De Gorilas, gorilitas y …. gorilones.

“De gorilas, gorilitas y…  Gorilones”

 

(Apostillas sobre una raza que se extingue… en apariencia)

                                         

                                          por José Luis Muñoz Azpiri (h)

                                                            para “Movimiento”

 

Los relatos del almirante fenicio Hannón y del mercader y navegante griego Piteas son exasperantemente vagos en cuanto a sus procedencias y contenido. No se ha conservado ningún documento original, ni la inscripción colocada por Hannón en un templo de Cartago ni el manuscrito de Piteas. Las dos historias han llegado hasta nosotros por conducto de las obras de historiadores antiguos y medievales, y generaciones enteras de eruditos las han puesto en tela de juicio. Con todo, muchas de sus observaciones suenan a auténticas, lo cual da credibilidad a las narraciones. Se cree que Hannón navegó hacia el sur por la costa africana nada menos que hasta Sierra Leona, incluso hasta el golfo de Guinea. La “Última Thule” de Piteas acaso estuvo tan al norte como Islandia. Es posible que avistara también Noruega.

Después de pasar las Columnas de Hércules, la flota fenicia fundó seis “ciudades” a principios del siglo V a.C., en la costa de Marruecos: Soloesis, Karikon Teichos, Gytte, Akra y Melitta. En Soloesis fue erigido un templo a Poseidón, dios del mar, y desembarcaron colonos en cada una de las ciudades, de las que hoy no hay ni rastro. Contando con bordear un gran desierto, la flota se detuvo a embarcar agua dulce en el río Lixos, donde vieron lixitas nómadas. Luego entró la flota en el Río de Oro, donde está la isla Kerne. Una vez allí, Hannón decidió seguir rumbo al sur con dos barcos. En la desembocadura del Senegal vieron hipopótamos y los nativos les arrojaron piedras. Luego, más allá del Cabo Verde, vieron cocodrilos y herbazales incendiados cerca de las bocas de los ríos Gambia y Geba. Finalmente, por el rumbo de Sierra Leona (monte Kakulima), vieron el “Carro de los Dioses” lanzando humo y llamas y encontraron Gorilas aparentemente humanos. Si eran verdaderamente gorilas y no chimpancés, esto significa que Hannón pudo llegar por el sur hasta el golfo de Guinea.

“Dos días después, pasados aquellos torrente de fuego, llegamos a una bahía llamada Cuerno del Sur (probablemente el estrecho de Sherbro). En un entrante había una isla como la anterior, con una extensión de agua donde había otra isla. Estaba lleno de salvajes. La mayoría eran mujeres de cuerpos velludos, a quienes nuestros intérpretes llamaban gorilas (no se sabe si serían humanos o antropoides). Aunque perseguimos a los hombres, no logramos apresarlos, ya que todos se nos escaparon trepando por los riscos y rechazándonos con piedras, pero atrapamos a tres de las mujeres, que mordieron y arañaron a sus apresadores y que no quisieron seguirnos. De suerte que las matamos y desollamos y volvimos con sus pieles a Cartago. Como escaseaban las provisiones, no seguimos adelante.”

Con esta frase concisa acaba el documento de Hannón , el Periplo, y el almirante, así como sus seis ciudades africanas, se esfuman en la historia. Pasarían 2000 años hasta que los navegantes europeos volvieran a aventurarse tan al sur por la costa africana occidental.

Cinco siglos más tarde, en un mundo otrora desconocido, donde no existe rincón que no haya sido hollado por la huella del hombre, asistimos con alarma a la posible extinción de esta raza. Incluso Francisco Garrido, especialista en bioética y miembro del parlamento español, ha presentado una moción exhortando al gobierno a “declarar su adhesión al Proyecto Gran Simio y a tomar todas las medidas necesarias en los foros y organizaciones internacionales para garantizar la protección de los grandes simios del maltrato, la esclavitud, la tortura, la muerte y la extinción.” (“Clarín”, 21/5/06).

          La resolución no tendría fuerza de ley, pero su aprobación marcaría la primera vez que un cuerpo legislativo nacional reconoce el status especial de los grandes simios y la necesidad de protegerlos, no sólo de la extinción, sino también de los abusos individuales.

