Al sur del Tanhuantisuyu

 

En el actual territorio de la Argentina es en la región del noroeste donde las culturas indígenas alcanzaron el mayor índice demográfico, el más alto desarrollo económico y los más complejos logros técnicos. Se extiende esta región desde el límite con Bolivia hasta el norte de San Juan, y desde la frontera chilena hasta las últimas estribaciones de la cordillera, prolongándose en Santiago del Estero por los valles de los ríos Dulce y Salado.

Comprende varias subregiones

La Puna, vasta planicie de altura que ocupa la porción occidental de Salta y Jujuy y el noroeste de Catamarca, obligó por sus particulares condiciones de suelo y clima a un tipo especial de adaptación. El cultivo, reducido a los oasis con agua y a especies de altura – ulluco, papa, quínoa o quinua -, cedió lugar al pastoreo de llamas o alpacas. Lana, animales y sal, que abunda en la Puna, fueron las bases del activo intercambio con los valles vecinos donde obtenían, fundamentalmente, productos agrícolas. Los ocupantes de la puna, llamado apatamas en muchas fuentes, formaban parte de los pueblos atacameños.

El área de Valles y Quebradas, que se extiende desde Humahuaca hasta San Juan, es la de mayor desarrollo cultural y más alta concentración de población y las variedades en los estilos regionales no pueden ocultar las similitudes en las formas de adaptación ecológica. La economía se apoya en una agricultura intensiva que tiene al maíz como cultivo principal y que requise la aplicación de una elevada tecnología. La construcción de andenes de cultivo permitió ampliar la superficie sembrada; el desarrollo de sistemas de riego – acequias y represas – hizo posible superar las carencias de agua. El esquema económico se completa con el pastoreo de rebaños de auquénidos, principalmente llamas. Al mismo tiempo se desarrolla un complejo sistema de intercambios que vincula y engloba a los valles entre si y con las regiones vecinas, Puna y Selvas Occidentales. Estos intercambios se extienden, incluso, al sur de Bolivia y al norte de Chile.

El desarrollo de una tecnología compleja se manifiesta también en la cerámica, en los textiles y, sobre todo, en la metalurgia. Así, la complejidad económica, el desarrollo tecnológico, los sistemas de intercambio regional, sumados a los procesos de protourbanización, son índices de una sociedad que ha desarrollado complejas formas sociales y políticas, con importante concentración de poder en manos de los caciques.

En la época de la Conquista la mayor parte del área, excepto la Quebrada de Humahuaca, hablaba lenguas del grupo cacán o diaguita, nombre que se extendió luego a la población. Comprende al menos tres grupos principales: el calchaquí, en los valles Calchaquíes, Santa María y Yocavil, hábitat de los calchaquíes históricos, famosos por su belicosidad; el cacan o diaguita: propiamente dicho en los valles de Belén, Hualfín y Abaucán; el capayán al sur, en La Rioja y San Juan, hábitat de los pueblos de ese nombre. A estos grupos parecerían corresponder las tres principales culturas arqueológicas, del área en el período tardío, que son respectivamente, la de Santamaría, la de Belén y la de Sanagasta o Angualasto.

 

            “Las lenguas más generales que tienen los indios de esta tierra son la Caca, Tonocoté, Sanavirona, la caca usan todos lo diaguitas y todo el valle de Calchaquí, y el valle de Catamarca y gran parte de la conquista de la Nueva Rioja, y los pueblos casi todos que sirven a Santiago, así los poblados en el río del Esteco como muchos otros que están en la sierra(…) La lengua Tonocoté hablan todos lo pueblos que sirven a San Miguel de Tucumán y los que sirven a Esteco, casi todos los del río Salado y cinco o seis del río del Estero(…) La tercera lengua, que es la sanavirona, ninguno de nosotros la entiende ni es menester, porque los sanavirones indamas son poca gente, y tan hábiles que todos han aprendido la lengua del Cuzco, como todos los indios que sirven a Santiago y a San Miguel, Córdoba y Salta y la mayor parte de los indios del Esteco. Y por medio de esta lengua que (…) aprendimos todos antes de venir a esta tierra, se ha hecho todo el fruto en bautismos, confesiones, sermones de doctrina cristiana que se ha hecho y hace en todas las ciudades de esta provincia; pero para enseñanza del distrito de los indios de Córdoba, que son muchos millares, no hemos sabido hasta ahora con que lengua podrán ser ayudados, porque son tantas las que hablan, que a media lengua se halla nueva lengua” (1).

 

 

La situación de la Quebrada de Humahuaca es más compleja. Zona de conexión entre las selvas y el altiplano, y lugar de paso para el desplazamiento de pueblos, adquirió algunos rasgos diferenciadores. Se supone que sus habitantes hablaban la lengua ocloya, que no conocemos, y se los agrupa bajo el nombre genérico de Omaguacas, que comprende distintos grupos tribales conocidos por las fuentes. En el momento de la conquista debió haber intensos movimientos étnicos: el asentamiento de los Chichas, originarios del sur de Bolivia, es un ejemplo. Parece seguro que algunos Chichas ingresaron como mitimaes durante la dominación incaica.

En Efecto, hacia 1480 estas regiones cayeron bajo la dominación incaica y se integraron, con Bolivia y el norte de Chile, a la porción meridional del Imperio. La dominación incaica se extendió, por el sur, hasta Mendoza, hecho atestiguado por los cronistas. El objetivo de esta conquista fue, esencialmente, la explotación económica de la región, particularmente los recursos mineros. Aunque no borró las diferencias existentes, la presencia incaica contribuyó a dar cierta uniformidad cultural al área. El quechua, al igual que el latín en el Imperio Romano, se transformó en la virtual lengua franca, lo que fue luego de gran utilidad a los conquistadores españoles según señala el Padre de Barzana. Se sistematizaron las vías de comunicación, se extendió el urbanismo y el uso del metal y se introdujeron elementos incaicos, desde el quipu – sistema mnemotécnico basado en hilos y nudos – hasta tipos y elementos estilísticos en la cerámica. La aplicación del sistema de mitimaes – trasplante de pueblos rebeldes a otras regiones del Imperio – provocó movimientos de grupos humanos que quebraron localismos regionales y acentuaron la amalgama regional.

La región de selva que se extiende hacia el este, desde las laderas orientales de la precordillera, que abarca las Sierras Subandinas y alcanza la llanura chacosantiagueña, no fue conquistada por los Incas. Los pueblos que la habitaron alcanzaron distintos tipos de adaptación basados en un aprovechamiento en mayor escala de los recursos provenientes de la caza y la recolección y, junto a los ríos, de la pesca. Junto a estos recursos, aparece la práctica de la horticultura que no requiere una compleja tecnología. Los conquistadores dieron a toda esta provincia, tan extensa, el nombre general de “Juríes”, que también aplicaron a sus pobladores.

Sin embargo, los documentos muestran allí a dos poblaciones bien distintas. Una, sedentaria y agrícola, se ubica, fundamentalmente, a lo largo de los ríos Dulce y Salado; son los tonocotés, fuertemente andinizados. Junto a ellos encontramos otros pueblos que los cronistas diferencian tanto por sus rasgos físicos y culturales como por su belicosidad. Son cazadores y recolectores nómades que avanzan y presionan obre las zonas agrícolas, ocupando amplias zonas del noroeste santiagueño y de las zonas vecinas de Tucumán y Salta, donde algunos grupos practican ya el cultivo. Se trata de los lules, que provienen de la región chaqueña y avanzan hacia el oeste. Algo similar pasa en el extremo norte y en Bolivia, donde este papel lo cumplen los chiriguanos, grupo guaraní que, avanzando a lo largo de los grandes ríos, ha alcanzado el borde de la Sierra.

El Noreste argentino se prolonga, hacia el sudeste, en las Sierras de Córdoba y San Luis – las llamadas Sierras Centrales – ocupadas en tiempos protohistóricos por pueblos agroalfareros con fuertes influencias andinas. La cultura más conocida es la de los comechingones, el pueblo barbudo del que hablan las crónicas, que supieron combinar bien la agricultura y el pastoreo con la caza y recolección de algarroba. Su patrimonio cultural posee los elementos básicos de las culturas del área andina meridional, pero aparecen empobrecidos. En general, la región tiene el carácter de una zona de transición entre el área andina y las poblaciones cazadores nómades de las llanuras. Al noroeste de los comechingones se encuentra otro pueblo del que poco sabemos, los sanavirones. Ignoramos si el término designa sólo un grupo lingüístico o si tiene, también, implicaciones culturales. Tal vez forman parte de esos depredadores del este – lules y chiriguanos – que, en este caso, presionan hacia el sur, sobre los comechingones.

 

(1) de Barzana, P.Alonso “Carta de P. Alonso de Barzana, de la Compañía de Jesús, al P. Juan Sebastián, su provincial. Fecha en Asunción del paraguay a 8 de setiembre de 1594” En: Mandrini, Raúl. “Argentina Indígena”. Bs. As. Centro Editor de América Latina. 1983

 

Las Etapas y Períodos del Proceso Cultural Vernáculo (*)

 

La historia cultural del NOA comienza unos diez mil años antes del presente con la aparición de pequeños agrupamientos o bandas de cazadores y recolectores trashumantes. Promediando el primer milenio a.C., alcanza un punto de inflexión con el desarrollo de la agricultura de gramíneas, leguminosas y tubérculos y con la domesticación de los camélidos de altura, como la llama y la alpaca. Ambas estrategias de producción de energía confluirán para procrear las poblaciones sedentarias organizadas socialmente en tribus. Un fenómeno cultural que acontece unos 2.000 años antes del viaje de Colón al Nuevo Mundo.

Este advenimiento de la vida sedentaria marca e inicio de un tiempo prehistórico conocido como Período Formativo, en el cual, en términos generales y con abstención de la cronología – mucho más reciente en el NOA – puede ser homologable al Neolítico europeo. Este período tiene sus comienzos aproximadamente en el año 600 antes de Cristo y su final en siglo X de nuestra era. Es una significativa parte de la secuencia histórico-cultural, segmentada en dos subperíodos: Formativo inferior o Agrícola Alfarero Temprano y Formativo Superior o Floreciente Regional. Las entidades socioculturales que se incluyen en él ofrecen variantes regionales y se extienden, además del NOA, por el altiplano central y meridional de la actual Bolivia y la mitad boreal de Chile.

Al Formativo le sucede el período de los Desarrollos Regionales o Agrícola Alfarero Tardío, el cual significa el implante de formaciones sociales de tipo señorío, cacicazgos o jefaturas; grupos con territorialidad propia, que cohabitaban o competían por los valles más apropiados para su crecimiento. Finalmente, es el escenario donde el protagonista será el Estado Incaico o Tahuantinsuyo, un imperio invasor que lo domina, administra e integra parcialmente bajo su férula.

En definitiva, el proceso indígena prehispánico puede ser dividido en dos grandes etapas culturales: una más antigua, llamada Paleoindia o Precerámica, poblada por pequeños grupos gregarios capturadores de energía por caza o recolección. La restante, más reciente, significa la eclosión de sociedades tribales segmentarias simples del período Formativo Inferior. A éste le sucederán los señoríos teocráticos del Formativo Superior o Floreciente Regional, con una localización restringida a ámbitos específicos del NOA. El siguiente escalón en la secuencia está signado por el desarrollo de las jefaturas o cacicazgos regionalizados que tuvieron en los valles troncales del keshua sus más altas expresiones. La mayoría de estas jefaturas pasarán a ser colonias al servicio de la conquista y dominio incaico. La entrada desde Cuzco de la expedición española comandada por Diego de Almagro en 1536 fractura este proceso y marca el comienzo del Apocalipsis de la cultura amerindia.

Esta es la síntesis, bosquejada a grandes rasgos, del milenario proceso histórico de la cultura vernácula de los tiempos prehispánicos en el NOA, desde su génesis hasta el impacto europeo en el s.XVI.

 

Período                                                 Fecha

 

Precerámico o Paleoindio                                           8.000 a.C.

Formativo Inferior o Período Temprano                     600 a.C.

Formativo Superior o Período Medio                          500 d.C.

Desarrollos Regionales o Período Tardío                   800 d.C.

Inca o Imperial                                                           1470 d.C.

Hispano – Indígena                                                     1536 d.C.

Colonial                                                                     1660 d.C.

 

Los hombres capturadores de energía de la etapa Paleoindia (8.000 a.C.)

 

Durante las pasadas décadas se los sesenta y los setenta, la región fue escenario de profusas investigaciones en búsqueda de los más antiguos pasos del hombre. Por casi veinte años de trabajos de terreno y laboratorio se llegó al convencimiento de la existencia de un antiguo horizonte de bifaces o hachas de mano, cuya antigüedad podía superar el décimo milenio antes del presente, que, por lo tanto, son anteriores a las industrias de punta de proyectil. Influyeron en este paradigma las secuencias tipológico-cronológicas clásicas, masivamente usadas para priorizar la prehistoria del Viejo Mundo, con las cuales se trazaron paralelismos culturales independizados de las discrepancias cronológicas entre el viejo Paleolítico europeo y la más reciente antigüedad del hombre americano.

En tiempos actuales, el crecimiento de la ciencia arqueológica lleva a discernir que esos páramos de superficie, supuestamente atribuidos al horizonte andino bautizado como “prepuntas de proyectil”, que tuvo como enclaves emblemáticos a Ampajango, Los Zazos y Los Zuritas en Yocavil; Saladillo en El Cajón; Yavi, Turi Lari Y Tres Morros en la Puna, no fueron sino canteras-talleres donde se preparaban preformas líticas. En estos sitios, aislados contextualmente de abrigos rocosos, artefactos, fogones y cualquier otra manifestación cultural, se iniciaban los procesos de elaboración de futuros artefactos, proseguidos en los campamentos base, donde se formaban, cuchillos, raederas y fundamentalmente puntas de proyectil. Las materias primas que eran desechadas permanecieron por milenios en esas canteras superficiales. Su aspecto remembraba las hachas de mano europeas y dio lugar a la errónea interpretación ya aludida. Las aceptadas pasaban a formar el repertorio industrial; los instrumentos, asociados con otras manifestaciones de la cultura precerámica en los escasos abrigos rocosos que han sido localizados en los valles puneños.

El hombre pisó con firmeza esta región en tiempos situados entre el 7.600 y el 7.200 a.C. Lo hizo en paraderos abrigados en cuevas, como lo hizo en Huachichocana e Incacueva, ubicadas al poniente de la Quebrada de Humahuaca.

En estos sitios, como en otros ubicados en la región cuyana, se encuentran claros indicadores de habitabilidad, como restos de fogones para cocer alimentos y obtener calefacción; pozos para almacenar utensilios y comida; e indumentaria confeccionada en cuero y textiles de fibras vegetales.

Asociada a estos vestigios aparece una singular variedad de semillas silvestres de valor alimenticio, como churqui, chañar, mistol, algarrobo, acacia, cebil y frutos de cactáceas, indicativos de prácticas de recolección sobre una importante biomasa vegetal. A la par que otros restos entrevén capturas de especies silvestres que posteriormente serán parte de la dieta del repertorio agrícola. En los inicios aparecen el poroto, el ají, el zapallo, la quínoa y la calabaza. Tiempo después se sumarán el maíz – cultivo americano por antonomasia -, el maní, la achira, la nuez, la papa y el tomate de monte. Estas dos últimas especies no aparecen en el registro arqueológico por ser extremadamente perecederas, pero los datos etnobotánicos indican que crecían en forma silvestre e indudablemente formaron parte de la dieta de esos tiempos. La importancia de la papa rivaliza con la del maíz en la formación y desarrollo de la civilización andina sudamericana.

Estos hombres no conocían aún las artes cerámicas, ausentes en los registros arqueológicos. Como contraparte son destacables las manifestaciones rupestres visiblemente atribuibles a ellos. El abrigo de Incacueva contiene muestras de arte parietal en la que prevalecen motivos abstractos, geométricos y naturalistas con figuras de camélidos, plasmados con singular maestría en tonalidades rojizas y grisáceas. Conocían también técnicas para elaborar cordelería y textiles de fibras vegetales y, en menor medida, de lana y pelo, con las cuales confeccionaban canastos, gorros, bolsas, mallas, redes y envolturas de cuero cosidos con fibras vegetales.

Es evidente que fueron hábiles observadores de la naturaleza, de la cual sumaron conocimientos empíricos que serían fundamentales para la subsistencia. Conocieron el devenir de las manadas de camélidos, las cuales cazaron y luego comenzaron el lento proceso de domesticación de camélidos de la llama y la alpaca. También la estrategia para capturar los animales silvestres y los procesos de germinación-maduración de cultivos vernáculos que recolectaban estacionalmente en el ciclo primavera-verano. Para la primera actividad, elaboraron puntas de proyectil de silueta lanceolada primero y de forma triangular después. Sus armas de caza fueron la tiradera o gancho propulsor, cuya utilización – como hemos visto – fue muy usual en varias partes del Nuevo Mundo Paleoindio, así como la honda de cordel (waraka).

En síntesis, y apelando a los paralelismos etnográficos, el antiguo horizonte precerámico o paleoindio del NOA estuvo ocupado por pequeñas bandas de capturadores de energía con residencia en abrigos rocosos y familiarmente unidas por lazos de sangre. Es  presumible que sufrieran una alta tasa de mortalidad infantil y una esperanza de vida que difícilmente superara los 40 años en los hombres y algo menos en las mujeres.

Su vida y tránsito dejaron escasas cicatrices en el amplio escenario en el que les tocó desenvolverse. Un coeficiente demográfico insignificante para quienes fueron casi actores secundarios en un escenario natural en el que, por espacio de casi milenios, no produjeron impactos ambientales significativos. Luego lo hicieron.

 

Agricultores y pastores tribales del Período Formativo Inferior (600 a.C. – 500 d.C.)

 

Este período marca el advenimiento de las tribus multicomunitarias simples de vida aldeana. Su economía se basó alternativamente en la horticultura por chaqueo, para lo cual usaban un palo cultivador o taclla con el cual horadaban la tierra y depositaban la semilla. Así producían maíz, papa, zapallo, calabaza, maíz y porotos en los fondos de valle y en las terrazas contiguas. En la puna y su borde prevaleció la crianza para consumo de animales domésticos como la llama y la alpaca. Otros animales no domesticables, pero que podían estar en cautiverio y formaron parte de la dieta, fueron el cuy (roedor), el avestruz americano o suri y la vizcacha. En la recolección de biomasa vegetal silvestre como el algarrobo y el chañar y en la caza de la fauna que merodeaba los espejos de agua hallaron importantes aportes energéticos.

Las evidencias arqueológicas señalan que durante esos tiempos el área estuvo ocupada por agrupamientos aldeanos dispersos. Los casos más representativos, sobre una población estadística de poco más de 130 sitios, son los de Las Cuevas y Cerro El Dique, en la Quebrada del Toro; el Piquete y Palpalá en San Francisco de Jujuy; Kipón, Campo Colorado y Tafí en los Valles Calchaquíes; Cerro Colorado Tebenquiche, Casa Chávez y La Falda de Laguna Blanca en la puna; Ingenio el Arenal y Buey Muerto en los faldeos occidentales del Aconquija; la Ciénaga, Condorhuasi, La Puntilla y Río Diablo en Hualfín; San Blas de los Sauces, Anillaco y Shaqui en el viejo Valle Vicioso (La Rioja), Saujil y Palo Blanco en Abaucán.

La instalación humana durante este período se caracteriza por agrupamientos de viviendas que conforman pequeñas aldeas dispersas. Son visibles en ellas variantes regionales aunque el recurrente denominador debe buscarse en el uso de la piedra para los cimientos y sección inferior de las paredes: Los techos eran de leñosas cañas y torteado de barro hichu quizá con el agregado de pieles. También prevalecían las plantas circulares de las habitaciones y patios. En los valles de Abaucán, Campo del Pucará y Ambato se construyeron viviendas con paredes de tapia o quincha (barro batido y esqueleto de ramas en Abaucán), o con tapia y refuerzos mediante columnas de piedra (Ambato y Alamito); en estos casos las plantas eran rectangulares.

Se han distinguido cinco tipos de trazados aldeanos dispersos para el período: Cerro El Dique-Tafí, Buey Muerto-Cerro La Aguada, Saujil, El Alamito y Ambato. Los tres primeros son modalidades de crecimiento espontáneo por simples agregados de partes arquitectónicas. En cambio, los dos últimos son modelos más complejos y evolucionados, por cuanto poseen cierto planeamiento e incorporan  componentes arquitectónicos relacionados con una ideología cultista, como pequeñas pirámides, montículos ceremoniales allpataucas y geoglifos erigidos sobre pequeñas plataformas y representando estrellas y cruces hechas de piedras multicolores.

Fue extensivo el uso de la cerámica tanto para confeccionar piezas utilitarias de uso doméstico como para imprimir esa creatividad en ejemplares de uso ceremonial y en ajuares fúnebres. La alfarería del mundo formativo emerge con singular fueraza y con diferentes estilos. Un horizonte cerámico inicial, cuya eclosión se remonta probablemente más allá del 6.000 a.C es el monocromo gris sin decoración; o con ella ejecutada mediante incisiones sobre la pasta aún fresca. Las formas prevalecientes son los vasos de paredes verticales, platos y escudillas (pucos) usados en la cocina; vasijas globulares para almacenar agua y alimentos. Este horizonte se extiende por gran parte de la región, junto a otros componentes significativos y de gran dispersión espacial de este momento, entre ellos, las pipas acodadas de anillo cilíndrico o en forma de embudo, utilizadas para fumar tabaco y cebil, plantas que crecían en estado silvestre.

Este repertorio alfarero inicial fue enriquecido a partir de los albores de la era cristiana por la incorporación de expresiones de mayor realización estética, sea policromamente decoradas con una cargada geometría (estilo Las Cuevas tricolor y Vaquerías en la Quebrada del Toro y valle de Lerma); o mediante imágenes combinadas zooantropomorfas (serpientes, batracios) y antropomorfas modeladas (estilos Candelaria y San Francisco de las yungas orientales).

