.000 años americanos, que separa las edades del Bronce y del Hierro en el Oriente Medio, que si se les hubiese dejado solos a los indios americanos, éstos también habrían acabado por descubrir las superiores cualidades del hierro y el acero.

Respecto al área central andina, Louis Baudin nos dice:

“Entre los metales conocidos en la época precolombina figuraban el oro, la plata, el cobre, el plomo, el platino y el estaño. El hierro era ignorado; este hecho ha sido discutido, pero un testimonio nos da la prueba; habiendo encarado altos dignatarios del séquito de Atahualpa la posibilidad de apoderarse de los invasores blancos y darles muerte, uno de ellos había pedido que se perdonara al herrero del ejército español para que enseñara a los indios los secretos de su oficio.

El platino se encontraba en la costa ecuatoriana en pequeñas cantidades, al norte del golfo de Guayaquil. Sabemos hoy que era utilizado en una aleación con oro o con oro y plata.

Los indígenas de la región de Esmeraldas tomaban alrededor del 70 por 100 de oro, 18 por 100 de platino y 12 por 100 de plata para obtener ese oro blanco que figura en el acto de repartir el botín después de la toma del Cuzco con la indicación “placa de oro blanco tal que no había nadie que pudiera pesarla”. Muchos se preguntaron qué podía ser ese oro blanco, por qué era tan pesado y porqué motivo los señores del Cuzco habían alterado el oro, que representaba el metal más precioso, ya que era divino, quitándole su brillo.

Una vez más hay que colocarse en el punto de vista religioso: la placa de oro de que se trata estaba en el templo de la Luna y, por oposición al Sol, debía ser un metal precioso del color del astro de la noche. En cuanto al peso, el valor fijado en el acto de que hablamos corresponde a más de mil kilos de oro, lo que no es sorprendente si se sabe que esta placa medía 8 metros de largo. Se comprende también que ninguna balanza haya podido pesarla. Esta operación no pudo ser realizada hasta el momento de la fusión.

El empleo del platino y el haberse recurrido a tal aleación prueba hasta que punto los pueblos más alejados han sido puestos a contribución por los incas para completar su abastecimiento de materias primas, pues en las regiones donde es originario el platino no estaban siquiera sometidas a la dominación del Cuzco, a menos de manera permanente.

El estaño servía únicamente para obtener el bronce, que era conocido antes que por los incas por los aimaraes.

El cobre, que hacían cortante adelgazándolo y puliéndolo, figura en nuestros museos en forma de grandes agujas, pectorales hachas y cuchillos.

Esos cuchillos tienen generalmente forma semicircular, con el mango colocado en el centro de la parte rectilínea; corresponden, pues, a ciertas chairas modernas más que a cuchillos propiamente dichos. Las hachas siguieron la evolución natural que poco a poco las hizo impropias de su función, transformándose en adornos y monedas gracias a una estilización progresiva. Las etapas de esta evolución son visibles en el Perú, donde se han yuxtapuesto las hachas de combate, pesadas y voluminosas, y las hachas ligeras y delgadas destinadas al papel exclusivo de “monedas-signos” en los cambios. Esta observación concierne al conjunto de América, no solamente a los incas, pues objetos tales han sido hallados en México, en el Brasil y en el Ecuador.

La fusión de los metales se hacía por diversos procedimientos. Para el cobre bastaba poner el mineral, previamente triturado, en un crisol de tierra sobre un fuego violento. Para obtener bronce se agregaba estaño, y por medio de moldes de arcilla o piedra se obtenían los objetos deseados.

El procedimiento era más complicado para obtener plata, que no se funde al calentarla. Había que adicionarle plomo y ponerla en grandes potes redondos de tierra cocida muy gruesa, de un metro de altura por 40 centímetros de diámetro, llenos de carbón de madera o de estiércol de llama seco. Unos agujeros dispuestos en las paredes dejaban pasar el aire, pero se obstruían con arcilla los del lado opuesto a aquel en que soplaba el viento; bajo cada uno de ellos, una ligera saliente recibía las brazas que calentaban el aire a su entrada en el horno. Se tenía cuidado de elegir lugares altos y ventilados para instalar allí esos hornos primitivos; así, por ejemplo, el cerro del Potosí.

El metal en fusión era recogido en un recipiente dispuesto debajo del pote. Después solamente había que separar e plomo de la plata por fusiones sucesivas, lo que se hacía en el interior de las casas.

La técnica de la metalurgia tenía muchos centros en el Perú: en Nazca, sobre la costa sur; en Lambayeque y en Chavín, al norte y en Tiahuanacu.