En 1993, Peter Singer, Profesor de Bioética de la Universidad de Pricenton, fundó junto con Paola Cavalieri el Proyecto Gran Simio. El objetivo es garantizar algunos derechos básicos a los grandes simios: vida, libertad y la prohibición que se les torture.

          Resulta sumamente interesante esta iniciativa dado que por un extraño fenómeno migratorio, esta especie se ha trasladado al extremo meridional de América, donde no solo sobrevive, sino que parece contar de muy buena salud.

“En marzo de 1955, hice por radio (en la Revista Dislocada)una parodia de Mogambo, una película con Clark Gable y Ava Gadner, que sucedía en África. En el sketch había un científico que ante cada ruido selvático, decía atemorizado:”Deben ser los gorilas, deben ser”. Primero vino un fallido intento de golpe y luego el golpe militar de1955. Al ingenio popular le quedó picando la pelota: “Deben ser los gorilas, deben ser”. Los golpistas se calzaron, gustosos, aquel mote”. (Aldo Cammarota, 1985, nota extraída del diario “Clarín 1/3/02).

Los chimpancés, bononos y gorilas tienen relaciones de largo plazo, no solo entre madres e hijos, sino también entre simios no emparentados. Cuando un ser querido muere, lloran su pérdida por mucho tiempo. Esto explica la persistencia de la Comisión Permanente de Reafirmación de la Revolución Libertadora y nichos ecológicos como el Jockey Club, el Ateneo de la República, el Club del Progreso, el CEMA, el canal P&E y otras reservas naturales.

Acertadamente, mi amigo Eduardo Rosa a propuesto ante el Congreso un proyecto de ley: “El día de protección al Gorila”. De manera tal de evitar que, ante su desaparición, nos dediquemos a buscar algún ejemplar superviviente dentro del MOVIMIENTO (que los hay).

Sin embargo, consideramos que es un temor infundado, este género animal ha demostrado, al menos en la Argentina, una capacidad de supervivencia similar a la de las cucarachas. Pruebas al canto:

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“Borges fue un liberal, en el más pleno sentido de este término, que denota no sólo un cuerpo de ideas, sino también una manera de vivir y sólo en la Argentina se ha desvirtuado de tal forma que se lo asocia con la antítesis del liberalismo. Siempre me resultó curioso que Perón, el gran admirador de Mussolini que importó de la Italia fascista sus ideas y sus prácticas, y llenó la Argentina de nazis, sea considerado progresista, y que Borges, el inclaudicable impugnador de los totalitarismos, aparezca como un reaccionario.

          ¿Qué diría Borges en estos días de puestas de escenas estatales, de liturgias alquiladas, de profanación de la palabra, de entronización de la vulgaridad y la prepotencia? ¿Qué soberbias ironías nos estamos perdiendo? ¿De qué adjetivos demoledores se están salvando los que monologan y no tratan de imbéciles?”. ( “Veinte años sin Borges” en “El fantasma de la Recoleta”, junio 2006)

 

          Y…sí, tratarlos de imbéciles inclusive sería piadoso, lo que no tiene remedio es la estulticia y el odio. Esta página barrial que citamos, se difunde gratuitamente por los bares y comercios de la parroquia con más alto índice demográfico de gorilas de la capital. Ni siquiera mercería que la citemos de no ser que estos párrafos de un ignoto aspirante a cagatinta, resumen con claridad meridiana el ideario del antiperonismo y rezuma, sin que el escriba tal vez se percate, la anacrónica consigna del liberalismo decimonónico: “Civilización o Barbarie”.

          Es probable que la publicación sea de suma utilidad para el personal gastronómico como trapo para limpiar espejos o que mate las horas de tedio de los encargados de edificios, aunque no los entusiasme mucho porque ya han sido vacunados por el gremio, en el caso de que alguno se infectare con alguna de estas sandeces; pero es interesante recordar que en el Barrio Norte de Buenos Aires, acrópolis de América del Sur, pocas personas leen libros o aciertan a interpretar las entrelíneas de los periódicos. La mente del dueño del Mercedes-Benz es similar a la de su chofer, unidas estrechamente una y otra por el chorro de lodo humano, recogido en los callejones de las ciudades de la potencia hegemónica, que se derrama por la pantalla del televisor. En términos de cultura, la categoría “aristocrático” o “popular” carece de sentido crítico.