Las imágines humanas están reproducidas en pequeñas figurillas de arcilla, huecas o macizas, que probablemente fueron utilizadas como ídolos o talismanes. La simbiosis zooantropomorfas adquiere su máxima expresividad en los estupendos vasos antropomorfos en actitud rampante estilo Condorhuasi. En ambos casos las figuras expresan un alto simbolismo e innumerables aspectos de los vestidos y adornos corporales de la época, así como la condición sexual del personaje representado. Unas y otras pueden representar ojos rasgados, adornos labiales (tembetá) y auriculares, tatuajes faciales y corporales, narigueras, peinados, faldellines, uncus y gorros.

El trabajo en los metales empleó técnicas en martillado en frío sobre oro, plata, cobre y galena. A partir de ellos elaboraron placas circulares y rectangulares, brazaletes, (estas piezas pueden poseer adornos zoomorfos y agujeros en suspensión) pendientes, pinzas, espejos y excepcionalmente narigueras y máscaras funerarias. El metal participaba en la realización de collares, junto con cuentas de hueso, concha y mineral de azurita, pórfido y malaquita.

Las expresiones en lapidaria abarcaron la miniescultura en bulto con la cual realizaron máscaras mortuorias, con o sin adornos faciales, probablemente utilizadas para cubrir el rostro del difunto. Elaboraron también pipas acodadas para fumar, símbolos fálicos, morteros decorados, instrumentos musicales aerófonos y azuelas pulidas con garganta para el enmangado. Sus armas de caza fueron puntas de proyectil de obsidiana con pedúnculo o de madera enmangadas con astiles para ser disparadas con arco y bolas hemisféricas de piedra como proyectil para la honda de cordel, waraka. A este acervo deberá sumarse una actividad textil y en cuero para la elaboración de bolsas calzado e indumentaria, estos últimos confeccionados con el telar de cintura. En cestería persisten los canastos con decoración geométrica. Recordemos que ambas ya eran conocidas por cuanto se registran en los abrigos rocosos de los tiempos paleoindios. Aunque su presencia en los enclaves formativos es escasa debido a las características ambientales que rodeaban los emplazamientos de las aldeas y que atentaron contra su conservación.

En algunos territorios, como Tafí del Valle, se insinúa una articulación social en grupos clánicos identificados con antepasados comunes, a veces animales (ofidios, aves, batracios), como figuras fálicas. Su representación es por imágines plasmadas en grandes monolitos, jambas y estandarte de piedra o menhires ubicados a la entrada o en el interior de los núcleos arquitectónicos. Un paralelo más al sur, en el Campo del Pucará esta simbología pétrea reaparece con formas más pequeñas que marcan el pináculo de la escultura en piedra o lapidaria del NOA. Los célebres suplicantes, articulados con las llamadas entidades socioculturales de Condorhuasi-Alamito entre los siglos III y V d.C.

Vinculados por relaciones de trabajo corporativo o reciprocidad (ayni)  y de parentesco obtenidas en las yungas del naciente, en esos valles y su entorno la complementaridad andina comienza a perfilarse como un mecanismo de movilidad interétnica, extendida a diferentes hábitats situados por encima y por debajo de estos niveles altitudinales, en procura de energía y productos necesarios para la subsistencia como la sal, obtenida en la Puna y en Pipanaco. También de otros más exóticos, entre los que sobresalen algunas plantas alucinógenas como el cebil o el tabaco, los cuales eran consumidos por aspiración o fumados en pipas.

El mundo de los muertos adquirió un profundo contenido simbólico en estos grupos, entrañado en las profundidades de la tierra. Las variantes de este culto adquieren estilos con o sin arquitectura, regionalmente diseminados y con distinta posición cronológica dentro del período. En la Puna, Quebrada del Toro y Valle Calchaquí, se construyeron tumbas cilíndricas en forma de cámaras excavadas en el piso de las viviendas o patios y con cierres de bloques de piedra de forma plana. En el puneño Yaví y en el Abaucán, en forma de bota de montar o Tiro. En Tafí del Valle con forma de falso arco o bovedilla de corbela. En Hualfín y Ambato, en cambio, la modalidad correspondía a entierros simples o directos. En los valles de la sección subandina próxima a las yungas la costumbre funeraria no ofrece registros arquitectónicos, sino enterratorios de adultos en grandes urnas de cerámica decoradas con rostros humanos en relieve. Una modalidad con visibles influencias amazónicas. La posición genuflexa o en cunclillas prevalece en la mayoría de los individuos.

Una costumbre funeraria frecuente fue la inhumación de infantes en urnas en los mismos sitios de habitación y agrupadas en cementerios que aglutinaban centenares de ejemplares. Esto sucede particularmente en el valle de Hualfín, actual Catamarca, donde se ha localizado un puñado de sitios clásicos de la literatura arqueológica de la región. Por su aspecto topográfico y su actual condición semidesértica responden a la tradicional denominación de barreales. Entre los más conocidos están La Ciénaga, Barracas, tradicional Quillay, Condorhuasi, La Aguada, Huilische, Quillay y La Puntilla.

Finalizamos la exégesis de este período remarcando que, independientemente de las modalidades regionales y de las diferencias cronológicas – naturales si se tiene en cuenta que se trata de un período que abarca un milenio -, en esos depósitos funerarios se ofrendó lo mejor del arte indígena. Ellos han sido, por más de cien años de arqueología nacional, la fuente de información por excelencia para recomponer parte de la conducta humana pautada.

 

Los Señoríos Teocráticos del Período Medio (500 – 800 d.C.)

 

Una porción de ,los grupos tribales surcaron un camino conducente hacia la incipiente teocracia del Período Medio, Formativo Superior o Floreciente Regional Subandino, que desembocó en formaciones socioeconómicas más complejas, provistas de una naciente escala de rangos jerárquicos. Estos grupos fueron los responsables de la construcción de sistemas agrícolas en andenerías, pequeñas pirámides, allpataucas, y geoglifos-estrellas. En su repertorio se cuenta el desarrollo de la metalurgia del bronce, una excelente lapidaria y la exquisita alfarería originalmente llamada draconiana, y en la actualidad La Aguada. Este cambio cultural es conducido por las formaciones sociales alojadas en los territorios valliserranos del riñón calchaquí.

La metalurgia del bronce, por aleación del bronce con el estaño o arsénico mediante el vaciamiento en moldes bivalvos, irrumpe con piezas relacionadas con el ceremonial, a ritos ligados con dioses celestes, a la fertilidad humana, de los animales y de la propia tierra. O simplemente como amuletos propiciatorios de la buena suerte o para prevenir enfermedades. En este acápite se inscriben los discos y fetiches. El ejemplo emblemático de este variado repertorio es el célebre disco de Lafone Quevedo, hallado en la región de Andalgalá a fines del siglo XIX.

Es menester detenerse en la cerámica La Aguada porque constituye la cumbre del arte indígena del NOA. Este acervo incluye una variedad de formas y decoraciones donde aparecen motivos clásicos de una iconografía fuertemente impulsada por una ideología religiosa. Sea en alfarería monocroma gris con motivos gravados, o en piezas pintadas con dos o tres colores, con diseños en rojo y negro sobre fondo blanquecino.

El estilo draconiano o La Aguada conjuga un momento clásico en el desarrollo artesanal y bajo el dominio de una “ideología felínica”, socialmente protagonizada por el sacerdote, el chamán o el sacrificador; una jerarquía religiosa que ocupaba la cúspide de la escala social. Entre una densa iconografía debe mencionarse el personaje de los cetros que a veces combina rasgos zooantropomoformos: hombre con máscara felina; el sacrificador que porta un hacha ceremonial y un cráneo trofeo pendiente de su cintura; así como el jaguar o uturunco, plasmado tanto en forma realista como abstracta o descompuesta. Estos motivos aparecen tanto en el repertorio cerámico como en la técnica lapidaria y en la metalurgia.

Visiblemente estas expresiones recuerdan iconografías similares halladas en la región andina central, especialmente en el momento Tiahuanacu clásico d la cuenca del lago Titicaca. Este es el tiempo de las prácticas religiosas presididas por los personajes señalados, ejercidas en pequeños centros de ritual semiplanificados urbanísticamente en torno de un montículo artificialmente aterrazado, a veces provistos de escalinatas o rampas pétreas en su fachada. La denominación allpataucas, generada a fines del siglo XIX por Lafone Quevedo, es la históricamente apropiada para estas significativas construcciones ceremoniales. Comienzan a aparecer en forma discontinua en el registro arqueológico de las regiones del Ambato (La Rinconada y Pueblo Perdido), en Capayán (Concepción), en el Valle Vicioso del actual San Blas de los Sauces y adyacencias; en Famatina (Bañados del Pantano y Pituil), y en Vinchina (La Estrella y Las Heras Viejas).

Debe alertarse, sin embargo, que este momento no abarca la totalidad de la región. No hay datos de su existencia al norte de Yocavil, en Antofagasta de la Sierra, Santa Victoria Oeste, Iruya, Vallegrande, Humahuaca, del Toro, Lerma, Calchaquí Medio y Norte, san Juan Mayo, Casabindo y Doncellas. Tampoco se lo detecta en las yungas y en el piedemonte de Salta, Jujuy, Tucumán y al sur de Vinchina-Famatina. Una ostensible ausencia de datos empíricos rechaza la hipótesis de una extensión abarcativa.

Significa, por otra parte, que el proceso evolutivo de esta cultura ha sido multilineal, habida cuenta que otras entidades culturales contemporáneas con La Aguada, mantendrán su estructura sin orientarse hacia ese mundo teocrático del Floreciente Regional. Esto acontece en el altiplano boreal y en las quebradas y valles de su borde, como Iruya, Santa Victoria, del Toro, Humahuaca, Lerma, Calchaquí, entre varios más. En ellos, se observan algunos de los rasgos tecnoeconómicos apuntados, pero faltan los relacionados con la ideología del complejo chamán-jaguar-allpatauca-sacerdote de Ambato y el riñón valliserrano del centro de Catamarca y norte de La Rioja. De modo que su caracterización cultural es orientativa hacia un estadio Formativo Superior.

 

Los Cacicazgos Semiurbanos del Período Tardío (800 – 1470 d.C.)

 

Entre los siglos IX y X, el NOA es escenario de sucesivos cambios que conducirán no sólo a la proliferación de asentamientos humanos en las regiones ocupadas con anterioridad, sino también a la aparición de otros en territorios hasta entonces con bajo índice de doblamiento humano, como las quebradas de Humahuaca y del Toro. Los trabajos solidarios de tipo comunal, como la minga, permiten que se asimilen progresivamente nuevos nichos ecológicos, cada vez con mayores pendientes para una agricultura serrana. Se amplía el repertorio de cultivos con el desarrollo de nuevas variedades de maíz, leguminosas y tubérculos. Se expanden las prácticas de regadío artificial en terrazas y andenerías pedemontanas para escalonar los desniveles andinos, tanto para el control de regadío artificial en la producción de energía agrícola y ganadera, como para la movilidad y la defensa.

El énfasis en la vida urbana se percibe por la emergencia de llajtas, es decir, aldeas urbanizadas y protociudades concentradas, con altos índices de ocupación del suelo. Son advertibles en estas poblaciones la especialización de partes y sectores arquitectónicos y la eclosión de componentes urbanísticos necesarios ente la propia concentración, como las plazas, las calzadas, los basurales, los recintos comunitarios de molienda de granos, los corrales para las llamas y alpacas y, en algunos casos, la separación del cementerio como sector independizado del área residencial. No es posible hablar de un prolijo planeamiento urbano de las llajtas. Tampoco de la existencia de verdaderas ciudades, componentes esenciales de una forma sociopolítica de tipo estatal, sino de un crecimiento condicionado en parte por factores topográficos, a los que la inventiva humana se adaptó con singular eficacia.

Sobre una muestra de medio centenar de estas protociudades estudiadas se han diferenciado cinco tipos de trazados urbanos intramuros: radiocéntrico, en damero irregular, lineal, damero regular y defensivo. Diferente formas de captura y uso del espacio residencial – público y privado – en solidaridad con e paisaje andino y ante la necesidad de una vida gregaria. Una adaptación que debió cumplir con las necesidades de las jefaturas, habida cuenta de que sobrevive por espacio de varios siglos, supera la invasión incaica y alcanza hasta tiempos avanzados de la conquista europea.

El perfeccionamiento de las actividades agrícolas y pastoriles condujo a un ostensible crecimiento demográfico, las remodelaciones dentro del espacio urbano y la aparición de componentes arquitectónicos ligados con actividades de molienda comunales de frutos agrícolas y silvestres como antesala de la redistribución de bienes por los líderes sociales. Actividad aún no plenamente reflejada ante la perduración del almacenaje dentro de la vivienda familiar.

Como contraparte, desaparece la exultante calidad estética de la alfarería, la escultura en piedra y las figurillas de terracota. Paralelamente pierde su profunda subterraneidad la arquitectura funeraria. En el altiplano y su borde crecen ostensiblemente las artesanías textiles, en calabaza y en madera. Con ellas se fabricaron vestidos, recipientes, palas y utensilios de cocina como cuchillones, cucharas y tenedores.

En cambio, en los valles meridionales, especialmente en el riñón valliserrano de Calchaquí, El Cajón, Yocavil, Hualfín y Andalgalá, tiene su pináculo la metalurgia de bronce. Con estas técnicas se fabricaron discos, pectorales campanas y una variedad de hachas: planas, con cuerpo grueso, con agujero para enmangado y las estupendas hachas insignias, decoradas con máscaras humanas y figuras zoomorfas. Aparecen también los tensores de bronce para extender la cuerda del arco y toda una gama de adornos faciales y corporales.

Aún cuando es de suponer que las hachas metálicas podían ser usadas para la guerra, son el arco y la flecha los que pasan a ser el arma preferente de esta actividad y de la caza. Aunque en el altiplano persiste el uso de la waraka y el gancho propulsor.

A su tiempo. Los cronistas S.Narváez, G. Monroi, R. Lizárraga y N. del Techo, así como los arqueólogos y etnólogos decimonónicos o de los albores del siglo XX Adán Quiroga Juan bautista Ambrosetti y Eric Boman, dan cuenta de la vestimenta y adornos corporales usados por los naturales en últimas fases del proceso prehispánico y en los tiempos históricos del NOA. Pictografías rupestres de excelente realización, como las de Pampa Grande, Guachipas y Carahuasi en Salta, Incacueva y Rinconada en Jujuy, junto a las expresivas imágenes que decoran la cerámica y registros funerarios hallados preferentemente en la puna y su borde (Doncellas y Tastil), aportan testimonios que ilustran sobre las prendas y adornos esenciales utilizados en las dos últimas etapas prehispánicas.

El uncu, especie de poncho que llegaba hasta las rodillas y se ajustaba a la cintura con un cordel; la ojota de cuero como calzado; la tanza como gorro,  la chuspa como bolsa de transporte, junto a los mantos y las fajas fueron las prendas esenciales usadas. Largas cabelleras, peinadas en dos secciones o simplemente desatadas, plasmaban una imagen física que, en algunos casos, se complementaba con los aludidos adornos metálicos y deformaciones artificiales de cráneo.

En las ceremonias y desfiles eran usuales los tocados de plumas, hachas de bronce y cuchillos o tumis pendientes de la cintura o blandidos, así como los infaltables arcos y flechas de los guerreros y las vinchas o tiaras de metal en los jerarcas. Estos atributos corporales, junto con la utilización de anillos, pendientes y alfileres con grandes cabezas labradas, topos, son los atributos corporales destacables y reiterados de esas muestras. Probablemente en las últimas fases del período, quizá por la difusión de elementos provenientes del norte, concretamente del altiplano boliviano, o por influjo de los incas, este repertorio se vería ampliado por la adopción de los tensores metálicos para el arco, las macanas o masas estrelladas y las aludidas hachas con forma de T, elaboradas en bronce.

Esas imágenes rupestres, los datos arquitectónicos y urbanísticos, así como la calidad y cantidad de ajuares funerarios confluyen para advertir los síntomas del prestigio que ostentaron en vida los individuos difuntos. Así como son visibles las diferencias en rangos y linajes sociales, con dicotomías en la concentración de riqueza en la vida y en la muerte. El jefe, cacique, curaca o mallco, es el individuo socialmente más conspicuo, dentro de una formación social de tipo de jefatura, cacicazgo o señorío; ya sin los ingredientes teocráticos del Formativo Superior, pero indicador de un nivel de integración social más complejo en la escala evolutiva que el de las tribus multicomunitarias del Formativo Inferior.

Fuentes etnohistóricas y etnográficas extrapoladas a esos tiempos ayudan a la arqueología a proponer que esos mallcos no fueron de extracción religiosa, sino “grandes hombres” que pertenecían a linajes jerárquicos y heredaban sus cargos por sucesión. No era autoridades religiosas, sino de orden civil que presidían las actividades esenciales de la jefatura, como el ayni, la minga, el tributo, el manejo de los recursos y todo aquello concerniente a las actividades grupales. Eran además jefes militares en caso de guerra. En esos momentos de beligerancia, algunos de ellos fueron promovidos hacia cargos más jerarquizados que abarcaban varias jefaturas. Así lo indican los casos del cacique Juan Calchaquí durante el primer alzamiento diaguita (1561); Quipildor y Viltipoco en Huamahuaca en la segunda mitad del siglo XVI; y Chalemín o Machilín durante el “Gran Alzamiento” de 1630-36.

Esa conjunción de fuentes documentales nos lleva a asumir que el anterior dominio de las autoridades religiosas o chamanes debió concluir en los tiempos Formativos o del Floreciente Regional Subandino.

Estos grandes hombres ocupaban los vértices de la organización social. En vida seguramente se asentaban en los sectores urbanos más privilegiados y gozaban de mayor espacio en las capillas políticas o llantas de las jefaturas. Cuando morían eran enterrados con pompa en sitios privilegiados, acompañados por sus atributos de mando  (tiaras metálicas), grandes ajuares e incluso sus mujeres. Así lo indican los casos del jerarca inhumado en la plaza principal de Tastil; los individuos de la tumba 94 del sector principal de La Huerta de Humahuaca y otro indicado a principios de siglo por Ambrosetti en La Paya de Calchaquí.

Estas tres llajtas, Tastil, La Huerta y La Paya, integran un calificado grupo de “protociudades” habitadas en algunos casos por un par de miles de habitantes. Tenían una distribución estratégica y mayor tamaño y mayor tamaño y rango arquitectónico y urbanístico; eran las más densamente pobladas del NOA. De norte a sur, algunas de esas protociudades convertidas en cabeceras políticas componen la nómina que sigue:

 

1-     En la puna: Rinconada, Cabrera y Bilcapara.

2-     En Iruya: TIticonte.

3-     En Humahuaca: Los Amarillos, La Huerta y Tilcara.

4-     En la Quebrada del Toro: Tastil y Morohuasi.

5-     En Calchaquí: La Paya/Guitián y El Churcal.

6-     En Yocavil: Tolombón, Quilmes, Fuerte Quemado, cerro Pintado de Mojarras/Rincón Chico y Loma de Shiquimil.

7-      En El Cajón: Pampas Grande, Famabalasto, La Calera.

8-     En Hualfín: El Eje, Pozo verde, Corral Quemado y Asampay.

9-     En Abaucán: Watungasta.

 

Dentro de ese panorama geopolítico, donde los éxitos reproductivos produjeron crecimientos demográficos, no tardaron en surgir situaciones de competencia entre jefaturas vecinas, generadas por el creciente usufructo de los nichos ecológicos más apetecidos y en territorios demográficamente a punto de saturación. La competencia inevitablemente generó conflictos y debió ser el disparador que motivó la construcción de poblados estratégicos, los cuales reniegan de la comodidad de los fondos de valle por las asperezas serranas. Es el tiempo de la construcción de los primeros pucarás, enclavados en las alturas y como elementos preventivos de cualquier invasión en los territorios de los cacicazgos. Estas ciudades defensivas posteriormente serán perfeccionadas con la incorporación de la arquitectura militar incaica.

La arqueología moderna ha sabido rescatar una visible diferenciación regional de los estilos cerámicos del período. Las asignaciones de Yavi (extendido por la Puna Boreal), Tilcara y Hornillos negro sobre rojo (en Humahuaca), Poma negro sobre rojo (Quebrada del Toro), Santamariano (con diferentes variedades en los valles Calchaquíes), Shiquimil/San José (Yocavil meridional), Hualfín negro y rojo y Belén negro sobre rojo (Valle del Hualfín), Sanagasta (valles de Famatina y Vinchina) y Angualasto (región homónima sanjuanina) son indicativos de esta regionalización y reflejan la probable distribución espacial de las jefaturas. Aún cuando entonos estos estilos prevalecen los diseños decorativos geométricos, a veces realistas, otros abstractos, con la inclusión de elementos zoomorfos batracios, ofidios y aves) y antropomorfos vistos de frente.

Posiblemente los descendientes de estos grupos sociopolíticos, arqueológicamente identificados por sus repertorios arquitectónicos y artesanales regionalmente segmentados, son los que luego serán documentados por los cronistas europeos. Las naciones chichas, atacameñas, omaguacas, pulares, calchaquíes, diaguitas, abaucanes, famatinas y sanagastas. En otras palabras, eran agrupamientos sociopolíticos organizados en jefaturas preestatales arraigadas en este universo andino; cada una con una protociudad como capital y sus poblados satélites; sus cotos agrícolas, de recolección y caza. Sociedades complejas que ocupaban territorios con límites o “marcas” más o menos establecidas por pactos entre jefaturas vecinas.

Así lo señalan los informes de los primeros españoles que llegaron a conocerlas desde la segunda mitad del siglo XVI: Sin olvidar que un siglo antes de ese tiempo, compusieron el escenario y la gente de la tierra que hallaron los incas en su invasión de 1471.

 

El Imperio Inca (1471 -1536 d.C.)

 

A fines del siglo XV y en las vísperas de la conquista española, el Tahuantinsuyo de los incas ocupaba una extensión territorial cercana a 1.700.000 kilómetros cuadrados, o sea alrededor del 10 por ciento de la superficie total de América del sur. Era un estado andino que se extendía por más de 5.000 kilómetros desde sus confines boreales de Pichincha en Ecuador, hasta los australes de Uspallata y Cachapoal, en la Argentina y Chile, respectivamente. Su frontera oriental era difusa, llegaba poco menos que al borde de la Amazonia, mientras que su espalda al poniente era el propio océano Pacífico.