Las minas consistían en pozos de la altura de un hombre o en galerías estrechas, bajas y oscuras. El obrero cavaba el suelo con una barra de madera con extremo de cobre, llenaba de tierra aurífera los odres de piel de llama y volcaba el contenido sobre losas pulidas. El agua que caía en fino chorro de un pequeño canal dispuesto para ello, arrastraba poco a poco la tierra y dejaba el metal. Guardas apostados a la entrada de la mina y en los alrededores se aseguraban que nadie hurtara partículas de oro.

Aquí volvemos a encontrar la mezcla de la técnica primitiva con los procedimientos más modernos que es frecuente en el Perú precolombino. En efecto, si la extracción se hacía por medios simplistas, la fabricación de los objetos era, por el contrario, muy complicada. Los indígenas conocían el enchapado por martilleo y el damasquinado por superposición de los metales; sabían soldar la plata e incrustar en el metal otros materiales; por ejemplo, conchas de diferentes colores. Además, dominaban el repujado.

Algunas localidades eran famosas por sus orfebres, no solamente en el Perú, sino en comarcas donde este arte se había desarrollado antes de los incas; así, pues, por ejemplo, en Chordeleg (Ecuador) y en el territorio de los chibchas (Colombia). También agregaríamos, como veremos más adelante, a nuestro Noroeste, con estilizaciones estéticas propias de los mejores artistas de épocas actuales. Fue precisamente en Colombia, donde nació la leyenda del hombre todo de oro o del reino del oro: El Dorado. La historia del rescate de Atahualpa ha contribuido a extender en Europa la leyenda del oro del Perú. Esta se origina en el ceremonial de acceso al trono de Guatabita, el jefe Chibcha en la alta meseta colombiana, que debía hacer un sacrificio a los Dioses arrojando oro en un lago. En el transcurso de la ceremonia ritual que seguía, se lo untaba con una sustancia pegajosa sobre la cual se esparcía polvo de oro, de manera que el hombre brillaba como si fuera de oro.

En el Imperio, cualquiera fuese la categoría de población a la cual pertenecieran, las indias llevaban los días de fiesta brazaletes, anillos, pendientes y sobre todo alfileres trabajados con arte, en la medida en que los reglamentos se lo permitían. Por lo general, manifestaban más gusto que sus esposos y, como obreras, se mostraban superiores.” (23)

Es preciso destacar que el oro y la plata eran metales ceremoniales en las culturas andinas, no se deben confundir con su valor de cambio en las europeas.

Mi confianza en esta predicción tal vez incontrastable – continúa el antropólogo norteamericano Marvin Harris – se basa en el logro independiente de cosas mucho más complejas que los arados, los vehículos de rueda o la fundición de hierro. Como sus homólogos del Oriente Medio, los sacerdotes y gobernantes americanos se ocupaban de la regulación de la producción agrícola. Bajo los auspicios del Estado y del templo, se llevaban a cabo observaciones astronómicas que condujeron al desarrollo de calendarios. De hecho, el calendario maya era mucho más exacto que su homólogo egipcio. Para llevar registro del tipo de los calendarios, así como registros de la producción agrícola, los impuestos y otros asuntos de Estado, varios pueblos mesoamericanos inventaron sistemas de escritura jeroglífica. Especial interés reviste el sistema de numeración vigesimal maya que incorpora, nada menos, el principio del cero. Este rasgo  faltaba en los sistemas numéricos de Oriente medio, Grecia y Roma. Sin el concepto de una cantidad cero para marcar la ausencia de la base o sus exponentes, resulta sumamente difícil realizar operaciones aritméticas con grandes números. A este respecto, al menos, los indios americanos parecen haber sido más precoces que sus contemporáneos de Oriente medio.

Dado el hecho de que los ecosistemas del Oriente Medio y Mesoamérica eran en un principio bastantes diferentes, no hay que esperar hallar paralelos exactos en las trayectorias evolutivas que conducen a las sociedades urbanas e imperiales en los dos hemisferios. No obstante, muchas veces los pueblos de los dos hemisferios – continúa Harris –  alcanzaron independientemente soluciones convergentes a problemas similares cuando las condiciones tecnológicas, ambientales y demográficas subyacentes eran más o menos parecidas. Por consiguiente, el significado de la “segunda tierra” consiste en que los asuntos humanos están sujetos a fuerzas determinantes que seleccionan las innovaciones y modelan el curso de la evolución cultural de la misma manera que la selección cultural determina la evolución biológica. No quiere decir esto que todas las culturas tengan que desarrollarse a través de los mismos estadios evolutivos, como tampoco significa el principio de selección natural que todos los organismos deben tener experiencias filogenéticas similares. El determinismo que rige los sistemas culturales produce trayectorias similares y diferentes de transformación evolutiva. Esto es así porque las condiciones bajo las que ocurre la interacción entre cultura y naturaleza manifiestan una enorme diversidad. Sin embargo, lo que enseña la perspectiva temporal geológica de la arqueología es que aún cuando las culturas divergen, sus diferencias pueden normalmente comprenderse en términos de procesos ordenados, científicamente inteligibles.