Asistimos nuevamente, en un derroche de originalidad y oratoria al estilo de Norteamérico Ghioldi, a la teoría del compañero Domingo Arcomano de “Perón y los nazis malos”, sin la cual, muchas cacatúas rentadas de los medios de comunicación (Hugo Gambini, Uki Goñi, etc.) no tendrían laburo.

Últimamente se ha puesto en boga, a través de algunos libros y olvidables películas con pretensiones de documental, que la segregación de la Patagonia fue un viejo proyecto nazi, con la intención evidente de involucrar al gobierno revolucionario de 1943 con emisarios del nazis. Así dadas las cosas, no es extraño que aún en el día de hoy ciertos autotitulados “periodistas” esperen, munidos de prismáticos, la aparición de algún submarino alemán en las costas de Villa Gesell.

Es que Perón y los “nipo-nazis-falanjo-peronistas” de la década del 40 no supieron distinguir entre los nazis “buenos” y los nazis “malos” y optaron por los últimos. Apenas un puñado: Richter, Galland, Tank, etc. Con los cuales cimentamos las bases de nuestra industria aeronáutica y nuclear. Pero fueron suficientes para que se nos anatematizara per secula seculorum tanto interna como externamente.

Incluso aún hoy se rumorea en Bariloche que el mítico “Nahuelito”no es otra cosa que una mutación, producto de las alteraciones genéticas de los experimentos en la Isla Huemul en la década del 50. El ingenio Gorila se renueva, de las profecías apocalípticas de un supuesto santo apócrifo a los “Expedientes secretos X”. A falta de rigor histórico apelan al pensamiento mágico.

Los nazis “buenos”, en cambio, se los llevaron los rusos, ingleses y norteamericanos. Incluso uno de ellos, nazi confeso, fue condecorado por los Estados Unidos por haberles colocado un tipo en la Luna. Ni hablar de los integrantes de la GESTAPO que actuó en Francia, a los cuales se les otorgó una nueva identidad a cambio de colaborar en los nuevos servicios de inteligencia de la Guerra Fría y entregar las fichas de los comunistas que integraban el “maqui”. No obstante, el representante de los vencedores morales de Dresde, Hiroshima y Nagasaki, arribó a nuestras playas con el confeso propósito de impedir el desarrollo industrial autónomo del “santuario nazi fascista”. Al respecto basta leer la obra de un autor insospechable de simpatías justicialistas: “El boicot norteamericano a la Argentina en la década del 40” de Carlos Escudé.

Por otra parte, un observador imparcial de la época, el embajador británico Sir David Kelly, no deja lugar a dudas: Desde mi primera entrevista con Perón llegué a la conclusión de que era brillante improvisador, con un fuerte sentido político y gran encanto personal, pero sin interés alguno por la ideología nazi ni ningún otra. Sentía instintivamente, y estaba en lo cierto, que la masa desheredada del pueblo argentino ansiaba inconscientemente tener un caudillo, que es la palabra latinoamericana para el dictador personal que posee en cierta manera una atracción mística; con un instinto seguro sobre la mejor manera de sacar provecho de este sentimiento eligió, en 1943, el entonces oscuro cargo de Secretario de Trabajo y Previsión. Se dedicó perseverantemente a crear un movimiento gremial con auspicio gubernamental y bajo su propio control y en menos de dos años consiguió atraer a la gran mayoría del proletariado. Ya he mencionado como perdió la oposición conservadora la oportunidad de formar un nuevo gobierno bajo la presidencia de Farell en octubre de 1945, y cómo un movimiento espontáneo del proletariado trajo de vuelta a Perón, y esta vez definitivamente.

Todavía oportunista, por un tiempo siguió dispuesto a llegar a transacciones con las esferas comerciales, pero el odio histérico de los ricos y la mal aconsejada campaña del embajador Braden fortalecieron de tal manera su dominio sobre las masas que pudo prescindir de cualquier clase de apoyo”. (Kelly, Sir David, “El poder detrás del Trono”. Bs. As. Editorial Coyoacan. 1962.