El Tahuantinsuyo estaba dividido en cuatro cuartos o suyus; Chinchasuyu por el norte; Antisuyu, hacia el naciente; Contisuyu, que ocupaba el entorno cuzqueño, y, finalmente, el Collasuyu, el más extenso de todos y tendido por cerca de 800.000 kilómetros cuadrados. Este territorio abarcaba desde el lago Titicaca hacia el sur, y ocupaba las actuales regiones del occidente de Bolivia, mitad boreal de Chile y el NOA. El Collasuyu fue asimilado por sucesivos procesos expansivos iniciados en 1438 por Pachacuti, y continuados por su descendencia real; Tupac Inca Yupanqui, quién invadió la región a partir de 1471, Huayna Cápac desde 1495, Huáscar a partir de 1525 y finalmente Manco Inca hasta la entrada de Diego de Almagro en 1536.

El desembarco de Pizarro y Almagro en Perú en 1531 sorprendió a un imperio fracturado por la guerra civil entre Atahualpa, soberano de la sección boreal, con asiento en Quito, y Huáscar, medio hermano de aquél, que gobernaba en Cuzco y con dominio en el Collasuyu.

La irrupción incaica cambió sustancialmente el paisaje antropológico. La estadística arqueológica indica que en un lapso apenas mayor a 60 años se construyeron unos 160 establecimientos con arquitectura en piedra y mampostería y cerca de 2.500 kilómetros de dominio real, el Capacñam. Esto significa la mitad de la extensión de la red del Collasuyu y algo más de la décima parte del total  de la vialidad incaica, estimada entre 20.000 y 25.000 kilómetros. La mayor parte de las instalaciones fueron tambos, erigidos como postas de enlace del Capacñam. Otros fueron santuarios levantados en las altas montañas. También construyeron factorías para la explotación minera, como Quillay de Hualfín, y agrícolas como Coctaca de Humahuaca. Mientras que un reducido grupo, regionalmente diseminado, los arquitectónicamente más calificados, desempeñaron las funciones de centros de tributo y de administración. En ellos la ortogonalidad de sus formas, la geometría casi textil de sus plantas. Apenas quebrada por la circularidad de los almacenes estatales (collcas) y algunos torreones defensivos, revelan la estandarización del patrón urbano imperial de tipo cancha o rectángulo perimetral compuesto.

La singular calidad de algunos de sus paramentos y la distribución regional, estratégicamente impuesta por los valles más fértiles, llevan a deducir que la razón de su depurada construcción reside en que dentro de esos establecimientos se ejercieron actividades conspicuas y caracterizadoras del Estado inca, entre ellas, el tributo y la redistribución de bienes, las paradas militares y las ceremonias religiosas y civiles.

La invasión incaica ocupó los bolsones puneños de Calahoyo, Pozuelos, Casabindo, Cochinoca, Doncellas, Salinas Grandes y Antofagasta de la Sierra. Hacia el sur y el este y con mayor presión, lo hizo en los valles de Humahuaca, El Toro, Iruya, Grande de Jujuy, Lerma, Calchaquí, Yocavil, El Cajón, Hualfín, Abaucán, Famatina, Vinchina, Calingasta y Uspallata. En ellos, en las alturas subandinas del Aconquija, Capillitas y Famatina y en el altiplano puneño explotaron las vetas metalíferas de oro, plata y el complejo broncístico de la metalurgia del cobre, estaño y arsénico que fundían en hornos de arcilla, wayras. Su presencia militar les permitió ocupar algunas llantas preexistentes, a las que remodelaron y trazaron sobre ellas el Capacñam y edificios con fines administrativos o artesanales. Esa situación se observa particularmente en las llantas Tilcara, Los Amarillos y La Huerta de Humahuaca, la Paya y Guitián de Calchaquí, Fuerte Quemado y Quilmes de Yocavil.

El Estado se encargó también de la construcción de plataformas ceremoniales en las alturas de los nevados andinos para sus prácticas religiosas. Un pequeño tambo de apoyo, como escala obligada de la ascensión de los peregrinos, era construido al pie de estas montañas. De ellos existen medio centenar ya localizados en la cordillera de los Andes, en la Puna, en las Sierras Pampeanas y en la cordillera oriental. También levantaron algunas guarniciones defensivas para preservar las fronteras externas e internas y un reducido número de centros administrativos.

Los incas introdujeron cambios tecnológicos en las jefaturas locales; como el mejoramiento de las prácticas de agricultura hidráulica en andenerías; los depósitos estatales para maíz y papa, collcas o pirhuas, y las técnicas metalúrgicas en factorías previstas de hornos de fundición o wayras dispuestos en serie. Esta última actividad cobró especial énfasis en el núcleo broncístico conformado por el espacio incluido entre las sierras de Quilmes, Aconquija, Capillitas y Famatina.

Las armas de bronce, hachas en forma de T, macanas, mazas estrelladas y tumis aparecen asociadas con las instalaciones y las tumbas de este período. Des estos elementos tecnológicos se aprovecharon para acrecentar su poderío militar. Otros componentes claramente identificados con el repertorio cultural del Tahuantinsuyo son los vasos de madera, keros, y las piezas de alfarería bicromas y polícromas, decoradas con gallardete, helechos y otros diseños plasmados con la severa geometría incaica y con la utilización de colores negro y rojo sobre fondo claro.

En varios sitios los clásicos estilos cuzqueños, como el Cuzco policromo y rojo, aparecen asociados a cerámicas locales e imitaciones de formas e iconografías imperiales. Los cántaros y jarras de asas laterales (aysanas y puchuelas), los célebres aríbalos e imitaciones aribaloides y los platos con apéndices ornitomorfos son los representantes clásicos de estas artesanías. El pragmatismo incaico se refleja visiblemente a través de estas piezas, en las que prevalecen las formas utilitarias para almacenar maíz, agua y chicha, junto a los platos utilizados para comer. Las naciones conquistadas supieron reproducir esas formas e iconografías, con lo cual abundan las imitaciones con iconografías mixtas entre lo cuzqueño y lo local.

Dentro de ese nuevo orden, el estado invasor debió ofrecer dádivas a los jerarcas locales que aceptaron la paz incaica, que les permitió copiar su cerámica, el uso de armas de bronce y los tejidos cuzqueños. Esta última manufactura adquirió su mayor relevancia, si se tiene en cuenta que esas prendas fueron un elemento esencial de la “redistribución”, que tanto practicaron los incas. Ha sido señalado por varios cronistas que tanto los rebaños de llamas y alpacas, como las manadas silvestres de vicuñas proveedores de lana y la propia industria textil fueron virtualmente monopolizados por el Estado. Dentro de estas atribuciones legadas a los jerarcas asimilados debe probablemente incluirse el idioma oficial del Tahuantinsuyo: el keshua o runasimi (“lengua de los hombres”).

En definitiva, existen ostensibles indicios de que la asimilación del NOA por los incas no parece haber sido compulsiva, aunque la presencia militar de sus tropas regladas debió ejercer una acción persuasiva. Este dominio implicó algunos desarraigos forzados de grupos de población, de una región a otra, por los mecanismos de mitas. Con ello impulsaron las actividades agrícolas, la minería, el manejo de los rebaños, protegieron las fronteras internas y externas y favorecieron el tráfico desde y hacia Cuzco.

El culto solar y a la fertilidad de la tierra  fueron practicados en santuarios levantados en las alturas andinas. En páramos muchas veces ubicados por encima de los 5.000 metros. Entre ellos se destacan los nevados de Miñique, Aracar, Socompa, Lullaillaco, Intihuasi, Palas, Mogotes, Flechas, Toro, Doña Ana, Tórtolas, Mercedario, Alma Negra, Aconcagua, Plomo, Cerro Morado, Cerro Amarillo, Acay, Queshuar, Antofalla, Galán, Chañi, Pastos Grandes, Cajón, Carachipampa, Las Cuevas, Negro Overo, Infiernillo e Imán. Varios de estos enclaves contienen vestigios que indican que solían ofrecer sacrificios simbólicos compuestos por estatuillas de oro, plata, piedra y moluscos marinos, así como humanos en un puñado de casos.

Aquí, los incas no construyeron grandes poblaciones sino que se instalaron o atravesaron con sus caminos deliberadamente los sitios preexistentes, las capitales de las jefaturas, de mayor envergadura humana de ese momento y geopolíticamente estratégicos: Esto sucedió en los apuntados casos de La Paya de Calchaquí, La Huerta y Tilcara en Humahuaca, Tastil de la Quebrada del Toro y quizá Quilmes y Tolombón en Yocavil.

En cambio, sus centros administrativos emergieron en lugares donde no existían instalaciones locales. Esta particularidad cabe para El Shincal, Watungasta, nevados de Aconquija y Hualfín de Catamarca; Yacoraite en Humahuaca, Tambería del inca en Famatina, Chaquiago en Andalgalá, Potrero de Payogasta en Calchaquí y probablemente Ranchillos en Uspallata. En estos establecimientos, la presencia de atributos arquitectónicos imperiales refleja el prestigio de los hombres que los ocuparon y la importancia de las alternativas funcionales en sus edificios. Las plazas de armas (aukaipatas), los galpones administrativos (kallankas), los depósitos estatales (collcas), los escenarios para actividades cívicas y religiosas (ushnus), las hornacinas o nichos, los vanos trapezoidales (puertas y ventanas), los altares con escalinatas de piedra, el uso del revoque, muros de piedra canteadas que imitan la sillería cuzqueña, las jambas y dinteles en las fachadas de los edificios. Estos componentes arquitectónicos no abundan estadísticamente en el área y, en los casos que aparecen (seis por ciento de la población de 160 establecimientos incaicos) indican pertenecer a residencias de líderes o centros administrativos urbanísticamente planeados. Parecen imitar, ser réplicas provinciales, de la planta urbana del Cuzco. Así lo señala el cronista Guamán Poma, junto con los datos arqueológicamente modernos, que son indicadores de las altas funciones estatales que en ellos se ejercían.

Resta agregar que aunque carecen del tamaño, rango y la excelencia arquitectónica de sus similares del epicentro del Tahuantinsuyu (Ollaytambo, Machu Picchu, Huánuco Pampa, Tomebamba, Jauja, Pumpu y el propio Cuzco) estos establecimientos hallados en el NOA fueron en menor escala escenarios de actividades similares, relacionados con el tributo la redistribución, las paradas militares y las ceremonias religiosas.

La columna vertebral del Tahuantinsuyu fue el célebre Capacñam por el que transitaron guerreros (sinchis), artesanos (camáyocs), correos (chasquis), campesinos (jatumrunas), obreros (yanaconas) y los mismísimos reyes y señores (cápacs y apus). El Capacñam principal fue el llamado “Camino de la Sierra” por el cronista A. de herrera. Esta ruta bajaba por el altiplano desde el Cuzco, Puno, Titicaca, desaguadero Aullagas (Poopó), Uyuni, Tupiza, Suipacha y Talina. Penetraba por Calahoyo (al occidente de La Quiaca), luego transcurría al sur por la puna jujeña y las quebradas de Humahuaca y del Toro; los valles de Calchaquí; Yocavil. Campo de Pozuelos, Hualfín, Abaucán, Famatina, Jáchal, Calingasta y Uspallata. Ramales secundarios del camino principal tienen un recorrido transversal, trasponen la cordillera en dirección a Chile o conectan los lindes orientales que separan el mundo andino de los bosques chaqueños. La extensión de esta extraordinaria red supera los 2.500 kilómetros, incluyendo el NOA y la región cuyana. Es más amplia que el “Camino de la Costa” que transcurre por Chile. Está mejor construida, con secciones en cornisa y otras empedradas. Tiene mejores condiciones ecológicas y de agua potable, explotaciones agrícolas y collcas. Por lo que, sin duda, tuvo mayor tráfico que su par del lado chileno.

Los incas no construyeron muchos pucarás provistos de arquitectura militar defensiva en esta región. En realidad se trata de guarniciones emplazadas en fronteras de conflicto, como la guaraní-chiriguana del extremo boreal y la jurí santiagueña. Pueblito Calilegua, en la sierra homónima, y Pukará de Aconquija, en la Sierra de Narváez, son los ejemplos más visibles. Otros emplazamientos militares fueron erigidos dentro del propio espacio conquistado con el propósito de prevenir conflictos internos; como Rinconada y Coyparcito en la puna; Tolombón, Quilmes, Fuete Quemado y punta de Balasto en Yocavil; Yacoraite y Hornaditas en Humahuaca; Cortaderas y Angastaco en Calchaquí; Asampay y Puerta de Corral Quemado en Hualfín. Estos sitios de la segunda categoría son multicomponentes, esto significa que fueron construidos en tiempos preincaicos y potenciados arquitectónicamente en el Período Hispano-indígena (1536-1660). En este último período continuaron siendo ocupados durante las rebeliones indígenas.

En el extremo boreal o altiplano, los incas construyeron tambos pequeños, cuya misión era sostener con provisiones el tráfico sobre el Capacñam. Cada cierto número de tambos edificaron una instalación de mayor porte, a veces construidos por ellos, otras capturada a la jefatura local y reacondicionada para las funciones decididas.

Bajo estas condiciones generales, puede interpretarse que el modelo espacial incaico implantado en la región se apoyaba en el Capacñam, con sus tambos de tráfico, aprovisionamiento y descanso de las caravanas, los que acapararon un elevado porcentaje de los sitios; en una escasa cantidad de pucarás defensivos (menos del diez por ciento de la muestra de 160 sitios); en medio centenar de santuarios en las alturas andinas (treinta por ciento) y en menor frecuencia en factorías, centros administrativos y ocupación de núcleos urbanos preexistentes.

De este modo, por espacio de poco más de medio siglo, se consumó un dominio territorial efectivo; un implante cultural de un Estado imperialista por sobre el tejido de las jefaturas regionales.

Sin embargo, los sucesos históricos posteriores nos indican que el Tahuantinsuyo no fue un imperium sine fine. No pasará mucho tiempo para que sobre él se imponga otro más poderoso.

 

Cultura, Desarrollo y Cambio Cultural Prehispánico

 

Recomponer en detalle la génesis y los procesos culturales de los amerindios que ocuparon el NOA durante varios milenios demandaría un espacio infinitamente superior. Por esta razón tan solo se pretende remarcar los eventos fundamentales de esa historia cultural. Esta comienza unos 9.500 años antes de la llegada de Colón con las primeras pisadas humanas detectadas por la arqueología en la región estudiada. Primero, con el nomadismo de los hombres capturadores de energía del Paleoindio; luego, con los productores del neolítico o Formativo sudamericano que acceden al sedentarismo. Con la improvisación de su morada en el  medio natural en su inicio; hasta la construcción de poblados urbanizados después. Desde los agrupamientos en pequeñas bandas compuestas por un puñado de personas consanguíneamente emparentadas (Paleoindio), se transita más tarde por formaciones tribales segmentarias simples (Formativo), con la alternativa del implante de señoríos teocráticos en el riñón valliserrano (Floreciente Regional), para desembocar en la consolidación de jefaturas o cacicazgos (Desarrollos Regionales) finalmente invadidos y asimilados por el Estado Inca.

Este proceso de crecimiento amerindio no es un modelo horizontalmente extendible a todo el NOA. Desde tiempos anteriores a la etapa sedentaria, tiene matices y diferencias regionales. Su verosimilitud por datos empíricos puede ser contrastada en los territorios clave. Los valles de Humahuaca, del Toro, Iruya, santa Victoria Oeste, Vallegrande, Calchaquí, Yocavil, del Cajón, Hualfín, Andalgalá, Ambato, Abaucán, Sanagasta, Vinchina y Famatina. Los bolsones fértiles del altiplano, como San Juan Mayo, Pozuelos Casabindo, Doncellas y Antofagasta de la Sierra, Tebenquiche y Laguna Blanca. En los piedemontes del oriente, como los de Jujuy, San Francisco, Lerma y Trancas.

Estos ámbitos conforman las porciones más ricas de la región, las más pródigas de agricultura prehispánica. Las que alcanzarán conspicuas formas urbanas y los más altos niveles de integración social de la Argentina prehispánica. También serán las que sufrirán, con mayor rigor, las transfiguraciones generadas por, los estímulos culturales del Tahuantinsuyo y por la conquista y dominio hispánico.

Los pasajes desde los mundos precerámicos a los formativos, y desde éstos a los Desarrollos Regionales, significan graduales avances en las estrategias adaptativas, como consecuencia de claros éxitos reproductivos. Estos progresos se perciben en varios órdenes de la cultura material y en la instalación humana. El primer tránsito significa la lenta pero gradual aparición del sedentarismo; de la arquitectura perdurable; de las aldeas estables asentadas en fondos de valle y provistas de trazados urbanos dispersos y espontáneos. De la agricultura en canchones y terrazas para la producción de gramíneas, tubérculos y leguminosas; de conocimientos astronómicos para planificar la siembra y la cosecha en lo ciclos agrarios de primavera y verano. De la explotación de la llama y la alpaca. De la recolección de los frutos del algarrobo y sus congéneres. Del nacimiento de las alfarerías, la escultura en bulto, la tejeduría, la lapidaria y el manejo en frío de los metales de oro, galena y cobre.

El tránsito del formativo a los Desarrollos Regionales significa un énfasis en la vida urbana por la emergencia de llactas concentradas en regiones ya usufructuadas y también en otras despobladas, los trabajo comunales como la minga, permiten que se asimilen progresivamente nuevos nichos ecológicos, cada vez con mayores pendientes para una agricultura serrana. Se amplia el repertorio de cultivos con el desarrollo de nuevas variedades de maíz, leguminosas y tubérculos; se expanden las prácticas de regadío artificial y el manejo de los desniveles andinos, tanto en la agricultura con control de la erosión y del agua de riego, como para la movilidad y la defensa.

Los Desarrollos regionales significan asimismo el abrupto crecimiento demográfico, las remodelaciones dentro del espacio urbano y la aparición de componentes arquitectónicos ligados con actividades de molienda comunales en recintos especiales, como antesala de una redistribución. Aunque la redistribución, actividad fundamental para la conformación de una estructura sociopolítica de tipo estatal, aún no se expresa arqueológicamente ante la perduración del almacenaje dentro del espacio familiar.

En forma opuesta a estos avances, retroceden en calidad las artesanías alfareras, y también la subterraneidad arquitectónica del mundo de los muertos. En el altiplano y su borde crecen las artesanías textiles, en calabaza y en madera. En cambio, en los valles meridionales, especialmente en el riñón valliserrano de Calchaquí, Yocavil, Hualfin y Andalgalá, alcanzó el pináculo la metalurgia de bronce.

El curaca o mallco y su linaje ocupan los rangos más elevados de la escala social de las jefaturas. Todo parece indicar que las autoridades fueron básicamente de carácter civil en tiempos de paz y como jefes militares en la guerra. Con lo cual desaparecía el estamento socialmente privilegiado de los chamanes – sacerdotes, a quién les cupo el dominio teocrático vislumbrado en el período anterior o Floreciente Regional valliserrano.

La invasión incaica produce una miniglobalización de las poblaciones del NOA, una organización impuesta desde el Cuzco. Esta es la última etapa, el comienzo del epílogo del mundo aborigen prehispánico. Implanta un orden que fenece en el verano de 1536, cuando el ejército de Diego de Almagro penetra en la región viniendo desde el norte. Sus fuerzas quiebran la que sería postrer caravana de súbditos  que marchaban hacia el cuzco a tributar oro al templo del Sol o Caricancha “en noventa angarillas… y en cada andas de estas iban de justo noventa mil pesos de oro fino de veinte y dos quilates en tejuelos y cada tejuelo pesaba sesenta y dos pesos de oro e iba marcado con la marca del inca… (Averiguaciones del gobernador del Tucumán, Ramírez de Velasco. 1587).

Desde esos tiempos, hasta la derrota final de los calchaquíes de Quilmes de Yocavil, ocurrida a mediados del siglo XVII, el NOA, habitado por alrededor de medio millón de indígenas, será escenario de una sostenida penetración europea. Cuyo implante, en tres oportunidades del llamado Período Hispano-indígena (1536-1660), el tejido amerindio intentó sin éxito revertir.

 

(*) Raffino, Rodolfo A. “Las tierras altas del Noreste”. En: “Nueva Historia de la Nación Argentina”. Academia Nacional de la Historia. Bs. As. Planeta. 1999.

 

A modo de síntesis

 

“Durante más de ocho milenios, el Noroeste argentino fue habitado por sociedades humanas que, en el transcurso de ese tiempo, experimentaron cambios sustánciales en sus modos de vida.

En virtud de aquellos, los estudiosos se plantearon diversas secuencias o periodizaciones coincidiendo en diferenciar claramente dos grandes etapas previas a la conquista española.

La primera de ellas es la etapa denominada depredadora, preagrícola o de obtención de alimentos, con economía basada en la caza y en la recolección de productos silvestres.

La segunda es la llamada productora, agroalfarera o de producción de alimentos, durante la cual se desarrollaron la agricultura y la ganadería.

El límite entre ambas se sitúa alrededor del 600 a.C. Luego de esa época de transición, se inició el período Formativo (el primero de la segunda etapa). Este globalmente se caracteriza por una opción productiva de tipo agrícola y/o pastoril, complementada con caza y recolección y llevada a cabo por pequeñas comunidades sedentarias, que se diferenciaban entre si por variables medioambientales e históricas. Aparecen entonces tecnologías novedosas en la región, como la cerámica, la escultura en piedra y la metalurgia.

El Formativo se extiende entre el siglo V a.C. y el XI d.C. amplio lapso en el que se suceden modificaciones socioeconómicas y culturales que permiten distinguir diferentes momentos dentro del período: Inferior, Medio y superior.

