Alejandro Bunge: el precursor científico de la Conciencia Nacional.

Alejandro E. Bunge: el precursor científico de la Conciencia Nacional

 

 

Por José Luis Muñoz Azpiri (h)

 

Para “Movimiento”

 

          “Todos los países civilizados tienen su política económica internacional propia, que oponen a las de los demás países. Nosotros, en cambio, tenemos la política económica internacional que nos imponen los demás países”. Alejandro E. Bunge

 

Pocos años faltan para conmemorar el Bicentenario de las jornadas de Mayo y el Centenario de la gloriosa Revolución Mexicana. Ahora estamos en los comienzos de un nuevo siglo para esta nuestra América y un nuevo milenio de la historia de la humanidad. Los problemas a enfrentar siguen siendo los mismos, ante nuevas formas de dependencia que han ido sustituyendo a las que finalizaron en 1810. Formas de dependencia que se han expresado a lo largo de la tierra en un nuevo tipo de colonialismo que se ha hecho planetario, incluyendo al que fuera centro de poder de este coloniaje, a Europa; que enfrenta una forma de dependencia ya conocida por nuestra América: la estadounidense.

Como respuesta ha este coloniaje se han puesto en marcha formas de integración que están sorprendiendo al mundo, como la de la Europa Occidental, que ahora enfrenta el reto de integrarse con el resto de Europa; de una Europa que ha de ir del Atlántico a los Urales. Igualmente otras formas de integración y colaboración se están dando en otras zonas de la tierra, tanto en Asia como en África. Dentro de este contexto es más necesaria que nunca la integración de nuestra región, Iberoamérica, como punto de partida para una integración continental, pero en una relación horizontal de solidaridad y no ya más vertical de dependencia.

De una integración obligadamente latinoamericana, podrá pasarse a una Unión Americana, no Panamericana, incluso con una moneda en común como ha propuesto acertadamente nuestro compatriota americano Rafael Correa, en la que todos los pueblos del continente se puedan llamar a sí mismo americanos de América, como lo hicieron nuestros San Martín, Bolívar, Morelos y tantos otros que constituyen nuestra pléyade de visionarios y no como lo vinieron reclamando como exclusivos los Washington y los Jefferson. Gran familia americana que, como dijo alguna vez Leopoldo Zea, “pueda a pesar de sus ineludibles diferencias, colaborar entre sí en lo que le es común, sin renunciar a sus ineludibles formas de identidad y los no menos e ineludibles intereses de sus pueblos. América para los Americanos, pero no en el sentido de la Doctrina Monroe sino en el sentido que los expresaran los Libertadores, haciendo de este continente el punto de partida de una Nación de Naciones”.

Alejandro Bunge fue uno de los primeros argentinos dedicados a pensar en el país desde una perspectiva económico-social. Nacido en Buenos Aires en 1880, de una familia caracterizada por los intelectuales que la integraron, estudió ingeniería en Sajonia y luego se dedicó a investigaciones económicas, estadísticas y demográficas. La estadía en la tierra de sus ancestros tendría consecuencias trascendentes para su vida, ya que no solamente se graduó allí de ingeniero, sino que se casó con la hija de uno de sus profesores. Además, conoció las ideas de Friedrich List, el precursor de la escuela historicista.

Fue, puede decirse, uno de los iniciadores del análisis de la realidad nacional a través de los elementos aportados por esas ciencias, a partir de las cuales esbozó un esquema de la conciencia nacional basado en los intereses económicos concretos de la Nación: sus riquezas naturales, su industria, su patrimonio cultural y humano y el grado de independencia  que posibilite su aprovechamiento para beneficio del país y de su pueblo.

En 1941, Bunge escribió la siguiente página: “En todas las naciones civilizadas existe una política económica y social propia que se opone a la influencia del exterior. En el nuestro, en cambio, existe la política económica y social que el exterior nos impone. Se trata, en fin, de crear una política económica argentina, política que jamás ha existido y que nos es tan necesaria como nuestras instituciones sociales y administrativas. La Argentina, por su patrimonio territorial y las condiciones fundamentales de su pueblo, puede mantener una vida en todos los sentidos independiente, con la sola condición de hacernos cada día más dignos de nuestra heredad por nuestro propio esfuerzo”.