Al respecto me permito agregar, si se me permite una alusión personal, el fragmento de un artículo publicado en el diario “La Opinión” del 13/2/1972 con firma de Norberto D´Atri: “¡Braden o Perón! (La paternidad de la idea de circunscribir en tal conciso lema toda la programática peronista le pertenece a un periodista – forzada profesión que recubría a un fino y talentoso escritor – Francisco José Muñoz Azpiri, que integraba el reducido elenco intelectual que rodeaba a Perón desde los primeros momentos”). Es decir, el tío de quien escribe. Y hago esta aclaración, porque es éste, entre otros, el verdadero aporte de “Paco” al Movimiento Nacional Justicialista y no “la Razón de mi vida” como erróneamente se le atribuye, siendo esta obra paternidad del catalán Penella de Silva (Ver “La Pasión según Eva” de Abel Posse).

Hace algunos años, charlando con Mark Falcoff sobre el tratamiento del Peronismo en la literatura anglosajona, éste nos comentaba que en la primera época la interpretación standard en Estados Unidos, y no solamente en ese país, fue que el peronismo era una suerte de exportación del fascismo europeo a América Latina. No obstante, con el transcurso del tiempo, Estados Unidos que no comprendió muy bien las motivaciones de la neutralidad argentina y catalogó a todo el peronismo como una exportación alemana, italiana y española a la Argentina, tuvo un acercamiento gradual al justicialismo a la sombra de las nuevas necesidades impuestas por la Guerra fría.

Un caso interesante es el de Arthur Preston W., que reconoció que el peronismo tuvo raíces profundas en la historia política argentina, especialmente recalcando la experiencia del primer radicalismo con Hipólito Irigoyen, mostrando cierta continuidad entre el yrigoyenismo y el peronismo, un dato que para nosotros no sería especialmente notable, pero para ciertos sectores políticos norteamericanos fue como una revelación bíblica. También fue capaz de permitirse algunas humoradas: por ejemplo, en “Estados Unidos y la Argentina” dice que Estados Unidos no debe consolarse ante la posibilidad de un gobierno radical siguiendo un gobierno peronista en un futuro próximo; aunque tuviera lugar ese cambio Estados Unidos no tiene derecho a consolarse. Porque si bien es cierto que los peronistas son anti-norteamericanos también lo son los radicales. La diferencia es que para los peronistas, el anti-norteamericanismo es una táctica, mientras que para los radicales es una cuestión de principios.

Las acusaciones de los grupos de izquierda y la prensa liberal argentina contra los “fascistas” argentinos y el “Reich peronista” son erróneas o equívocas. No debe confundirse el “totalitarismo europeo” con los talibanes de la economía o los “ghurkas” de saco y corbata de la City. Ningún fascista traicionó a su país. Canaris no era nazi, Badoglio no lucía camisa negra.

Iniciar polémicas sobre este tema es tarea pueril e inútil. No obstante, corresponde establecer que quien moteja de “fascista” a un rematador de su Patria no sabe lo que dice. Y a nadie honra el cultivo manifiesto de la ignorancia. Menos aún, a los que pregonaban antes de la posmodernidad ser “hijos del siglo y la ilustración”.

¿Y Jorge Luis Borges?. De ninguna manera participamos del criterio de que hay una relación dialéctica entre la obra de arte y el perfil ideológico de su autor. Si sabemos que hay grandes creadores que cuando salen de su obra entran en la neblina. Pero creemos que es necesario hacer algunas precisiones respecto a su trayectoria política, que la tuvo e intensa, aunque declamaba lo contrario. Este fue un escritor erudito, aspirante a “scholar”, cuya difusión semicosmopolita se debe a razones extraculturales (Director de la biblioteca de Estado más importante del hemisferio austral, “viajero” anglosajón en su propio país, arcángel Miguel de la milicia democrática contra el dominio oscuro de Satán-Perón, estandarte cultural de las castas parasitarias, frecuentación de un “entourage” de poetisas y poetastros semiinstruídos, etc., etc.). En suma, los mitos de Pasternak y Solshenitzin, trasladados al subdesarrollo de una colonia intelectual europea, al ventanal de una financiera con vista al puerto.