La región arqueológica Valliserrana comprende los valles del Noroeste, que se extienden desde Jujuy y Catamarca hasta el norte de San Juan. En el sector de Ambato, durante el momento Inferior o Temprano vivieron grupos humanos que hoy conoce la arqueología a través de algunas de sus manifestaciones culturales (cerámica, escultura, costumbres funerarias) y a los que se denomina Condorhuasi, Alamito, Saujil, Ciénaga, entre otros

La interacción de los mismos llevaría paulatinamente a fenómenos de mayor complejidad sociocultural, en una situación de integración regional (período Formativo Medio) que define el advenimiento de la llamada “Cultura de La Aguada”. Es la época de máximo desarrollo tecnológico de la región.

Para mediados del siglo IX se inicia el Formativo Superior que, de algún modo, prefigura ya ciertas características propias del período siguiente, el de Desarrollos Regionales, que comienza hacia el siglo XI y que, a grandes rasgos, se distingue por un proceso de fuerte diferenciación entre las subregiones y por el surgimiento de aldeas fortificadas, en concordancia con un énfasis de los elementos bélicos.

A fines del siglo XV se inicia en la región la penetración incaica proveniente del norte, cuya presencia continuará hasta la llegada de los españoles.”

 

“La larga historia del Noroeste”, Inés Gordillo. En: “Ciencia Hoy” Nº 8 junio/agosto 1990.

 

El Poblamiento del Tucumán

 

            “Se hace más servicio a Dios en criar mestizos que el pecado que por que ello se comete”

Francisco de Aguirre

 

De las tres corrientes colonizadoras del territorio argentino (este, oeste y norte) la del norte, que penetró por el valle de Humahuaca, fue la más importante, ya que tuvo una sólida estrategia de dominio y consolidación que culminó en 1563 con la creación de la Gobernación del Tucumán por Real Cédula de Felipe II.

        Se denomina el Tucumán a un territorio de unos 700.00 kilómetros cuadrados de extensión, formado por las actuales provincias de Jujuy, Salta, Tucumán, Catamarca, La Rioja, Santiago del Estero y parte de Córdoba y Chaco.

 

Entrada de Diego de Rojas al Tucumán (1543)

 

El primero que entró en nuestro territorio por el norte fue Diego de Rojas (1543), ya que Almagro había penetrado solo de paso. Rojas murió en Santiago del Estero y delegó el mando en Francisco de Mendoza, quién atravesó Córdoba, remontó el Carcarañá y llegó al fuerte de Gaboto. Sus hombres se negaron a seguirlo a Asunción y lo asesinaron. En Perú se aprovechó los datos de los sobrevivientes de la expedición que culminó en un fracaso.

 

Entrada de Núñez del Prado (1549)

Al acabar las guerras civiles en el Perú, se da la necesidad de dar ocupación a soldados y pobladores alejándolos de Lima, según quería el “pacificador” La Gasca que había restaurado el orden en el Perú tras la guerra civil entre Pizarro y Almagro. Por esta razón, a pesar del fracaso de Rojas, se comisionó a Juan Núñez del Prado (1549)  para que entrara al Tucumán y fundara una ciudad.

            La provisión entregada a Núñez del Prado declaraba formalmente que debía pacificar y reducir a los indios, que no se recurriera a la guerra contra ellos, que el mejor modo de conversión era fundar un pueblo de cristianos. Se le ordenaba que en todo se guiara por su recta consciencia y de acuerdo con los principios de la justicia y que fuese paternal en el trato con los naturales.

En 1550 fundó en suelo santiagueño la ciudad de “El Barco” (para congraciarse con La Gasca, llegado al Perú en tal medio) y el Barco II (1551) y Barco III (1552) dado el carácter  provisorio y móvil, por diversos avatares, de estas exageradamente llamadas “ciudades”. Al poco tiempo, Francisco de Villagra reclamó que la ciudad se encontraba en jurisdicción de Valdivia. Por esta razón, fundó otra más alejada, la mencionada Barco II, pero ante la constante hostilidad indígena, la trasladó a orillas del río Dulce (1552).

 

Santiago del Estero (1554)

 

El gobernador Valdivia envió a Francisco de Aguirre al Tucumán como gobernador de “El Barco” y se reavivaron los problemas jurisdiccionales. Aguirre encarceló a Núñez del Prado, aunque éste fue posteriormente absuelto de culpa y cargo y no volviera al Tucumán. Al considerar el emplazamiento de “El Barco” como bajo e inundable lo trasladó al norte con el nombre de Santiago del Estero. Activó la colonización de los aledaños, fomentó la agricultura y distribuyó indios en encomienda. Aguirre no fundó una nueva ciudad, solamente corrigió su emplazamiento y le cambió el nombre. Desde ese momento Santiago se transformó en la ciudad madre de la gobernación del Tucumán. Fue el primer asentamiento permanente de la Argentina y centro de irradiación de la colonización española, razón por la cual se la considera “Madre de ciudades”.

 

Colonización del Tucumán

 

Cuando aún el Tucumán se encontraba bajo jurisdicción de Chile hubo un gobernador, Juan Pérez de Zurita, que fundó tres asientos (apenas llegaban a 60 vecinos): Londres, Cañete y Córdoba del Calchaquí (1558), siendo destruidos por los diaguitas. En 1563 Felipe II expidió una Real Cédula determinando los límites jurisdiccionales de la Audiencia de Charcas e incluyendo dentro de ellos la gobernación de Tucumán. A mediados de 1566, el gobernador Aguirre encomendó a su sobrino Diego de Villaroel la fundación de una ciudad en el camino a Lima: San Miguel del Tucumán y Nueva Tierra de Promisión. Para suceder a Villaroel en el gobierno del Tucumán, el Virrey del Perú designó a Jerónimo Luis de Cabrera con el encargo de fundar una ciudad en Salta, pero éste, para evitar la dependencia comercial al Perú, se encaminó al país de los comechingones y fundó Córdoba del Tucumán.

 

Fundación de ciudades (*)

 

EL ciclo inicial de asentamientos de españoles en la gobernación del Tucumán comenzó con la fundación de Santiago del Estero en 1553 y concluyó con la de San Salvador de Jujuy en el año 1593. Durante ese lapso se fundaron San Miguel de Tucumán en 1565 y Nuestra Señora de Talavera del Esteco en 1567, ambas con la finalidad de asegurar etapas en el Camino Real entre Santiago – capital de la gobernación – y la ciudad de Charcas.

En 1589 el procurador Mexía Miraval describía a Talavera, situada a 45 leguas de Santiago como una posición fronteriza con los indios del Chaco en las que se detenían las carretas antes de seguir su camino al norte; posiblemente su emplazamiento no distase mucho de la actual estación de ferrocarril que lleva en el mismo nombre.

            Pero en 1592 se fundó Nueva Madrid o Madrid de las Juntas en un punto estratégico, a tres leguas del lugar donde el río de las Piedras se une con el Salado (unos 20 km. al norte de la actual Metán), a donde concurrían los caminos que llegaban de Tucumán y de Talavera. Las carretas desviaron, entonces, su ruta desde Santiago yendo directamente a las Juntas con lo que “se ahorra decir por Esteco treinta y cinco o cuarenta leguas”, se comentaba en 1605.

En 1610 los pobladores de Talavera y de Madrid fueron trasladados a una nueva ciudad ubicada en un emplazamiento aún mejor que bautizaron Nuestra Señora de Talavera de Madrid, aunque se llamó la “Esteco”, nombre indígena del lugar del emplazamiento de Talavera. La nueva ciudad no llegó a durar cien años, sufriendo, durante todo el siglo XVII, el ataque continuado de los indios del Chaco que culminó con un terrible malón de 800 indios mocovíes en 1686. El golpe final a una Esteco ya muy despoblada lo asestó el famoso terremoto del 13 de septiembre de 1692, que la redujo a escombros mientras conmovía a toda la región, especialmente a Salta. En relación con esta decadencia final de Esteco surgió una leyenda sobre una ciudad opulenta y viciosa destruida como castigo por sus pecados, a la manera de Sodoma y Gomorra. Al mismo San Francisco Solano, que actuó en Talavera del Esteco, a partir de 1596, se le atribuye el conocido vaticinio: “Salta saltará, Tucumán florecerá, Esteco se hundirá”.

Para la fundación de San Miguel de Tucumán se eligió como sitio la desembocadura de la Quebrada que hoy llamamos del Portugués, recorrida por el río Pueblo Viejo. El lugar era muy apropiado como escala en el camino al valle de Tafí y a los Valle Calchaquíes. Una buena ruta para el tránsito a caballo o en mulas hacia el norte, pero de ningún modo cómoda para el tráfico comercial que prefería el camino de la llanura y soslayaba a la ciudad de San Miguel.

 

La labor misional.

 

            Como es conocido, el enfrentamiento de españoles e indígenas al inicio del período colonial fue muy cruento, por la codicia de algunos colonizadores, provocando abusos que desconocían todo principio humano y religioso. Ante este panorama, la Iglesia cumplió un rol muy importante a través de la labor de las órdenes de los jesuitas, franciscanos, dominicos y mercedarios.

En el norte argentino se destaca la labor evangelizadora desplegada por los sacerdotes Francisco Solano (hoy santificado) y fray Luis Bolaños. Los  precursores en tierras santiagueñas fueron los religiosos Angulo y Barzana, que realizaban su prédica en las lenguas tonocoté y quechua, consolidando la devoción cristiana entre los nativos y contribuyendo a la colonización de los territorios más adversos.

En 1585 los jesuitas se establecieron en tierra santiagueña realizando un gran aporte catequístico tanto en la ciudad como en las áreas rurales donde erigieron las estancias de Maco y el Palomar, y las reducciones de Sn José de las Vileleas, San José de las Petacas y Concepción de los Abipones. Instruyeron a los aborígenes en la extracción del azúcar, el cultivo de tabaco y algodón y la producción de quesos, tejidos y cueros (ver plano de caminos coloniales).

La región del río Salado constituyó la frontera natural con los pobladores indígenas y sobre ellas se asentaron las líneas de fortines y algunas de las reducciones jesuíticas. En el siglo XIX esa frontera entre las dos culturas fue extendida en una acción coordinada entre misioneros franciscanos y tropas militares.

En 1570 por Bula Papal de Pío V fue creado el Obispado de Tucumán, dependiente del Obispado de lima, que comprendía los territorios de Tarija, Jujuy, Salta, Tucumán, Santiago del estero, La Rioja y Córdoba. La sede estaba en la ciudad de Santiago del Estero.

Recién en 1581 asume como primer obispo el sacerdote portugués Francisco de Victoria quién priorizó la administración económica del territorio. Dio inicio al comercio, exportando todas las manufacturas que se producían en la diócesis, principalmente los tejidos de excelente realización, así como la miel, cera y harina. En 1699, luego de las graves inundaciones que destruyeron las sedes civiles y eclesiásticas, el obispado fue trasladado a la ciudad de Córdoba, por Bula del Papa Inocencio II.

El protagonismo geopolítico del Tucumán colonial comenzó a declinar en 1776 con la creación del Virreinato del Río de la Plata por Carlos III, con sede en buenos Aires y comprendiendo las gobernaciones de Buenos Aires, Paraguay, Charcas o Chuquisaca, la Paz, Potosí, Cochabamba y Tucumán. En 1782, por Real Ordenanza, el Virreinato se divide en ocho intendencias y cuatro Provincias Subordinadas.

La Intendencia de Córdoba del Tucumán comprendía Córdoba, la Rioja, San Juan y Mendoza, y la Intendencia de Salta del Tucumán abarcaba Salta, Tucumán, santiago del estero, Jujuy y Catamarca. Posteriormente fue subdividida para crear la Provincia del Tucumán conformada por Tucumán, Santiago del estero y Catamarca.

 

Caminos Coloniales

 

El llamado Camino Real al Alto Perú pasaba por esta zona. Unía el territorio central de la Argentina con Potosí y Lima, capital del único virreinato de América del Sur. Por este camino circulaba todo el comercio colonial que debía, obligatoriamente, salir hacia los mercados extranjeros por el puerto de El Callao.

Con la creación del Virreinato del Río de la Plata cambió la dirección de la circulación por este camino pues todo el tránsito comercial, religioso, militar y administrativo de Bolivia, Potosí y de las intendencias de salta y Córdoba del Tucumán fluyó hacia Buenos Aires capital virreinal y puerto de embarque hacia el exterior.

En este camino, abierto a través de espesos montes, algarrobales y tunales, los viajeros recorrían enormes distancias acentuadas por los rigores del invierno y las elevadas temperaturas estivales. Numerosas postas consistentes en pequeños caseríos con hacienda permitían detenerse para el descanso, el aprovisionamiento de agua y comestibles, y el recambio de caballos y mulas.

Debido a la necesidad de comunicación entre Buenos aires y Lima, en 1748 se designa un Teniente de Correo mayor en Buenos Aires, dando inicio al funcionamiento del correo mediante chasquis particulares.

En 1771 llegó a Buenos Aires Alonso Carrió de la Vandera, visitador de correos, quién organizó un sistema de postas con seis correos fijos entre Buenos Aires y las minas de Plata del Potosí. Sus andanzas quedaron registradas en un interesante libro, “Lazarillo de ciegos caminantes”, publicado en 1773 con el seudónimo de Concolorcovo.

En 1794, bajo el reinado de Carlos IV, se promulgó la Ordenanza General de Correos para el mejoramiento de todos los servicios de postas y puentes en las rutas que comunicaban a Buenos Aires con: Potosí a 536 leguas (2.987 km.), Chile a 374 leguas (2.084 km.) y Paraguay a 403 leguas (2.246 km.).

En 1803 se propone la apertura de un camino entre Quilino y Catamarca habilitado en 1809. Tiene como posta Los Algarrobos, la que fuera llamada estancia El Tambo.

En el norte del territorio cordobés, el Camino Real se bifurca a la altura de Villa del Totoral trepando por las sierras, o bien, transitando por el sector llamado del Bajo, con menos sinuosidades, mejores postas y mayor seguridad al ataque de los grupos Abipones en Santiago del Estero.

 

Ciudades españolas y Pueblos de indios

 

Luego del paso de Diego de Almagro en 1535 y, ocho años más tarde, la entrada de Diego de Rojas en 1543, ambas con carácter de exploraciones, pronto se fundó (1550) la primera ciudad del Tucumán y no demoró mucho la primera que perduró: Santiago del Estero, en 1553. En 1569 se hizo cargo de sus funciones en Lima el virrey francisco de Toledo, quién desarrolló una política de afianzamiento de las fundaciones en la región del Tucumán. Así se edificaron las ciudades de Lerma en el valle de Salta en 1582, y San Salvador de Jujuy en 1593.

El sistema que utilizaron los españoles para ocupar y controlar el territorio conquistado fue el de fundar ciudades a distancias razonables, a dos o tres días de camino entre ellas, y establecer la jurisdicción de cada ciudad sobre las tierras intermedias. La propiedad sobre estos terrenos era entregada a los vecinos, como así también la repartición de los indios, quienes debían trabajar bajo el sistema de encomienda.

Salta y San salvador de Jujuy fueron los eslabones que completaron la cadena de ciudades en el Camino Real desde el Alto Perú hasta Córdoba. Estuvieron emplazadas en sitios estratégicos para controlar parcialidades de indios, como los omaguacas y los calchaquíes que ya habían demostrado, o lo harían más tarde, que no aceptaban pacíficamente el dominio español.

Las ciudades españolas de esta parte del continente se trazaron con forma de damero y usando como modelo la cuadrícula utilizada en lima en 1535. Esta tenía 450 pies (129 m.) para el largo de la cuadra y 40 pies (11 m.) para el ancho de la calle. Las medidas de Salta y San Salvador de Jujuy eran idénticas entre sí pero un poco menores que las de Lima: 440 pies (126m.) la cuadra y 35 pies (10 m.) el ancho de las calles. Salta y Jujuy también se parecieron porque, en su afán defensivo. Salta se ubicó entre dos arroyos y Jujuy entre dos ríos, por lo que los planos de ambas ciudades resultaron rectángulos con el lado mayor en dirección este-oeste.

En los documentos que acompañaron a las actas de fundación se fijaron solares en la plaza, o muy cerca de ella, para algunos edificios públicos: en Salta – la Iglesia Mayor, el Obispo, el gobernador, las Casas del Cabildo y la “Casa y Convento del señor San Francisco”, y en San Salvador de Jujuy para la “Iglesia Mayor y las Casas del Cabildo y la Cárcel”. Tanto la estructura urbana de cuadrícula como la ubicación de los edificios más representativos permanecen hoy como la herencia del momento de la fundación.

Las “ciudades” en que vivían los españoles, como todas las fundaciones al inicio del siglo XVI, constituían una aldea incipiente en la que cada vecino disponía de unos 1.200 metros cuadrados de terreno donde edificar su casa, criar sus animales y cultivar su huerta. La ciudad era centro de tareas rurales; las disposiciones sobre dehesas para la cría de animales y las chacras y estancias que se otorgaban a cada vecino así lo evidencian. Pero, además, la ciudad era residencia de los vecinos a quienes se les había otorgado encomiendas de indios en el territorio de su jurisdicción, por lo que debe entenderse a la “ciudad” como centro de un sistema de poblaciones cuyos satélites eran los poblados indígenas.

Hacia fines del siglo XVI, ya fundadas Salta y san Salvador de Jujuy, el número total de vecinos del territorio del Tucumán era de 250, en tanto la población indígena estimada era de 24.000. Salta estaba poblada por 30 vecinos y sus familias y San Salvador de Jujuy por 20.

Las encomiendas de indios habían comenzado en 1540 cuando Pizarro dio en tal calidad los indios de Humahuaca a Martín Monge. Pero sólo a partir de 1557 se repartieron en forma efectiva múltiples encomiendas en todo el territorio de esta zona. Con ellas se puso en marcha la transformación cultural de la vida aborigen. La predicación religiosa, a cargo de curas doctrineros, complementada con la construcción de capillas e iglesias, la introducción de nuevos cultivos y animales domésticos, el sometimiento social y económico de los indios al encomendero y al cura doctrinero, y la creación de pueblos de indios y ciudades de españoles, fueron los elementos centrales de uno de los procesos de transformación cultural más notables de la historia.

Los pueblos de indios no fueron fundados. El esquema de ocupación prehispánico fue asimilado por los españoles y los pequeños poblados que hoy conocemos surgieron como transformación de los asentamientos previos a la conquista: Humahuaca, Tilcara, Purmamarca.  También nacieron pueblos de indios como complemento de la construcción de la gran casa del encomendero, como en Yavi, Cachi y Molinos. En muchos de los pueblos de este tipo que todavía podemos visitar no cabe duda de que el edificio de la Iglesia, con su atrio, fue el elemento generador que determinó la dirección de las calles y el tamaño de la plaza y del resto de las manzanas, como en Tumbaya, Purmamarca y Casabindo. En los pueblos originados en la Gran casa-hacienda, el protagonista es el conjunto, iglesia y casa, y a él se subordina el caserío.

La principal diferencia formal entre pueblos de indios y ciudades de españoles es que éstas últimas estaban emplazadas en un terreno llano, con un trazado regular de calles en damero. Los poblados indígenas, por el contrario, estaban emplazados en tierras abruptas o estériles, para así aprovechar el escaso suelo fértil o para una mejor protección defensiva, y su trazado de calles angostas y sinuosas obedecía a las determinaciones impuestas por la topografía. En general, los pueblos de indios centraban su actividad en una economía agropecuaria, pero algunos como Rinconada, Cochinoca y Casabindo eran centros importantes de explotación minera.

En el sigo XVI concluyó la etapa fundacional. A lo largo del siglo XVII se asistió a la gran crisis de la relación interétnica. En 1622, el Obispo Cortázar describía así al valle Calchaquí: un distrito como de 30 leguas de largo donde habitaban más de 15.000 almas “muy fértil para sementeras y así los indios de él eran grandes labradores y cogían mucho trigo, maíz y cebada…”.Pero, desde fines del siglo XVI, se sucedían las quejas sobre la situación de opresión a la que habían sido sometidos los indios. En ese sentido fueron muy explícitas las Ordenanzas de Alfaro, oidor de la Real Audiencia de Charcas, promulgadas en 1612 en Santiago del Estero que, entre otras cosas, abolían el servicio personal de los indios, como también los informes de los obispos Trejo y Sanabria en 1612 y de Cortázar en 1622 sobre la deplorable situación de los indios.

En 1630 estallaron las grandes rebeliones indígenas, que se generalizaron en el noroeste. Cuando concluyó el “Gran Alzamiento” en 1636, no quedaba un solo español en el valle Calchaquí. Durante veinte años continuaron las dificultades que desembocaron en 1658 en la reanudación de la guerra encabezada por el legendario personaje Pedro Bohórquez, un español que se hizo pasar por descendiente de los incas. En la campaña de 1659 murieron mil indios y tres mil fueron dispersados hacia las cercanas ciudades de españoles. El conflicto concluyó en1665 cuando 250 familias indígenas fueron enviadas al Litoral, 350 a La Rioja y Catamarca y una cantidad semejante a las ciudades de Londres, San Miguel de Tucumán y Esteco.

 

(*) “Guía Turística YPF”

 

Las Guerras Calchaquíes (1560– 1665)

 

El territorio que actualmente ocupa la Argentina era en los albores de la conquista un área marginal y semivacía, carente de riquezas minerales como las que ofrecían Guanajuato y Taxco en México o el Potosí en el Perú; de comarcas dilatas y extensísimas, salpicadas por abruptas dificultades geográficas, con inexistentes vías de comunicación – excepto los cursos fluviales – y una naturaleza hostil que poco o nada podía ofrecer a una colonización regida por un criterio económico extractivo. La exploración de la geografía austral respondía a la necesidad de encontrar vías de acceso a las vetas mineras trasandinas o rutas marítimas para trasladar el metálico hacia la metrópoli. En consecuencia, solo el Noroeste argentino ofreció algún interés al español por la única riqueza que ofrecía, el recurso humano: hombres, denominados “piezas” en algunas crónicas de la época.