En 1918 fundó la Revista de Economía Argentina, que dirigió hasta su muerte, en 1943. En sus páginas publicó innumerables trabajos que contribuyeron a abrir nuevas perspectivas sobre el país de una manera muy diferente a las retóricas y declamatorias vigentes hasta entonces. Como Director Nacional de Estadísticas, cargo que ocupó hasta 1924, fue el responsable de las primeras estimaciones del Producto Nacional Bruto. Asimismo, actuó como asesor del Banco de la Nación Argentina y del Ministerio de Hacienda y organizó las oficinas estadísticas de las provincias de Mendoza y Tucumán. También se desempeñó como docente en las Universidades de La Plata y Buenos Aires A su alrededor se fue formando un grupo de jóvenes economistas que continuaron con sus tareas de búsqueda e interpretación.

Perteneció a una familia patricia, que dio al país valores de mérito. Entre sus hermanos figuran magistrados y juristas, que continuaron la trayectoria jurídica de su padre, sociólogos, como Carlos Octavio Bunge y legisladores del talento de Augusto Bunge, enrolado en la corriente socialista.

¿Por qué es el menos recordado de todos? Tal vez porque sus palabras eran demasiado urticantes para los tiempos de antaño y hogaño.

La conciencia nacional que hubiera nacido sin otro bagaje que el recuerdo de Mayo – advertía en una conferencia de 1924 – de sus clarines y de sus banderas, sería hoy insuficiente. No podemos ahora detenernos en San Martín y en Belgrano, ni en Rivadavia ni en Sarmiento, ni en Alberdi y Avellaneda; tenemos que ir más allá; aún más allá de Mitre, de Roca, de Pellegrini.

Debemos convencernos – señalaba Bunge – que ésta es la última generación de importadores y estancieros. En la próxima generación, la de nuestros hijos, el predominio será de los granjeros y de los industriales. De los hombres de la gran industria, de la industria media, de los artesanos, de los obreros manuales, de los granjeros, que han de multiplicarse también como se multiplican hoy los pequeños talleres de artesanos.

Nuestros diez millones de habitantes no quieren ya recibir innecesarias fruslerías en cambio de cueros y lanas, quieren producir inteligentemente todo lo que necesitan, quieren dictar su comercio, quieren explotar con sabiduría y coraje las inmensas riquezas de cada una de las regiones de esta heredad argentina. No quieren que su patria siga siendo un país jornalero al servicio de otras naciones; el pueblo de esta joven República ha aprendido y trabajado ya lo bastante para establecerse por cuenta propia en su heredad nacional.”.

A juzgar por lo que sucedió en los últimos cincuenta años, con su secuela desoladora y ateniéndonos a la incontinencia verbal de los “analistas económicos” de los medios, daría la impresión que Bunge habló en otro planeta. Es que fue un autor comprometido que se animó a señalar los errores de los distintos grupos influyentes de su época en pos de despejar el camino para el crecimiento argentino y a visualizar  la ineludible necesidad de avanzar hacia la integración continental. Su obra ilumina sin duda el actual panorama de la cultura argentina, en el cual vemos que se repiten las actitudes de otrora, cuando se mira primero al exterior sin realmente conocer la realidad interna de nuestro país. Bunge no fue  un nacionalista dogmático ni un crítico de los aspectos favorables del libre comercio: lo que el combatió es la actitud cultural de nuestros compatriotas en la que se trasunta una admiración incondicional por lo extranjero y un desdén por lo propio: “Yo me explico que un inglés consuma jamón de York y un italiano salame de Milán; y que un comerciante norteamericano o inglés sostenga en la Argentina que no le conviene al país explotar sus minas ni desarrollar sus industrias, desde el momento que este país puede obtener muy baratos esos productos enviando a aquellos la materia prima que a ellos les conviene obtener a bajo precio. Tampoco me sorprende cuando veo a un brasileño protestar contra la ayuda que aquí se proponga otorgar a los que cultivan arroz o yerba, ni me llama la atención que residentes peruanos sostengan aquí todo lo que pudiera favorecer la colocación en el país de los excedentes de azúcar peruana de difícil venta”.