Julio Cortázar dijo que se tuvo que ir de la Argentina porque el tronar de los bombos peronistas no le dejaban disfrutar de los conciertos de Bela Bartók. Borges, en cambio, no parece haber tenido inconvenientes, en esos años, para escribir sus textos más personales y reconocidos. En 1944 habría de publicar Ficciones, cinco años después El Aleph, en 1951 la selección de cuentos que conforman La muerte y la brújula y al año siguiente el volumen ensayístico Otras inquisiciones. De este período don también buena parte de sus obras en colaboración – El Martín Fierro con Margarita Guerrero, Antiguas literaturas germánicas con Delia Ingenieros, entre otras – y de las antologías y volúmenes de cuentos realizados con Adolfo Bioy Casares. Esta intensa producción literaria, sin embargo, le dejó tiempo para comenzar una tardía pero exitosa carrera docente en la Asociación Argentina de Cultura Inglesa y en el Colegio Libre de Estudios Superiores, ejercer la dirección de la revista Anales de Buenos Aires e, incluso, para la actividad gremial (fue presidente de la S.A.D.E. entre 1950 y 1953) Derroche de energía realizado en la opresiva y lúgubre atmósfera de la Segunda Sangrienta Tiranía. No tuvieron igual suerte los intelectuales de la década del setenta, signada por la tutela de los que él denominó caballeros militares.

La revista de Letras Sur se refirió a la autocensura a la que se sometieron los escritores liberales de nuestro país bajo el peronismo, ya que la censura auténtica, la oficial, parece no haberse ejercido contra ellos en dicho período. Olvidaron quienes esto afirmaron que toda obra artística representa en alguna medida, una acusación contra la sociedad y el estado en que ha nacido y que los grandes hombres  – tales los casos, por ejemplo, de Poe y Lugones – testimoniaban de ordinario contra la sociedad que los había creado. ¿Aguardó acaso Hernández, el advenimiento de Irigoyen, para componer su “Martín Fierro” y Sarmiento el de Mitre para escribir su “Facundo”?

La citada autocensura no fue sino una máscara para cubrir la esterilidad y el conformismo.

Jorge Luis Borges, citado por muchos y leído por pocos, paradigma de intelectual cosmopolita, de un europeísmo afectado y una erudición esotérica, arquetipo de una Argentina que no existió ni existe (salvo la colonial con la que se identificaba) fue desenmascarado hace mucho por un intelectual nacional que, como tal, fue sometido a la condena del silencio y el olvido: Juan José Hernández Arregui:

“Hay un pensamiento nacional y un antipensamiento colonial. Un escritor nacional tipo es Raúl Scalabrini Ortiz. Un escritor colonial – más perfecto que una esfera musical en la mente de Pitágoras – es Jorge Luis Borges. De un Pitágoras que nunca existió. Y en esto se parece a Borges. Que ha caído en la farolería de hablar de Pitágoras sin conocer la cultura griega. En rigor, Borges, pájaro nocturno de la cultura colonizada, desde el punto de vista argentino es más fantasmagórico que el Pitágoras de la leyenda órfica. Un Borges – ese “cadáver vivo de sus fríos versos” que dijera Lope de Vega –hinchado todos los días por la prensa imperialista. Y que ni siquiera merecería ser citado aquí, sino no fuese por que es la entalladura poética de ese colonialismo literario afeminado y sin tierra al que hacemos referencia. Poeta del Imperio Británico, condecorado por Isabel II de Inglaterra, ha declarado hace poco: “Si cumpliese con mi deber de argentino debería haber matado a Perón”. El desmán sería para reírse, si no fuese, como lo hemos expresado en otra parte “porque detrás de estas palabras pierrotescas se mueven las miasmas oscuras del coloniaje”. Así habla la “inteligencia pura” de este ancestro hermafrodita de la poesía universal fuera del mundo que, como una orquídea sin alma, llora en la mayoría de sus poemas, su “muerte propia” a la manera de Rilke.

Sí. Todos hemos de morir. Borges también. Y con él, se irá un andrajo del colonato mental. A diferencia de ellos, bufones literarios de la oligarquía, mensajeros afamados del imperialismo, cuando a los grandes hombres de América les llega la hora de la muerte, en ese mismo y supremo instante, la eternidad de la historia, la única y luminosa eternidad que le es dable esperar a la criatura humana en su tránsito terreno, los amortaja en una estela de gloria con las palabras de los verdaderos poetas nacionales: “Hay una lágrima para todos aquellos que mueren, un duelo sobre la tumba más humilde, pero cuando los grandes patriotas sucumben, las naciones lanzan el grito fúnebre y la victoria llora”. “Nacionalismo y Liberación. Metrópolis y Colonias en la Era del Imperialismo”. Bs. As. Ediciones Hachea. 1969.