Los Valles Calchaquíes poseían  el mayor índice demográfico del actual territorio argentino, con la ventaja de que sus habitantes estaban habituados a pagar tributo al estado incaico. El componente humano era un recurso de primordial importancia para el gobierno del Cuzco; es más, muchas instituciones de la administración incaica, como la mita y el yanaconazgo, fueron incorporadas por el gobierno colonial. De modo que las condiciones establecidas por la conquista incaica allanaron el camino para la invasión europea. (1)

Definir como “Imperio” al Estado Inca, si bien no es un término riguroso no carece de similitud en algunos aspectos con su símil romano. Al igual que los gobernantes del Lazio, los del Cuzco construyeron carreteras que comunicaban los cuatro confines de su dominio, obligaban a las poblaciones a aprender el quechua para unificar lingüísticamente los dominios con una suerte de lengua franca, se respetaban las particularidades culturales y de justicia comunal de los sometidos y se “invitaba” (forma elegante de llevarse rehenes) a los familiares de los caciques a la capital del imperio, donde eran “reeducados”. En suma, ya existía una actitud de disciplina hacia el poder de turno, sin que importara el titular del mismo, al menos, hasta la llegada de los españoles.

El principal motivo para imponer un sistema económico de explotación agropecuaria era que, por carecer de metales preciosos o  poseerlos en escaso volumen, los indígenas sujetos a encomiendas no estaban obligados a trabajar en la actividad minera como en el Potosí – verdadero “Moloch” y caldera de exterminio de la población nativa – donde el grado de explotación superaba todos los límites imaginables. Es allí donde surgió la primera enfermedad social de América: la neumoconiosis (enfermedad producida por la inhalación de polvo mineral en las minas). No obstante, las jornadas agotadoras de la explotación rural no le fueron en saga.

El criterio económico imperante en la Europa de la época era el mercantilismo, monetario en el caso de España, que tuvo la fortuna – en un principio, pues a la larga fue una desgracia – de encontrar un continente con exuberante vegetación, metales preciosos, zonas cultivas con regadío artificial y abundante mano de obra que explotar. Estos factores condicionaron un régimen dedicado fundamentalmente  a la exportación de materia prima; un sistema que generó con rapidez el monopolio de tierras y minas y una clase dominante interesada, casi exclusivamente, en la producción para el mercado externo.

La economía de subsistencia de las comunidades indígenas fue reemplazada por la producción de materias primas y la extracción de metales preciosos destinados al mercado internacional. Los españoles integraron el valor de cambio y la economía monetaria en una sociedad que solo conocía el valor de uso y la economía natural. Con la introducción del ganado europeo y el consiguiente consumo de leche y queso, hubo un mejoramiento de la dieta, pero benefició solo a una pequeña porción de la población. La mayoría, esclavos africanos e indígenas, comían poca carne, basaban su dieta alimentaria en los productos naturales que le proporcionaba la economía de subsistencia de sus parcelas.

La explotación ganadera se convirtió en un importante rubro de exportación, ocupando tierras que afectaron los ecosistemas. La concentración de la propiedad territorial reforzó la tendencia a la expoliación progresiva del ambiente. Los colonizadores arrebataron las tierras a los indígenas, afectando los pequeños subsistemas de producción agrícola que se habían desarrollado en la época precolombina.

La gran extensión de la propiedad territorial es uno de los argumentos que se han dado para demostrar el carácter feudal de la colonización española. Ese error proviene de identificar feudalismo con latifundio, haciendo abstracción del contenido concreto de cada uno y poniendo más énfasis en el aspecto formal – la extensión – que en el contenido: el régimen de producción y  cambio. De aceptarse ese criterio. Resultaría difícil explicar en la actualidad la existencia de grandes haciendas modernas que no son feudales sino empresas explotadas en forma eminentemente capitalista. Latifundios han existido tanto en la sociedad esclavista oriental, griega y romana, como en el régimen feudal y capitalista. Lo básico del feudalismo no era sólo la extensión de las tierras del señorío sino la explotación de siervos en una pequeña producción agraria y artesanal, donde el trueque – y no la economía monetaria – constituía la base del escaso comercio. En cambio, el latifundio de la época colonial tuvo como objetivo principal la producción a gran escala de productos para la exportación. (2) En esta economía de carácter extractivo sobre recursos supuestamente inagotables, el indio era un recurso más, y se lo explotó al límite de su existencia, lo cual generó la inevitable resistencia.

Entre los años 1560 y 1563, Juan Calchaquí, cacique de Tolombón, encabezó la primera rebelión de los diaguitas, que aterrorizó y tomó desprevenidos a los intrusos de ultramar, que debieron refugiarse en Santiago del Estero hasta la llegada del auxilio enviado por la Audiencia de Charcas.

 

            “Cada pueblo tenía su principal y cabeza por sucesión, a quién obedecían, sino fue en el valle de Calchaquí, que por ser valiente un indio llamado Calchaquí, vino a dar nombre a aquel valle de treinta leguas, que corre de norte a sur, cuyos indios son tan grandes flecheros que han quitado hartas vidas de los españoles y despoblado un pueblo de ellos con muerte casi de todos, aunque están ya rendidos y de paz, pues que fue el gobernador pasado a conquistarlos” (3).

 

Entre los años 1588 y 1589, Ramírez de Velasco recorrió los Valles calchaquíes con una fuerza importante – aumentada por seiscientos indios flecheros – en una campaña de “conquista y persuasión”. La presencia de estos aliados nativos da cuenta de un tema no tenido en cuenta por cierta producción literaria, fílmica y – en nuestro caso discográfica – con la cual ciertos comerciantes de emociones lucran ejerciendo una suerte de “indigenismo de mercado”. Producciones de dudosa calidad artística e  histórica (“Taky Ongoy”, “Cinco siglos igual”, etc.) interpretadas por cantautores que ya sea por el nombre o el aspecto físico distan mucho de representar el fenotipo de nuestro noroeste, describen un panorama idílico anterior a la conquista.

La presencia constante de “indios amigos” en el proceso de expansión de lo que después se llamó “fronteras interiores”, desde Francisco de Aguirre a Julio A. Roca, indica el grado de tensiones interétnicas previas al “Descubrimiento”. El odio y los viejos rencores, impulsaron al indio a aliarse con el conquistador para apresurar la derrota de parcialidades rivales. Lo hemos dicho en otro trabajo respecto a la caída de México: la Conquista de América no fue tanto una conquista, como el resultado de una revuelta de las poblaciones sometidas. (4)  Este hecho, buscado y favorecido por el español, cuando era lo suficientemente hábil para lograr esta alianzas, apresuró la conquista a la vez que la hizo más sangrienta y dura.

Por otra parte, se ha exagerado la eficacia del bagaje militar europeo. Poco podían los arcabuces, de corto alcance y lenta y dificultosa recarga, ante nubes de flechas emponzoñadas. La  coraza de metal fue reemplazada al poco tiempo por la cota de algodón, adoptada de los indígenas, más liviana y efectiva  para detener los dardos disparados con propulsor. Pasada la primera sorpresa, el caballo ya no fue considerado una amenaza, animal que, por otra parte, poco auxilio podía brindar en una lucha fundamentalmente serrana. Al respecto, el trabajo de Alberto Mario Salas, “Las Armas de la Conquista” despeja muchas fantasías tejidas al respecto.

El gobernador Ramírez de Velasco iba acompañado por el padre Alonso de Bárzana, que hablaba once lenguas y un hijo del difunto Juan Calchaquí que fue exhibido en prenda de paz. Sin embargo, la resistencia indígena se manifestó nuevamente con la rebelión de Viltipoco, curaca de Pumamarca, en la región de Humahuaca, quién llegó a acaudillar más de 10.000 indios, logró cortar la comunicación del Tucumán con el Perú y hasta proyectó una alianza con los chiriguanos del Chaco. Al fin, Viltipoco fue capturado y tiempo después murió en prisión.

Tras estas jornadas, sobrevinieron treinta años de relativa tranquilidad. El fraile Antonio Vázquez de Espinosa, que recorrió la región y tomó informes de ella hacia 1629, hizo descripciones casi idílicas; las pequeñas ciudades prosperaban, producían diversos géneros, comerciaban y construían iglesias y los indios trabajaban para sus amos. Pero en 1629 el gobernador Albornoz anotaba que los diaguitas, habitantes de los valles, “no acuden a los encomenderos con los tributos ni vienen con la mita si no es entrando en ella con apercibimientos de armas y cantidad de gentes, por ser toda la de este valle flechera y briosa”. Es que la presión de los nuevos dominadores demostró ser mucho más inclemente que la de los incas.

 

Organización económica de los territorios ocupados

 

Para asegurar el usufructo y explotación de los recursos minerales y humanos, se adoptaron instituciones tales como la encomienda, la mita y el yanaconazgo, los repartimientos y mercedes de tierras y las reducciones de pueblos.

La institución económico-social de la encomienda se inició en La Española a raíz del repartimiento de indios hecho por Cristóbal Colón y se extendió posteriormente a toda la América Hispana. El reparto de indios que hizo el Almirante en 1499 respondió a la necesidad de “compensar” a los españoles los esfuerzos y sacrificios que habían hecho en la empresa. Consistió en imponer a cierto número de indios la obligación de hacer trabajos agrícolas para los pobladores españoles que padecían graves necesidades en La Española.

Esta forma de servidumbre o esclavitud atenuada no obtuvo la aprobación de la Corona y, aunque hubo nuevos repartimientos y asignaciones de indios para servicios de los pobladores, en 1503 se decretó su abolición. Sin embargo, no tardó en reimplantarse la práctica.

 

La encomienda antillana (1499-1542)

 

La encomienda antillana comenzada por Colón cobró trágica fama debido a las denuncias de Antonio de Montesinos y Bartolomé de Las Casas. Esta prédica influyó en la opinión de que los excesos se debían no a sus ejecutores sino a la institución. La encomienda antillana fue evolucionando en virtud de Ordenanzas Reales.

El primer período corresponde al de Colón y sus excesos: servicio personal obligatorio sin remuneración, jornadas agotadoras, encomenderos sin limitaciones, etc.

Bajo el gobierno de Nicolás de Ovando (1502-1508) el sistema cambió radicalmente. Primeramente la Corona dispuso su eliminación. Posteriormente se dispuso la encomienda voluntaria, hasta que en 1504 se dispuso obligatoria pero con pago de jornales y de 3 años.

Posteriormente se establecen las Leyes de Burgos de 1512, en virtud de los reclamos de los misioneros se establecen dos períodos anuales de cinco meses separados por 40 días de descanso, casa, comida e iglesia. Eran supervisados por visitadores oficiales.

Finalmente, al publicarse las Leyes Nuevas en 1542, las encomiendas antillanas fueron suprimidas. Estas leyes terminaron no solo con el servicio personal al encomendero, sino también con la obligación de pagar tributos.

 

La encomienda continental

 

Pese a la expresa prohibición de Carlos V, Hernán Cortes repartió indios entre sus hombres tras la conquista de México. Sin embargo, el monarca no tardó en aceptar el sistema de encomienda en toda América. Cortés dio ala sistema un carácter social-misional que influyó en la autorización por parte del Rey, pese a muchas resistencias.

El conquistador dictó en 1524 las “Ordenanzas de Buen Gobierno” y poco después las “Ordenanzas de buen tratamiento de los Indios”. Entre sus disposiciones estaban las siguientes: el encomendero debía promover la conversión de sus indios y la educación de los hijos de lo caciques; debían sostener con su peculio la labor de los misioneros; no podría exigir oro a los indios bajo pena de perder la encomienda; toda diferencia entre él y sus encomendados debía ser resulta por la justicia.

Las encomiendas fueron suprimidas paulatinamente desde el siglo XVIII. Motivaron a la Corona razones de índole fiscal: los tributos que los indios pagaban a sus encomenderos en desmedro de la Real Hacienda, pasaron luego a engrosar las arcas del Estado.

Se ha argumentado que la relación entre el encomendero y el indio era feudal. Esta relación entre clases es uno de los principales puntos de apoyo de aquellos que sostienen el carácter feudal de la colonización española. Sin embargo, la encomienda de servicios reflejaba relaciones más esclavistas que feudales. Se ha definido tradicionalmente al feudalismo como un contrato entre hombre libres peo el indio no “elegía” al señor y no establecía vínculos de vasallaje, como el siervo en el medioevo. El indígena encomendado era más explotado que un siervo, sobre todo en la encomienda de servicios. En rigor, la encomienda estableció una relación precapitalista entre las clases, no necesariamente feudal a pesar de su apariencia, sino más bien esclavista en su contenido, al servicio de una empresa con fines mercantilistas.

Estas formas de explotación de energía humana produjeron grandes beneficios a los colonizadores, pero provocaron una drástica disminución de las comunidades indígenas. “El modelo de encomienda de servicio personal produjo notables alteraciones en las comunidades indígenas, a diferencia de lo que sucedía en los Andes Centrales, donde la organización del trabajo comunitario para producir el tributo ayudaba a consolidar la unidad del grupo y reforzaba la autoridad del cacique que era el responsable de su cumplimiento frente a las autoridades y el encomendero. Caso contrario, el cacique podía ser encarcelado. En el Tucumán hubiera sido ocioso tomar este tipo de medidas coactivas. El cacique no podía reemplazar con su trabajo, además de estar exento por ley, a cada uno de los varones adultos tasados que no cumplieran con sus obligaciones tributarias. No es que no existieran presiones sobre los caciques para asegurar que todos participaran en los servicios al encomendero, en realidad los castigos fueron frecuentes y muy crueles pero particularmente aplicados a los propios tributarios que eludían sus obligaciones según el criterio del encomendero. Pero aún así la desestructuración de la comunidad fue un proceso irreversible porque no se pudo impedir que los indios abandonaran sus pueblos o escaparan cada vez que eran convocados para cubrir sus turnos. Proceso que se acrecentó por los traslados de indios en viajes comerciales al Potosí o Chile, donde eran abandonados una vez alcanzado el destino. En otros casos la comunidad fue tentada por el encomendero a dejar sus tierras originales para instalarse en sus propiedades, adonde se les reservaba parcelas para su subsistencia. Como consecuencia, si luego esa propiedad era vendida, como ellos carecían de derechos sobre sus parcelas por no ser tierras originarias de la comunidad, podían ser nuevamente desplazados. Un tercer factor de desestructuración provenía lisa y llanamente de que los hombres eran enviados con frecuencia a trabajar a las haciendas del encomendero que estaban alejadas de su pueblo, y que sus mujeres e hijos quedaban abandonados por lapsos muy prolongados. Por último, la imposición a las mujeres para que realizaran hilados y tejidos durante cuatro días a la semana, como lo fijaban las ordenanzas del gobernador Abreu de 1576, práctica que estaba completamente prohibida porque la mujer no era considerada tributaria, fue el golpe de gracia por sus nefastas consecuencias, al afectar el normal proceso de reproducción social de los indígenas encomendados.” (5)

En suma, el panorama étnico-social del Tucumán presentaba contrastes muy marcados. Los indígenas encomendados, sometidos en su mayor parte servicio personal, sufrieron una progresiva erosión demográfica acompañada por un creciente proceso de desestructuración que produjo, al principio del siglo XVII el “Gran Alzamiento” Diaguita.

 

La Mita y el Yanaconazgo

 

Contrariamente a lo que se cree o se difunde equivocadamente, estos mecanismos laborales no eran de origen ibérico sino incaico. La Mita fue un sistema institucionalizado por España en sus posesiones americanas que consistió e planificar el trabajo de los indios y obligarlos a la prestación de servicios a cambio de su retribución mediante salarios o exenciones tributarias. El yanaconazgo, en cambio, consistía en servidumbre a la tierra. Su origen, como hemos dicho, es incaico y representaba lo que en Europa se conoce como siervo de la gleba. Si bien las “Leyes Nuevas” de 1542 la abolieron, en 1601 se restituyó por influencia de Cortés.

Los incas practicaban la mita como empleo forzoso de mano de obra indígena para puentes, caminos, cosechas, etc. Este empleo duraba 2 o 3 meses al año. Los españoles adecuaron a las nuevas necesidades esta institución vernácula, dándole este mismo carácter forzoso y con similares márgenes de periodicidad. Existían de dos tipos: la Mita minera fue reglamentada por el virrey Francisco de Toledo para las minas de plata del Potosí. Por ser insalubre se trató de evitar que coincidiera con época de cosecha. Las Mitas Obrajeras consistían en trabajos en talleres de hilado y tejido, o bien, elaboración de la caña de azúcar. Este trabajo se efectuaba para particulares y de sus productos se beneficiaban los mismos indios. Otros trabajos eran la construcción y el servicio de chasquis.

 

La Rebelión

 

“Fue una guerra a muerte, sin tregua ni concesiones piadosas. Y de modo semejante a lo que ocurriera en las guerras de la antigüedad clásica, surgieron campeones que sostuvieron bien alto los estandartes de ambos bandos. Finalmente, la civilización europea del hierro y la pólvora sometió a la cultura americana del bronce y de la flecha. Esto había sucedido anteriormente en México y en el Perú con los aztecas y los incas pese a su más evolucionada organización que los diaguitas del Tucumán.” Así define al conflicto, uno de los pocos historiadores de las guerras del Noroeste. Los sucesos que pasaremos a relatar, curiosamente han sido extirpados de “Historia Oficial”

Tres cuartos de siglo habían transcurrido desde la fundación de Santiago del Estero y en ese lapso el poblamiento de la provincia del Tucumán evidenciaba sensibles progresos. Con excepción de Catamarca, habíanse fundado las ciudades que, según la jurisdicción territorial asignada por los fundadores, estaban prefigurando el mapa político definitivo de la región. También se venía realizando, aunque más lentamente, la ocupación de las zonas rurales por los españoles y los “criollos de la tierra” – sus hijos y sus nietos – mediante la formación de estancias donde los colonizadores cultivaban la tierra y criaban sus ganados con la mano de obra de las encomiendas. Si bien los pueblos indios mantenían su antigua fisonomía, progresivamente soportaban la penetración política, económica y cultural de España. Muchos vieron recortados sus dominios territoriales y fueron despojados del agua que servía sus cultivos. La evangelización hacía progresos merced a la fiebre apostólica de los misioneros y de algunos curas doctrinantes que debían luchar con encomenderos y puebleros para  quienes el indio era solamente instrumento de explotación y enriquecimiento.

Empero quedaba una zona que no podía ser integrada al sistema de colonización. El Valle Calchaquí se sostenía como fortaleza inexpugnable frente a los invasores blancos. En una franja territorial de más de treinta leguas extendida desde Salta hasta Londres – Catamarca -, vivían numerosas comunidades cuya población se estimaba entre 12.000 y 13.000 almas. Estas gentes conservaba su lengua, sus costumbres y su cultura y si era reacia a convertirse al cristianismo pese a la tesonera predicación de lo padres jesuitas, mucho más rebelde era para aceptar el instrumento de dominación social y económica que se había organizado a través de la encomienda. Misioneros jesuitas residieron siete años en el Valle sin lograr avances alentadores en materia de conquista espiritual. Los repartimientos hechos por los gobernadores eran solo nominales pues los indios no pagaban tributo y tampoco acudían al servicio de sus encomenderos. Desde Ramírez de Velasco, que hizo una entrada al Valle, la política de los gobernadores tuvo que ser una forzada coexistencia pacífica.

Esa política de no agresión recíproca fue alterada profundamente durante el gobierno de Felipe de Albornoz, quien recibió el cargo en junio de 1627. Tuvo un grave error, originado en su desconocimiento de la idiosincrasia indígena y en una apreciación equivocada del grado de adhesión de los pueblos ya conquistados. Esta fue la chispa que encendió el más grande conflicto ocurrido en el Tucumán. Las guerras calchaquíes, iniciadas en 1630, con el movimiento conocido como Gran Alzamiento, crearon un estado de conmoción que se prolongó con algunas pausas durante treinta y seis años. La guerra de indios contra españoles provocó la destrucción de una ciudad (Londres), puso en graves aprietos a La Rioja y creó un estado de zozobra en todas las demás ciudades. Fue necesario organizar tropas, sostener numerosas campañas, emplear los recursos de las cajas reales y cargar a los vecinos feudatarios con repetidas contribuciones, sin perjuicio de su obligación de acudir a la guerra a “su costa y mención”. Se peleó en varios frentes y en un amplio escenario geográfico que abarcó no solo el Valle Calchaquí sino también la jurisdicción de Salta, hasta las puertas de la ciudad – por el norte – y, hacia el sur, afectó dilatados territorios de San Miguel y de Londres y prácticamente, toda la actual provincia de La Rioja.

Las crónicas de estas guerras son numerosas y prolijas. El P. Lozano trae una relación muy circunstanciada de estas luchas. Las causas de la guerra se transparentan en el pensamiento del gobernador Albornoz expuesto al Rey en carta del 6 de abril de 1630. Declaraba en ella su intención de fundar una ciudad en el Valle Calchaquí, confesando que eso le había sido pedido por “los vecinos interesados en aquel Valle” para que los indios quedaran sujetos y en obediencia. Esto permitiría a los encomenderos “gozar del premio de sus trabajos y servicios.”

Albornoz quiere demostrar que está consustanciado con los intereses políticos de la Corona; su propósito era poner en obediencia a los indios y permitir su evangelización pero, sin perjuicio de legitimar sus empeños de este modos, descubre sus compromiso con los intereses más pragmáticos de los encomenderos. Creía la empresa cosa fácil pues según él los calchaquíes se hallaban “solos y desamparados” de los demás pueblos. Se equivocó totalmente. Los calchaquíes no solo no tenían disposición de rendirse “con mucha facilidad” sino que tampoco estaban solos. En muchos pueblos la chispa de la rebelión estaba madura para su propagación por los agravios que tenían contra sus encomenderos a quienes servían por la fuerza y padeciendo malos tratos y una verdadera explotación.

Las Ordenanzas de Alfaro dictadas para el buen gobierno de los naturales no se cumplían como lo acreditaban autorizados testimonios, caso del obispo Cortázar:

 

            “Toda esta Provincia, Señor, está totalmente rematada así en lo general como en lo espiritual: En lo temporal no se guarda ordenanza ninguna de las que dejó don Francisco de Alfaro, en nombre de su majestad, para el buen gobierno de ella; los indios trabajan más que los israelitas en Egipto, y más eso, andan desnudos y mueren de hambre, y así les luce a sus encomenderos…” (6)

 

Esto creaba resentimiento en los indígenas, estado de ánimo que solo necesitaba la ocasión propicia para transformarse en acción. Ella llegaría con la conducta torpe y confiada del gobernador Albornoz.