A pesar de haber trabajado mucho tiempo en el cuerpo estadístico de la economía, Bunge no olvidó que dicha disciplina se define como ciencia social. Por eso, con su pluma hábil, pintó los distintos modelos culturales de los argentinos de la época (Los cosmopolitas, los extranjeros, los internacionalistas, los doctrinarios, etc.) con el objeto de defender los intereses nacionales, despertando al argentino de su somnolencia que ponía en peligro el potencial de desarrollo de su nación

Tribuna del proteccionismo fue la ya nombrada “Revista de economía Argentina”, en la que, junto a sus trabajos “El capital ferroviario” (1918) y “Las industrias del norte” (1922) trató temas tales como nuestro desequilibrio económico, el capital extranjero, la unión aduanera de América Latina, la Argentina “país abanico”,la creación de un mercado interno, el Estado industrial y otros. En 1927 Bunge alertó por la no formación de capital nacional, ya que había pasado la etapa de la gran inversión de capital extranjero, las “varitas mágicas” de la vieja economía ya no tenían lugar y nos habíamos quedado huérfanos.  Su obra no pasó inadvertida para quienes, a partir de mediados de la década del 40 del siglo XX, se propusieron una segunda independencia

En “Riqueza y renta en la Argentina” (1917) y “La economía argentina” (4 Vols. 1930), encontramos los antecedentes de lo que sería su obra fundamental: Una nueva Argentina, publicada en 1940, que constituye un formidable catálogo de las deficiencias nacionales de la época, y una coherente propuesta para revertir lo que Bunge veía como un grave y preocupante proceso de decadencia argentina.

De Una Nueva Argentina extraemos los siguientes párrafos que evidencian la lucidez y plena vigencia de su pensamiento, en ellos – escritos en 1940 –  Bunge se refería a lo que hoy es la realidad del MERCOSUR y su correlato: el Banco del Sur.

“Muchos de los índices que corresponderían a la Unión aduanera del Sud, dan la impresión de una gran potencialidad económica, y otros son sólo indicios de la que podrá ocurrir en el futuro. Considerando no sólo los índices actuales, sino también los potenciales, resalta una excepcional diversidad de la producción, para un futuro próximo. No hay ninguna materia prima de mediana, y aún de pequeña importancia económica, que no se produzca o pueda producirse en esta zona en cantidad apreciable. Las diversas regiones se complementan admirablemente; la fertilidad de las pampas argentinas y uruguayas, que pueden producir alimentos para una población superior a 100 millones de habitantes; grandes son los depósitos de minerales de la cordillera (de Los Andes) y del altiplano de Bolivia; muchos son los productos de la zona fría de la Patagonia y de la Tierra del Fuego; valiosa es la producción de la tierra tórrida del Paraguay y Bolivia.

          Es esta una ventaja de mucha importancia que nos colocaría en una posición superior a Europa, que no teniendo este complemento en su continuidad geográfica, ha procurado obtenerla con la penosa explotación de las colonias. Estados Unidos sufre la falta de una zona tropical complementaria y ha seguido la misma política colonial que Europa”.

Parece que el tiempo no hubiese transcurrido, pero lo hizo.

Afortunadamente la integración de América Latina, al margen de la pereza, la falta de audacia intelectual o el vasallaje al poder financiero internacional de algunos integrantes de sus clases dirigentes, comienza ser realidad. Es sugestivo que los economistas ventrílocuos de Wall Street Journal o The Economist, que ya cacarean sobre la imposibilidad de este “voluntarismo”, hayan omitido siempre en sus “citas eruditas” la existencia de este pensador, otro “maldito” para la cultura oficial..

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