En realidad, más que el bardo del coraje orillero, Borges fue el cultor moroso del mito gardeliano de la “viejita”.

En 1948 un incidente banal marca a fuego su resentimiento: su madre, Leonor Acevedo, y su hermana, Norah, son detenidas y condenadas a un mes de prisión. Estela canto relató así los hechos: “La calle Florida siempre estaba abarrotada de gente durante el día y entonces la atmósfera política era muy tensa. De repente, Doña Leonor, seguida por sus acompañantes, prorrumpió en invectivas contra Perón y Evita, flamante esposa del general. Después se pusieron a cantar el himno nacional. Las damas fueron rodeadas por la multitud, y la policía, temiendo que la cosa pasara a mayores, las arrestó y las trasladó a la comisaría”. “A partir de ese momento – dice uno de los biógrafos del escritor – la postura de Borges se volverá irracional y maniquea. A partir de ese momento y para siempre, todo lo que oliera a peronismo sería repudiable y perverso”.

No se inmutó mucho Borges cuando centenares de mujeres después del 55, fueron enviadas a “veranear” a Ushuaia. Pero claro está, esas no eran “damas”. Ni eran “caballeros militares” los oficiales flor de Ceibo del general Valle, fusilados por el “ario” Rojas que nos había liberado del gobierno de la negrada.

Su odio berreta tenía un origen mucho más prosaico que el generado por la caída de un supuesto orden aristocrático. En abril de 1946 un ahora mítico decreto transfiere a Jorge Luis Borges de su modesto puesto de bibliotecario municipal, auxiliar de tercera según la aséptica terminología oficial, al de Inspector Municipal de Ferias. El escritor indignado renuncia. En realidad, según nos dijo personalmente Fermín Chavez, se intentó evitarle un sumario dada su prolífica producción de libelos contra el gobierno que le pagaba el sueldo.

Sobre esta transferencia, así sobre su presunto nuevo puesto (Inspector de aves y conejos para Emir Rodríguez Monegal, de pollos, gallinas y conejos para Alicia Jurado, de apicultura según funcionarios de la época, de policía municipal en una de las versiones de Borges) y sobre quién (por orden directa de Perón según algunos amigos del escritor, por mecanismos burocráticos e impersonales como se desprende del examen de los documentos oficiales, por una revancha de algún oscuro burócrata como dice María Esther Vázquez) y por que se ordenó (por faltas disciplinarias como también constata Ribera, por persecución política según la afirmación más difundida que es, también, la del propio Borges), existen numerosas versiones. Una exhaustiva investigación y una adecuada vinculación con el acontecer político del momento se encuentran en Jorge B. Ribera “Borges, ficha 57.323” incluido en Jorge Dubatti (comp..) Acerca de Borges, Editorial de Belgrano, Buenos Aires, 1999.

Este ex empleado municipal, posteriormente acumulador de prebendas de todo orden declaró durante muchos años que los premios oficiales a la producción literaria fueron una “especie de soborno”. ¿Qué nombre habría que adjudicar entonces a los 25.000 pesos moneda nacional que el famoso Apold entregara a Borges por intermedio de Armando Bo en pago del libreto cinematográfico “Días de odio”?. Se lo podrá llamar un soborno fracasado, pues Borges no incensó a Perón. Pero soborno fue.

Mientras tanto, a cincuenta años, se sigue batiendo el parche del martirio de la “intelligentzia” argentina en la oscura década del peronismo. Un escritor argentino no es un mártir argentino, sino a veces un infeliz. Mártir fue Lugones.

No queremos extendernos demasiado con esta “vaca sagrada” del gorilaje de izquierda y derecha. Pero sí aclarar los tantos respecto a las persecuciones. Un escritor tan cercano al peronismo como un musulmán a la cerveza, Enrique Zuleta Alvarez, describe con palabras veraces el panorama cultural anterior a la aparición del justicialismo:

“A las razones de índole literaria que esgrimían quienes consideraban perimido el realismo narrativo, se sumaban, pues, los motivos ideológicos que, en ese momento, asumían el carácter de banderías irreconciliables. Pero el panorama se agravó cuando, después del golpe militar del 4 de junio de 1943, surgió en la política argentina el general Juan Domingo Perón y se inauguró la era cubierta por su movimiento político.