 

El “Gran Alzamiento”

 

Cuenta el P.Lozano que Chalimín, cacique de Hualfín, mandó a uno de sus hijos con 200 indios a saludar al gobernador Albornoz cuando éste llegó a Santiago, siguiendo con esta pleitesía una vieja costumbre. El gobernador “por no sé que desmán mandólos azotar y cortar el cabello, agravio mayor que se le podía hacer a aquella gente altiva que volvieron despechados y resueltos a vengarse”. (7)

Este agravio fue la causa inmediata del Gran Alzamiento organizado por Chalimín y propagado por toda la región diaguita. Las parcialidades indígenas se cambiaron las flechas en señal de alianza y todo cuanto fuese indio desde el Valle Fértil en el sur, hasta la ciudad de Salta, en el norte, se alzó contra los españoles. Las ciudades más asediadas fueron Londres y La Rioja por el particular rencor que los naturales profesaban hacia sus vecinos. Las parcialidades de andalgalás, famatinas, capayanes y guandacoles fueron los aliados más decididos de Chalimín y los Calchaquíes.

“Un encomendero de Salta, Juan Ortiz de Urbina establecido en la frontera calchaquí con una estancia importante, vivía con su familia y la de su cuñado, Lorenzo Fajardo, y muchos indios de servicio. A mediados de julio de 1630, llegó desde Chile un padre franciscano. Esa misma noche, los indios del pueblo de Malcachisco atacaron la estancia, mataron a todas las personas mayores, cautivaron a las tres hijas de Urbina y a la de Fajardo, saquearon e incendiaron la casa y la capilla y se volvieron luego contra el pueblo de Atapsi, amigo de los españoles, matando allí 60 personas. Así comenzó el Gran Alzamiento.” (8) Según parece, Urbina había descubierto una mina, y por el testimonio de las hijas cuando fueron recuperadas se sabe que los indios temían que se reprodujeran las condiciones del Potosí o de las minas de los chicha. La ubicación de estas minas es incierta, probablemente en la comarca de Quilmes o más al norte.

Mientras convocaba a los vecinos de las ciudades del Tucumán a acudir personalmente con sus armas, a fines de 1630, el gobernador Albornoz organizó una entrada al Valle Calchaquí con 220 españoles y 300 indios auxiliares, lo que de muestra que la resistencia no era unánime y que muchos naturales colaboraban con el colonizador. Hizo su entrada por la frontera de Salta de Salta y consiguió contener la rebelión. Decidido a realizar sus planes de fundar una ciudad en esa región indómita dio principio a su proyecto con la fundación de un fuerte que llamó nuestra señora de Guadalupe de Calchaquí, en el sitio donde habían estado emplazadas Barco II y Córdoba de Calchaquí. Puso allí una guarnición de 50 soldados a las órdenes del maestre de campo Pedro de Olmos y Aguilera, armados de mosquetes, arcabuces y mucha pólvora y plomo. Esto ocurría en mayo de 1631. Albornoz creyó suficientemente lo hecho para seguridad de la frontera norte y se volvió a santiago. Al cabo de dos meses le llegó la noticia de que los indos habían muerto a Juan de Abreu y a 18 soldados en una salida que hicieron. Mataron también a un fraile franciscano y al Cap. Francisco Núñez Roldán, con un sobrino suyo, lo cual llevó el número de bajas a 22 españoles solamente en la jurisdicción de Guadalupe. Poco después, en el territorio de Londres, los indígenas asesinaron a 11 personas, figurando entre ellas Juan de Cuellar, Antonio Fernández, Lázaro Gómez, sus mujeres e hijos que estaban en sus estancias.

Albornoz despachó en socorro del fuerte de Guadalupe al teniente de Jujuy con 50 soldados, por el camino de Tafí. Hizo una nueva convocatoria de todos los vecinos del Tucumán y dispuso que en San miguel se le reunieran las compañías de Santiago y de Esteco para entrar en el valle de Yocavil. Ordenó que Jerónimo Luis de Cabrera – nieto del fundador de Córdoba – con la gente de Córdoba, La Rioja y Londres, marcharan desde el sur y el Cap. Pedro de Abreu, hijo del infortunado Juan, desde Salta. Luis de Cabrera se encontraba en Londres con 56 hombres e indios amigos cuando tuvo noticia de la espantosa muerte sufrida por 11 españoles a manos de los andalgalás y del asalto a la estancia de María Sánchez de Loria, viuda de Hernando de Pedraza en Pipanaco. “Luis de Cabrera – dice Larrouy – corrió allá, y por la fuerza y la diplomacia restableció el orden, pero sin grandes escarmientos, porque los indios eran muchos.”

También se alzaron los indios de Singuil (Catamarca) apoyados por las parcialidades de Aconquija, Malli y Guasán. Contra ellos avanzó Salvador Correa de Saá y Benavídez que fue capaz de reprimir una emboscada e hizo prisionero al cacique Chumay y a los indios principales. Todos fueron ejecutados en San Miguel y sus cabezas expuestas en la plaza pública para escarmiento. Pero ninguna medida represiva podía detener ya la avasallante acometida indígena.

Victorias y derrotas se sucedieron. El auxilio que Albornoz despachó a Guadalupe con el Cap. Juan Pérez de Moreno y 46 soldados fue desbaratado y deshecho antes de llegar a destino. Se perdieron 5 soldados y todo el bagaje, ganado mayor, vestuario y vituallas. Dos días después, el 20 de enero de 1632, Pedro de Olmos, maestre de campo de Guadalupe, desamparó el fuerte con 70 soldados. Este comportamiento indignó al gobernador, quién recriminó a Olmos haberse retirado de Calchaquí con la mayor fuerza de la provincia, “más huyendo que retirándose”, pese a tener armas, municiones y vituallas suficientes para sostenerse hasta la llegada del auxilio despachado con Pedro de Abreu por el camino de Salta.

 

La victoria de Chalimín

 

Mientras eso sucedía en el norte, el cacique Chalimín, alma de la rebelión, acometió en el sur a la ciudad de Londres, con gran número de indios alzados. Después del primer ataque se apoderó de muchos caballos y mulares que había en los potreros vecinos y se situó a distancia de dos leguas. A una pequeña fuerza de españoles que salió en su persecución a las órdenes del Cap. Alonso Díaz Caballero, hombre de mucho oficio militar, le infligió fuertes bajas. Los vecinos tuvieron que refugiarse en el fuerte y se mandó pedir socorro al general Luis de Cabrera. Éste tuvo que dejar inconclusa la pacificación de Pipanaco y marchó a Londres, ocasión que aprovecharon los pueblos de Paccipas – actual valle de Pomán – para confederarse con los indios rebeldes y otros hasta entonces neutrales, Chalimín se apoderó de la toma de agua y esto colocó a los vecinos de Londres en un grave aprieto. Cabrera salió con su gente para recuperar el agua, ante la tenaz resistencia indígena que ocasionó la muerte de 5 españoles y heridas a su comandante. Sin esperanzas y sitiados por la sed, el general resolvió evacuar la ciudad y trasladar su población a La Rioja. “Las familias y sus pertenencias se transportaron en treinta y tantas carretas, mientras la gente de guerra marchaba a pie vigilando cuidadosamente la retaguardia por el hostigamiento del enemigo, También fue necesario adelantar partidas para asegurar las aguadas sin lo cual esta retirada hubieses terminado en un desastre. Pese a las dificultades, la marcha se hizo con “tan buen orden y tanto valor” que la caravana pudo llegar a La Rioja sin pérdida de ninguna persona”    (9).

Esta victoria de Chalimín significó el control de toda la zona adyacente a Londres y enfervorizó a los naturales de La Rioja, especialmente a los residentes del Valle de Famatina, “grandes en número y belicosos”. Cuando llegó Cabrera a La Rioja, los famatinas habían puesto sitio a la ciudad. Dice el P. Lozano en su narración: “Resolvieron por fin abandonarla – a Londres – y trasladarse a la ciudad de La Rioja a donde se encaminaron con excesivos trabajos, porque apenas pudieron llevar el muy preciso sustento para el camino, porque en todo él les fueron persiguiendo los bárbaros que les dieron repetidos asaltos con intrépido valor, causa porque la gente de Londres llegó muy fatigada y más muerta que viva a La Rioja. Y en esta ocasión se señalaron mucho en todas las funciones y en alentar a la gente el capitán Juan Gregorio Bazán, nieto del célebre conquistador de su nombre, que era teniente de gobernador en Londres y Don Diego de Herrera y Guzmán, nieto del insigne gobernador Juan Ramírez de Velasco, como hijo de su hija mayor doña Ana Ramírez de Velasco y de don Alonso de Herrera… el cual siendo capitán de una compañía de La rioja acudió valerosamente y se portó de manera que se ganó el aplauso común por su denuedo, y el grado de sargento mayor a que fue promovido”. (10)

 

Asedio a La Rioja

 

Los indios pusieron sitio a la ciudad después de destruir dos estancias de la comarca. Hicieron tres asaltos “con furor increíble” pero fueron rechazados por los defensores con pocas pérdidas. Esto sucedía en diciembre de 1631.

Cabrera tuvo aviso que en Machigasta, rumbo norte camino cerca del río Abaucán, se estaba concentrando gran número de indios para caer sobre la ciudad. Con valor temerario hizo una salida pero los indios inundaron el terreno con agua del río y, no pudendo maniobrar con los caballos en la ciénaga tuvo que regresar.

Aprovechando su ausencia, ese mismo día, los indos atacaron la ciudad y entraron por sus cuadras con antorchas encendidas con intención de incendiarla. Antes habían quemado un molino y flechado a un fraile lego de Santo Domingo. Cuando empezaban a prender fuego las casas los capitanes y vecinos consiguieron rechazarlos. Esa noche regresó Cabrera y a la mañana siguiente salió en busca de su oponente que se retiraba “sin haber hecho más daño que destruir una bodega y llevándose como botín cantidad de mulas que estaban encorraladas en aquella chacra”.

Con el objeto de mejorar las defensas, Cabrera hizo edificar un fuerte en la parte más angosta de la quebrada donde venía el arroyo que abastecía de agua a las chacras y cuadras. Quiso evitar así que se repitiera la triste experiencia vivida poco antes en Londres.

Despachó luego a los llanos al Cap. Gregorio de Luna y Cárdenas con treinta soldados y cuarenta indios amigos para castigar a los indios que habían dado muerte al fraile doctrinante mercedario Antonio Torino. Dicho sacerdote había nacido en La Rioja y era hijo de Gaspar Torino, quién construyó a su costa el primer templo que dicha orden tuvo en la ciudad. El Cap. Luna, hombre de confianza de Cabrera, a quién salvó de caer prisionero en las refriegas con Chalimín, cumplió celosamente las órdenes recibidas. Derrotó a los indios atiles (una parcialidad) y los obligó a entregar a los responsables de la muerte del mercedario a quienes mandó a ejecutar.

Entretanto, los famatinas hicieron gran junta de indios y condujeron un tercer ataque esta vez sobre el fuerte de la toma. Se peleó desde el amanecer hasta el mediodía y pasando luego a la ciudad mataron a seis negros esclavos que trabajaban en las chacras vecinas. Anoticiado Cabrera llegó al fuerte distante una legua, y obligó a los indios a retirarse “hiriendo y matando muchos…” ordenó al Cap. Leandro Ponce de León para hacerles persecución con 30 soldados y buen número de indios amigos. Éste se internó quebrada adentro, los siguió por lugares ásperos y fragosos y dando sorpresivamente en su campamento los desbarató y puso en fuga con muerte de más de treinta. Esto sucedió por marzo de 1632.

El gobernador Albornoz, informado de los sucesos de La Rioja, dispuso que saliera de San Miguel en auxilio de Cabrera una compañía de 25 soldados al mando del Cap. Juan Gutiérrez de Leguisamo. Por orden de Cabrera este socorro hizo alto en el Valle de Catamarca para reforzar a la gente que lo defendía y asegurar de ese modo el camino que unía a La Rioja con las demás ciudades de la gobernación.

 

Auxilio trasandino

 

La guerra era mucho más compleja e impiadosa de lo que había imaginado Albornoz. Dos años llevaban las hostilidades y los españoles todavía estaban a la defensiva. El desequilibrio de fuerzas en el teatro de operaciones era tal, que el gobernador solicitó refuerzos a su colega de Chile, Francisco Lasso de la Vega, quién envió dos compañías al mando de de Juan Adaro de Arrazola. Este llegó a Valle Fértil – San Juan – pueblo de su jurisdicción, en junio de 1632. Traía 86 soldados. Allí dio escarmiento a los indios de Cuyo que se habían alzado asesinando a 5 españoles y destruyendo muchas estancias. Luego se reunieron Adaro y Cabrera y de común acuerdo resolvieron que “don Jerónimo con su gente tomase a su cargo el valle de Guandacol, como lo pusieron en ejecución” (…)

Los indios de San Juan, luego de la derrota en el río Bermejo, se retiraron al Valle de Guandacol donde Adaro los fue a buscar. Hubo un segundo combate que significó una nueva derrota para los naturales cayendo prisioneros muchas mujeres e indias de caciques con su chusma. Amedrentados los que quedaron vivos en este segundo encuentro y de algunas malocas que mandó hacer Adaro, le fueron a dar la paz los caciques de su jurisdicción. Satisfecho con ese resultado, regresó a Chile dejando a un capitán Cisternas quién se retiró a Valle Fértil, seguramente al Fuerte de Nuestra Señora de rosario, fundado por aquel en su entrada. Era lo más riguroso del invierno y el contingente chileno tenía los caballos en mal estado.

La campaña del General Cabrera tenía como objeto castigar y reducir a los indios famatinas y sus aliados capayanes y guandacoles que habían pretendido destruir la ciudad. Salió de La Rioja llevando al capitán de caballería Gregorio de Luna como jefe de su van   guardia. Cruzó la sierra de Velasco y luego la de Sañogasta en penoso viaje de más de 35 leguas, pero encontró vacío al valle de Guandacol, pues sus habitantes se habían retirado hacia Guatungasta buscando el apoyo de los pueblos de Londres que acaudillaba el poderoso Chalimín.

“Hacia allá se dirigió el general Cabrera, cruzando la sierra de Famatina. En un nuevo repliegue, se corrieron más hacia el norte los indios, y lo esperaron en las costas del río Bermejo – Abaucán – al sudeste del destruido Tinogasta. En esta batalla fueron destruidos los indios, pero el general Cabrera no pudo aprovechar su victoria”. Los indios se reagruparon y llevaron una rigurosa embestida al campamento español emplazado en las ruinas del pueblo de Tinogasta. El ataque se realizó a las tres de la tarde y las fuerzas represoras estuvieron en situación muy comprometida durante toda la noche, sin poder repeler con eficacia los sostenidos flechazos del enemigo. Cabrera no tuvo más remedio que hacer una nueva retirada con su caballería y su infantería, hostilizado durante tres leguas de camino por las huestes de Chalimín. Se situó primeo en e pueblo de Los Sauces y después de algunas refriegas y malocas se corrió hasta Machigasta, “donde para resistir el enemigo y ofenderle” pobló un fuerte en ese lugar estratégico que permitía vigilar la frontera de La Rioja con la jurisdicción de Londres en donde estaba el baluarte de la insurrección indígena, con los hualfines aliados a los andalgalas y abaucanes”. (11)

Pasó luego Cabrera al valle de Famatina donde tuvo mejor fortuna. Sus malocas represivas le permitieron pacificas  momentáneamente a los indios de ese valle que vinieron a ofrecer la paz y a manifestar su disposición de servir a los españoles como antes de la rebelión. Pero no todo se consiguió por acción de las armas. Favoreció ese resultado la asistencia del misionero P. francisco Hurtado, a quién los indios respetaban y de cuya intercesión se valieron para ser tratados con indulgencia. Al cabo de tres meses quedó pacificado el valle de Famatina. Cabrera fundó allí el fuerte de san Lucas de Nonogasta donde quedaron reducidos gran cantidad de indios.

En esta campaña, Cabrera mandó ejecutar al cacique Corinhuila (Coronilla según los documentos españoles), proveniente de Calchaquí que había venido a la región de Famatina a fomentar la rebelión entre sus hermanos de raza. Dicho jefe fue condenado al suplicio del descuartizamiento por cuatro potros. Cuenta el P. Lozano que la sentencia se ejecutó como a una legua de Nonogasta. El cacique ofreció que cargaría de oro a los ochenta soldados españoles que asistían a la ejecución si se le perdonaba la vida. O no le creyó el general o le juzgó indigno de la menor indulgencia porque respondió “Yo no he salido a campaña para enriquecer sino a castigar traidores”. Ataron al indio a cuatro potros por cada una de las extremidades y disparando cada uno por diversos rumbos lo hicieron pedazos”. (12)

Con este escarmiento parece que don Jerónimo dio por terminado el alzamiento de los indios de la jurisdicción riojana, la cual distaba mucho de suceder. Era simplemente un apaciguamiento transitorio. La guerra habría de prolongarse varios años y en un clima de acusaciones y rencilla entre los españoles. El efecto más deprimente que los vecinos riojanos pudieron palpar fue la devastación causada por la guerra. Ese año de 1632 había sido imposible sembrar, las haciendas habían sido saqueadas o destruidas y los ganados arreados por los indios en su mayor parte, principalmente caballos y mulas. En la ciudad hubo hambre a tal punto que fue menester matar los gatos y los perros para alimentarse. Esto originó un brote de peste muy agudo y contagioso. “Era lastimoso espectáculo – dice Lozano – ver la afligente ciudad en tan miserable estado.” (13)

 

El desplazamiento del incompetente Albornoz

 

La audiencia de la Plata y el Virrey del Perú, ante quienes Albornoz había acudido varias veces en demanda de auxilio de soldados y dinero, no estaban satisfechos con los resultados conseguidos por el gobernador en más de dos años de guerra. La pacificación solo había hecho algunos progresos en La Rioja, pero en Londres se había perdido una ciudad y todo el mundo indio seguía en pie de guerra, más hostil que nunca, bajo el mando de Chalimín. En el valle Calchaquí los españoles habían desamparado el fuerte de Nuestra Señora de Guadalupe, quedando ese extenso territorio como espacio vedado a toda penetración política o espiritual. No faltaron vecinos de las ciudades del Tucumán que estaban fastidiados con el gobernador, por motivos diversos, y que hicieron llegar denuncias en su contra. Todos esos antecedentes pasaron ante la Audiencia de La Plata que decidió conceder licencia por un año al gobernador nombrando al licenciado Antonio de Ulloa, fiscal del cuerpo, con el título de Superintendente militar del Tucumán, el Paraguay y el Río de la Plata. “Albornoz recibió la noticia cuando estaba en Salta preparándose para entrar nuevamente en el Valle Calchaquí y aunque la novedad le resultó amarga compuso como pudo su semblante para recibir al joven licenciado: Quiso interiorizarlo de los problemas de la guerra y pudo comprobar que Ulloa prefería llevarse de la opinión de otros vecinos. Desairado, Albornoz no tuvo más remedio que retirarse a Santiago donde quedó rumiando sus agravios”. (14)

El fiscal llegó a Jujuy a fines de noviembre de 1632 y fue recibido en Salta por Albornoz el 10 de diciembre. Traía consigo 200 soldados del Alto Perú y una fuerte suma para gastos de guerra. Dilató su entrada al Valle hasta fines de marzo, en estación poco propicia según algunas opiniones y más ventajosa a juicio de otras. Esta cuestión sería debatida largamente años más tarde cuando francisco de nieva hizo convocatoria para entrar a Calchaquí en el mes de junio.

Ulloa llegó al centro de la región rebelde en el mes de abril de 1633, pueblo de Salamalao, con 270 españoles y 500 indios yanaconas. Construyó un fuerte de madera, hizo algunas incursiones contra los indígenas, cautivó 16 “piezas” y dos indios de pelea, y luego salió del Valle por Salta a donde llegó el 17 de mayo. Dejó en el fuerte 118 soldados con muchas municiones y comida pero sin cabalgaduras poniendo de jefe al Cap. Juan Díaz de Solera, uno de los que vinieron con él desde el Alto Perú. Luego partió del Tucumán dejando como gobernadores militares a Alonso de Ribera y a Jerónimo Luis de Cabrera. El primero tenía bajo sus órdenes a las ciudades  de Salta, Jujuy y Esteco; el segundo, las de santiago, Tucumán, Córdoba y La Rioja.

El estado de la tierra queda más cuidadoso que antes – dirá quejoso Albornoz en carta al Rey – y el enemigo más atrevido por haber visto lo poco que en su daño se ha hecho con tantas fuerzas”. Surge del resentimiento, pero el juicio es correcto.

Mucho más eficaz fue la campaña que abrió ese mismo año el general Cabrera por la frontera sur del valle calchaquí. Lastimaba su orgullo el fracaso de sus dos campañas anteriores contra Chalimín en la jurisdicción de Londres. Esta vez cambió el itinerario. En vez de internarse en el país señoreado por los hualfines prefirió operar sobre los pueblos de Pomán, situados en la falda occidental del Ambato. Desde la ciudad de la Rioja, que era su base de operaciones, se dirigió al fuerte de Machigasta que construyera en su anterior campaña. Cruzó el río Bermejo o Abaucán a la altura de Mazán y se dirigió con rumbo norte a los oasis que existen entre la sierra de Ambato y el salar de Pipanaco. “En ese callejón – apunta Montes – existían numerosas encomiendas de indios y estancias ganaderas, y era una comarca que estaba en tren de guerra como una consecuencia de las dos derrotas que Chalimín le había infligido a Cabrera” (15).

Actuando esforzada y valerosamente condujo ataques parciales a los indios de Saujil, Mutquín Colana, Pispanaco y Colpes, siempre exitosos. Posteriormente desalojó a los indios que se habían apoderado de la estancia de Pomán, de propiedad de Francisco de Nieva, y con la colaboración de los vecinos feudatarios del Valle de Catamarca, que trajo especialmente por su orden el capitán Gregorio de Luna, fundó un fuerte en el dicho sitio de Pomán.