 

(1) Vitale, Luis. “Hacia una Historia del Ambiente en América Latina”. México. Editorial Nueva Imagen. 1983

(2) Peláez, Pablo A. “Nueva información sobre el debate relacionado al poblamiento de América”.CEFYL Ficha de cátedra de “Fundamentos de Prehistoria”. 1994.

(3) Landesman, David. “En busca del primer americano”. “Clarín” 12 de octubre de 1990.

(5) Parfit, Michael. “La búsqueda de los primeros americanos”. En: “National Geographic” (En Español) diciembre de 2000

(4)  Politis, Gustavo G. “Pero no vinieron hace 50 mil años” En: “Nuevo” suplemento del diario “Clarín” 23 de mayo de 1995.

(6) Beringia: Se denomina al territorio que emergió al bajar el nivel de los océanos que se encontraban entre y alrededor de Siberia y Alaska. Esto sucedió mientras estaba el agua del planeta congelada sobre los continentes y los mares, durante los períodos de muy bajas temperaturas que se denominan glaciaciones; estos períodos fueron más de cuatro durante el Pleistoceno (*), son largos intervalos de tiempo (miles de años) muy fríos, llamados estadiales, con intermedios templados llamados interestadiales. El Estrecho de Bering en su lugar más angosto tiene solamente 85 kilómetros de anchura y en un día claro es posible divisar ambos litorales. Actualmente tiene 45 metros de profundidad y se ofrece a los balleneros, navegantes y cazadores de focas tan desapacible y lúgubre como hace miles de años.

(7) Solutrense: Cultura intermedia del Paleolítico Superior de Europa Occidental, caracterizada por la punta en hoja de laurel.

(*) Pleistoceno: Etapa del período cuartárico anterior al actual, llamado Holoceno, y que se extendió entre los 10.000 a los 2.000.000 antes del presente aproximadamente.

(8) Parfit, Michael. Ibídem.

(9) Ibarra Grasso, Dick Edgar. “Argentina Indígena”. Bs. As. Tipográfica Editora Argentina.1993.

(10) Sánchez Zinny, Fernando. “La soledad de un antropólogo”. En. “Idea viva” Bs. As. Nº 5 marzo de 2.000

(11) Los laboratorios de radiocarbono proporcionan un cálculo de edad basado en la medición de la cantidad de radioactividad de la muestra. Este nivel de actividad se traduce en una edad expresada en el número de años transcurridos entre la muerte de un organismo y la actualidad. Para evitar la confusión debida al hecho de que el “presente” avanza cada año, los laboratorios de radiocarbono han adoptado el año 1950 como su “presente” y todas las fechas radiocarbónicas se expresan en los años BP o años antes del presente (“befote the present”), que quiere decir antes de 1950.

(12) Politis, Gustavo G. “¿Quién mató al Megaterio?”. En “Ciencia Hoy” Vol.1 Nº 2 febrero/marzo 1989.

(13) Cohen, Mark. “La crisis alimentaria de la prehistoria”. Madrid. Alianza Editorial.1980

(14) Mesolítico: Período comprendido entre hace 12.000 y 10.000 años, aproximadamente, según  el país, correspondiente a las adaptaciones post-pliocénicas de los recolectores de Europa y Próximo Oriente. El Plioceno es e quinto período de la era terciaria; su inicio data de unos12 millones a años y en el curso de sus 10 millones de años aproximadamente de duración de los tipos humanos primitivos se diferenciaron d los antropomorfos.

(15) Harris, Marvin. “Introducción a la Antropología General”. Madrid. Alianza Editorial. 1983.

(16) Harris, Marvin. Ibídem.

(17) Carozzi, María Julia; Maya, María Beatriz; Magrassi, Guillermo E. “Conceptos de Antropología Social” Bs. As. Centro Editor de América latina. 1980.

(18) Carozzi… Ibídem.

(19) Sánchez Zinny, Fernando. Ibídem.

(20) Sánchez Zinny, Fernando. Ibídem

(21) Lévi-Strauss “Mitológicas * Lo crudo y lo cocido” México. Fondo de Cultura Económica.1972

(22) Harris, Marvin. “El reino caníbal” En: “Caníbales y Reyes”. Barcelona. Salvat Editores. 1986

(23) Baudin, Louis. “La vida cotidiana en el tiempo de los últimos Incas” Bs. As. Hachette. 1987

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