Desde el primer momento y en su casi totalidad la clase intelectual argentina se alineó contra Perón, y las personalidades mas representativas de las instituciones, de los diarios y de la universidad integraron una de las frondas mas activas en una militancia que, finalmente, fue derrotada. No es fácil, desde nuestro tiempo, transmitir lo que fueron los odios despertados por la aparición del peronismo y la dureza y permanencia de las condenas ideológicas. El nuevo régimen, por su parte, contribuyó al sectarismo agresivo con exigencias partidistas y persecuciones que inauguraron una corriente de odios ideológicos, funesta en la vida argentina.

Gálvez y su mujer, que no militaban en la política, justificaron la aparición de las masas populares y fueron repudiados por los “antiperonistas”, con una acusación mas que se sumaba a la condena por su catolicismo hispanista.

La Sociedad Argentina de escritores, con la cual Gálvez había colaborado durante años, estaba férreamente comprometida con el antiperonismo y en 1945 expulsó a dos escritores que también se habían negado a esta línea: Arturo Cancela y Leopoldo Marechal. Ante la acusación de antidemocráticos y totalitarios que se le hacía junto a otros escritores, Gálvez renunció a la SADE con una carta en la cual fundaba su disidencia y en sus Recuerdos no trepida en afirmar, ante el hecho que no se levantara una sola voz en su defensa: “En la SADE existía una especie de dictadura izquierdista, y ya se sabe lo que es la cobardía de los argentinos” Enrique Zuleta Alvarez. “España en América. Estudios sobre la historia de las ideas en Hispanoamérica” Confluencia. Buenos Aires. 2000.

Como respuesta, Cancela, acompañado por el matrimonio Gálvez y un grupo de escritores, fundaron la Asociación de escritores argentinos (ADEA), proclive al peronismo, que le prestó un apoyo inicial, que luego decayó porque el gobierno tenía otras prioridades, como mejorar la condición de la clase obrera y no restañar las heridas infringidas en el orgullo de algunos intelectuales, por nacionales que fueran. (Con el tiempo advertiría el error, ya Gramsci se había percatado que el combate cardinal era el cultural).

Continúa Zuleta Alvarez: “Cuando otro golpe de Estado militar derrocó en 1955 al peronismo fueron encumbrados los intelectuales antiperonistas, que no olvidaron sus agravios contra Gálvez, ya definitivamente alejado de toda presencia pública. Desde los diarios, revistas y cátedras universitarias su nombre desapareció casi por completo del canon literario argentino, y las ideas del catolicismo hispanista que había defendido pasaron a integrar el cuerpo doctrinario de la antidemocracia, unánimemente execrada.”

Estos eran los valores republicanos y la “moral” que restauraban los “libertadores”. Ni una palabra se escuchó en boca de Borges en solidaridad por sus colegas. No por enemistad política sino por envidia mezquina.

¿Y Lugones? Condenado a las hogueras progresistas por “reaccionario” y a pagar el precio del suicido. ¿Y los tres Arturos? (Cancela, Capdevila y Marasso), En el arcón de los trastos viejos, carcomidos por el polvo del olvido. ¿Y José Gabriel?, A consumirse en la extrema pobreza. ¿Marechal, César Tiempo? El olvido. ¿Jauretche? El exilio, que solo vivió Borges mientras dormía. Tal sigue siendo la condena a la que los someten quienes aún detentan las riendas de la Cultura Oficial y se flagelan por la ausencia de “Georgi”, el único escritor que conocen.

Nuestros “intelectuales” de segunda, naufragando entre la epistemología de las ciencias sociales y la denuncia, creen que son el cerebro de algo, cuando en realidad son la mierda de algo llamado “como sobrevivir trabajando de felpudo y de inteligente hasta que nos descubran”.

Decía Ignacio Anzoátegui que había que crear la “dirección Nacional de Patadas en el Culo. De existir, el primer expediente, por lo fácil y expeditivo lo encabezarían todos estos cagatintas y escribas de la letrina, que en nombre de una cultura de la cual desconocen hasta los rudimentos. Encabezaron y encabezan la anatematización de los verdaderos pensadores nacionales.

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