En sucesivas campañas e gobernador logró evitar un desastre total en el valle e impuso duros castigos a los insurrectos. Pero amplios sectores de la población, los que habitan en el  valle de Yocavil, continúan victoriosos. Una tercera campaña de Albornoz a Calchaquí, inflige derrotas a los paciocas de Tolombón y en 1637, en el centro de Catamarca, Chalimín es apresado y ejecutado, siendo descuartizado con cuatro caballos, como lo será más tarde Tupac Amaru en el Alto Perú.

            “… y haciendo cuartos en su propio pueblo y horca y clavo cabeza en el rollo de la ciudad de La Rioja y en el de ésta (Londres) así mismo mandó clavar se brazo derecho para escarmiento y ejemplo de otros…” (Información de Servicios de Ramírez de Contreras) (16)

Sin embargo, la rebelión no fue totalmente sofocada. Los ataques a haciendas y poblados continuaron y los demás se refugiaron porfiadamente en sus cerros, sin bajar a servir a sus encomenderos. En 1642 se reavivó el peligro de otro ataque generalizado. El nuevo comandante de la zona sur, el capitán Francisco de Nieva y Castilla tuvo que enfrentar graves dificultades para controlar la situación. La despoblación de la región fue tal que solo logró reunir 12 soldados y 100 “indios amigos” de los cuales desconfiaba. Los vecinos de Córdoba se resistieron a participar de una guerra que parecía perdida y sólo aceptaron algunos, traídos por la promesa de que se les repartirían “piezas capturadas” en la guerra para destinarlas a su servicio personal.

Finalmente, este comandante consiguió capturar a los últimos rebeldes en 1643. La consecuencia más dramática para los que sobrevivieron fue la desnaturalización: 400 malfines y abaucanes fueron trasladados compulsivamente a la ciudad de Córdoba. Habían muerto 150 españoles en la guerra y un número desconocido de indios.

Este alzamiento indígena resultó ruinoso tanto para los españoles como para los naturales. Los europeos y sus hijos debieron abandonar sus labores y tomar las armas, hubo ciudades, como La Rioja, que estuvieron a punto de ser arrasadas por los sublevados. Nuevos fuertes y nuevas ciudades colocadas en lugares estratégicos se erigieron para evitar que las sublevaciones se extendieran, y algunos caciques recibieron terribles castigos. Finalmente, casi por cansancio, en 1642 se formalizó la paz, pero a un precio terrible: la desaparición de tribus enteras y la devastación absoluta de las haciendas españolas.

Sin embargo, la derrota de los calchaquíes no significó la consolidación del dominio español. Por el contrario, la nostalgia del imperio incaico, que había sido más tolerante con estas gentes al no exigirles que renunciaran a sus tradiciones, se convirtió en un estado de ánimo propicio para que un personaje de la “picaresca” española, un personaje de novela con el cual, de haber existo en la actual Norteamérica, Hollywood hubiera financiado muchas producciones fílmicas. Se llamaba Pedro Chamico y produjo la chispa de un nuevo incendio.

En 1657 – 58, este personaje, autoapellidado Bóhorquez, se instaló en Tolombón

después de fugarse de Chile y se proclamó descendiente de los Incas.

 

El Falso Inca

 

Este audaz aventurero consiguió cosas increíbles: convenció a los misioneros jesuitas de que lograría la conversión en masa de los diaguitas y mostraría a los sacerdotes de la Orden de Loyola minas de extraordinaria riqueza. Uno de los ingenuos sacerdotes escribía que, aunque fuera cierta solo una tercera parte de los que afirmaba Bohórquez, “no habré en el mundo provincia más rica que la nuestra” (al decir provincia se refiere a la comunidad). Pero este increíble embaucador engañó también a los encomenderos, a los que prometió el sometimiento de los indomables habitantes de los valles, y al gobernador Mercado Villacorta, a quién ofreció llevarlo hasta riquísimas huacas, enterratorios repletos de objetos de oro. El máximo engaño fue el que tramó contra los propios indios, a los que logró convencer de que era descendiente del último Inca, Atahualpa, y que en ese carácter venía a liberarlos del yugo español.

“Bohórquez había llegado a Lima hacia 1620 y luego de una vida poco edificante entre los indígenas serranos del centro del Perú, donde aprendió quechua y recogió vitales informaciones para su vida posterior, decidió emprender aventura de localizar el Paytiti, uno de esos reinos dorados tan afanosamente buscados desde mediados del siglo XVI. El Paytiti, imaginariamente ubicado en tierra de los mojos en el oriente boliviano, tenía la particularidad de ser considerado un lugar de refugio de tropas incas desprendidas del ejército imperial cuando intentaban la conquista de las poblaciones de la selva. Pedro Bohórquez afirmaba que llegando a este sitio se había hecho reconocer como descendiente de los incas y que gracias a eso había sido obedecido y agasajado como tal. La apropiación de una doble utopía, la de tener conocimientos precisos sobre la localización del Paytiti y la de autotitularse descendiente de los incas para cumplir con las profecías contenidas en el mito de Inkarrí, formarán la urdimbre sobre la cual tejerá distintas estrategias a lo largo de los aproximadamente 46 años que permanecerá en el Virreinato del Perú.

El mito del Inkarrí, que comenzó a elaborarse después de las ejecuciones de los reyes Atahualpa (1533) y Tupac Amaru I (1572), recupera el pasado incaico, que tras borrar las aristas más irritativas del sistema imperial, lo cristaliza en una memoria idealizada que pronostica que su restauración se producirá cuando se volvieran a reunir las cabezas decapitadas y los cuerpos de esos reyes. El mito sostiene la esperanza de que cuando las figuras completas de sus reyes s hayan recompuesto, habrá llegado el momento de recuperar el poder y sacudirse el yugo impuesto por España. Además del mito, que tiene su propia lógica de reproducción y que se conservó hasta el presente, Bohórquez pudo informarse de los combates de los combates jurídicos que los auténticos descendientes de los incas entablaban ante los tribunales y autoridades reales, con el objeto de conservar sus ancestrales privilegios en el nuevo espacio social de la colonia y evitar que se los enumerara en la categoría de indios tributarios. Para ello debieron recurrir a la memoria genealógica y a los hechos heroicos de sus antepasados. El parentesco y la historia heroica del Imperio proveyeron a estos hombres los argumentos necesarios para no ser degradados de sus posiciones de prestigio en la nueva escala jerárquica instaurada por los conquistadores, así como para preservar parcialmente sus bienes e incluso acrecentarlos, en virtud de ser miembros legítimos de la élite indígena. Mucha gente conocía en el Perú los entretelones de los litigios que de tanto en tanto se ventilaban en los tribunales del Rey, ya sea en Lima, ya sea en el Consejo de Indias o ante el mismo monarca y también sabían que muchos de estos descendientes eran mestizos, circunstancia que otorgaba cierta credibilidad al discurso con que Bohórquez se presentaba ante los indios” (17).

 

Entre una mentira y otra, Bohórquez consiguió que el gobernador le diera una autoridad de hecho sobre los valles calchaquíes, y el permiso de ser tratado como Inca por los indios. Contaba con la adhesión de unos 20.000 indígenas, frente a no más de 3.500 españoles capaces de llevar las armas. Al fin, el propio gobernador, seguramente cargado de culpas por su responsabilidad y apremiado por el virrey de Lima, organizó un ataque en regla. Los jefes indígenas se anticiparon y se dirigieron en malones contra pueblos y estancias españolas cercanas a los valles, pero en septiembre de 1658, en San Bernardo, al sur de Salta, los españoles derrotaron a los insurrectos.

Las represalias fueron severas, como de costumbre. Aunque algunos caciques decidieron continuar luchando, se desentendieron de Bohórquez, y éste y su mujer – una chilena de sangre indígena que tenía una gran influencia sobre su marido – tuvieron que entregarse a los españoles. El falso Inca, cuyas aventuras narró insuperablemente Roberto J. Payró, terminó sus días ejecutado en Lima.

En cuanto a los pueblos sublevados, en 1664 se castigó ejemplarmente a los Quilmes, los más bravos según las crónicas. Se los trasladó en masa a las cercanías de Buenos Aires para que, lejos de su entorno nativo, se fueran asimilando pacíficamente a la sociedad colonial.

Las guerras determinaron un gran atraso en el desarrollo del Noroeste, y el único elemento positivo en el terreno de la convivencia durante la segunda mitad del siglo XVII fue la extinción de las encomiendas, ya fuera por muerte de sus titulares o sus hijos, o porque el sistema de tributos las fue sustituyendo progresivamente. (18)

 

 

 

(1) Con el objeto de discriminar ambas dominaciones, definimos como Conquista a la expansión incaica e Invasión a la ultramarina en los primeros años de contacto de las dos culturas. Para las épocas posteriores utilizamos el término “Conquista” en el sentido usual que le concede la historia.

(2) Vitale, Luis. “Hacia una Historia del Ambiente en América Latina”. México. Editorial Nueva Imagen 1983-

(3) Carta del padre Alonso de Bárzana. Cit. En: Mandrini, Raúl. “Argentina indígena”. Bs. As. Centro Editor de América Latina.1983.

(4) Muñoz Azpiri (h), José Luis. “La utopía de 1492”. En: “Revista Militar” Nº 762 Bs. As.  mayo/diciembre 2005.

(5) Lorandi, Ana María “Las rebeliones indígenas”.

(6) Carta del obispo Julián de Cortázar al presidente del Consejo del Consejo de Indias. San Miguel, 26 de enero de 1621. En: Larrouy, Antonio. “Documentos del Archivo de Indias para la Historia del Tucumán”. Tomo I

(7) Lozano, Pedro. “Historia de la Conquista del Paraguay, Río de la Plata y Tucumán” Tomo IV. Buenos Aires.1874.

(8) Bazán, Armando Raúl “Historia del Noroeste Argentino”. Bs. As. Plus Ultra. 1995

(9) Ibídem.

(10) Lozano, Pedro. Ibídem.

(11) Bazán, Armando Raúl “Historia de La Rioja” Bs. As. Plus Ultra. 1979

(12) Montes, Aníbal. “El Gran Alzamiento Diaguita”. En “Revista del Instituto de Antropología de la Universidad nacional del litoral”, Tomo I. Rosario.1961.

(13) Lozano, Pedro. Ibídem

(14)  Carrizo, Juan Alfonso. “Cancionero Popular de La Rioja”. Tomo I. Buenos Aires

1942.

(15) Bazán, Armando Raúl “Historia del Noroeste Argentino” Bs. As. Plus Ultra.1995

(16) Montes, Aníbal. Ibídem.

(17) Montes, Aníbal. Ibídem

(18) Luna, Félix. “Historia Integral de la Argentina”. Buenos Aires. Planeta. 2006.

La contratara del discurso del 80

 

“No moriré del todo, dejaré un monumento más perdurable que el bronce” Horacio

 

Con la consolidación de las fronteras interiores, tras la llamada “Conquista del Desierto”, y en plena exaltación del “progreso”, el positivismo resultó una herramienta óptima para legitimar la desaparición de las razas aborígenes. Y esto se inserta en uno de los puntos difíciles del nacimiento de la Antropología Argentina, con hombres preocupados por la cultura material del indígena, pero no tan preocupados por el aniquilamiento de los portadores de la misma. Así, algunos epígonos de esa doctrina saludaron al alcoholismo y las enfermedades como una forma “incruenta” de despejar los territorios que serían ocupados por los brazos laboriosos de la inmigración.

Pero a fuer de ser sinceros, debe reconocerse que esta misma generación también produjo voces disidentes. Tal, la de un gran argentino, un olvidado (como Indalecio Gómez y otros tantos en nuestro país), Adán Quiroga (1863 – 1904) quién, desde una actitud apegada a lo telúrico y empeñada en la revalorización de las razas que poblaban nuestro territorio en el momento de la Conquista, advertía sobre los peligros de un exagerado cosmopolitismo.

En un artículo que rescatamos de su prolífica producción (1), Bernardo Canal-Feijóo revaloriza la figura de “el tercer Quiroga, el menos considerado de los tres” (Facundo, Horacio y Adán) realizando un significativo aporte a la comprensión de la compleja “Generación del 80”. Dada la galanura de su prosa, lo transcribimos textualmente:

“Adán Quiroga, sólo escribió tres libros: Flores del aire, de escaso valor poético pero el que más estimaba de su producción (“nací poeta, testimoniaba Lugones haberle escuchado en vísperas agónicas. Mis `Flores del aire´ me serán siempre más queridas que todo”).

“Empero, lo realmente importante de su producción residirá en sus otros dos únicos libros en prosa: Calchaquí, editado poco antes de su muerte, y La Cruz en América, publicado póstumamente; farragoso, pero rico en sugerencias el primero; de ejemplar rigor monográfico la segunda.”

“Calchaquí”, en el lenguaje de Quiroga, designaba a la ves una raza o razas que la poblaban en el momento de la Conquista. La obra que él acometía con ese título, “no es otra cosa – advertía – que una tentativa de estudio de esa raza típica que ha desempeñado tan alto papel en la historia de los heroísmos humanos, pues como ninguna de sus hermanas de América, ha defendido palmo a palmo su tierra, como si en sus propias fuerzas de vitalidad y en sus energías étnicas tuviera algo de las montañas donde creció”. En esa obra “los acontecimientos históricos han de hacer resaltar la virilidad de la nación calchaquí y la importancia del suelo catamarcano (sic) por sus recuerdos clásicos en la lucha de dos civilizaciones y de las dos madres razas.”

“Idólatras de sus propia libertad” había estimado el padre Lozano a lo hombres de aquella raza históricamente arrasada por la Conquista. A Quiroga le importaron fundamentalmente los relieves épicos de su actitud en el enfrentamiento con la raza advenediza. Los halló sin parangón en ningún otro lugar del mapa argentino donde se dieron los grandes choques de la Conquista. Veníase de rigor hablando de “cuatro epopeyas” en la historia de la América meridional: la del Perú, la de Arauco, la del Paraguay y la del Río de la Plata. “Pero a mi juicio – objeta Quiroga – las epopeyas, en el sentido de esta palabra, no son sino dos”. Había que descartar del rango, sin vacilaciones, las conquistas del Río de la Plata y el Paraguay, en las cuales lo único digno de admiración había sido el “atrevimiento castellano”; más no había habido allí verdadera resistencia del nativo, que pronto acabó entregándose.

Arauco, desde la batalla de Andalién, esa sí que es una epopeya – estalla Quiroga – “Pero la que adquiere mayores proporciones es, sin discusión, la epopeya tucumana, especialmente en los valles catamarcanos (sic), tanto por el teatro, como por la intensidad de la lucha, la resistencia opuesta, los planes de guerra, el número de los combates, la duración de aquella”. No desconocía Quiroga la intrepidez y proeza del conquistador jugándose a todo riesgo en “la aventura” de la conquista; pero más se empeñó en destacar el heroísmo – incomputado por los historiadores oficiales – de las razas del suelo, jugándose ellas a muerte segura en la resistencia. “De esa lucha desigual va a surgir – como de la sangre de los Gracos nació Mario – otra raza, amasada con las lágrimas de cuatro generaciones”. Más importaba pues, al espíritu argentino, pensaba Quiroga, el ejemplo de este heroísmo indígena, que aquel heroísmo “aventurero”, exento de esos imponderables de idolatría por la libertad y apego al suelo, que infunde el otro, el indígena y era, para Quiroga, la verdadera sustancia del patriotismo. Lo anhelaba perviviendo latente después de tres siglos en el alma del criollo de su tiempo, lejano vástago de una estirpe nativamente signada por aquel choque inaugural de doble faz épica. Quería verlo asumido en plenitud de conciencia patriótica, en tiempos en que habían empezado a soplar nuevos vientos de prueba para el alma argentina.

Poeta, no dejaría Quiroga de recordar que la conquista de Arauco había inspirado el más grande poema épico de lengua hispana concebido en América, sin igual en la historia del Río de la Plata y el Paraguay, donde las razas del suelo se entregaron al conquistador con muy poca lucha. Ni dejaría de encontrar cierta correspondencia entre esta fácil entrega del indígena y esa ausencia de un gran poema épico de la conquista rioplatense y paraguaya, ausencia que de ningún modo podría considerarse compensada con “La Argentina” de del Barco Centenera, afanosa paráfrasis en verso de primeras crónicas de la Conquista. Ni dejaría por último Quiroga, historiador y poeta, de observar que en cierto modo el trance histórico había repetido en Calchaquí el ejemplo otorgado en Arauco, cosa que en definitiva no habría de sorprender si se admite lo que Quiroga tenía por evidente, una lejana invasión de la denodada raza transcordillerana en la región calchaquina, donde aún podía reconocerse hondos sedimentos de su presencia.

La resistencia indígena habría brindado aquí, lo mismo que allá, los prototipos heroicos que pedía la épica clásica, un indomable Juan de Calchaquí – cuyo nombre envolvía el de la región y la raza para cabal simbolización de la imagen del patriota – y cierto desventurado Chelemin, encarnaciones vivas de las virtudes de la “raza mártir”, ambos, para Quiroga, de una talla que en nada desmerecía en el parangón con el Lautaro y el Caupolicán y el Colo Colo exaltados por Ercilla… “Falta solo – concluía Quiroga – artísticamente hablando, que un espíritu dotado de las vislumbres del pasado, y un corazón que ame lo que es nativo, y se emocione con los dolores de la raza, inicie la resurrección de los heroísmos clásicos”…

Todos lo elementos, pues, dentro del territorio argentino, de una única epopeya posible, parangonable a la de Ercilla, curiosamente insospechada o eludida por los poetas de la Conquista – si los hubo – y de la Colonia – que tuvo más de uno- y luego por los poetas mayores de la era de la Independencia, que malgastaron su estro patriótico en huecos simulacros retóricos de un pseudoclasicismo escolar.

Surgía también Calchaquí como una contestación, en cierta medida ad hominem, a la actitud típica del espíritu culto rioplatense ante la cuestión del indio, tal como lo había cristalizado en la doctrina de la célebre Generación del 37, que por pluma de Alberdi sentenciara “la ineptitud de la raza” del hombre americano para la civilización, y que ahora el cuyano Sarmiento  actualizaba sin el menor escrúpulo. “Es absurdo – gritaba contestando al chileno Lastarria – principiar la historia de nuestra existencia por la historia de los indígenas, que nada tienen en común con nosotros”. Estamos – remachaba – entre “los que quisiéramos apartar de toda cuestión social americana a los salvajes, por quienes sentimos, sin poderlo remediar, una invisible repugnancia, y para nosotros Colo Colo, Lautaro y Caupolicán, no obstante los ropajes civilizados y nobles de que los revistiera Ercilla, no son más que unos indios asquerosos, a quienes habríamos hecho colgar, y colgaríamos ahora, si reaparecieran en una guerra de los araucanos contra Chile, que nada tiene que ver canalla”.

La repulsa así fóbica del indio correspondía ciertamente al miraje rioplatense, comprometido entonces en la llamada “conquista del desierto”, que mechó en la causa político – económica de la empresa esa paladina voluntad de exterminio proclamada por Sarmiento, teóricamente argumentable quizá respecto de los indios pampeanos, bárbaros o salvajes por antonomasia para el cristiano rioplatense poseído de  furia “civilizadora”. La cosa varía tratándose de indígenas de zonas mediterráneas, particularmente la calchaquina. El indio que, para el miraje culto rioplatense proyectado sobre las pampas, estaba o era sentido antropológica y políticamente “fuera” de la sociedad, y sólo podía parecer rescatable en perspectivas meramente literarias o románticas, para el sentir y la conciencia mediterránea estaba tres veces “adentro”: demográficamente en mayoría numérica, si bien desposeída y marginada “dentro” de la sociedad política; antropológicamente “dentro” del mestizo; culturalmente “dentro” del mismo ámbito, con su riqueza arqueológica, lingüística, folklórica, testimonios categóricos de un extraño genio de las razas del suelo. Así mezcladas en el marco histórico común, las cosas obligaban allá a contemplar la cuestión de un modo diferente y aún opuesto al del miraje culto proyectado sobre el “desierto” pampeano…

Calchaquí se atrevía a contestar, con afrontadota sensatez, el tremendo exabrupto sarmientino. “Estoy en la más completa disconformidad con las ideas de nuestro gran publicista, que, atendidas, quitarían a nuestra naciente historia la más rica e inextinguible fuente de sus investigaciones, a la ciencia elementos valiosos y a la poesía luminosos motivos”.

“El señor Sarmiento – agregaba – parte de un error lamentable… La cultura araucana es cierto que distaba mucho de la cultura quichua; pero de todos modos, sean lo que hayan sido Colo Colo, Caupolicán, Lautaro, estos son altos ejemplos de heroísmo humano a quienes la historia debe ensalzar, toda vez que, cuando se trata de cualidades geniales “esta no se distingue entre negros blancos, nobles o plebeyos. Por lo demás “muchas de esas razas son las generadoras de nuestros pueblos actuales, los que llevan aún su sangre, con sus virtudes y vicios”… Pues “si bien el tipo primitivo ha desaparecido por completo, también es cierto que nos ha legado sus caracteres étnicos, al transmitirnos su sangre, que corre abundosa por nuestras venas, influyendo no solo en nuestra forma de ser, costumbres, hábitos, supersticiones, sino hasta en la propia lengua que hablamos los mismos que queremos renegar de sus contactos”. Por último, es en ese terreno donde se puede encontrarse una base absoluta para la originalidad anhelada por el espíritu argentino.

“EL arte americano estará de felicitaciones, toda vez que a la magnitud de los temas, abriríanse nuevos horizontes a la originalidad, y la imitación servil de las lenguas extranjeras iría muriendo lentamente. Con nuevas escenas aparecerían personajes nuevos. Con una mitología propia, con dioses, semidioses y héroes nativos, tendrá que desarrollarse prontamente un arte nativo. La lucha es grande y grandes los actores. Entonces se verá como se añaden otros monumentos literarios a La Araucana, al Gonzalo de Hoyón… “Aparatar al indio de la historia – concluía Quiroga – es desdeñar nuestra tradición, renegar de nuestro nombre de americanos”

Nadie había osado antes proyectar a esas honduras la defensa del americanismo en su patria. Pero el hablaba no solo en l nombre de un obvio indigenismo, que quizá hoy suene tan absurdo como el antiindigenismo de Sarmiento. El ejemplo ponderado de las razas del suelo correspondía a las virtudes inherentes al espíritu patriótico, que Quiroga juzgaba indispensable estimular en la nueva etapa de la historia nacional, que había empezado a transcurrir bajo el signo de aquella soberana negación etnográfica de sus más esclarecidos directores, y las perspectivas de un arrasamiento general acarreado por nuevas avalanchas inmigratorias. Anhelaba – buscaba – certidumbres y firmezas de raíz para el alma argentina, abierta ahora francamente a los vientos del mundo desde la capitalización de Buenos Aires.

El empeño científico implicó en su caso, virtual y tácitamente, la postulación y busca de la provincia fundamental del ser y el destino nacional dentro mismo de la provincia convencional, olímpicamente descartada en la concepción alberdiana, como se busca el sillar donde asiente y descanse la firmeza del edificio entero. Provinciano, Quiroga fue quizá, sino el único, el que más lejos llevó la obstinación y el coraje en esa postura, arriesgada inspiradamente en sus dos obras mayores, que al cabo de tres cuartos de siglo pueden ser estimadas en su esencial ejemplaridad acaso mejor que en su propio tiempo.

La crítica estima científica la obra de Quiroga, aunque traspasada de “intuición poética”, según ponderación de Rojas. Si bien nadie entra a precisar concretamente que es lo que hay de ciencia y que de poesía en ella, todos parecen en que en ella lo poético redunda en algún detrimento de lo científico, y lo científico de lo poético, modo en el fondo, quizá involuntario, de subestimar la obra bajo ambas fases. Lo cierto es que todos ellos sienten en ella la presencia de un soplo inspiracional o intituivo profundo, que toca lo mismo al intelecto culto que a la sensibilidad profana.

Fue quizá el general Mitre quien primero objetara excesos literarios en Calchaquí “Siendo un trabajo serio de investigación y crítica – connotaba – le perjudica cierta forma poética o imaginativa, que podía extraviar el juicio del lector respecto a su verdadero carácter y a su mérito intrínseco como documento”. Posiblemente, al objetar excesos poéticos o imaginativos en Calchaquí, Mitre sobreentendía las páginas dedicadas a la “epopeya indígena”, tan exaltada en la obra. Las páginas referentes a la “hazaña conquistadora carecen en verdad de toda calidad poética, y, en las investigativas, quizá pecan de escasez en la imaginación indispensable a la historiografía. Quiroga aceptó la observación y se propuso suprimir en adelante en sus trabajos “todo lo literario” y tentar un estilo en que domine “el carácter sajón”… Algo de buen humor habría en esto de imprimirle “carácter sajón” a su estilo futuro, pues lo cierto es que allí mismo donde él situaba sus estudios y su obra, en el corazón de Calchaquí, existía desde la Conquista una ciudad sajonamente llamada “Londres” – más todavía, originariamente, “Londres de la Nueva Inglaterra” – que de algún modo estaba mandando de hecho esa adecuación estilística…”

 

(1) Canal-Feijoó, Bernardo “El otro frente de “el 80” En: “La Nación” 11 de enero de 1981.

 

Algunos lugares arquetípicos del NOA:

 

Molinos

 

Según la “Guía Turística YPF”, Molinos es la única población importante que aparece curiosamente marginada al oeste del cauce del valle Calchaquí. Esta situación se explica porque el valle del río Molinos y su afluente, el Luracato, fue, hasta comienzos del siglo XX, la ruta comercial más importante de Salta a Chile. Casi llegando al pueblo, cortados por la ruta, se encuentran los restos muy deteriorados de un yacimiento prehispánico; muchas de sus piedras han sido reutilizadas para construcciones del pueblo.

En este lugar, desde mediados del siglo XVII, existió una encomienda de Diego Díez Gómez, cuya hija se casó en 1726 con el general  Domingo Isasmendi, personaje importante de la historia salteña teniente de gobernador y combatiente contra los indios chaqueños. Su feudo de Molinos o “Calchaquí” comprendía todo el actual departamento de Molinos y parte del de San Carlos, afirmando su predominio en el valle por su ubicación estratégica.

En 1775, su hijo Nicolás Severo lo heredó y logró el momento de máxima prosperidad de la finca, intervino en guerras contra los indios de Incahuasi en 1775 y contra los partidarios de Tupac Amaru en 1781. Fue también el último gobernador realista en Salta designado en 1809 por el gobernador Liniers y, más tarde, encabezó la resistencia a la revolución. Finalmente entregó el mando de Salta a Feliciano Chiclana, enviado de la Junta de Buenos Aires. Fallecido en 1837, sus descendientes dividieron la propiedad, comenzando así una declinación que continuó durante las guerras civiles de mediados del siglo XIX.

Entre 1810 y 1825 se vivió una crisis político-militar con la guerra de la independencia de los territorios que habían constituido los virreinatos del Perú y el Río de la Plata. Salta y Jujuy fueron áreas de frontera en este conflicto, con todas las consecuencias que ello implica. En particular, el camino de la Quebrada de Humahuaca fue transitado innumerables veces por grandes ejércitos o pequeñas parditas de patriotas y realistas. Entre julio de 1810 y noviembre de 1815, tres ejércitos patriotas atacaron el Alto Perú y otros tantos realistas invadieron el Tucumán. Los patriotas no pudieron pasar del lado Titicaca y los realistas de la ciudad de San Miguel de Tucumán.

El episodio más conmovedor de la guerra ocurrió el 12 de agosto de 1812 y antecedió a las grandes batallas de Tucumán y Salta, el éxodo jujeño fue la marcha hacia el sur, por orden del general Belgrano, de toda la población, incluyendo ancianos, enfermos, mujeres y niños, abandonaron la ciudad ante la inminencia del avance del ejército realista del general Goyeneche. En 1815, el triunfo realista de Sipe-Sipe, cerca de Cochabamba, pareció poner en peligro la causa patriota, pero las tropas realistas fueron detenidas durante años por la guerra de guerrillas que les impuso el gobernador Martín Miguel de Güemes, atacándolos una y otra vez con partidas de caballería de 10 a 30 hombres conocedores de la intrincada geografía, de gran fortaleza física y hábiles en el manejo de las boleadoras y el lazo.

Ante la imposibilidad de romper la resistencia realista a través del Alto Perú, el gobierno patriota apoyó la tesis del general San Martín, que consistía en atacar el virreinato del Perú vía Chile y seguir luego por mar directamente hasta Lima. Mientras esta guerra decisiva tenía lugar en Chile y Perú, las fuerzas revolucionarias seguían resistiendo los embates realistas que bajaban por la Quebrada de Humahuaca. En 1825, cuando se libró la batalla de Ayacucho con la que finalizará la guerra de la Independencia, ya hacía tiempo que había comenzado en la futura Argentina la guerra civil entre unitarios y federales.

Respecto al entorno de Molinos, debemos destacar que a principios del siglo XX la prosperidad se desplazó hacia las llanuras del este con la aparición del ferrocarril y la introducción de harinas de Santa Fe, forrajes de Santiago del Estero, haciendas del sur y vinos de Mendoza y San Juan. En los últimos años del siglo XIX, Molinos era todavía un pueblo floreciente porque permanentemente convergían, desde cincuenta leguas a la redonda, mulas que llevaban a Salta diversos productos: vino, pasto seco, semillas de alfalfa, trigo, nueces, frutos en conserva, papas, habas, queso, cueros salados, charqui, tejidos de lana y vicuña y alfarería provenientes de la región. También cruzaban, valle arriba, tropas de asnos y mulas para las minas de Bolivia y las oficinas salitreras de Antofagasta en Chile.

El pueblo de Molinos surgió en 1659 con la construcción de un oratorio, pero con el tiempo, se formó el conjunto, aún existente, de la iglesia y la casa-hacienda estrechamente relacionadas. La iglesia fue capilla del señor feudal antes que iglesia del pueblo, por eso la espalda da a la casa de la hacienda. Llegando desde el valle Calchaquí se divisan las dos torres gemelas de la Iglesia de San Pedro Nolasco de los Molinos, considerada Monumento Histórico Nacional.

Nació como Iglesia de encomienda en el siglo XVII. Probablemente, cuando se la reconstruyó se talló el dintel, fechado en 1692, que está en la actual puerta principal. En 1760, la iglesia pasó a ser propiedad de la curia para establecerla como parroquia y ya se la describía con sus dos torres y un gran terreno detrás. En 1782, el párroco Vicente Anastacio Isasmendi – hermano de Nicolás – la restauró y reedificó. La iglesia fue el ámbito donde Nicolás Isasmendi se casó, en 1811, con Jacoba Gorostiaga, y también donde fue sepultado en 1837.

La iglesia se levanta dentro de un gran atrio-cementerio cercado por una pirca baja que tiene tres entradas. Las proporciones y los detalles de los dos grandes volúmenes de las torres enmarcando un gran arco que cobija la puerta, clasifican a la Iglesia de Molinos dentro del tipo inaugurado por las iglesias del Cuzco. Especialmente característico es el remate de las torres en forma de cúpulas apoyadas en sus cuatro ángulos por cuatro torrecitas cilíndricas. El gran arco de entrada aparece como prolongando la techumbre de la nave interior y, un poco más abajo, el balcón continúa el coro alto y comunica las torres entre si.

El interior muestra una nave cubierta por cerchas de madera y dos capillas transversales a manera de brazos de crucero. Al fondo de cada uno de los tres espacios hay retablos de mampostería muy modificados y repintados, habiendo resumido sus colores a blanco y dorado. El retablo mayor tiene la hornacina de abajo a la derecha una imagen de vestir del santo patrono, San Pedro Nolasco, probablemente peruana del siglo XVIII, sobre cuya cabeza hay una magnífica aureola d plata peruana. En otras hornacinas hay un Crucificado, un San francisco y un Santo Domingo, salteños del siglo XVIII. En la capilla izquierda hay un Nazareno cuya cabeza está entre la mejor escultura del valle. En la capilla de la derecha, sobre la pared izquierda, está el ataúd que guarda los restos de Nicolás Isasmendi.

Frente a la portada de la iglesia se encuentra la Finca Isasmendi, residencia de los encomenderos de Molinos desde el siglo XVII. Las partes más antiguas que hoy se conservan pueden haber sido obra de Diez Gómez. Domingo Isasmendi le dio forma definitiva a la mayor parte de la casa que, a fines del siglo XVIII, era refugio obligado para quienes circulaban por el valle o hacia Chile. Cuando se desmembró el feudo a la muerte de Nicolás Isasmendi en 1837, adquirió la casa Indalecio Gómez, quién introdujo algunas modificaciones menores. En las primeras décadas del siglo XX quedó abandonada y luego fue utilizada como depósito.

Originalmente tenía cuatro patios, de los cuales sólo el principal presenta hoy la fisonomía original. Se entraba a éste desde el frente de la iglesia por una puerta, inmediatamente al costado derecho se levantaba la única habitación de altos desde la cual, según la tradición, Isasmendi solía presenciar la misa que se oficiaba para él en el balcón de la fachada de la iglesia.

En torno al primer patio se dispusieron las primeras las principales habitaciones de la casa: sala, comedor, escritorio y dormitorios. Estas habitaciones estaban construidas de modo tradicional, pero con detalles refinados como el piso de muy buenas baldosas cerámicas. En sus lados oeste y sur las habitaciones se habrían a galerías con columnas de madera que estaban elevadas respecto del nivel del patio, cuyo piso era de lajas. En el segundo patio estaban las cocinas y las viviendas de los peones; los otros dos patios estaban destinados a tareas rurales.

El eje principal del pueblo es la calle Abraham Cornejo, en la cual se edificaron en el siglo XIX las casas de manera muy compacta. La otra calle importante es la costanera que bordea el pueblo por el norte y que lleva a Luracatao.

 

Seclantás

 

Pueblo formado en la primera mitad del siglo XIX, a partir de la construcción de la iglesia en la propiedad de Antonio Ibarguren. Un poco más hacia el este de la iglesia se encuentra la pequeña plaza rectangular, en uno de cuyos ángulos se cortan las dos calles sobre las que se alinean casi todas las calles del pueblo. La plaza está curiosamente arbolada por palmeras y coníferas y perfectamente delineada en su entorno por fachadas de estilo italiano.

La Iglesia de Nuestra Señora del Carmen fue levantada por el Padre Olmos entre 1828 y 1835, siguiendo el modelo de Molinos, con arco intermedio y dos torres terminadas en cúpula con cuatro torrecitas cilíndricas en las esquinas.

En el interior de una nave con dos capillas menores transversales como en Molinos, se observan varios rasgos sorprendentes: la estructura horizontal de la techumbre confiada a enormes troncos muy irregulares que salvan la luz entre las paredes; la riqueza y originalidad del diseño de las pilastras de la nave y de las columnas del retablo mayor; pero lo que más impacta es la policromía que cubre los elementos de la arquitectura y el zócalo que corre por las paredes laterales. El retablo mayor, de tres calles y dos pisos, muestra en el piso alto cuatro notables columnas. Las columnas del piso bajo son más ortodoxas, sugiriendo el orden salomónico.

Retomando la RN40 hacia el norte (Km.140) continúa el camino sinuoso a través de caseríos y población cada vez más dispersa, dedicada al cultivo de las parcelas fértiles que ocupan el fondo del valle. Casi siempre el camino corre bordeando la acequia: es el límite que señala claramente a la derecha la zona de cultivos y hacia la izquierda la ladera estéril, apenas cubierta por matorrales, algunos algarrobos y los siempre presentes cardones.

 

La Paya

 

Importante sitio arqueológico que alcanzó gran envergadura entre los siglos XI y XV, fue habitado por indios pulares, que posteriormente fueron aliados de los españoles.

Su mayor importancia consiste en que probablemente constituyó la capital de la provincia de Chicoana del Imperio Incaico, que abarcaba todo el valle Calchaquí. Prueba de ello es el edificio destinado seguramente a la casa del curaca: de planta rectangular, se levanta en el centro del poblado y es conocido como la Casa Morada por ser el único construido con piedras canteadas de arenisca de ese color, unidos con argamasa. Además, enfrente de la Paya, cruzando el río, en un sitio casi inaccesible por los matorrales, está el yacimiento de Guitián, íntegramente formado por edificios de características incaicas.

 

Aspectos socioculturales del Noroeste argentino

 

La política colonial española, respecto por igual a zonas áridas y húmedas, estaba montada sobre el principio de la superioridad de su cultura católica sobre el salvajismo y paganismo indígenas. Claro está que abundaron las directivas y las normas legales de la Corona según las cuales a los indios se les reconocía el carácter de seres humanos libres, se les debía tratar humanamente y no se les podía reducir a la esclavitud. Pero, al parecer, tales recomendaciones eran susceptibles de muy amplia interpretación, o de no cumplimiento, pues la historia de la conquista de América es la historia del sometimiento de los indios a los españoles (1) En algunos casos, como ocurrió en Mendoza, los indígenas asumieron una actitud pacífica y sumisa, lo que evitó la lucha; en otros, caso noroeste, se resistieron y fueron sometidos por la fuerza de las armas. Pero una vez sometidos por uno u otro procedimiento, y casi siempre, al parecer, al margen de lo estipulado en las leyes de Indias, dichas poblaciones pasaron a ocupar un lugar secundario y subordinado en la estructura social, en las actividades económicas y en el ejercicio del poder, al tiempo que su cultura no material (valores, creencias, etc.) era sometida a la influencia de la actividad misionera. Mas allá de sutilezas casuísticas e interpretativas que Luis Triviño insiste en dejar en manos de los especialistas, el resultado final de esta larga aculturación es harto evidente: durante el proceso de la independencia nacional el elemento indígena aparece sólo en casos esporádicos y en calidad de elemento auxiliar, mientras que la conducción de dicho proceso fue ejercida casi con exclusividad por la población hispano-criolla. Algunas recurrencias a evocaciones del pasado indígena – “… se remueven del Inca las tumbas…” no fueron más allá de los niveles puramente ideológicos y emocionales. Es más, salvo ese período, después no interesó ni el hombre ni la cultura aborigen. No se contempló la coexistencia de elementos externos con los de origen vernáculo. Es más, y como de habría de ser costumbre, lo introducido fue considerado civilización, lo otro desechado como barbarie. Este principio fue rector y caló hondo entre quienes se sucedieron en el poder, aunque algún gobernante opinara de forma diferente.

Es así como aquella política fue heredada por los gobiernos independientes respecto de España, sin que en tal herencia influyera el cambio ideológico inherente al proceso de la independencia. Con el tiempo se fue abandonando, aunque no del todo, la antinomia catolicismo-paganismo, para adoptar la más moderna de civilización-barbarie. Con esta nueva perspectiva, los sectores dirigentes de los centros hegemónicos llevaron a cambio una larga serie de campañas del desierto, palabra ésta última que adquiere en dicha frase un matiz semántico particular.

“No designaba con exclusividad a las zonas áridas, menos aún a las de rigor más extenso en materia de aridez, ni tampoco a las zonas carentes de poblaciones humanas; designaba a todas las regiones que no caían de hecho bajo el control gubernamental, por la supervivencia y predominio local de poblaciones indígenas no sometidas. En otras palabras, la zona podía ser húmeda, subhúmeda, semiárida o árida, y podía estar poblada considerablemente por indígenas; al no estar bajo autoridad gubernamental. Era “desierto” (2). Y en este aspecto no hubo contradicción entre católicos y masones, hispanófilos y anglófilos. En esta tarea, unos fueron los continuadores de otros, salvando contadas excepciones que se produjeron en ambos grupos.

A partir de 1820 y durante más de sesenta años – continúa Triviño – se sucedieron campañas al “Desierto” bajo gobiernos de distintas tendencias políticas, preferentemente en períodos no ocupados por guerras externas o intestinas. Claro está que durante las mismas se alternaban las acciones bélicas con los esfuerzos diplomáticos y los tratados de paz. No todo se limitó, pues, a comportamientos sanguinarios que, por lo demás, cuando los hubo, provinieron de ambos bandos. Asimismo, en lo referente a la relaciones interindígeneas el panorama, sin duda, ha sido similar: si los Incas lograron la expansión y consolidación imperial hasta la altura del norte de Mendoza, no habrá sido en base a excesivas amabilidades con las tribus que iban incorporando al Tawantisuyu.

Radicados en zonas áridas o húmedas, el tratamiento dado a los indios de nuestro territorio por parte del hombre blanco – español primero, argentino después – fue el mismo. Y ese tratamiento logró un resultado muy concreto: poder a travesar el territorio sin encontrarlos. Y aquí radica el problema de la postergación de muchas regiones “periféricas” del país: el despoblamiento.

“En efecto, las guerras de la Independencia y la separación del Alto Perú hicieron que el noroeste argentino perdiera los recursos provenientes del activo comercio que había en el actual territorio boliviano y con Chile; la política librecambista de Buenos Aires arruinó la industria artesanal local; más adelante, en fin, la necesidad de contar con abundante madera para cubrir demandas emergentes de la industrialización – entre otras, la del ferrocarril – generaron una intensa e irracional tala de amplias zonas boscosas, cuya vegetación implicaba un clima menos árido que el actual, caso típico y claro de desertización antrópica. Por la concurrencia, pues, de estos factores y de otros de igual origen, se fue empobreciendo y desertizando el noroeste argentino, al tiempo que se enriquecía, por contar con la exclusividad de los mecanismo básicos del desarrollo y del casi monopolio del poder político, la zona húmeda del litoral ligada a los intereses nacionales y extranjeros del puerto de Buenos Aires. La brecha entre subdesarrollo y desarrollo de ambas regiones fue así aumentando y consolidándose a través de los años” (3).

De esa forma nos encontramos hoy con una región, además de árida, empobrecida y dependiente, que se enfrenta con uno de los efectos del “desarrollo” sobre las zonas pobres: la migración hacia los centros urbanos para poblar una de las tantas villas de emergencia.

“Esa población, pues, se verá sometida a situaciones de anomia, favorecedoras de conductas desviadas; sufrirá la discriminación y hasta el rechazo por parte de los sectores con los que toma contacto; durante mucho tiempo vivirá interiormente el conflicto entre las dos culturas, la de su lugar de origen y la que se encuentra en el lugar de su nueva radicación que, para mayor abundancia, es una cultura pluralista, con grandes contradicciones internas, lo que acentúa ese contraste con el contexto cultural relativamente coherente y estructurado que dejó atrás; muchas, quizá la mayoría, de las expectativas generadoras de su actitud emigrante no se verán satisfechas, con las secuelas que ello puede implicar en materia de frustración personal. En síntesis, se constituye una población marginal por haber roto con su grupo originario sin lograr ser aceptada en el grupo al que aspira incorporarse” (4).

Todo este proceso genera, a su vez, un paulatino empobrecimiento en la población que se queda en el lugar de origen. La disminución demográfica implica el achicamiento del mercado interno, es decir, menor capacidad de consumo y por lo tanto menor capacidad comercial, menor disponibilidad de mano de obra, menor atractivo para realizar allí inversiones, menor base para actividades educativas y, en general, para todas las relacionadas con la cultura no material; en suma, pauperización y degradación cultural.

La “expansión del desarrollo” ya no actúa por las fuerza de las armas como en tiempos decimonónicos, aunque ahora el complejo sojero apela algunas veces a la expulsión de pobladores mediante patotas que actúan como una suerte de “brigadas blancas” al servicio de algún “barón feudal” de provincia o empresa multinacional, hoy lamentablemente, actúa casi exclusivamente por su propio peso, por la eficacia de sus resortes financieros, por su poderío económico, por su influencia sobre las decisiones políticas, por los medios masivos de difusión, por el “efecto-demostración”, por la promesa implícita de salarios más elevados, por el deslumbramiento de las grandes ciudades, por la expectativa de un mejor nivel de vida, en fin, por una valorización de lo “moderno”, “dinámico”, que promete, falsamente, como un espejismo, más libertad personal y nuevos horizontes.

 

(1)  Triviño, Luis “Antropología del Desierto”. Buenos Aires. FECIC. 1977

(2)  Ibídem

(3)  Ibídem

(4)  Ibídem

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